Durante más de medio siglo la literatura chilena ha vivido un proceso bien interesante, que ha sido analizado más en sus particularidades que en su conjunto, y en ese arqueo o recuento la Generación NN o del 80 sale bastante vapuleada, no por los comentarios sino porque se omite su presencia o, más directamente, se le niega su existencia. En materias estéticas es legítimo y necesario discrepar con altura de miras y abanderizarse por los postulados teóricos que nos hagan más sentido. Después de la narrativa tradicional y candorosa de principios del siglo XX, que por cierto tiene notables cultores, el criollismo mundonovista surge novedoso y pintoresco, campeando en la afición de los lectores —la popularidad de Mariano Latorre superó toda expectativa, aplicando en Chile el naturalismo de Zola y otros— hasta que la potente irrupción de la Generación del 38 los deja offside, con una pléyade de escritores que ya los quisiéramos hoy, no porque escaseen en nuestros día, sino por la temática que desarrollaron, por el relato de trasfondo, por el lenguaje vivo, a flor de piel, por los personajes entrañables que fueron creando y que todavía nos acompañan en tardes de tedio. No voy a dar ejemplos porque ocuparía páginas y páginas en la volada, baste mencionar a Baldomero Lillo, Nicomedes Guzmán, Manuel Rojas, e incluso al notable Óscar Castro, para que el corazón se me salga por la boca. La Generación de los 50 intentó dar un giro a esta escritura incorporado recursos gramaticales contemporáneos, anglicismos, temas cosmopolitas, los vicios del mundo moderno, como diría don Nicanor, un aggiornamento apresurado que no agota la lectura profunda de nuestros clásicos, lo cual fue casi una provocación, simpática por lo demás, que no dejó indiferente al avisado lector. Y ahí entroncamos con la Generación del 60, autores que vivieron en un breve lapso de tiempo sucesos históricos importantes como la revolución cubana, la guerra de Vietnam, el mayo francés, la china de Mao, la llegada del hombre a la luna y un sinfín de acontecimientos que se van a replicar en Chile; es lo que se reconoce como la ascensión del movimiento popular que culmina con el triunfo de Allende, con poetas mayores a la vanguardia, la nueva canción chilena, el muralismo, la danza moderna, el teatro experimental y otros movimientos de toda índole que vinieron a zamarrearnos del peso de la noche y una siesta postcolonial que se prolonga demasiado. En lo estrictamente literario Ramiro Rivas, resume así la propuesta de Los Novísimos: “Como primera medida habría que considerar el lenguaje. De ahí arranca la renovación efectiva. Estos narradores dan sepultura al seudo lirismo, el seudo filosofar, o la maraña metafísica, el constante falseamiento de la historia, a la adoración abstracta de la anécdota. En su gran mayoría dejaron atrás los caducos moldes del narrador omnisciente. Se dejó de narrar desde el exterior, desde esa atalaya que todo lo abarca, para dar paso a la corriente de conciencia, el lenguaje vivencial, el propio lenguaje coloquial con altura estética, aspectos ausentes en nuestra narrativa predecesora; la desacralización de un sinnúmero de mitos, la paletada final a un esteticismo ramplón y cursi, el lenguaje oral con todas sus alternativas, con todo su descaro, el erotismo sin falsas mamposterías morales, todo ese cúmulo de enumeraciones cobra vitalidad y frescura en estos narradores chilenos”. Así estaban las cosas, cuando un día todo estaba ardiendo. La historia ya la vivimos, ya la conocemos. Entonces, se produce la diáspora y al interior del país se dejó caer un silencio sepulcral que demoró años en sacar la voz. Los escritores que ahora forman la Generación NN o de los 80 debieron levantarse de la derrota y hacerse a pulso, artesanalmente, fundando a pesar de los pesares la estética de la llaga abierta, de la cicatriz; literalmente, debieron respirar por la herida. Fue tan brutal el Golpe que el país se quedó mudo y hubo que empezar a balbucear con gestos, sollozos, susurros, más que con conceptos acribillados vaciados de ternura, de compañerismo, de humanidad. Eran años de delación solapada -nunca se nos olvide- y represión impune, en los cuales resultaba fundamental la fraternidad veladamente clandestina, o clandestina a secas, al modo de las catacumbas, donde nos repartíamos las hojas mimeografiadas entre hostias y bandos militares. Cristián Montes Capó nos describe cabalmente a la Generación del Roneo: “En esta narrativa -al menos en los escritores aquí antologados- se aprecia una problematización del presente, un intento de elaborar el duelo respecto a las muertes acaecidas en la dictadura y una reflexión sobre las vastas consecuencias de la experiencia vivida, como la falta de compromiso con la historia, de la violencia generalizada y de lo lesivo que es para el sujeto la crisis del sentimiento de comunidad y de pertenencia. Así, emergen con fuerza núcleos de sentido predominantes como el sentimiento de orfandad (tanto la familiar como la generada por la pérdida forzada de utopías y proyectos comunes), la desaparición forzada, la tortura, el encierro, la fractura comunitaria, el miedo, la experiencia del exilio y las crisis de identidad”.

