Con un suspiro esto contaré
en algún lugar, dentro de una eternidad:
dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo...
yo tomé el menos transitado,
y eso lo ha cambiado todo.
Robert Frost
La obra de Bernardo González Koppmann (Talca, 1957) es testimonio de una poesía de honda raigambre en nuestra literatura, el larismo, de arraigo contumaz a lo permanente, no ya desde la nostalgia teilliriana sino más bien de lo epifánico o celebrativo de Efraín Barquero, Antonio Gamoneda o Hugo Mujica, reflejo de esa comunión primitiva entre hombre, naturaleza y comunidad; una lírica que goza de una larga y apreciada tradición, la cual hoy se erige como un bastión o reservorio de belleza y humanidad inabordable en un mundo contaminado, violento, cruel e inestable.
“El Hablante: Biografía de un pájaro”, última publicación de BGK, condensa un verbo bien trabajado, bastante más prosaico en esta oportunidad comparado con aquella escritura metafórica de abundantes imágenes a la que nos tenía acostumbrado, recurriendo ahora a una versificación sin mayores ornamentos ni pleonasmos, que de manera sencilla nos introduce en su imaginario, el mundo vegetal y animal de la comarca y sus contornos -maulina y chilota, preferentemente- donde la exuberancia del medio ambiente acosado por la modernidad y la memoria de los pueblos son los cimientos de esta poesía anclada en el rescate de una sabiduría ancestral, donde el hombre aún dialoga con el hombre y convive a duras penas con su entorno natural.
Esta última observación no es menor dado que conocemos bien a BGK, un poeta que no escribe desde el limbo o el parnaso, sino que se asume como un sujeto comprometido con el destino de su gente, con la historia de su pueblo. Por ello al leer “El Hablante: Biografía de un pájaro” debemos adentrarnos en la personalidad de nuestro poeta, hombre genuino, de la tierra, bonachón, pícaro, agudo, amistoso, profundamente reflexivo, un verdadero “huaso surrealista” al decir de otro poeta entrañable, José “Pepe” Ángel Cuevas, pero, ojo, nuestro “huaso surrealista” no es ajeno a voces poéticas universales, a poetas mayores de América y Europa, asimilando lecturas entrañables de Rilke y Kavafis, por ejemplo, como asimismo de Frost, Pound y la poesía China arcaica, lo cual repercute a veces en sus poemas.
Por otro lado, González Koppmann escribe a la intemperie, con una honestidad que le aflorapor los poros y conmueve. Es el poeta hecho carne, con sus sueños, desdichas y bonanzas apertrechados en el morral, siempre ladino en el batallar cotidiano, ya sea en los caminos de tierra de la vieja heredad, en los campos con cercos de púas, en el frío de los parkings, la inmensidad del mar, lo profundo de la mina o en el aula de clases. Con esa fuerza vivencial, ese torrente histórico del Chile real que corre por sus venas, encontramos en él, en la poética de los rincones y de las minucias que despliega con oficio, una cierta vinculación con algunos notables rapsodas de los lares profundos como Rolando Cárdenas, Sergio Hernández, Ramón Riquelme y Omar Lara, entre otros, aunque desde la cosmovisión maulina, con leves guiños a la cultura chilota, sustentado todo ello en la fenomenología, corriente estética y filosófica fundada por Edmund Husserl y difundida ampliamente por Gastón Bachelard en Chile con obras emblemáticas como El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia, El aire y los sueños: ensayo sobre la imaginación del movimiento, La poética del espacio y otras que estudian los elementos naturales como fuente primigenia o cantera inagotable para la imaginación creadora del poeta, quien a través de la ensoñación de la materia intenta penetrar la esencia de la experiencia humana.
BGK es un poeta cuya sólida obra se cimenta no sólo por la cantidad de libros publicados (veinte a la fecha), sino por el diestro cultivo de sus versos, quién gracias a la calidad de su escritura se ha constituido en un verdadero referente en la región del Maule.
