Cinco libros emitió el poeta el 2006. De entre ellos, destaca su Apocalipsis apócrifo donde revela la
identidad del anticristo y describe las penas del infierno que esperan a envidiosos, avaros, fornicadores, desatinados, ladrones y otros pecadores.
En vista de sus tantas novedades, llamamos a ArUrAr —como se ha resumido a sí mismo este poeta que "oye ruidos de matracas métricas"— para solicitarle una entrevista. Nos citó para esa misma tarde y le tocamos el timbre a las seis y media en punto.
Desde el vecino Parque Forestal subía hasta el living del departamento la algarabía de un grupo de chinchineros.
—Estamos en medio de un gran concierto...
—Sí, y resulta que yo no tengo plata aquí así que discúlpeme que voy a ir a buscar (sale del living, regresa y se asoma a la terraza para lanzarles una contribución monetaria).
—He sabido que colabora regularmente con los organilleros y chinchineros, ¿qué representan para usted?
—Considero que son los últimos juglares, tradición que se pierde en la noche de los tiempos y me parece muy positivo que sigan existiendo.
—Bueno, y ha estado publicando sin parar en estos últimos dos meses: De memoria, by heart, par coeur (memorias, Tajamar Editores), Coloquios del oro y el moro (conversaciones con la periodista y escritora Virginia Vidal, Editorial Catalonia), De nada, diario en verso (poemas, Lom Ediciones), La fe, el amor y la estupidez (poemas, Editorial Universitaria) y Apocalipsis apócrifo, (volumen con que Editorial Norma inaugura una serie consagrada a la poesía).
—Pero fíjese que de los cinco libros que salieron el año pasado el que más me interesa es el Apocalipsis apócrifo, у tiene la siguiente historia: yo supe de la muerte en forma precisa, concreta y con mis propios ojos cuando murió una media hermana muy mayor de mi padre. Fue la primera vez que vi un cuerpo muerto, cuerpo que, en este caso, estaba encima de una de esas camas altas que había en épocas anteriores, no sé si usted se acuerda.
—Por cierto, eran muy cómodas para subirse y bajarse. ¿Y el recuerdo de su tía muerta nunca se le borró o lo perdió y lo volvió a recuperar?
—Es un recuerdo que he tenido siempre, incluso en el momento en que se lo iba contando me preguntaba si acaso la cama estaba cubierta o no con un satín azul. Yo tenía 3 años, ahora tengo 73, así es que calcule: el libro sobre el apocalipsis es la conclusión a la que llegué después de 70 años dedicado a pensar en lo que pasa con las personas después que se mueren.
—Pero en su Apocalipsis apócrifo no describe el cielo, ¿por qué?
—No lo menciono porque hablo de lo que he conocido, que son experiencias propias del purgatorio y aún propias del infierno. En cambio, la experiencia del cielo que algunos místicos han tenido, no la he vislumbrado jamás.
—¿Ni siquiera estando enamorado?
—Ni siquiera. El enamoramiento, Freud lo explica maravillosamente al calificarlo de "psicosis transitoria". En cambio el cielo no es transitorio ni tampoco es una psicosis sino que creo que es el lugar más entretenido que pueda uno imaginarse. Me refiero al cielo católico, porque en la alegoría protestante, o canuta, del otro mundo, todos están sentados en una sillita tocando el arpa, cuestión que me parece muy insípida.
—En todo caso, la muerte hoy día es tema tabú; en cambio, en tiempos pasados era el sexo. ¿Qué cree que provoca evitar referirse a la muerte?
—Yo creo que disminuye la vida. Pero, bueno, yo nunca he tenido ese tabú. En eso yo sería arcaico, como dijo a propósito mío Alfredo Jocelyn-Holt —quien presentó las memorias mías de estos últimos 16 años—, cuestión frente a la cual no tengo la menor objeción, porque no estoy en absoluto conforme con la época que me ha tocado vivir.
