Tres o cuatro días de temporal en Valparaíso, en Viña, en Concón. El mar salta los terraplenes, cubre la ruta que el poeta recorre a diario.
El ruido de un cuchillo contra la tabla llega desde la cocina, la cadencia de catástrofe de un televisor cercano y las voces de las dos niñas pequeñas, sus sobrinas, que lo acompañaron hasta la puerta, se mezclan en la charla frente al viento revuelto en lluvia de un sábado de agosto. Bertoni me invita a buscar “un vaso por allá arriba, el vino está heladísimo, pero…” y confiesa que no la está pasando bien, que por eso eligió la reclusión en esta casa de la playa.
C. Bertoni— Yo creo que tuve muy malos tiempos en el año ‘98, antes yo jamás había pensado que iba a ir a parar a un psiquiatra y estuve cinco años muy mal… una huevada que pensé que iba durar tres días y me llevó años… crisis de pánico… es algo increíble porque en esos cinco años nunca supe qué fue lo que tuve; fue muy raro, no más. Con la enfermedad y la muerte estoy muy compenetrado, el 75% de lo que escribo hace como tres años tiene que ver con el dolor, la muerte, la enfermedad…
Es lo que me pasa, lo siento constantemente, y se agravó con la muerte de mi padre, que ocurrió hace cinco meses, estaba cerca de cumplir los cien; padecía demencia senil, y, bueno, podría haber muerto mucho antes…
Vivía en Santiago, estaba en un hogar con una señora, nosotros lo veíamos a veces; pero estaba mal y, bueno, siempre hago la broma “con el pañal que me toque, yo me ahorco”, yo no quiero hacerme encima, me comprendís, digamos que no sirvo para esas cosas de cuidados, detesto esas cosas. Bueno, es la cuestión estoica… cuando las cosas no van por donde uno quiere, hay que matarse. Mi único temor es que no sé cómo hacer, realmente me asusta.
Pero mi visión de las cosas en general es de un agudísimo escepticismo; en el mundo, en realidad, lo único que Dios hizo es la injusticia y el dolor pero muy lejos del placer, del bienestar, y como te digo, cuando las cosas se ponen mal, tristemente, hay que decidir. Como dice un estoico, Plinio el viejo, “la puerta en la cárcel está abierta” y yo no entiendo, no sé si tendré fuerza, porque uno nunca sabe cómo es, y, tal vez mi actitud sea cobarde y maricona –bueno, esta es una expresión políticamente incorrecta, pero de chicos la usábamos– y me parece que no voy a ser capaz.
Pienso que me gustaría hacer eso cuando las cosas estén mal, cuando haya dolor y no haya como mitigarlo, yo no quiero ser una carga para nadie; además vivo en Chile, no vivo en Finlandia o cualquier lugar de Europa, donde viviría más tranquilo. Ahí viene una ambulancia grande, te toma, te lleva y te cuida bien; además hay eutanasia y posibilidades de muerte digna en general; son los únicos países, a mi gusto, civilizados, que hay en la tierra. En ese sentido, me he transformado en un socialdemócrata, después de no sé cuántos años…
Omar Chauvié— Habiendo sido de izquierda…
C. B.- Sí, y todavía lo sigo siendo; yo soy de los sesenta, del “somos todos hermanos”, la historia del Che y todo eso… pero eso se fue al diablo.
— Lo que sugería aquel título “Todos los hombres del mundo son hermanos” del maestro González Tuñón, algo que en ese momento parecía posible…
— Claro, pero no lo fue. Yo veo aquellos países como países civilizados; no es el caso de Chile. Porque los países realmente civilizados tienen medicina y educación gratuita, por ejemplo, y Chile no es así. Entonces, además, de esta vida que elegí, no haberme casado, no tener hijos, que no se tengan esas oportunidades y esos cuidados, para mí, es una tragedia.
— La mujer, la pareja, son temas que hacen, que atraviesan tu escritura
— Sí, yo he tenido largas convivencias, puedo decir que tuve como tres matrimonios, pero hijos jamás… ni muerto los tendría, y menos aquí, en este país. Me muero si tengo que ver una criatura pasarlo mal, es una cosa muy dura, no lo podría tolerar; la lágrima de un niño es demasiado para mí… y hay bastante más que eso. Entonces, yo no he tenido familia normal. Pero he tenido como tres grandes amores, relaciones largas, de las que he salido hecho… mierda, pero es así… Bueno, tú escribes y entiendes esto, además leíste ese libro que se llama Adiós, que es de la última relación que tuve, de unos siete años; ahí cuento cómo siempre quedo mal. Mira, ya pasaron cuatro años y no me recupero.
