Poeta, ensayista
y autor de una
diversa tipología
de textos breves,
Benjamín Carrasco
Bravo (1997, Chile)
ha publicado La
palabra ciega (Ediciones Altazor,
Chile, 2025), del que
hemos seleccionado
el prefacio del
volumen y algunos
de los textos de la
primera parte, que
lleva el nombre de
“Los libros contra
las palabras”
En el transcurso de estos años no ha
llegado a ver la luz ningún libro de los
que me he propuesto. En cambio, un
día tuve en mis manos un pequeño volumen que había aumentado paulatinamente, en perjuicio de aquellos que
sí hubiese deseado escribir. Se trataba
de una colección variopinta de apuntes, esbozos, impresiones, también
poemas, no menos que conjeturas y
mascaradas. Por mucho tiempo lo creí
un mero reservorio de ideas que luego
tomarían lugar en ensayos, conversaciones y quizás en alguna velada literaria. Fue así hasta que la escritura de
estos apuntes comenzó a arrinconar
mis ocupaciones principales y lo que
antes fuera un oficio vicario tomaba
ahora una independencia y una autonomía insospechadas, de manera natural y apenas metódica. Por haberme
entregado con obstinación, confié a
las llamadas contrapalabras el atelier de toda mi escritura. Mostrar una suma de borradores le parecerá a los lectores una bufonada, aún más por tratarse de un autor novel; por lo mismo,
no los engañaré fingiendo que han sido por completo espontáneos, pues para tales exabruptos tiendo más al bochorno y a la ramplonería de lo que
podría parecer aquí. Más bien se han
ido cristalizando con el paso del tiempo, hasta hallar la forma más prístina
en su gramática y en su polémica sutileza. Con esto digo que me he rendido
mucho más seguido a la corrección, a
la adulteración y al estilo de lo que me
he inclinado por la falsa libertad imaginativa. De la misma forma he evitado en lo posible el aforismo y a cambio
he conservado la semblanza de
compañeros de viaje y una que otra ligereza autobiográfica. Dudo haber salido
victorioso de todo ello.
Esta selección ha procurado rescatar al menos un lustro de apuntes,
hasta el presente 2025, con la excepción de unos pocos que datan del año
2017, de diferentes libretas y diarios.
Dividida en tres secciones (“El libro
contra las palabras”, o de los espantapájaros; “El corazón del alabastro”,
para notas de más amplitud y deslices personales; y “La palabra ciega”,
cuyos fines se sugieren en estas mismas páginas), creo posible ver en su
recorrido las transformaciones del
pensamiento, las contradicciones adquiridas y las obsesiones incesantes.
Dentro de estas últimas, las palabras
en sí mismas, la densa psicología, el
examen de época, que no abandonan.
Todo ello concierne a un camino de
formación que no se propuso hacerse
público sino hasta el momento en que
comenzó a desprenderse de mis pretensiones iniciales, las de una escritura secreta y un ludismo reservado.
La forma y esencia de este libro
tampoco es original. No sería capaz
de proponer cosa más equívoca. Vine a conocer esta práctica precisamente a través de Elias Canetti, una
auténtica escuela para el pensar y el
escribir; sin embargo, contrario a su
concepción sobre el ejercicio de los
apuntes, las contrapalabras son más
deudoras de la elaboración que de
la apostilla o marginalia. También
a Karl Kraus, Lichtenberg y Arthur
Schnitzler les debo mucho. Y para no
continuar conjurando mi germanofilia, añadiré el excéntrico taller de Greguerías de Ramón Gómez de la Serna,
no menos que el diálogo constante en-
tre las amistades literarias de este y
otro tiempo.
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Un arte desnutrido de pronto, un arte
sin síntomas.
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Un país que solo sea un gran hospital
en desahucio.
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Es extraño fechar manuscritos en estos tiempos. Las movilizaciones sociales siempre presuponen una causa
implícita e infrangible. Este momento
supone que todo lo concerniente a la
actividad intelectual-artística esté en
relación con él. El intelectual artista
es mucho más complejo que la apropiación consciente y voluntaria de su
contexto histórico inmediato. La causa
implícita de las movilizaciones esconde
a su vez una secreta, esto es: silenciar.
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Lo bueno aúna la tradición. Lo secular
la pervierte. Lo pervertido la esconde.
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La cantidad de garrapatas succionando los cerros. Son casas.
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La cancelación tajante de una persona.
La exclusión tajante de una persona.
La desaparición tajante de una persona. La incertidumbre de una persona
tajante.
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Valparaíso. Vox populi vox miseriae.
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Si todo fuese verdad, los libros no
existirían; los libros son intervalos de
mentiras.
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Si pudiéramos hablar con los muertos
se nos caería la cara de vergüenza antes que de miedo.
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Dios se va por la tangente.
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La admiración pertenece al dominio
del desconocimiento. Cuando se admira, se ignora.
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Delatarse por medio de la crítica a
otros.
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Perec me pareció interesante hasta que
me lo recomendaron otros.
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La equivalencia entre dinero y vida se iguala cada vez más. Se han venido convirtiendo en una moneda
indistinguible.
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Blandir una a una las palabras. Luego
desenvainar la lengua.
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Obras que se muestran demasiado, demasiado pronto, demasiado.
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Caminó rápidamente hacia el patíbulo y apresuró a su verdugo: ¡Más le vale que sea rápido! No hay tiempo que
perder.
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El temor de caer en un agujero a cada
paso. El mundo es el que camina.
