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Los avatares de Argos

Por Carlos Alexis Hernández



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Y a Argos le sobrevino la negra muerte
al ver a Odiseo después de veinte años.
Homero. Odisea, Canto XVII.

La noche previa a tu partida soñé que el refulgente azabache capilar que cubriera tu piel se convertía en un extraño marrón que ahora, a un año de tu arribo al insondable recinto que solemos llamar “muerte”, da cuenta de mi existencia a partir de entonces. No tengo que hacer un gran esfuerzo para concluir que,luego de iniciarme en el sideral espacio de la lectura, la naturaleza cromática de mi vida se ha vuelto gris. No obstante, tras la revelación de mi sueño de entonces el mundo adquirió un nuevo tinte, pues el marrón se metamorfoseó en el heraldo de mi particular infortunio. Tuvo que transcurrir un año para que pudiera conjugar las palabras “adecuadamente”, y poder así cometer un discurso que, aunque breve, estuviera a la altura de tu memoria.

Tu huella (el sustantivo no es casual) es indeleble, y por ello tu trayectoria vital me ha evocado desde que te fuiste a la del leal Argos, el perro de Ulises que esperó veinte años a su amo que partió a Troya a una guerra interminable, para regresar transmutado en un anciano cuyos ojos no pasaron desapercibidos para el pulguiento y hambriento can, agonizante entre el estiércol a las puertas del palacio. Una vez que reconoció al divino Ulises, el incansable Argos pudo por fin entregarse a la muerte y abandonar este mundo con la satisfacción del deber cumplido. No hay mejor símil, mi Negrita, para comparar lo que hiciste por nosotros en esta vida. No te podíamos pedir más.

Ejecutar un recuento de tus hazañas en este mundo es una tarea tan ingente como la del personaje borgeano que intenta describir la naturaleza eterna del Aleph. Por suerte para nosotros, tus actividades en nuestra humilde morada tuvieron la ventaja de la linealidad. Arribo, entonces, al inefable centro de mi relato.

Era una lluviosa mañana de junio cuando cruzaste la puerta del que sería tu hogar a partir de ese momento. Todo era nuevo para ti, y por eso no fue extraño que tu primer accidente fue no ver el ventanal cerrado contra el que te estrellaste. Explorarlo todo era la consigna. Recuerdo que nos preguntamos si serías capaz de subir la escalera cuando, sin darnos cuenta, ya ibas galopando en el séptimo u octavo escalón. En esos primeros días, cuando llegamos a la que sería nuestra casa, con Andrea lidiando contra su enfermedad y yo con las inclemencias de mi precaria condición económica, tú lo alegrabas todo, le dabas sentido a nuestra mermada existencia, el mismo sentido que después nos arrebataste con tu partida. No se me dan las enumeraciones, ni menos las cronologías, pero se me vienen a la memoria, entre tus múltiples “gestas”, aquella vez en que le partiste el labio a Andrea de un cabezazo; o cuando te comiste parte de la portada de mi edición de La montaña mágica de Thomas Mann; o cuando el recién comprado comedor del living duró nuevo apenas un minuto porque se te ocurrió posar tus garras en la superficie, convirtiendo la mesa en el mural de tus expresiones estéticas; o cuando cortaste el cable de la lavadora que no entiendo cómo no te electrocutó; o cuando te dejábamos en el patio y te estrellabas contra el ventanal, causando la ira de la insoportable y detestable vieja de al lado; o cuando cazaste una lagartija y nos la entregaste como ofrenda; o cuando te fuiste comiendo paulatinamente el cobertor de nuestra cama de dos plazas, el mismo que yo fui viendo a trozos en tus repetidas y simétricas deposiciones; o cuando devoraste la espuma de los cojines de nuestros sillones; pero la mejor de todas, y que seguramente sería merecedora de un espacio en la más señera de las antologías caninas, fue cuando destruiste la puerta de la cocina que da al pasillo del patio. Recuerdo que esa puerta tenía una rejilla plástica de ventilación que destruiste a patadas para poder entrar por ahí. Cuando instalé una nueva rejilla, esta vez metálica, tu venganza fue romper el cholguán y dejarnos sólo con el marco de la puerta. Así quedó y así la dejaremos, por siempre.  