— Bueno, tus libros, tu literatura se mueven por zonas de la sensibilidad que implican al cuerpo, hablan de materialidades muy concretas, la cercanía de la muerte desde su lado más físico, por caso, y te apoyás en un modo de decir muy llano, como quien busca transmitir fácilmente esas experiencias más intensas y traumáticas.
— Tú sabes que la muerte no es nada en sí, la muerte es la misma espera de la muerte. Pero el dolor y la enfermedad –que también es dolor–, eso sí, es la muerte. Por eso quien puso el dedo en la llaga en la Tierra es el Buda; el budismo es muy simple, te lo puedo resumir en una sola página, en una sola cuestión. Yo le enseño cómo es mirar el dolor, y el deseo y el dolor del deseo mismo; y eso, comprendís? Bueno, no es ninguna verdad revelada, porque allí no hay que creer en Dios ni en nada, ni siquiera en el alma; no es el alma, es otra cosa –yo nunca lo he entendido bien, para serte franco–: Anatta es la palabra, que es “no alma” porque para Él son todos elementos que son materia, pero se pulverizan, y al final no hay… nada, todo está vacío, en realidad. Por eso, cualquiera puede darse cuenta, lo único que hay aquí con toda claridad es el dolor, y yo lo comprendí. Porque la saciedad del placer es mucho menos que el dolor experimentado. Yo soy absolutamente incapaz de hacer sentir feliz a alguien en este momento, a ti, por ejemplo; en cambio, uno es capaz, todo el tiempo, de generar dolor a quien lo rodea. Basta con que yo me ponga desagradable o siquiera no te hable –cáchate, es una minucia–, esa cuestión ya es suficiente para hacerte daño.
Esa condición la hallo intolerable. Porque cuando tú la sientes profundamente, es aquello de Macbeth, "La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que no tiene ningún sentido". Claro, puede que tú digas eso, por ejemplo, en una clase en la universidad, y entonces se convierte en algo intelectual, ahí, no problem; pero resulta que es una situación constante, por eso la literatura está llena de ejemplos similares, porque los hombres no son huevones, los sabios sabían desde chiquitos la que se le venía encima por eso, (la voz de Bertoni multiplica su velocidad al ritmo de los ejemplos) está el rey Lear, y está Diógenes, y los cínicos y los epicúreos y los estoicos. Ellos dieron el diagnóstico justo: no hay nada que solucione el problema del dolor, nada que relaje; entonces, ellos proponen que no hay que tener nada: “Levántate, come, duerme, caga, y eso es todo”. Y ahora te estoy hablando de eso…
Desde la habitación contigua, el poeta y editor Camilo Brodsky, que está preparando algo de comer mientras nosotros conversamos, pregunta con sorna “¿Ya hablaste de Beckett?”
C. B.- Bueno… (sonríe), como siempre hago, voy a terminar hablándote de Beckett porque es muy parecido a todo esto. Es como un resumen de lo que te digo yo. Es horrendo, es un páramo, ese lenguaje que no usa palabras extrañas, no usa metáforas, es como una aplanadora.
— ¿Y, de alguna manera, lo que acabás de describir, no funciona como un modelo tuyo de escritura, un repertorio formal que aparece en el momento del trabajo en relación a esos temas?
— Tienes razón, sí. Pero es algo totalmente inconsciente, yo no sé cómo he llegado a mi lenguaje; puedo ver en las lecturas problemas que retomo, pero por el lado de los temas del espíritu, no por el lado de como uno pone las palabras en las hojas. Sí, lo veo claramente en muchos escritores, en William Carlos Williams, en un montón de gringos, como Charles Olson, los poetas de la Black Mountain, Ed Dorn –a quien no conoce casi nadie–, algunos los he traducido también; y por supuesto, acá lo veo en Parra. Se trata de escritores que usan el lenguaje coloquial, de todos los días. Son escritores que me han llamado la atención porque yo escribo como hablo, pero eso es como muy poco planeado, es más una cosa intuitiva; nunca he hecho planes y eso es lo que me ha funcionado; incluso de eso, me he dado cuenta mucho después. También me parece que cada vez es como que lo hago de manera más eficaz; tengo todo el tiempo un discurso por dentro, una historia, me la escucho varias veces; en un momento cacho “esto es un poema”, y escribo.