El Club de la Serpiente que aquí nos convoca retoma como colectivo —lo que no es menor— las andanzas literarias del Chile profundo recogiendo toda esa notable herencia cultural que hemos venido bosquejando, y enarbola pluma en ristre un puñado de cuentos memorables rescatando la memoria en tiempos de negacionismo, donde la batalla cultural neofascista pretende borrar todo registro de las atrocidades cometidas durante el periodo que venimos recordando. «Miente, miente que algo queda», repetía el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, y sus corifeos criollos repiten como loros el estribillo. Este grupo de escritores —entre los que divisamos a Ramiro Rivas, Sergio Infante, Guillermo Martínez, Jorge Calvo, Miguel de Loyola y Luis Alberto Tamayo— se vienen reuniendo de tarde en tarde en bares míticos, ya sea en Las Lanzas, El Hoyo, El Eladio, El Chilenazo, La Unión Chica, Las Terrazas, y otros más subrepticios, o en sus domicilios particulares, con el único propósito de compartir la vieja amistad y reconocerse sobrevivientes de una bella época brindando y conversando, básicamente conversando, de autores, de libros, de sus exilios y retornos, de amores, de nuevos proyectos, de la vida en suma, esa historia común que han venido tramando, urdiendo, desde los ya lejanos días del movimiento popular y cultural que se empieza a levantar con fuerzas a mediados de los 60 hasta prácticamente nuestros días. Se llaman, se coordinan y se juntan así durante décadas en búsquela de una respuesta a la barbarie que nos ha pretendido atomizar desde la instauración de la aldea global y el necroliberalismo en Chile y en el mundo, durante más de medio siglo, con el fin de transformarnos en consumidores de objetos desechables, baratijas todas sin alma ni poesía. Pero estas plumas rebeldes, insisto, se negaron y se niegan a mimetizarse en la frivolidad de una cultura, literatura o arte de farándula donde el libro se transforma en mercancía y deja de ser un objeto de arte.
Está selección de cuentos de “El Club de la Serpiente” rescata la profunda humanidad de un pueblo mancillado que se niega a sucumbir. Y de eso quisiera hablar, brevemente por supuesto, de la grandeza humana, de la enorme atracción y la entrañable simpatía que atraviesa estás páginas en la voz de personajes tan disímiles como encantadores, que vienen a restituir nuestra más profunda capacidad de ser sensibles, pensantes y amorosos, cuando la noche parece más negra. Entonces, que este grupo de antiguos deportistas se reúnan en torno a un buen mosto a tertuliar y elucubrar sueños que se hagan realidad, como esta antología, es motivo de honda emoción, alegría y gratitud. Salud, muchachos.
