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“El arte de la navegación”, o reflexiones en torno al (des)amor
en la poesía de Patricio Morales Lizana
AlaMira Editorial, Santa Cruz-Chile, 2024.

Por Bernardo González Koppmann


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“Ahora que el ojo del cazador no mira
podemos abrazarnos en estas lejanías”
PML

 

Suele ocurrir que cuando se disfruta la lectura de un buen libro de poesía, nos cuesta escribir una reseña; preferiríamos no romper el encanto que deja el goce estético del texto en cuestión. ¿Cómo expresar en breves líneas todas las sensaciones que captamos en los poemas? En esta oportunidad se trata de “El arte de la navegación”, la última obra de Patricio Morales Lizana (Santa Cruz, 1984).  Aun así, abordaremos el desafío.

“El arte de la navegación” es un poemario de 88 páginas, el cual consta de alrededor de 30 poemas, algunos brevísimos apenas de un solo verso, divididos en tres apartados (“En dirección al fondo”, “Cartografías” y “La mar en calma”).

La temática que aborda —según se puede observar a simple vista— es la ruptura de una relación amorosa, lo cual el poeta asumirá como un naufragio que irá decantado con altos y bajos, hasta recuperar la templanza luego de una verdadera odisea, para reintentar, ya en el epílogo, una nueva relación, ahora no como aprendiz en las lides del amor, sino más maduro y marcado por la sabiduría que deja el dolor. Aunque, me pregunto, ¿a quién no le gustaría volver a tener la inocencia de la primera vez?

Morales Lizana es un poeta de oficio, con varias publicaciones a su haber, destacándose por la pulcritud, moderación de su propuesta escritural y una extraña sapiencia en sus trabajos anteriores, bien recibidos por la crítica y rubricados fuera de los grandes círculos literarios. En esta oportunidad, aunque usa un léxico bastante cotidiano, coloquial se diría, a la usanza de Sergio Hernández, el poeta de Chillán, recurre en sus divagaciones a personajes míticos e históricos para contextualizar y extrapolar su relato, pero sin caer en el vicio de lo culterano, lo cual considero que ensucia la poesía más que iluminar el caos con humildad y trasparencia. También apela fraternalmente en sus citas epigramáticas a variados poetas chilenos, preferentemente de provincias, construyendo junto a sus mentores un lenguaje no exento de acertadas imágenes, rico en referencias principalmente al universo del mar, la navegación y los naufragios, con aciertos notables.

La primera parte, “En dirección al fondo”, da cuenta de su fracaso conyugal (y existencial, agregaría yo) al que urge hacer frente antes de sucumbir. “Derrota. Vasos quebrados. / Fracasos tras fracasos, // La sed era tan terrible como la sal.” p23. En el desarrollo de este apartado el hablante hace profundas y bellas reflexiones respecto al estado en que se encuentra y busca explicaciones a su situación. “No saber traducir los estruendos del corazón / ha sido siempre el problema de los náufragos.” p30. En ciertos poemas me recuerda el realismo de lo doméstico descarnado, cercano a Raymond Carver: “Bolsas con ropas desparramadas, libros por allá y por acá; / un acuario con peces muertos, / un viejo pañuelo con que pintabas tus pinceles / colgando de la escalera donde nunca quisiste hacer el amor. // Fotografías, una cebolla podrida, discos, colgadores rotos / y esta pena inmensa del viaje que nunca termina: / la angustia de jamás llegar a puerto.” P33. En el transcurso de la travesía aparecen los remordimientos, más que los arrepentimientos (“Después de muertos comprendimos.” p37); repasa la vida en su aldea, su infancia, su adolescencia (“Y es que la cosa es clara / en este pueblo de adoquines: / las muchachas más lindas / nunca bailan con extraños / de libritos y metáforas, / las muchachas más bellas / sólo bailan con marinos rudos.” p31. Incluso inventa alter egos (Náufragos I, II, y II) en un intento extremo por olvidar los motivos del dolor despojándose de su identidad y así poder calmar las penas de amor. Desesperado, lanza sus últimos estertores y se somatiza o extrapola el desasosiego que lo ahoga hacia todo lo que lo rodea, sean aves, vientos, olas, lejanías, lenguas extrañas, mitos y leyendas. Al final, nuestro sufriente, encuentra en una palabra -que podría ser Ninhue, Comala, Macondo, Nirivilo o Chépica, el prototipo de la aldea natal- una tabla de salvación en el naufragio; en ella reviven las “remembranzas y añoranzas”, al decir de Emma Jauch, el oikos griego, el lar mítico, “nuestra casa”, donde todo se armoniza, reposa y se vislumbran los aromas de una vida nueva.  He ahí el poder de la poesía.

Hasta aquí “El arte de la navegación” nos parecía un libro interesante, pero de repente, al ingresar al segundo cuerpo, “Cartografías”, se nos revela un nuevo temple, algo parecido a un sortilegio o movida perfecta que nos conduce a otro puerto o destino: “Atravesarás el umbral / y tanta luz te cegará unos segundos.” P62. Y la historia se empieza a poner buena. El poeta se reconoce lejos de todo aquello que lo atormenta. “A la espera de una taza de café / intento escribir el poema de mi vida. / Lo espero sentado en la terraza / de un antiguo país del Este / cruzado por tranvías. // En este país con mar / por las mañanas lavo mi cara, / saco las plantas al sol / y balbuceo te extraño / mientras tiendo la toalla.” P53. Ese país se llama Melancolía, y simboliza la distancia del dolor que va desapareciendo como todas las cosas en la vida. El poeta exiliado ahora reflexiona más sereno y busca respuestas sensatas a las interrogantes que le plantea la soledad. Se pregunta, “Entonces, / cuándo elevar o arrojar el ancla? / cuándo entregarse al oleaje, / sumergirse y arrastrarse hasta la playa, / aunque los labios se rompan en la arena?” p56. Después del tiempo que fuere necesario zarpa, emprende rumbo incierto por esos mares de Dios, sabiendo que siempre volverá al origen, a la tierra, a los gestos verdaderos de la casa natal, al fogón, a la plenitud, a la hermosura de ser modestamente el poeta de la aldea. “Cerrarás la puerta / y sabrás que allí volverás algún día.” P63.

En la tercera y última parte de libro, “La mar en calma”, el poeta, literalmente “marinero en tierra”, lanza la red al agua y sorpresivamente captura una sirena, o la sirena lo captura a él. “En tierra, María se desvelará conmigo. / Será costumbre que el amanecer / aparezca sin que lo llamemos, / escuchar el peso de los camiones / que pasan por la carretera / y las caminatas de campesinos silbateando / entre los potreros antigua rancheras”. Es la nueva compañera que vendrá a cosechar los sueños heridos y remozados del ex náufrago que ha regresado. Difícil no vincular estos poemas, guardando las proporciones, a la poesía amorosa de Efraín Barquero, especialmente a la escrita en Constitución. El último texto, “Nuestra casa”, nos confirma una vez más que la simpleza, lo verdadero, los gestos entrañablemente humanos, la humildad, la bondad, son el cimiento de la belleza, de la auténtica poesía, y Patricio Morales Lizana da fe de ello en su escritura y en su estilo de vida.

“El arte de la navegación” es, sin duda, un libro para celebrar y renovar la fe en las artes amatorias y en el eterno femenino, a pesar de los pesares, en este tiempo y en todos los tiempos. Así sea.

Talca, 16 julio 2026.

 



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