— Como si tuvieras un grabador interno…
— Sí, claro, eso del grabador es muy importante, de hecho, hay muchos escritores que lo han usado, Ginsberg, por ejemplo, Keruoac tiene un libro entero, y yo en un tiempo usé una grabadora y me sirvió muchísimo. Pero siempre tuve mi cuaderno, nunca lo dejé, (entreabre un bolsillo con dos dedos) para venir aquí, traje mi cuaderno… Desde los 17 años, escribo todos, todos los días. Escribo mis ocurrencias porque mi relación con la literatura es de necesidad; necesito escribir, escribo porque me desquito, necesito alivianarme de lo que me pasa. Yo nunca pensé que iba a ser escritor, incluso esa situación del miedo a la página en blanco es algo que nunca me ha pasado. Siempre que voy a la página es porque tengo algo que hacer, si no, no me acercaría; es relación natural y necesaria: yo tomo agua cuando tengo sed, voy al baño cuando necesito cagar, si no, no voy… Entonces, yo no voy a la página en blanco si no tengo algo que hacer. Pero, te digo, no tener algo para escribir sería el cielo para mí, porque estaría aliviado de todo, sin esa necesidad de alivio. Es como dice Sófocles, la única receta para evitar esto es no nacer… pero es too late, uno ya nació y el dolor ya está. El arte es el mundo de los seres hipersensibles. Hay una frase de Francis Ponge que dice “el artista sobre todo es el que acusa el golpe…” y creo que tiene razón: cuando uno siente cosas así de fuertes, como si te arrancaran un brazo. Por eso ahora, en perspectiva, me doy cuenta de que esta manera alejada de vivir, no fue una decisión ingenua, y aun así, muchas cosas me hacen mal, soy poroso, me lo trago todo… Si cualquiera me dice algo –sin necesidad de que sea Dostoievski, o alguien que yo estime–, lo que dice un tonto, me toca, yo lo sufro profundamente, por esa razón sé que me tengo que cuidar, me cuido y me aíslo, a veces necesito estar solo, solo realmente. Pero vivir aislado no es fácil, sólo lo hacían los monjes en el siglo III, los primeros monjes cristianos, que se fueron al desierto, como San Antonio –y la mitad se volvieron locos–, después vinieron los monacatos, con los camandulenses, los cartujos, los cistercienses, pero había una regla, estaba todo pautado, ¿verdad?. Pero yo estoy aquí en Chile –aquí no hay ni media regla–, solo, y esta cosa es una inundación, una inundación en la locura; porque el río tiene un cauce y el agua corre, y en el cauce de las venas corre la sangre, por eso lo siento como una inundación.
Mira, a mí me apasiona el jazz y sé que a ti también; hay un pianista, Thelonius Monk, que me gustaba y me gusta mucho, dejó de tocar de repente y después de 4 años, murió. Tenía una cabeza muy rara, pero una esencia fuertísima; en un documental que vi de su vida, aparecía hablando Leroy Jones, un poeta negro de mi generación, preguntándole “What is happening to you?”, a lo que Monk responde “everything, all the time…”; o sea, “todo, todo el tiempo…”. Y eso es una inundación, me imagino en cada momento que estaba pensando, haciendo lo que sea, y él, así, en una inundación de cosas, de acontecimientos.
