Publicó en vida dos libros de poemas. Su obra recoge las experiencias cotidianas y el ser poeta en un ambiente dominado por hombres. Integró las juventudes comunistas y a fines de los 80 el Centro de Estudios de la Mujer. Este año se cumplen tres décadas desde su muerte ocurrida en octubre de 1996 cuando decidió viajar de sorpresa a Chile. Tenía 34 años. Venía desde México e hizo una escala en Lima. El vuelo 603 de Aeroperú se estrelló contra el océano Pacífico. Nunca se encontró su cuerpo.
Es la única mujer y la más joven. Sus poemas vienen después de los que escribieron en conjunto Roberto Bolaño y Bruno Montané. Subtitulada “Algunos jóvenes poetas chilenos”, en la antología Entre la lluvia y el arcoíris, (pdf) de Soledad Bianchi, la poeta Bárbara Délano comienza escribiendo un texto a modo de presentación: “Nunca he escrito una autobiografía ni he tratado de ordenar cronológicamente una serie de datos que podrían darle al lector alguna referencia (bastante escasa y absurda, por lo demás) de mi vida”.
Bárbara podría haber sido un personaje de la novela Los detectives salvajes, (pdf) de Bolaño. Pero los datos de la escritora son reales y trascienden cualquier ficción. “Nací en Santiago de Chile en 1961. Viví largos años en una casa larga y vieja cerca del cerro San Cristóbal y que luego —por razones más bien malditas— tuvimos que abandonar”, leemos en el libro de Bianchi publicado en 1983, cuando Bárbara tenía 22 años. Era una poeta joven. Bárbara nunca dejó de ser joven. En unos versos reproducidos en la antología apunta: “Este es el baile de los muertos / El inmenso territorio yerto / de la muerte”.
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Nunca se encontró su cuerpo. En el libro póstumo e inconcluso Playas de fuego leemos los versos: “Otra vez habremos de partir / como si no tuviéramos nada que hacer / más que arrojar besos desde cubierta”. Repetirá el siguiente verso con breves variaciones: “La muerte es otro museo abierto”. “La muerte es el único museo abierto”.
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Cuando iba en el colegio, en la enseñanza básica, escribió sus primeros poemas. A los 12 años le surgió la idea de escribir cuentos, labor que siguió realizando a lo largo de su vida, pero que no le daba mucha importancia. Decía que eran “prosas inconexas”. A los 14 años se ganó un concurso de poesía en el liceo.
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“Tengo la edad indefinida / la edad en que se quiebran los huesos de espanto”.
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Es julio de 2025 y Soledad Bianchi, autora de la antología Entre la lluvia y el arcoíris, recuerda a Bárbara Délano: “Yo por entonces trabajaba en el comité de redacción de Araucaria, en Francia, que era una revista del Partido Comunista de Chile, y de cierto modo me hice cargo de una sección que se llamaba Textos, donde llegaban poesías y cuentos para publicar. Y, a partir de eso, se me ocurrió hacer una antología con esos textos. No recuerdo si a Bárbara la conocí en el exilio, pero sí acá (en Santiago). A mí me interesó lo que escribía y por eso la incluí en la antología. Incluso tengo algunos manuscritos de ella. Era una persona preciosa y muy agradable”.
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Uno de sus primeros proyectos de escritura se llamó Baño de mujeres. En una parte de esa obra escribió los versos: “AQUÍ FRENTE A LA CANALLADA NOSOTRAS / LAS QUE INSULTADAS CRECIMOS / EN EL DESCAMPADO DE LAS ILUSIONES / NOSOTRAS LAS MÁS BONITAS // LAS QUE ÍBAMOS A SER REINAS”.
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Integró el primer taller de poesía en La Chascona, de la Fundación Neruda, en 1988. Entre los compañeros de Bárbara estaban, Sergio Madrid, Carlos Decap, Sergio Parra, Andrés Morales, Víctor Hugo Díaz, Fabio Salas y Malú Urriola. El taller lo dirigían Jaime Quezada y Floridor Pérez. “Toda una generación estuvimos enamorados de ella quien, en los bares, cuando nos íbamos de juerga, sólo pedía margarita”, dijo Sergio Parra en el diario La Nación, en octubre de 2006. La poeta Malú Urriola también fue su amiga y la recuerda rebelde “pero no esa rebeldía que va contra algo o alguien, sino esa rebeldía de conocerse y ser fiel a la libertad que había conquistado para sí misma”. Malú recordaría que con Bárbara se hicieron amigas en el bar Galindo, de Bellavista, donde llegaban luego de participar en el taller de la Fundación Neruda. Bárbara le dijo un día a su nueva amiga: “Somos dos contra ocho poetas hombres que sólo han citado a poetas hombres. La contienda es desigual”.