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El silencio es el regreso al umbral de
la existencia.
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Escribía tan rápido como respiraba.
Hipoxia.
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El arte actual carece de solemnidad, del
sentido que sopesa la tragedia con gestualidad ceremoniosa. Pareciera, en pura apariencia, que los artistas y trabajadores de la palabra han vislumbrado el
esfuerzo fatuo con el cual se expresaban
los más abatidos por la desgracia. Quizás reconocen allí una “institución añeja”, como se lee en unas cuantas notas
pseudointelectuales de hoy por hoy; en
contraste, optan por congeniar los signos recolectados de esta época con el
candil llamativo del panfletismo, o con
su prosa roída de pesimismo, desprovista de espíritu y poblada de objetos. Quizás extrañamos ese sentido trágico que
desmiembre de las palabras el calor insomne, que nos quite el frío aciago que
hoy nos desconsuela.
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Las ideas van creciendo en la palabra,
como pequeños injertos que rara y maravillosamente se desprenden de su
tallo inicial, para convertirse en ideas
independientes.
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Nuestras vidas son la respiración arrítmica del mundo. Nuestro progreso no
es más que una profunda inhalación.
Cuánto podamos contenerla, eso lo delimita el desastre.
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Como lector novicio no hace sino ofrecer una mirada gratuita, queriendo
decir interesada, que se esfuerza por
desvalijar lecturas donde inexplicablemente se han construido murallas
de silencio. Aunque, confiesa, estos
hallazgos no son sino producto de una
mano amiga que señalando una senda
en realidad abre un misterio: tan pronto como se fija la mirada, se convierte
en un obseso prurito. En ello aparecen
ante él entidades desconocidas y las
preguntas rejuvenecen. Cautivado y, al
mismo tiempo, sediento, sigue huellas
que nada le aseguran, aparte del leve
jadeo de sus sugestiones y pesquisas.
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Comen el pan propio de los esclavos.
Así sus clamores piden algún nombre
que les provea de sentido y cuerpo. Si
por alguna razón alguien les alcanza
un esparadrapo de palabra, se abalanzan sobre él y lo desmenuzan hasta
sentirse satisfechos. Cada palabra es
alimento ligero y engañoso y lo reclaman como si fuese pan vivo.
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Una literatura activa se rehúsa a ser tomada por los cuernos.
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¿Dónde está? Reducido a su forma básica, labrando sus sentidos a la sombra de la perfección. ¡Es él! ¿O un mero
pensamiento? El poeta es un camaleón.
Lo es todo y no es nada, a la vez. Todo lo absorbe, con sus impurezas y sus
opuestos, tan desinteresadamente.
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Vació todo su cuarto. Echó fuera la espaciosa cama, alfombrados arrancó de
cuajo, los sillones victorianos y aun el
fino papel quitó de las murallas. Solo
conservó su escritorio y un candil. Su
cuarto era ahora una idea.
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La muerte avanza lenta, se echa en los
pórticos de las casas y en su mansedumbre reposa. No han previsto este
presente, y de haberlo hecho, ¿qué caso hubiere tenido? En el andar cansino de estas gentes se ve el andar de la
desesperanza que se enmascara de resignación. Tan lejana veían la muerte
entonces, y se asombraban de lo afortunado de sus predicciones. Pocas cosas vislumbraron más que fracasos y
victorias insignificantes. Pero allí estaban, por largo tiempo inamovibles. Se
les arrebató de pronto esta seguridad y
no quedó otra cosa que la marcha agria
del tiempo. Allí estaba ella después de
todo, la muerte tendiéndoles una mano
y decía: “Lamento haber tardado tanto, haber alimentado tantas ilusiones”.
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Lo que para Blanchot comenzó siendo
la Escritura del desastre, terminó siendo una máquina de epígrafes.
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Tipos de lectores.
El lector centrípeto. Siempre vuelve al
mismo libro, porque en él ha encontrado un espejo.
El lector centrífugo. También conocido
como trampolín.
El folívoro. Mientras más páginas tenga un libro, más excitado se ve.
El del puntapié. Consulta cada pie de
página y hacia dónde conduce. Tendrá
suerte si vuelve al lugar donde empezó.
El cleptómano tuerto. Al menor descuido, incorpora todo a su marco teórico. Muy parecido al...
Lector horizonte de sucesos. Le basta
con una frase para esgrimir una teoría.
Por casualidad, una cita parecida
a lo establecido sobre el “lector horizonte de sucesos”: “Ernst Bloch está
curiosamente obsesionado conmigo.
Hoy vino ya temprano, a las nueve,
completamente excitado. ‘Tengo que
hablar con usted’, dijo. Sí, pues, quiere escribir sobre mí ‘en gran estilo’.
Él hace un sistema con cada frase
que lee” (Hugo Ball a Emmy Hennings, Nov. 1917).
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¿Cuántos libros hace falta leer para
aprender a decir una palabra?
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La literatura no debiera ser más que
un modesto vicio.
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La evolución de los Estudios Literarios
o el avance del entrecomillado.
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Él vigilaba sus cuadernos para que no
se le escapara una idea.
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La palabra sabía cuál era nuestro pensamiento y se completaba a sí misma,
incluso se corregía a sí misma. Han
terminado por hablar entre ellas.
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Un escritor predilecto no es el que se
aparece como la quintaesencia de la literatura, sino como aquel que posee el
grado suficiente de vacíos como para
seguir leyéndole.
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El libro contra las palabras no existe y
no puede ser escrito.