Es muy fregado; tienes que saber controlarlo y manejarlo. A mí lo que me pasó fue que estaba en el mismo estado, pero se me hizo altamente tolerable; siempre podía aguantar un minuto más. Y es raro, porque yo siempre fui una persona muy normal, muy corriente: jugaba al fútbol, me la pasaba con mis amigos quebrando vidrios y esas cosas… Entre los 7 y los 10 años me la pasaba en la calle, era una vida de barrio, excelente y sumamente sana; esa parte de mi vida me gusta. Yo empecé a leer muy viejo, como a los 15 años, cuando me cambié de barrio; era un niño muy sociable, pero ese cambio me llevó a buscar algo más, entonces, empecé a leer. Y, bueno, hasta que me fui a Europa, y ahí me volví muy cambiado, fue para el año ‘76…
Yo me fui del ‘72 al ‘76, por cuestiones amorosas; se fue mi mujer que había conseguido una beca, y con esa beca pudimos vivir bien, así que nos fuimos para allá. Luego nos separamos… bueno, eso fue un caos terrible, me volví para acá, cuando llegué había muerto mi madre de un derrame cerebral; eso, realmente, es mi paranoia, mi pesadilla, yo me muero si me quedo como un vegetal; mi pesadilla es quedar como Cerati, para mí eso es lo peor. Me tocó de cerca con el marido de una amiga, que le vino un derrame. Los acompañé y pasé la peor noche de mi vida, él no murió al final, pero quedó como una planta. Yo me dije “este tipo está preso en su cuerpo”, no tiene poder ni control, no puede decidir; esa es mi peor pesadilla.
— Vos sos un autor que escribís mucho y publicás mucho. Hace poco preparaste un conjunto de textos que es una antología de tu obra, ¿cómo trabajás, cómo percibís el proceso de esa experiencia?
— Hice un libro que es una antología, es el último libro que hice. Entre todas las editoriales apareció Pengüin. Eso fue lo último que salió, y este año me van a editar dos libros más, uno que se llama Sentado en la cuneta y otro que se llama La carta, los van a hacer en la editorial Alquimia, de aquí de Chile, el editor es un poeta que se llama Guido Arroyo.
Tú leíste Rápido antes de llorar, es un libro de más de cuatrocientos páginas, que salió de unos diecisiete cuadernos; yo tengo setecientos cuadernos, de los que no he sacado nada, y tengo unas seiscientas casetes, además. Al pasarme de una libreta a una casete, me hablo un libro entero, porque el pensamiento es lo más rápido que hay; la lengua nunca es más rápida que el pensamiento, aunque sí es más rápida que la mano. Capturo muchísimo más que cuando escribo, además yo –tú lo has visto– escribo tal como hablo. En esas casetes yo me lo contaba todo, y bueno, allí hay millones de cosas que por supuesto no quiero que se publiquen jamás, ¡el ser humano es una cloaca!, tenemos cualquier cosa en la cabeza, pero a veces hay que volcarlo, aunque no se cuente. El problema es que si todo eso no lo corrijo yo, no lo hace nadie; en poco tiempo hay que transcribir, pensar, hilar, y a veces me es muy difícil, es norma que todo esté en desorden y yo detesto el desorden; a veces soy extraordinariamente inútil en ese aspecto.
— ¿Y ese ejercicio frente al grabador es un trabajo prácticamente concluido?
— Es como todo, como la práctica misma. Yo nunca he estado en mejores relaciones con mi lenguaje como lo estoy ahora; yo escribo claramente mejor que hace diez años, sin dudas. Mis cuadernos están todos corregidos, pero al escribir una página, al agrupar, revisar y juntar palabras, se convierte en una buena página; eso es literatura, si no, sería pura catarsis. Y cada vez más yo corrijo en la cabeza.
Cuando yo me enfermé de la cabeza, que fue en el año ‘98, dejé de leer y escribir por un tiempo; yo sentía que tenía la mente llena de tallarines y que alguien me la estaba sorbiendo, y por eso dejé de escribir, porque cualquier cosa me afectaba; volví a escribir después de un tiempo y a hablarle a la casete, contándole lo que me estaba pasando, lo que pasaba por mi cabeza. De hecho todavía no quiero escuchar esas casetes, y tengo bastante cuidado de no hablarte con tanto detalle de esos temas; todavía me asusta, porque esas cosas existen, pero no quiero volver ahí, no quiero abrir de nuevo esa puerta, porque sé que esas cosas de verdad existen, ese paisaje es la pérdida de la razón y eso –en lo que a mí respecta– es el peor infierno que te puedas imaginar.
Sé que hay cosas mucho peores, pero para mí es una cuestión… bien difícil, una mierda tan grande, ¡tú no imaginas lo que sentía! Saber que no iba a poder decir nada aunque me llevaran a un psiquiatra: lo único que de verdad sabía es que me quería morir por lo que sentía, pero no sabía cómo explicarlo; no es que escuchara voces o viera cosas horrorosas ni situaciones así, no, todo era como ahora, como en este momento, lo que me pasaba era que sentía que había un horror –“horror” es solo un ruido, una palabra– y no podía decir su contenido; es como si hubiera un abismo absolutamente insalvable entre los millones de neuronas culeadas que tengo, haciéndome cortocircuito acá, y el resto del mundo.