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Al teléfono desde España, Bruno Montané recuerda haber visto por primera vez a Bárbara, cuando acompañó a Roberto Bolaño a la casa de Poli Délano, en Ciudad de México. “Roberto le había hecho una entrevista a Poli y debían conversar algo. En ese contexto recuerdo haber visto a Bárbara en México. Me parece que estaba también su hermana menor. Después, a inicio de los 90, me visitó en Barcelona. Me anotó, en una agenda, su dirección. Tenía la misma letra de mi madre”, comenta Montané, quien no recuerda haber visto a Bárbara en las conversaciones o reuniones del grupo que conformaba el Infrarrealismo. “Además que lo hubiese notado, porque eran pocas mujeres. Estaban Guadalupe Ochoa, Mara Larrosa y Geles Lebrij”, señala el autor del libro El maletín de Stevenson.
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A mano anota sus datos en una libreta. Es la dirección donde vivió:
Bárbara Délano
Alfonso Reyes 66-4
Condesa 06140, DF, México. C. 2110459
Of. 521 8316.
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Uno de los proyectos que Bárbara no logró terminar fue el libro Baño de mujeres. Un baño como un espacio de escritura, como un cuaderno abierto, donde quedan las huellas dejadas por autoras anónimas, por voces lejanas. Con un puñado de esos poemas, escritos en letra mayúscula, postuló al taller de la Fundación Neruda. “MIRANOS SEÑOR TODA LA DESNUDEZ / TODO EL DESAMPARO LA INCREDULIDAD // ODIO ESTOS CAMPOS CERCADOS / VOLADURA / EN TUS OJOS RASGADOS MAPUCHITA / MAPUCHITA DE MI CORAZÓN”.
EL CADÁVER DE MI INFANCIA
En septiembre de 1989, Bárbara Délano participó en el Primer Encuentro de Poesía Chilena en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Leyó algunos versos de Baño de mujeres. Estaban presentes, entre otros, Armando Uribe, José Ángel Cuevas, Cecilia Casanova, Alejandra Basualto y Naín Nómez. Está segura de lo que leerá y se larga: “YO MUJER MAL PARIDA / DE TODOS TUS AMORES LA MÁS DESGRACIADA / LA MÁS FIERA DE SU CALAÑA / TE HAGO UNA ROTURA / EN EL CORRUPTO CORAZÓN DE TU VIOLENCIA / DE MALA YERBA MI LENGUA EN TU LENGUA”.
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En vida solo publicó dos libros. El primero se llamó México-Santiago y fue editado de manera artesanal, en México en 1979, con imágenes del pintor azteca Marcos Limenes. El segundo, El rumor de la niebla / La rumeur de la brume, de 1984, fue editado en una versión bilingüe, española-francesa, en Montreal, Canadá, por Editions d’Orphée. Cuando se cumplieron 10 años de su muerte, en 2006, se publicó el libro Cuadernos de Bárbara por Editorial Galinost, que incluye los libros Baño de mujeres, El rumor de la niebla, Playas de fuego y los textos, hasta entonces inéditos, reunidos bajo los títulos La otra orilla y Fragmentos.


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El libro Cuadernos de Bárbara incluyó los textos inéditos de la poeta que estaban en su computadora. La labor de edición la hizo su madre, María Luisa, y su padre Poli. Un año después de su aparición, el libro obtuvo el Premio Altazor de las Artes Nacionales 2007. “El libro que rescatamos Playas de fuego tenía tres o cuatro versiones”, comentó su madre María Luisa, quien también dijo: “Creo que es muy buena la poesía de Bárbara, independientemente de que yo sea su mamá. Mira, yo puedo dejar de lado mi amor por ella y leer su poesía y eso lo pude hacer siempre”.
En la parte final del libro Cuadernos de Bárbara, titulada Fragmentos, hay versos con guiños a la infancia, al pasado familiar, a las sombras del pasado. “El patio está sucio / las hojas se han ido amontonando / sobre el cadáver de mi perro / sobre el cadáver de mi infancia // El patio está solo / No sé de dónde vino tanta muerte / tanto dolor agolpado en los rincones”.