Esta cofradía de narradores, desde el mítico Ramito Rivas (1939) hasta Luis Alberto Tamayo (1960), se insertan en un periodo de la historia de Chile cuyo epicentro lo encontramos en La Moneda, precisamente el 11 de septiembre de 1973. Queramos o no, este suceso marcaría la escritura de varias generaciones, en especial a Los Novísimos, como los rotuló Donoso, y directamente a Los NN, por ser contemporáneos a la represión que se dejó caer sobre el país con su largo rosario de torturados, detenidos, desaparecidos, exiliados y retornados que nunca más volvieron a ser los mismos, porque unos siguieron fiel a sus principios, pero otros se acomodaron a las circunstancias, y no faltaron, los menos eso sí, que se pasaron al bando contrario, conocidos como fríos e insidiosos conversos. Cada uno en su estilo, cada cual con sus artificios y recursos literarios, plasmando sus propios lenguajes, como hemos visto al leer sus relatos, estos amigos han hecho su propio camino, pero, en este punto, quisiera poner énfasis, más que en escuelas y tendencias, en una virtud que salta a la vista en las distintas escrituras y matices de “El Club de la Serpiente”, y es la impronta señera de toda gran prosa, formada por la mejor tradición del cuento chileno y universal, esa contundente literatura creada por Maupassant, Chejov, Borges, Rulfo, Cortázar, García Márquez, Carver y otros, me refiero a esa calidez humana, a esa inmensa humanidad que atraviesa estas páginas como un tren nocturno por los húmedos y fragantes pueblos del sur. Ahí reside la riqueza inconmensurable de este libro, y de todos los libros, en mi modesta opinión, en rescatar lo esencialmente humano de todo acontecimiento, por humilde que sea, con gracia, con decoro, con maestría.
Para terminar, y a modo de recapitulación, y perdonen la lata, es bueno insistir en la idea de fondo de esta reseña. Las generaciones aquí fusionadas en “El Club de la Serpiente” fueron negadas, invisibilizadas, durante décadas con el propósito evidente de borrarlas de la literatura chilena, por motivos políticos y posteriormente comerciales. Primero, obviamente, por el golpe genocida y su aparataje de inteligencia brutal que intimidaba al más pintado, más aún si a vista y paciencia del mundo se quemaban libros en las calles dando una clara señal de lo que les esperaba a los intelectuales que osaran pensar, crear y publicar; los crímenes de Neruda y Víctor Jara, entre otras lindezas daba muestra de ello. Luego, durante los interminables 17 años de acérrimo pinochetismo los escritores que no se exiliaron siguieron escribiendo en las catacumbas, censurados y autocensurados; sus pares en el extranjero en su mayoría se van incorporando a los frentes de resistencia contra la tiranía. Posteriormente, con el pretendido retorno a la democracia, los reconocimientos siguieron siendo nulos para quienes narraron la barbarie de los carniceros, inclinándose el aparataje cultural —especialmente a partir del gobierno de Lagos y su Consejo del Libro— por autores de nuevo cuño, cobijados bajo el rótulo de Generación del 90 o Nueva Narrativa, literatura light que no problematiza ni reflexiona críticamente sobre el fantasioso milagro económico chilensis. Al ignorar a estos escritores del 60 y del 80, se pretendió cerrar la puerta a una cosmovisión compleja que intentaba enriquecer precisamente nuestra vapuleada identidad como sociedad, como pueblo multifacético, ciudadanos más íntegros, más cultivados, para un mundo complejo, hijos de la fusión y el rigor de manifestaciones artísticas, científicas y filosóficas universales. Aquí, en esta oportuna y necesaria colección de cuentos, encontramos un relato común subterráneo, no se pierden en la majamama insustancial, tienen cosas que decir, tienen la experiencia de vida que da la historia asumida en carne y hueso, tienen dolores, sueños rotos, luchas, viajes, amores y amoríos, reencuentros y utopías, todavía las viejas utopías, que saben relatar con esa sabiduría, con esa pericia y destreza que en algunos casos los acerca a los grandes cuentistas clásicos de siempre, apelando a la entrañable humanidad, repito, como origen de todo lo bello, impronta que nunca los abandona ni aún en las situaciones más escabrosas. Ese es el valor de esta literatura, de esta antología, de estos genuinos narradores que el tiempo pondrá en su justo lugar.
Talca, 20 agosto 2026.