Hay un poema mío, muy cortito, que se llama… (no recuerda, arriesga) “TÍTULO” y dice:
la espantosa soledad
del preámbulo suicida.
Lo escribí porque siento que esto es el desamparo más indestructible, y que tiene una sola salida –y lo dicen los estoicos–, esa salida es… desaparecer, es el suicidio. Yo no me quería morir, pero sí tenía la ilusión de que me durmieran en una habitación blanca, me inyectaran algo y eso me borrara la conciencia; bueno, por eso el insomnio es tan horroroso, porque el dormir te da la fantasía de que las cosas se detienen, para el insomne es terrible porque los acontecimientos no se detienen, es materialmente así: ni los hechos ni el cerebro se suspenden.
Nunca había sido insomne antes de la enfermedad, pero cuando me pasó esto, entré en ese plano. No dormía nada, y no había cura ni un medicamento ni masturbarme ni nada, nada me dormía. Me tuve que hacer mil exámenes porque todo lo somatizaba de la manera más espantosa. El corazón se me aceleraba y estaba frágil.
— Y en ese momento se detuvo la escritura, ese proceso constante de escribir que contabas…
— Nada, ni lectura tampoco. Leí solo unas cosas de Pessoa… el Libro del desasosiego, que es una joya; leí unas líneas en ese momento, y era como si lo hubiese escrito yo. Después de eso, nada. Fue una cuestión muy lenta volver a leer y escribir. Por suerte di con una joya de persona que es mi psiquiatra, un ser maravilloso por lo que me ayudó; yo no podía pagarle, él sabiendo que yo hacía fotografía, me dijo “págame con obra”, “ponle tú precio a la foto” y así arreglamos.
— Hay un libro tuyo con fotografías de mujeres, Chilenas, y otro que se titula Desnudos ¿qué proximidad tiene en tu trabajo, cuánto se acercan, se juntan la fotografía y la literatura?
— Mira, para mí es casi lo mismo; en mi escritura funciona mucho la memoria, recordando y salvando principalmente, ponte tú, y con la foto es lo mismo. Yo le hago fotos a todo lo que me llame la atención y lo guardo; yo tengo un cuerpo y una actitud, y con el mismo cuerpo que meto la mano al bolsillo, agarro lápiz y escribo, también agarro una máquina y tomo una foto; pero lo importante es recordar y guardar. Y admiro tanto a las mujeres, y además de escribirles, les he tomado mil fotografías, tanto mujeres desnudas como en otras situaciones. Aprecio más a las personas en sí que a la literatura misma, incluso. Por eso participo muy poco del mundo de las letras, no participo de lecturas; me han invitado, por ejemplo, a Asturias y a España y no fui, pero solo por una cuestión personal. No es mi asunto.
— ¿En qué momento tuviste certeza de tu presencia pública?
— Casi nunca. Tal vez, cuando chico, leí un poco en algunos lugares, porque eso es como… normal; ahora me invita Sergio Muñoz (coordinador de “La Sebastiana”, una de las casasmuseo de Pablo Neruda), con quien tengo una muy buena relación, me cae muy bien y me trata bien, y le hago un poco de caso, digamos que “me prostituyo con facilidad” (risas). Ahora, dentro de poco se conmemora la muerte de Gonzalo Rojas y él quería que fuéramos con Elvira Hernández –yo a ella la quiero mucho, es una excelente poeta–; me invitó y le dije “lo voy a pensar”, pero luego dije que no, le dije “Sergio te quiero mucho, pero, perdón, no, aunque me paguen bien, no” y fue un alivio decir que no; a veces estoy como algo sensible, y esquivando la noche.
— Elvira es una poeta de tu generación, ¿cómo entran en tu literatura, los contemporáneos, tus lecturas de la poesía chilena y latinoamericana?
