Efraín Barquero
 
 


La mesa de la tierra

 

 

La mesa servida

 

Si arrancas el cuchillo del centro de la mesa
y lo entierras en el muro a la altura del hombre,
estás maldiciendo el pan con su semilla,
estás profanando el cuchillo que usa tu padre
para rebanarse la mano, para que la sangre sea más pura.
Y los hijos se reconozcan. Y no se oculten de sus hermanos.
Sólo el padre la recibe en su cabeza desnuda
ensordecido por el trueno, encandilado por el relámpago.
La recibe como el anuncio de un hijo tardío
o como el signo de una pronta desgracia.

No es una mesa, es una piedra. Tócala en la noche.
Es helada como el espejo de la sangre
donde nadie está solo sino juzgado por su rostro.
Tócala y pídele que vuelva a ser ella misma
porque si no existiera, no podríamos tocar
el sol con una mano y la luna con la otra.
Y comeríamos a oscuras como los ratones el grano.

Es la vieja mesa que nadie pudo mover.
Sólo la luz de la estación la cambia de sitio.
O los nuevos convidados con su voz nunca oída.
Y el ausente la encuentra siempre donde mismo,
siempre dándole su rostro, nunca a sus espaldas.
Porque el hombre tiene la edad de su primer recuerdo.
Y el ausente crece al caminar hacia ella.

Si la mesa está puesta es que alguien va a venir.
¿No la ha visto servida en la casa más sola?
¿No la ha visto surgir de la oscuridad
iluminada sólo por el brillo de las copas
y el color de sal fresca de todas las mesas?
Y es más bella que en el día más esperado
porque la ves con los ojos de un niño que ha crecido
o de la vieja mujer que dispone las flores.

Huelen las casas amadas a la limpieza de su mesa
y está servida en esa espera agrupada del árbol
que nadie puede recordar ni tampoco olvidar
porque todo lo que existe nació a la misma hora.
Y en el punto invisible que guía a las abejas
han puesto el pan y el vino a nuestro alcance.
Para que siempre te acuerdes al extender la mano
que estás tocando la mano de todos los hombres.

 

El trabajador


No estaba el hombre, estaba el trabajador
y su casa era de piedra, de piedra que sangra,
porque nunca se terminaba de hacer.
El tendría los años que tenía su padre
cuando se convirtió en esta misma herramienta
más dura que el acero, como el acero que suda,
que los hombres hacen más fuerte al gastarla
y hacen más suya que un abrazo quebrado.
Y él se parecía a ella cuando estaba en reposo
y a un sueño profundo cuando estaba trabajando,
alumbrado por la anochecida luz del carburo
con que se alumbran las tinieblas de la tierra.

Y esa débil luz enterrada, umbilical, entrañable,
me recordó el primer amanecer que vi en el mundo
como un solo hombre levantado entre las sombras.
Porque él no quería morir de otra manera
sino porfiando con el metal, diciendo no,
hasta el momento de arquearse y pedir agua.
Curvado la esperaría como se hacen los hombres
y se hacen los nudos, amarrados en ellos mismos,
de principio a fin al mismo trabajo.

Y ante esa mesa descansaba en cada anochecer
como descansa el trabajo de sus propios obreros.
Y el hombre olía a su materia originaria,
aquella que va tomando la forma de su cuerpo,
con quien hablaba durante jornadas enteras
como si fueran dos en su recóndito trabajo
y dos cuando guardaba silencio en la mesa.
Y algo les pedía a los alimentos cada noche.
Algo que también le daban los ásperos metales,
los metales amargos, los metales que duran.
Porque en la mesa de un buen trabajador
la tierra come en lo propio, en su plato de greda.

 

El lobo del hombre


Soy el lobo del hombre, soy el perro del hombre.
Soy el frío del amanecer, la raíz del frío.
Soplo el fuego, soplo la hoja del cuchillo,
pero ninguno de los dos sabe mi nombre.
El perro me lame los pies, el lobo me lame las manos,
pero ninguno de los dos sabe mi nombre.
Sólo lo conoce la madre de todas las sentencias.
Odio mi cara con hocico de lobo, con ojos de perro.
Odio la mano con que me la cubro.
Odio y amo la maldición escrita en mi frente
porque me liberó de todo amor, de toda culpa.
Amé primero el ruego mudo en los ojos de las bestias
y después la mueca ciega en la boca de los hombres.
Escuché aullidos, rugidos, mugidos, balidos.
Y alabé al dios de los animales con un rostro como el mío.
Con una mancha morada como una herida abierta.
Amé ese dios de rostro desnudo y odié el de los hombres,
el del rostro cubierto con una mano.
Con mi propia mano manchada para siempre.
Nací con esta deuda y moriré sin pagarla.

 

 

 

La mesa en la tierra
Efrain Barquero
LOM Ediciones

 

Este es un libro fundamental de un poeta fundamental en la poesía chilena contemporánea. Desde La piedra del pueblo de 1954 hasta sus últimos libros, la poesía de Efraín Barquero ha perseguido con fe creadora la integración de la naturaleza y el tiempo de la historia humana a través de la preservación de ciertos símbolos ancestrales: aire, tierra,fuego, agua, sangre, piedra, pan. A partir del arraigo lárico en las esencias de la tierra y del pueblo impregnadas de alegría doméstica y optimismo social pasando por las dimensiones míticas y cósmicas de una realidad casi metafisica, la obra poética de Barquero parece finalmente decantarse en su libro La mesa de la tierra, en un equilibrio textual y temático que se instala en el mundo, como el cuchillo en la mesa, recuperando los ritos primigenios y la permanencia del hombre en la naturaleza, sin olvidar el "fuego humano". Algo esencial surgede estos poemas, que se desplazan entre el origen y el final de la vida, poetizando la trascendencia de los actos, de los vínculos humanos, de los gestos cotidianos, en una búsqeda solitaria y solidaria de la esencia vital perdida en el universo, antes de fragmentarse en el "doble pliego de la muerte". Ganador del Premio Municipal de Santiago en 1954 y del Premio Atenea de Concepción en 1957, Barquero nos confirma en este libro, que es uno de nuestros grandes poetas, porque sigue siendo "un hombre meditando en el misterio de estar vivo".

Naín Nómez

 

 

 

EFRAIN BARQUERO nació en Chile en 1931. Ha viajado y residido en países del Extremo Oriente, América Latina y Europa, como China, Colombia, México, Francia. Libros publicados en Chile y el extranjero: La piedra del pueblo, La compañera, Enjambre, El pan del hombre, El regreso, Maula, Poemas infantiles, El viento de los reinos, Epifanías, La compañera y otros poemas, Arte de vida, El poema negro de Chile, Los bandos de la junta militar chilena, Mujeres de oscuro, A deshora, El viejo y el niño. Inédito, en adobo: El primer poema. Algunos poemas suyos han sido traducidos al francés: El regreso, 1991, El viento de los reinos y mujeres de oscuro (en preparación).

de la contratapa

 

 

 

 
 

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