Buenas tardes, gracias por esta invitación. Hoy en día las revistas literarias se parecen a esas casas
antiguas que sobreviven en la ciudad de Santiago, al acecho de inmobiliarias empeñadas en
demolerlas para rodearlas de edificios grises, feos y aburridos. Eso ocurre con las revistas que
abordan las artes, la cultura. Todas comprometidas en continuar su labor de difusión con muchas
voluntades y esfuerzos y ningún o muy poco apoyo financiero y gubernamental. Y alrededor,
acechando, medios que desinforman y deforman, redes sociales agresivas, y la hegemonía del
mercado, empeñado en enmudecer a las artes y a los patrimonios.
Desde 1992, la Sociedad de Escritores de Chile, ha hecho algo cada vez más difícil: ofrecer un lugar
donde la literatura pueda expresarse. Federico García Lorca decía que «el teatro es la poesía que
se levanta del libro y se hace humana». Una revista también puede levantarse de sus páginas. Salir
de la imprenta convertida en conversación, en desacuerdo, en memoria; encontrar lectores que la
contradicen, la continúan o la transforman. Y entonces ese texto termina realmente de escribirse.
Vivimos una época curiosa. Todo parece exigir rapidez, utilidad inmediata, rendimiento. Incluso la
cultura comparece con frecuencia como quien debe justificar su existencia ante un tribunal
invisible. Se habla de presupuestos, de eficiencia y de productividad con una naturalidad que a
veces hace olvidar una pregunta esencial: ¿qué ocurre con una sociedad cuando deja de conceder
valor a aquello que no puede medirse? ¿Qué ocurre cuando un libro deja de ser considerado un
bien cultural para convertirse apenas en un indicador de rentabilidad?
Hay síntomas que anuncian el empobrecimiento de una época mucho antes de que aparezcan en
los libros de historia. Uno de ellos es la desconfianza hacia la imaginación. Otro, el imperativo de
que la cultura debe demostrar constantemente su utilidad. Cuando una sociedad comienza a
preguntar para qué sirve la poesía, quizá no esté cuestionando a la poesía, sino la amplitud de su
propia mirada. Lorca advertía que "un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está
muerto, está moribundo". Podríamos ampliar hoy esa sentencia: un pueblo que no protege sus
libros, sus revistas, sus bibliotecas, y a sus artistas y sus espacios de pensamiento, comienza
lentamente a agonizar.
Por eso una instancia, como la que hoy nos convoca, representa un triunfo. Porque es un lugar
donde la poesía, la narrativa y las artes visuales continúan preguntándose por el sentido de los
tiempos que estamos viviendo. No es casual que este número esté dedicado a la memoria de la
República Española, al exilio y a quienes encontraron en Chile y en México un puerto de
esperanza. Aquella solidaridad constituye uno de los capítulos más luminosos de nuestra historia
compartida. El asilo político fue mucho más que una decisión diplomática: fue la afirmación ética
de que ningún pueblo puede abandonar a quienes huyen de la guerra, la persecución y el
fascismo.
Cuando el Winnipeg, impulsado por Pablo Neruda, llegó a las costas chilenas en septiembre de
1939, no desembarcaron solamente más de dos mil refugiados. Llegaron bibliotecas vivas;
maestros, científicos, arquitectos, impresores, dramaturgos y artistas que enriquecieron para
siempre la vida intelectual de Chile. Neruda llamaría más tarde a esa travesía "su más bello
poema", porque comprendió que a veces la poesía no se escribe con versos, sino con actos de
solidaridad.
Entre aquellos exiliados estaban Mauricio Amster, cuya visión revolucionó el diseño editorial
chileno, y José Ricardo Morales, cuya obra filosófica y dramática amplió el horizonte cultural de
nuestro país. Ellos demostraron que el exilio puede arrebatar una patria, pero jamás el
conocimiento, la creatividad ni la dignidad.
El dolor de España también encontró eco inmediato en nuestros escritores. Madre España reunió
las voces de Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Winétt de Rokha, Vicente Huidobro y tantos otros que
hicieron de la palabra una forma de entereza. La revista Multitud, dirigida por Pablo y Winétt de
Rokha, convirtió la literatura en una tribuna contra el fascismo y en una defensa permanente de la
justicia y la libertad. Como Lorca, Pablo de Rokha comprendió que la poesía no podía vivir
encerrada entre las páginas de un libro. Debía caminar junto a su pueblo, compartir sus dolores y
celebrar sus esperanzas. Porque cuando la palabra se compromete con la dignidad humana, deja
de pertenecer únicamente al poeta y pasa a formar parte de la memoria colectiva.
Este año recordamos los noventa años del asesinato de Federico García Lorca. Su asesinato no
consiguió silenciarlo. Su poesía continúa atravesando el tiempo porque habla desde aquello que
ninguna dictadura logra destruir: la imaginación. La historia enseña que el fascismo no comienza
con los fusiles. Comienza cuando no se convive con la diversidad, cuando el pensamiento crítico es
considerado una amenaza; cuando la cultura se transforma en sospechosa; cuando la memoria
resulta incómoda y el silencio reemplaza a la palabra. Por eso hoy no sólo celebramos la
trayectoria de una revista. Celebramos la decisión de seguir creyendo que el arte puede ampliar la
conciencia humana; que la literatura combate el olvido; que la democracia necesita de la
imaginación tanto como de las leyes; y que la solidaridad continúa siendo la respuesta más
luminosa frente a la barbarie.
Federico García Lorca escribió que «la poesía no quiere adeptos; quiere amantes». La afirmación
trasciende la belleza de un aforismo para proponer una ética de la creación. El adepto busca
certezas; el amante acepta el desconcierto. El primero se conforma con la repetición; el segundo
comprende que toda obra verdadera exige una entrega sin garantías. Amar la literatura supone,
entonces, renunciar a la comodidad de las fórmulas para aceptar el riesgo de una voz propia.
Con ese mismo espíritu, la Corporación Letras de Chile y la Sociedad de Escritores de Chile
publicarán el próximo mes Sangre y Luna, un libro que reúne a poetas y microficcionistas
convocados para dialogar con el universo de Federico García Lorca. Su propósito fue convocar
voces contemporáneas que, desde nuestra propia sensibilidad histórica y cultural, pudieran
reencontrarse con el universo poético de Federico García Lorca y prolongar su resonancia en
nuevas escrituras. Estas creaciones funcionan como destellos: reinterpretan el mito lorquiano,
prolongan su imaginario y confirman que el duende —esa fuerza oscura e inexplicable de la que
hablaba el propio Federico— continúa desplazándose por la literatura.
Recordar a Lorca no significa únicamente evocar su trágico final, significa reconocer que su palabra
sobrevivió al fusilamiento, a la censura y al tiempo. Significa comprender que asesinar a un poeta
nunca ha sido suficiente para silenciar aquello que su obra despierta.
Así que celebremos este acontecimiento y continuemos creando, que es nuestra mejor forma de
lucha.
Gracias