Otro aspecto que es necesario mencionar es la mirada periférica del poeta, que hace suyo el dolor de otros pueblos que padecen y sobreviven en lejanas latitudes. No se encierra en su aldea metafísica, extiende su imaginación más allá del metro cuadrado que habita en su territorio, acercándose así a la poesía exteriorista -simple y directa- de Ernesto Cardenal por una amplia cosmovisión de raigambre cristiana que extrapola a otras culturas. Ejemplo de ello, es su poema “Canto de amor al pueblo de Gaza”, un texto que demuestra que no porque nuestro poeta viva en Talca o Chonchi está desconectado del mundo y sus tragedias. El texto dice así en sus comienzos:
“La verdad que estoy / lejos de Gaza, pero hasta / acá llegan los gritos de / los niños atrapados bajo / los escombros, las quejas / del herido que se arrastra / a cerrar los ojos de su madre / que recién estaba cenando / junto a él una sopa de huesos / hasta acá, mi barrio El Prado / en Talca, se escucha de noche / el silbido de los misiles de la / muerte que cruzan por el cielo / a dónde subió el Rabí en cuerpo y alma”.
La desgarradora actualidad que nuestro poeta denuncia en sus versos es una respuesta a la conciencia perdida de la humanidad, a su espíritu en quiebra y al profundo extravío existencial de una posmodernidad en crisis. Pablo Neruda, llamado el poeta del amor, pero cuya poética es un canto universal, en su enorme obra terrestre estaba conectado desde la semilla a los devaneos de la humanidad; de ahí brota esa sentenciosa frase trazada en su discurso de agradecimiento al Premio Nobel: “La poesía no habrá cantado en vano”. González Koppmann desde siempre así lo ha entendido, pero no solo en su poesía sino en su práctica de poeta, transformándose con el paso de los años en un hombre solidario, generoso, amable no solo con sus colegas escritores sino con el prójimo en toda su integridad y dimensión. Tal vez esa sea la esencia de la poesía, la belleza de la fraternidad o, si se quiere también, la fraternidad de la belleza. Una estética nueva para nuestro tiempo.
BGK es un hombre que apuesta por un mundo mejor, pero no sólo desde su lar poético, metafísico; consecuentemente, desea que el mundo cambie, que las relaciones de poder internacional se equilibren, que la paz se sustente en la justicia y el respeto a los derechos humanos, que se produzca la “Buena Nueva”, la utopía del paraíso terrenal. Los robóticos tecnócratas de Wall Street y del Pentágono y otros reductos demoníacos dirán que esta utopía es fantasía, ilusión pura, desvarío, locura. Pero la poesía, y en especial la poesía de González Koppmann, tramada microscópicamente paso a paso y día a día, no pierde de vista una nueva vida donde nos relacionemos con verdad, sensatez y armonía, esa ternura tan vieja como eterna que esperamos los hombres de buena voluntad aún en medio de la vorágine apocalíptica que hoy vivimos. Poesía del futuro, poslárica, jubilosa, lo que no es menor.
Al respecto, resulta clarificador y muy pertinente el prólogo de Gustavo Adolfo Becerra quien, entre otras verdades, señala: “Cuando se agotan los espacios íntimos, entrañales, en la casa de todos, donde nuestro planeta se ha convertido en botín de corsarios -con un sujeto histórico en franca decadencia espiritual- las expresiones humanas se ven reducidas a un individualismo feraz que ha desembocado en el vacío existencial de un nihilismo cada día más absorbente. Tal es el oscuro panorama donde se forja El Hablante”. Más adelante rotula: “Por ello, creo, es importante el cultivo de la poesía para explorar el sentido último del paradigma en crisis, que aún predomina en la sociedad posmoderna, con preguntas que nos permitan repensar y poner en valor nuestra vocación primigenia (el ser gregario, el saber vivir en comunidad), aspirando a una trascendencia de lo pequeño, marginado y excluido.”
Sin duda, el texto de Becerra nos hace recordar aquello que el poeta mártir Roque Dalton profetizó hace algunas décadas atrás: “El ser social determina la conciencia social”. Esa es, precisamente, la conciencia poética que nuestro poeta despliega en este bello libro, esa voz del espíritu profundo que lo identifica, pero no para lamentarse, sino para instaurar una sociedad a escala humana en la cual nunca hemos dejado de creer.
Ya para ir cerrado esta reseña y a modo de conclusión, afirmo que “El Hablante: Biografía de un pájaro” es un libro necesario porque su lectura nos ayuda a curar nuestra herida esencial (del cuerpo y del alma) al revelarnos página a página ese antídoto que es la hermosura contra los males de todas las edades y de todos rincones de la tierra.
Curicó, 25 marzo 2026.