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Bárbara Délano Azócar nació en Santiago, el 17 de octubre de 1961. Se formó rodeada de libros. Su madre era la psicóloga y poeta María Luisa Azócar y su padre fue el escritor Poli Délano, quien se exilió tras el golpe de Estado, en México, en 1974. Por esos años, sus padres estaban separados y las hermanas Bárbara y Viviana, viajaban los veranos a Ciudad de México para estar con el padre. Bárbara era nieta del periodista y escritor Luis Enrique Délano y de la fotógrafa Aurora “Lola” Falcón May.

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Bárbara escribió en el texto de presentación de la antología Entre la lluvia y el arcoíris: “Vivo en Santiago, donde se supone que este año entraré a la universidad. Además, pienso estudiar idiomas y montar un pequeño laboratorio de fotografía, cosas que alguna vez me permitirán cambiar de planes con cierta independencia”. Los poemas que la poeta le envío a Soledad Bianchi para la antología son cinco, enumerados con el título Fotografía. El primero, el más extenso, es una descripción del otoño en Santiago, donde nombra el parque Forestal, los juegos Diana y dice: “Otoño Santiago viejo y cafesoso / El frío te llega a los tobillos / y las alcantarillas son el colador de la pobreza”.
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Escribió poemas sobre los juegos Diana, el Santiago otoñal, sobre el viaje y el mar. También un poema sobre Bernardo O’Higgins. El primer párrafo señala:
“Odio tener que hablar de O’Higgins
como el padre de la patria
porque sé que no es padre de nada
porque no sé si mi patria tiene padres
porque patria es un nombre feo
En cambio me gusta la palabra pueblo
porque es ancha y ruidosa”.
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Integró las Juventudes Comunistas. Fue una mujer comprometida social y políticamente. Pero con los años tomó distancia: prefirió alejarse de la intolerancia y los dogmatismos. Fue elegida reina de las JJCC. En un poema escribió: “Fui diosa fui reina / No en vano somos nada mis amigos muertos y yo / Por ellos me he tendido aquí / para abrazarlos amorosamente / como lame el mar a lo lejos la orilla”.
En junio de 1999, Pedro Lemebel publicó en la revista Punto Final el texto Bárbara Délano (O “una perla de luna que naufragó con el sol”). El cronista recuerda a la poeta en un bailongo en el bar Cinzano, de Valparaíso, y anota que ella “me regaló el cielo iluminado de sus ojos”. Bárbara tenía los ojos claros y una mirada encantadora. “Formada en la Jota, su cabellera dorada resaltaba en los cuadros de camisas amaranto que vestían los muchachos del partido. Y la Bárbara era tan bella, una verdadera muñeca nacida para una corona, por eso fue elegida reina de las Juventudes Comunistas, cuando los chicos jotosos se daban tiempo para jugar en medio del apuro contingente de esos días”, escribió Lemebel.
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Le gustaba ir a la casa familiar que quedaba en Cartagena, ubicada sobre un acantilado, cerca de la caleta San Pedro. Incluso, a inicios de los años 90, se instaló a vivir allí por varios meses. Casi un año. Quería finalizar algunos libros pendientes. Conversaba con los artesanos, con los pescadores y le gustaba hacer largas caminatas hasta que caía la noche. “Trabó amistad con un grupo de mujeres del pueblo, además de incorporarse a la vida cotidiana del vecindario”, cuenta su amigo Sebastián Gray. Hoy, en el balneario del Litoral de los Poetas, una plaza de juegos lleva su nombre. Alguna vez, Bárbara escribió: “A veces íbamos al mar y comíamos almejas / en algún boliche barato del puerto / Dejábamos que el sol pegara sobre nuestras piernas / y al salir escribíamos en las paredes / frases heroicas que he olvidado”.
En varias oportunidades, Bárbara viajó junto a sus amigas y amigos a Cartagena en su auto marca Renault 5, que le había regalado su padre. A veces, en esos trayectos por la carretera, recitaban poemas en voz alta. Leían a César Vallejo, leían a Jorge Teillier, leían a Gabriela Mistral, a Pablo Neruda, a Alejandra Pizarnik.
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Bárbara conoció como pocos las calles de Ciudad de México y de Santiago. En México terminó sus estudios secundarios y de vuelta al país, estudió Licenciatura en Letras Hispanoamericanas, en la Universidad de Chile. Un día de 1980 fue detenida por participar en protestas contra la dictadura. Estuvo detenida en más de una ocasión antes de regresar a México en 1982, donde ingresó a la UNAM.