—En cuanto a los pecados que enumera en su apocalipsis consigna la envidia y es curioso que la centre en la relación entre marido y la mujer, ¿por qué?
—Porque fue el ejemplo que se me ocurrió de algo que se prolonga en el tiempo, en el entendido de que el matrimonio es indisoluble. Yo a la Cecilia, mi mujer, le tuve envidia toda mi vida. La otra envidia durable es la de los hijos respecto de los padres, y viceversa, o la envidia entre hermanos.
—¿Y qué puede decir del matrimonio?
—La conclusión a la que he llegado es que, para que dure, es indispensable que se expresen el amor y el odio juntos, porque he visto una serie de casos de personas de más o menos mi generación que, casados y con dos o tres hijos, se hacían añuñúes constantemente y con aspavientos, hasta que llegó un buen día en que el odio se hizo masivo y el marido se esfumó.
—Bueno, y usted dice de su mujer, Cecilia Echeverría, que "fue la más grande belleza de un mal siglo", pero que nunca supo de qué color eran sus ojos...
—Tampoco supe, después de 44 años de matrimonio, quién era realmente la Cecilia. Sobre el color de los ojos he preguntado y me han dicho que eran verdes; yo lo que sé es que eran extraordinarios. El libro de memorias de los últimos 16 años está hecho alrededor de su muerte y ahí digo que sigo enamorado igual que a los 20 años y que todavía no sé quién es.
FOBIAS Y HUEVO DURO
—A usted le ha interesado mucho la noción de inconsciente y conoció a Ignacio Matte Blanco, que es el psicoanalista chileno más brillante y eminente de nuestra historia. ¿Se psicoanalizó con él?
—No, pero le hablé de que tenía conflictos psicológicos, obsesiones, angustias, fobias. "Mire", me dijo, "conociéndolo como lo he ido conociendo, considero que esos conflictos son innatos, permanentes, y que forman parte de su estructura de personalidad, así es que es así como es usted". Creo que es lo más útil que me ha dicho nunca un psiquiatra.
—¿Y qué fobias ha tenido?
—Fobias tengo hasta hoy. Seguramente tengo algo de agorafobia, y ése debe ser uno de los motivos no racionales por los que no salgo. Otro ejemplo, que no es fobia propiamente, es que no me gusta llamar yo por teléfono, aunque contesto sin problemas.
—¿Pero se ha tratado?
—He sido paciente durante años, tanto aquí como en Europa, pero siempre en forma fracasada, porque la verdad es que tenía resistencias demasiado fuertes a hablar sobre ciertas materias...
—¿Sobre cuáles?
—Mire, sobre todo lo sexual; es decir, el acto, el coito. El coito fornicado para mí es una cosa sobre la que puedo expresarme por escrito pero oralmente solamente podía hacerlo en abstracto, de la misma manera en que confieso religiosamente mis faltas en la forma más abstracta posible, sin dar ejemplos.
—Como lo hace con detalles en su libro del apocalipsis cuando dice que los adúlteros "tendrán por miembro un hueso de pollo", lo que es muy explícito.
—Claro, como le digo, en eso no tengo problemas y tal como usted dice, las pulsiones inconscientes mías están en mis versos. A mí me parece que la poesía puede ser un sendero equivalente al de los sueños hacia el inconsciente. Pero no le iba a estar diciendo eso a los especialistas, y ellos nunca se interesaron en saber nada de lo que escribía.
—También describe sin tapujos a los fornicadores, y dice que exhalan olor a huevo duro...
—Entre otras cosas, sí, porque hay relación entre la principal falta cometida y las penas. Por eso los fornicadores están condenados a repetir en susurros y sin pausa la palabra amor, amor, amor, de manera que termina por sonar como morra, ramo, morra, ramo, morrra y así sucesivamente.
—¿Pero lo ayudó el psicoanálisis?
—Creo que más bien me ayudó pero, en síntesis, mis conflictos nunca me han hecho perder el principio de realidad que me ha funcionado de la manera más concreta que es la de haber formado una familia y haberme ganado la vida para mantenerla.