— Tengo su último libro, tiene un nombre raro, Actas urbe; lo preparó el Guido Arroyo con editorial Alquimia. A los de mi generación los he leído, los conozco, son súper buenos, pero no he vuelto a ellos desde hace tiempo. Leo sobre todo ensayos, he empezado a leer ficción. También leo poesía, pero bastante menos, miro lo que me acerca Camilo (Brodsky) desde su trabajo en la editorial Das Kapital o una poeta de la que soy muy amigo, la Soledad Fariña, ella está muy en contacto con la poesía joven. Pero no me siento un gran lector, yo, sobre todo, releo mucho. Ponte tú, un libro que he leído muchas veces se llama Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, (pdf) es de George Steiner, un libro excelente. También leí un libro de un poeta gringo que se apellida Ammons, aunque no creo que sea más que un sub-poeta. Y acá en Latinoamérica hay cantidad de buenos poetas muy jóvenes en este tiempo, aunque conozco muy poco. Ahora, en mi generación, hay montones, pero yo ni los leo…
Para mí el mejor poeta del mundo es César Vallejo. Es curioso, es de esos tipos que siento como que los escucho y me da mucho gusto que estén ahí, saber que existen. Me pasa también con la música y con las personas que quiero mucho. A Vallejo lo repaso bastante, de hecho, ahí tengo a mano la Obra reunida; la leo y me anonada, es increíble. Ponte tú, los Poemas humanos, o ese texto “Hoy voy a hablar de la esperanza”; si ahora viniera un marciano y se bajara de su nave, le diría: mira, huevón, lee este poema.
La primera línea del poema “Los heraldos negros” la veo extraordinaria; eso es para quedarte callado, es como el resumen de lo que pasa. Yo creo que no se puede decir más que eso: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no sé”; porque es como te decía antes, la única manera de librarse de eso es no nacer, y todos nacemos. Lo mismo siento, por ejemplo, con Simone de Beauvoir, que es otra mujer que ha sufrido mucho, y me impresiona de una manera increíble.
Y de los escritores latinoamericanos, la que más me estremece es una mujer, Clarice Lispector, para mí ella es una fuera de serie total, una poeta increíble, y muy hermosa, además; ella es ucraniana, llegó a los tres años acá, y eso incide, porque no es del todo brasilera cuando escribe. Ciertamente, me hubiera encantado poder conversar con ella porque para mí, más que escritora, es una mística; ponte tú, en su último libro, un libro póstumo, que se llama Un soplo de vida, (pdf) las líneas de cada página son como descubrimientos increíbles, las cosas que dice, yo no sé de donde chucha las saca, son cosas que he encontrado también en los místicos, en Meister Eckhart, por ejemplo. Me habría encantado saber qué nivel de lectura, cuánta lectura tenía ella, y tengo la intuición de que no es tanto… Por otro lado, he leído poca crítica, estoy muy chato con eso, y me gustaría saber qué dicen de ella.
Leyéndola me viene aquella sensación, lo que dice Kant, que la realidad es absolutamente inaprehensible; mira, yo jamás voy a poder ver cómo eres tú realmente, aunque te mirara con el más poderoso microscopio electrónico, vería un puro temblor de todos colores, podría ver detalles, sin embargo todas esas formas que percibimos, que se ven con los ojos, uno nunca sabe, en realidad, qué son, qué es lo que pasa, de qué se trata. Y creo que lo que hace Lispector es poner de manifiesto las cosas, sacar trozos de esa realidad, y, a mi gusto, no conozco a nadie más que haga eso. Tendría que haberte traído ese libro, Un soplo de vida, para que lo veas, porque yo acostumbro a subrayar los libros, y le tengo tanto respeto que, al principio, no quería hacer eso con los suyos… y terminé subrayando con lápiz suavecito esas líneas en que… buuum… te pone una cuestión delante que es absolutamente real y que no se tenía en cuenta, no se sabía; veo que la única manera es haber llegado ahí, allí donde casi nadie llega, y, para mi gusto, es la poesía la que hace esas cosas; dentro de los géneros literarios ella es considerada una novelista, cronista, narradora, pero para mí es una poeta inigualable porque es a través de la poesía que llega esos descubrimientos que te decía.
Suenan unos cubiertos y un “¿Quieres un plato de sopa, Claudio?”, “Por supuesto, si para eso he venido”.
La charla sigue en el almuerzo con el sabor intenso de los priures y las cebollas a través de poetas, místicos, amores, publicidades, monasterios, sándwiches con su nombre, hasta que, en un momento, la lluvia para y Bertoni se retira despidiéndose agradecido.