Por esos días colaboró en la revista literaria La brújula en el bolsillo. Para obtener el grado de Licenciatura en Sociología elaboró una tesis, tecleada en máquina de escribir, titulada El partido comunista de Chile: Trayectoria de una línea política (1958-1985).(pdf) La tesis está firmada junto a Sergio Rebolledo Melero. “El flaco”, como era conocido, fue pareja de Bárbara por varios años. Con él llegó a México. Dividida en tres capítulos, en su introducción se señala que se elige 1958, el año que el Congreso Nacional revoca la ley que mantenía al PC chileno en la ilegalidad. La llamada “Ley maldita” había sido promulgada una década antes, promovida por el gobierno de Gabriel González Videla. De esta manera se impulsa “la revolución antioligárquica y antimperialista”, mediante la vía pacífica. En el capítulo central, el dos, llamado El impacto de la derrota y las tácticas contra la dictadura, Délano se refiere tanto a la privatización de las empresas públicas, como a las labores de los organismos de represión, la DINA y la CNI, destinados a detener, torturar y a desaparecer a los opositores del régimen de Pinochet. La tesis está fechada en 1987 y aún la dictadura se impone en Chile. En la UNAM, Bárbara Délano recibió la medalla Gabino Barredo al mérito universitario, destinada a alumnos sobresalientes.
“ERA UNA PERSONA ENCANTADORA, HERMOSA…”
En 1977, en Santiago, Bárbara integró la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ), quienes se reunían habitualmente en la SECH, dirigida por Ricardo Wilson, donde además participaban las y los autores Sylvia Gaínza, Diego Muñoz, Armando Rubio Huidobro, Gregory Cohen, Mauricio Electorat y Antonio Gil. Con algunos de ellos participó en un taller llamado “La Botica” (se reunían en una farmacia). De la agrupación surgió la antología Poesía para el camino.(pdf) Bárbara tenía 16 años cuando entregó sus poemas para la compilación.
El poeta Jaime Gómez Rogers, Jonás, publicó un artículo sobre la antología en el diario Las Últimas Noticias y especula que la poeta “quizás es la más joven del grupo, su poesía es tal vez una de las más interesantes de esta antología”. Luego agrega: “En Bárbara Délano sorprende el manejo de un lenguaje coloquial que adquiere, sin embargo, una resonancia profunda. La poesía le brota, entonces, sin esfuerzo, referida a experiencias cotidianas, sin impostaciones, la voz extrae de los objetos comunes una dimensión notable”. Jonás selecciona para el diario unos versos de Bárbara: “Te quedaste allí / tumbado en un rincón de tu casa / como abandonado al tiempo / sin darte cuenta que te he traído / el olor salado del mar”.
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Publicada en 1977, la antología Poesía para el camino tuvo una tirada de mil ejemplares, editada por Ediciones Nueva Universidad, de la Vicerrectoría de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Bárbara es seleccionada con tres poemas, entre 17 poetas presentes en el volumen. Entre otros están Armando Rubio, Antonio Gil, Paula Edwards y Erick Pohlhammer. Bárbara tiene 16 años y sus textos se titulan con las palabras del primer verso de cada poema: Hay calles…; Allí donde las calles… y Te quedaste allí.
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Bárbara seguirá siendo incluida en antologías. En 1985 integra la Antología de la nueva poesía femenina chilena,(pdf) a cargo de Juan Villegas, impresa por Editorial La Noria. Su nombre está presente junto a los de Alejandra Basualto, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Teresa Calderón, Cecilia Vicuña y Rosabetty Muñoz. Bárbara es parte del volumen con los poemas: Tiempos de repliegue, Fotografía I, Fotografía II, Fotografía III, Fotografía V, El viaje, Los viajantes y Multitudes en Santiago. En el primer párrafo de este último poema escribe: “Sobre la desértica estepa / un rumor de multitudes se divisa: / son los antiguos corazones de los muertos / abriéndose y cerrándose; / resonancia en cardos floridos”. El poema cierra con el verso: “Quién dijo que la muerte no moriría”.