—¿Y qué más se acuerda de lo que le dijo Matte Blanco?
—Otra vez me dijo: "Mire, usted se peina con una raya al medio que a veces divide simétricamente su cabeza en dos y otras veces no, y ahí se revela la concepción que usted tiene de su madre y de su padre".
—Ya, o sea que un día usted andaría más inclinado psíquicamente hacia uno u otro, ¿y cómo ha estado últimamente?
—Me domino cuando estoy con personas y cuando estoy solo, bueno, ahí me lo paso suspirando y aspirando. Pero, en fin, no tiene importancia. La verdad es que he estado como siempre, enclaustrado, recluso en este departamento, con una sola salida regular a las 12 de la mañana los domingos a una iglesia que queda aquí cerca, la Veracruz. Las otras veces salgo porque estoy obligado.
PATAGONIA ESPELUZNANTE
—Quería preguntarle por su relación con la naturaleza, ¿cómo es?
—Le confieso que no me dice nada. Incluso viviendo aquí, no miro el Parque Forestal. Tampoco me paseo, ni me sé los nombres de los árboles. Lo que a mí me interesa son las personas, empezando por uno mismo.
—O sea que a usted no se le ocurriría irse a vivir al campo.
—De ningún modo; sin embargo, he estado de vacaciones en La Araucanía y en campos de distintas zonas. Eso sí que siempre he pensado que el paisaje natural chileno se corresponde con el humano: la naturaleza es desgarrada y en ninguna parte he conocido gente tan desgarrada anímica y espiritualmente como los chilenos.
—¿Lo vincula a nuestra geografía?
—A la forma de Chile entero. Los desiertos del Norte Grande son lo más desgarrado que hay y los valles del Norte Chico parecen amables pero tienen unos cerros pelados atroces. Y para qué decir la Patagonia: es espeluznante.
—¿Y eso no lo inspira?
—Mire, la fealdad del paisaje me atrae, y después le puedo decir por qué. Comparar con Suiza lo que llaman la Región de Los Lagos es completamente ridículo, porque está lleno de volcanes que son una amenaza permanente. Esos potreros y alamedas polvorientas, sin nadie que vaya o que venga, del Valle Central son patéticos, y súmele a eso lo que muy bien señaló Joaquín Edwards Bello: que en este país hay un culto a la fealdad. Por lo demás en sus Meditaciones suramericanas, el conde de Keyserling observa lo mismo.
—Conrad también elige a Chile como lugar de lo siniestro.
—Justamente, de lo siniestro. Ahora, yo considero que la principal labor del arte es tratar de sacar belleza de fealdad, y lo que quería decirle es justamente que yo trato de hacer eso: de sacar belleza de fealdad. No sé si se logra o se logra a medias, pero que sé yo, trato.
—Como Goya, del que veo que tiene en ese muro unos grabados; me parece que de Los disparates. ¿Le gusta Goya en particular?
—Particularísimamente. Es lo que más me interesa en pintura; lo prefiero a Velázquez y a todos los demás.
—Y esas figuras chinas de terracota que están sobre la mesa, ¿son antiquísimas?
—Yo creo que no son antiquísimas, y fíjese que eran de colores pero una empleada se puso a limpiarlas y les sacó todo el color, lo que por lo demás no les hizo nada de mal. Ese cuadro chino de ese otro muro está hecho con puros cabellos; a mí me da un poco de asco.
—¿A ver? (me levanto y me acerco). ¡Uuuy, verdad!, es un dibujo finísimo enteramente hecho con pelos... los chinos son truculentos.
—Sí, son trabajos de paciencia.
—Y en relación a la poesía, ¿de qué manera cree usted que se vincula con la palabra oral?
—Tengo la teoría de que la poesía es primeramente oral y que es secundario el hecho de que después se escriba. Por lo demás, según grandes lingüistas, las primeras expresiones de poesía fueron canciones de cuna, canciones de matrimonio -epitalamios se llamaban- y cantos fúnebres.
