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El don de los miserables
— [fragmento] —

Camilo Brodsky



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i

¿Cuál es el don de los miserables, cuántas
veces recorrer La Paz rumbo al Cementerio? Es cierto
que algo debiera tener que ver con el lenguaje
este lenguaje, no ser
sólo el cúmulo de términos y conjugaciones arrumadas –o al menos
acercarse a la nomenklatura de la naturaleza, fingir
que la vida continúa entre la pátina gris de los edificios
que se hacinan en la tierra por bomba o negligencia;
pero no hay modo.

El desvelo amplifica el sonido
del golpe entre el vidrio y las cortinas.

La polilla, aturdida
no sabe que está acabada
desespera lánguida, como un amante triste
que no puede atar el aire de su amada junto a sí.

Deviene en polvo y sus alas
caen
desechas
rendidas ya, y en definitiva
muertas.


ii

Salir del espasmo como se es
expulsado de una pesadilla –¿no son
también lo mismo, la arcilla
de las vasijas mórbidas del sueño? Salir
del espasmo y el bombeo persistente
de la sangre por las calles; el estruendo
en la mente que atenaza el pecho, la piedra
sita en su centro, la ciudad –será quizás
que estoy muriendo, ya estoy muerto
en una casa derruida de Rafah, el aire polvoriento
lamentos y partículas en suspensión
expulsado ya de mi estructura de origen
como humanos desplazados
por el golpe y el impacto, el hambre de las bombas
mientras kilómetros más allá

–cientos, miles
¿a quién le importa ese detalle de mierda?–

en ese río y ese mar
se intenta salir del espasmo, el pasmo, salir
del espanto de la agonía como un continuo
de toda otra agonía sucediendo exactamente ahora
en el pecho, el plexo, el nido de la angustia
que carcome y aniquila como lenta sesión
de tortura en otra de las cárceles secretas construidas
en ciudades invadidas, subterráneos y cuevas
recónditas también en nuestros pechos, nuestros plexos
laberintos del espanto de ser uno el que quizás está muriendo
o está echado, ya vacío por dentro
sobre lo que ayer fue una escuela, por ejemplo
exangüe, yerto
como un saco o un obrero comunista, un palestino
en las fauces de Israel, un judío
en los campos de exterminio en Auschwitz, Dachau, Majdanek;

el bombardeo de muertos que persiste sobre nuestros plexos
nuestros pechos, nuestras
cárceles secretas y mentales, físicas y ardientes las capillas
hediendo a carne humana que se quema, gas Cyclon
esa baja imperceptible del voltaje en el sector
que circunda otro centro de tortura construido
al alero de las democracias, religiones
que prometen paz y dan guadaña y sólo
se quiere en realidad dejar atrás el espasmo,
el espanto
y este mundo hecho cenizas mientras llora
sin que acabe nunca, nunca -como la locura
la muerte de sus niños en ciudades polvorientas, en callejas
oscuras por el manto
de la guerra, el manto
de la Humanidad.

No necesitamos decir sus nombres. No.

No sirve acariciar la barbarie con el cariño del lenguaje o construir
castillos y manuales que permita la academia en sus aulas para explicar
el devastador desarrollo del Capital sobre las comunidades

los pueblos
las mujeres
las ciudades

las arenas blancas de cementerios que ayer fueron balnearios

los fragmentos de cráneo esparcidos por los desiertos que hoy son cementerios;

la lengua de la muerte es más locuaz
que la historia entera de la poesía occidental y en ocasiones
su precisión de masacre es digna de un misil o un dron. No.

No es preciso ni hay urgencia
en decir sus nombres si no pueden las palabras
hilvanar una oración, el canto fúnebre o el kádish
definitivo de las víctimas de la Humanidad y la propia
Humanidad en contrición dolorosa. No.

No es preciso ni se puede
decir todos sus nombres, las sílabas
de sus nombres, las letras
de sus nombres, sus canciones
los movimientos de sus labios infantiles hechos nada
aire en el aire de las últimas exhalaciones de sus vidas -y se exhala acá también
se intenta inhalar, no ahogarse en el hedor de la carnicería, no dejar
que te lleve la debilidad del espíritu, la flama del ego, el error
primigenio en la estructura de la propia angustia, el miedo
irredento miedo a todo y por encima
de cualquier consideración
el miedo desgarrador y justificado hacia uno mismo
el miedo pavor desatado en la quema de brujas
el miedo brutal de la marginación en guetos
el miedo sádico en las sesiones de tortura
el miedo pánico a los pueblos que espabilan de la siesta eterna
el miedo abrasador del bombardeo que aniquila ciudades

y hombres
y mujeres
y niños

niños
niños
niños.


iii

¿Y cuál
es el don de los miserables, el quid
del torcido asunto de la vida?

Dice
un poeta cualquiera No advierten
que en los tiempos polvorientos/ que están
por llegar, extendido
el funesto desperdicio
de la historia, serán
vistos en la cumbre
de esa misma colina: cuando
toda su compañía
se haya perdido irremediablemente 
[…].

Busco
una cobija, busco
con qué taparme

y quisiera dormir ahora.





 

 

Imagen: Otto Dix, Lichtsignale, 1917.

 

 

 

. .








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