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Es 2025 y Mauricio Electorat trae a su memoria los recuerdos de Bárbara, a quien conoció como parte de la Unión de Escritores Jóvenes. “Era una mujer extraordinariamente seductora, simpática, inteligente y culta”, señala el escritor y dice que por entonces “pololearon”. “Todos caímos enamorados de Bárbara, en un momento o en otro. Ella militaba en la Jota, yo en el MAPU Obrero Campesino. Ambas organizaciones controlaban la famosa Unión de Escritores Jóvenes (UEJ). Nos encariñamos y nos hicimos muy amigos. Después, ella se fue a México y yo a Francia, donde me casé y tuve hijos. Bárbara me visitaba en París. Se hizo muy amiga de mi mujer de entonces, Isabelle Gugnon, traductora del español al francés. Luego, ellas se siguieron viendo en Chile, e Isabelle terminó visitando a Bárbara en México. Durante muchos años con Bárbara hablábamos por teléfono, podíamos conversar una hora, dos horas… Una de las experiencias más tristes de la vida, ha sido la trágica muerte de Bárbara. Fue muy jodido”.
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La poeta Soledad Fariña compartió algunas lecturas con Bárbara. Una vez leyeron en la Universidad de Chile. “Era una persona encantadora, con sentido del humor, hermosa, muy buena poeta, comprometida políticamente y feminista”, dice la autora de El primer libro. “Si la volviera a ver, correría a abrazarla, a contagiarme con su risa, con sus penas y alegrías”, agrega.
Roberto Brodsky conoció a Bárbara en la casa familiar de calle Valencia, en Ñuñoa. El escritor merodeó el taller “La Botica”, que formaban algunos integrantes de la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ). “Era un cenáculo de anarcoliteratos sin un solo peso para invertir en el oficio. Yo era el nuevo, el recién llegado —extrañamente, nunca he podido dejar esa condición—, y Bárbara me recibió con una coquetería intimidante que el tiempo transformó en lealtad ciega, a prueba de amoríos y traiciones”, escribe Brodsky al inicio del libro Playas de fuego publicado por Dolmen Ediciones en 1998.
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“La vieja muerte nos encontraría a la vuelta de la esquina”, apuntó en un verso. En México, Bárbara era la directora de publicaciones de la Procuraduría Agraria. Vivió en la calle Tamaulipas, en la Colonia Condesa, cerca del Bosque de Chapultepec. Desde las ventanas de su departamento se veían las cúpulas de la iglesia de Santa Rosa de Lima. Le gustaba el vértigo que producen los cambios. Era octubre de 1996. Así fue como decidió viajar de sorpresa a Chile: pronto sería el cumpleaños de su madre, María Luisa. Y también el de ella: el 17 de octubre. Bárbara tenía 34 años. En Chile cumpliría los 35.
Antes de llegar a Santiago, realizó una escala en Lima, Perú, donde visitó a algunos amigos. Allí se reunió con el poeta Antonio Cisneros, Guillermo Niño de Guzmán y Carolina Teillier, hija del poeta Jorge Teillier y Sybila Arredondo. La anécdota se repite: horas antes de tomar el avión que la trasladaría a Chile, una de las actividades que realizaron los amigos fue almorzar en la cevichería Canta Rana, en El Barranco. Alguien le comentó a Bárbara que hacía dos siglos, el escritor Herman Melville había grabado su nombre en uno de los mesones de madera de un bar de El Callao. La poeta hizo el mismo gesto y con un cuchillo grabó también el suyo en una mesa del local Canta Rana. Con letras mayúsculas grabó su nombre: BÁRBARA.
Horas más tarde, cuando ya era de noche, Antonio Cisneros la despidió en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Estaba atrasada. Corrió a tomar el avión. Fue la última pasajera en subirse al vuelo. Es la madrugada del miércoles 2 de octubre de 1996 y a 52 km de la costa limeña, el Boeing 757-200, del vuelo 603 de Aeroperú, con setenta personas a bordo se estrelló contra el océano Pacífico. No hubo sobrevivientes. “Entonces vi el avión atravesando el cielo / la nieve blanca se extendía abajo / y el sol era más grande que nunca / como en los dibujos de los niños lo vi”, escribió Bárbara, quien ese día vestía un traje de dos piezas de lino blanco. El diario La Tercera tituló en su portada del jueves 3 de octubre de 1996: “¡70 muertos! 32 chilenos entre las víctimas”. El diario peruano El Comercio colocó en primera plana: “Habría sido falla electrónica. Avión de Aero-Perú transportaba a setenta personas”.
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Donde más se repite la palabra mar es en el poemario Playas de fuego. Es el escenario central, el punto de partida de sus metáforas, donde vemos un horizonte, un espacio donde confluyen los recuerdos y lo desconocido. “Porque todo lo que se pierde va a dar al mar / me tiendo en el borde / para oír a mis hermanos muertos / Puedo ver en la ciudad desierta / a mujeres que amontonan cachureos en los patios / pequeños objetos que se pudren”.