—También se habla de "lengua materna", ¿existe para usted esa conexión entre madre y lenguaje?
—Efectivamente las primeras palabras que uno escucha vienen de las madres, que son las que después cuentan los primeros cuentos. En mis memorias hablo del entierro del Ratón Pérez, que era uno que me contaba la mía.
—¿El Ratón Pérez que se cayó a la olla?
—Y la hormiguita lo siente y lo llora. Resulta que la hormiguita estaba un día barriendo su casa porque era muy hacendosa y encontró un ochavito, o sea una moneda de un cuarto de centavo. Pensó qué hacer con la plata y decidió comprarse colorete porque se quería casar y se instaló en la puerta a esperar pretendientes.
—Era coqueta...
—Y exigente, porque pasaban los pretendientes y les preguntaba, "¿Y cómo me enamorarás?", entonces el toro contestaba múu y el gallo quiquiriquí, y así por el estilo cada animal, y ella los iba rechazando por aburridos. Hasta que pasa el Ratón Pérez y cuando ella le pregunta "¿Y cómo me enamorarás?", el Ratón Pérez le contesta, "Con un besito" y eso la convence y se casa con él.
—Oiga, ¿y por qué eligió un título trilingüe para Memоrias, by heart, par coeur?, ¿no quiso poner la palabra corazón en castellano?
—Es que la palabra en castellano que incluye el corazón es "recuerdo" o "recordar" pero no se podía llamar "recuerdos del corazón" o "memorias del corazón" porque sería un libro de la Corín Tellado; usé, entonces, esas dos expresiones que en inglés y en francés significan "de memoria", y supongo que no parecerá demasiado pedante, aunque le diré que pasar por pedante no es algo que me importe demasiado.
—También acaba de sacar De nada, diario en verso que, como los "diarios de vida", se presenta en forma escrita manualmente por usted, que tiene una letra como de niño.
—Sí, redonda, así la llamábamos cuando tenía cinco años. Yo reaprendí esa letra, porque la había perdido y escribía de un modo más feo y menos claro.
—En el Apocalipsis apócrifo usted afirma que el anticristo ya está reinando en el mundo y que es colectivo...
—Sí, colectivo porque no está representado por una sola persona sino por muchas que están en todas partes y que son los que detentan poder, sean presidentes, sean tiranos, sean reyes, sean lo que sean. Todos los que tienen gran poder, o sea poder máximo, son el anticristo.
—Eso significa que el anticristo podría estar en el mismo Vaticano.
—Claro, puede estar en la medida en que la Iglesia es poder terrestre. Mi idea es que estamos en tiempos preapocalípticos y que la civilización occidental cristiana se acabó en agosto de 1945, cuando se aplicaron las primeras armas de destrucción masiva que fueron las bombas atómicas en Japón. Desde entonces impera, a mi entender, una seudo civilización encabezada por Estados Unidos, que consiste principalmente en barbarie tecnológica manejada por tecnócratas.
—¿Y la presidenta Bachelet también es el anticristo?
—La señora Bachelet y Lagos y Bush y para qué decir Pinochet, que es uno de los tres que individualizo con nombres aunque sin apellidos. A Agustín Edwards lo identifico como "Augustin" sin acento como en inglés, a Pinochet como Augusto y a Kissinger como Henry K.
—A cada uno le adjudica un castigo personalizado.
—Para Augusto es el más sencillo, que es ser un gusano eterno que se come y se vomita a sí mismo, se come y se vuelve a vomitar, y así por los siglos de los siglos.
—"Augustin" por su parte está condenado a leer el mismo El Mercurio para siempre.
—Incluyendo los avisos económicos. Y Kissinger debe señalar en el mapa donde caerán las bombas en Vietnam, Laos y Camboya y trasladarse a cada uno de esos puntos para estallar una y otra vez.