Pasaron los años, a veces lentos y a ratos veloces, poco importa ya. Tu dinámica era siempre la misma: mientras yo trabajaba tu misión era velar por el sueño y cuidado de Andrea, postergando todo tipo de necesidades; cuando yo regresaba, tus funciones cambiaban y pasabas a ser la compañera de mis lecturas. Fueron muchos libros los que leí bajo tu vigilancia, siempre estabas observante, atenta a cualquiera de mis movimientos. Si debía madrugar para adelantar lecturas y luego ir a la feria, ahí estabas tú, dejando todo de lado. Cuando, producto del gran negociado que ha sido la pandemia, nos obligaron a hacer clases desde la casa, fuiste testigo de muchas de mis clases: creo, sin temor a equivocarme, que tú, mi Negrita, fuiste la mejor de mis estudiantes, siempre atenta a mis cambios de tono, seguramente interrogándote a quién le hablaba ese ser que era tu padre cuyas preguntas rara vez eran contestadas. Bueno, ahora que lo pienso bien, Andrea y yo pasábamos a segundo plano cuando nos visitaba tu abuela. Apenas cruzaba el umbral de la puerta, y sin siquiera esperar el arrumaco de rigor, introducías tu cabeza en la bolsa que traía y donde sabías que venía algún premio para ti: unas galletas, un hueso, un juguete. En esas jornadas, tu atención se dividía por tres, y te las arreglabas para cubrir los afectos de todos.

Como en toda historia, porque siempre estamos muriendo, sobrevinieron los días aciagos, acompañados de la enfermedad. Tampoco soy hábil para narrar lo funesto. Un día te vimos caminando extraño; otro cojeabas de la mano derecha. Tras las pruebas médicas, un tumor te había destruido el hueso del segundo dígito. “Amputación”, fue la palabra que empleó el veterinario para recomendar el modus operandi a partir de entonces. Tras ello, luego de una increíble recuperación, nuevas pruebas revelaron lo previsible: cáncer de pulmón. Más tarde, un agrandamiento cardiaco y un tumor en la uretra sellaron para siempre tu destino. Seguramente ese año fue uno de los peores de nuestra vida. Interminables visitas a hospitales, trabajo extra tras trabajo extra para que a nuestra Negrita no le faltaran los cuidados necesarios. Pero en nuestra vida siempre está acechando el fracaso, y todos los esfuerzos fueron, por ende, infructuosos. Decidimos lo que ya es imaginable. No querías partir, pero cuando dejaste de recibirnos el alimento (ese preciado jamón que, incluso con un dígito menos, corrías para comer sin sospechar que en el interior del rollo iban tus medicinas consuetudinarias), supimos que era tiempo. No te podíamos pedir más. El día llegó. Muchas de las personas que conociste y recibieron tus atenciones vinieron a despedirte. Tú les correspondiste a todos. Muchas lágrimas perlaron el rostro de Andrea y el mío: las primeras lágrimas de muchas más que vendrían. Ahora formas parte de nuestro hogar, en otro estado. Un ánfora de tu color lleva tu nombre en una medallita, junto a una fotografía que intenta serle fiel a tu aura de incondicionalidad. Y aquí estamos, aquí seguimos.

Eres como Argos, de hecho, creo que fuiste Argos. Nos esperaste muchos años para dejarte morir: insisto, no te podíamos pedir más. Te debemos mucho y en innumerables ocasiones creo que preferíamos el sufrimiento antes que ser despojados de tu memoria. Mis sueños son marrones desde que no estás.

Paradójicamente, el gris ya no me evoca experiencias infaustas.

Negrita, in memoriam.
13 de agosto de 2022.

 







 



 

 

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