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Poli Délano, pocos meses después de la muerte de Bárbara, dijo: “Eso que han dicho, que algunos de sus poemas son premonitorios, que de alguna manera anuncian su muerte, lo más probable es que sea parte de la zona melancólica de su carácter”.
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En octubre próximo cumplen treinta años desde su muerte. El único amigo que sabía que Bárbara aterrizaría en Chile de madrugada, y que incluso la iba a ir a buscar al aeropuerto, fue el arquitecto Sebastián Gray. Ambos se habían conocido en el café Torres, ubicado en Alameda con Dieciocho, en Santiago, a comienzo de los 90.
En octubre de 2006, cuando se cumplieron diez años de su partida, Gray escribió una columna en la prensa: “Nos hicimos inseparables en el acto mismo de conocernos, y nunca dejamos de correspondernos cuando estábamos alejados, o de divertirnos cuando estábamos juntos. Aún hoy recuerdo su voz cuando me llamó por teléfono desde Lima para confesarme que, en un arrebato, había decidido viajar a Chile. ‘¿Me puedes ir a buscar al aeropuerto? Y no le digas a nadie, que es una sorpresa…’”. Una década después, en 2016, Gray escribió la columna Pensando en Bárbara Délano, en The Clinic: “Todos se flechaban con Bárbara, y ella era leal y espléndida. También ella había llegado de vuelta, tras su exilio y estudios en México, en un momento en que Chile se sacudía de la dictadura y había espacio para ilusiones. Compartimos entonces un instante bellísimo de la vida, aquel en que la juventud se consolida con madurez y confianza de poder hacer cosas trascendentes. Nos hicimos inseparables. (…) Bárbara yace en el mar, junto con muchos otros. Ese mar representa la vastedad de la ausencia, del espanto, del dolor. No hay caso. Es que era un astro. Somos desolados huérfanos de su humanidad, una magnífica excepción, alguien en quien creíamos, que nos hacía soñar y reír, que nos prometía amar la vida”.
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Dos semanas después del accidente se efectuó un oficio religioso en memoria de Bárbara, en la parroquia de la Anunciación, en Pedro de Valdivia 1850, en Santiago. Era sábado, pasado el mediodía. Estaban sus padres, su hermana menor, Viviana, y varios amigos. Delante del altar, donde el cura realizó la misa, se colocaron dos fotografías de Bárbara, donde es retratada sonriendo. En una imagen está de perfil con melena. En la otra imagen, parece que bromeara imitando a una modelo de revista de moda, seduciendo a la cámara, con pelo más corto, lentes de sol, riendo y tomándose el cuello de su chaqueta con ambas manos. Ese día, en la parroquia de la Anunciación, se escuchó su poema El viaje. En los primeros versos leemos: “El fuego no prende pues / llueve y estamos desnudos. / En la orilla / un encaje de leños se balancea. // Hacia el abismo. / Sobre el monte nubes grises, / El rumor de la niebla que se expande”.
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Cuando Bárbara regresó a Chile, a fines de los 80, integró el Centro de Estudios de la Mujer. Bajo el sello del centro publicó los textos Mujer y trabajo. El caso de las secretarias, en 1989. El mismo año, junto a Thelma Gálvez y Rosalba Todaro, publicó Demandas de las mujeres asalariadas. En 1993, tres años antes de morir, publicó el libro Asedio sexual en el trabajo, junto a Rosalba Todaro. El libro está basado en una encuesta efectuada a 1200 trabajadoras de Santiago y se señala que es “el primer estudio que se hace en Chile sobre este tema”. Dividido en cinco capítulos, el volumen cierra con un ensayo solicitado a Alfredo Rojas para tener una perspectiva masculina sobre el tema. A comienzo de los 90, Bárbara también publicó el libro Las relaciones públicas en Chile: fundamentos prácticos y teóricos, por Editorial Universitaria.
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Estaba mirando por una ventana de la pieza de su departamento. Era un día luminoso, casi despejado. Había mucha luz en su rostro. En sus ojos había luz. Las pocas nubes que rondaban en el cielo parecían grandes algodones que, lentamente, se acercaban a Bárbara. Luego escribió: “Tengo la edad que se hace con la piedra y el barro / la edad del eclipse / de sueños como grandes limoneros / como el olor dulzón pesado de la marihuana”.