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Una reflexión sobre la incomprensión del pasado.
"La noche del zelota" de Camilo Brodsky. Santiago: Das Kapital, 2013, 82 págs.

Por Soledad Fariña
Publicado en POESÍA & CAPITALISMO, 27 de abril de 2026


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Es casi imposible no ver en la escritura posterior al golpe de 1973 la gran huella que este evento dejó en la literatura chilena. El dolor, la perplejidad, la denuncia, en lenguaje directo o metafórico, de diversas formas están presentes en novelas, ensayos, relatos, pero especialmente en la poesía. Sabemos que una de las grandes pérdidas sufridas durante la dictadura se manifestó en el lenguaje. El miedo dio origen al silencio y la censura a la autocensura. El entorno cambió y el lenguaje cambió, se empobreció; sin embargo las formas que tomó la expresión en esos años abrieron un campo extenso a la experimentación, especialmente a la poesía y a cierta narrativa.

 



Luego de 40 años, en la temática y afán de muchos escritores actuales esa huella no es tan clara, más aún, hay una voluntad de no querer seguir cargando con su peso. Pero muchos escritores, y también escritoras vivieron, fueron parte activa del gobierno del gobierno popular y luego de la lucha en contra de la represión. Hay los que crecieron en dictadura y muy jóvenes participaron en distintas formas en la rebelión, sufriendo también las consecuencias. En los años de la post dictadura muchas personas quedaron al margen de toda apertura, de todo privilegio, lo cual también se ha reflejado en el lenguaje poético.

"La noche del zelota", de Camilo Brodsky, autor nacido en dictadura y en lucha contra ella, da pie a una profunda reflexión sobre la herida no solo del Chile post golpe, sino sobre aquello que engarza esa herida a la de la humanidad, en hitos dolorosos que se repiten y se repiten. “…puede parecer una cronología histórica, a saltos, de la violencia más feroz”, ha dicho Jaime Pinos poeta y crítico en su lectura de este libro.

Pero creo que hay algo más profundo y soterrado que da unidad a este texto, es la voz que habla en la entrelínea, más allá o más acá de la mirada del zelota que observa y profetiza sobre el vencedor, el vencido, la derrota, el derrotado y el dolor que esto conlleva a través de la Historia, la reciente o lejana, historia a saltos y una voz que trata de entender aquello esbozando un sentimiento también indefinible.

El poema de apertura pone en evidencia el tono que tendrá el libro completo,

El zelota, cara al mar de Galilea / mensura la distancia y consume / el vaivén silente de los botes / las pequeñas barcas que recogen / hombres, barcas, peces / sueña, detrás de ese silencio una guerra / sin tregua ni sentido; un Armagedón / de tropas caídas desde el ocaso / sobre las duras tierras de Yafo.

A fin de abrir el sentido y detectar una clave, indagamos en esta secta política nacionalista que llegó a provocar la Gran Revuelta Judía en el siglo I d.c. que terminó con la toma por los romanos, luego de tres años de resistencia, de la fortaleza de Masada y el suicidio de todos sus defensores. Por sus acciones en contra el Imperio Romano, que incluían la muerte de civiles, hay quienes consideran a esta secta como los primeros terroristas de la historia. Este dato no es menor, porque junto al asombro frente a la derrota, tanto las visiones del zelota como esa otra voz que recorre el texto parecen indagar, sin nombrarlas, en las palabras anarquía y terrorismo y su proximidad.

Al abrirse el poema, el zelota se ve a sí mismo desnucado —sueña, o está en vigilia y tiene visiones— ve la destrucción del Templo, sueña holocaustos, se ve predestinado al silencio y al “miedo que las dagas de la idea infieren sobre el cuerpo”.

¿Es este el tema del poema? ¿La revuelta y la derrota?

En Frankehausen, 1525, el zelota parece tomar la voz de uno de los campesinos que espera el suplicio: “hay una ronda de ácaros en mi garganta esperando el fuego”, vendrá la hoguera, la horca como venganza de los señores ante sus campesinos alzados. Pero más adelante es la cabeza del líder, Tomas Müntzer, que sesgada del cuerpo reflexiona sobre su revuelta

Así que todos terminaron muertos / Los que no, ya morirán / famélicos, de azote o pena” (…) “se ve triste mi cabeza ya sin cuerpo”… “¿Se apagará el tiempo también / con el tiempo?

La historia, el tiempo, la verdad, tres conceptos que juegan en esta reflexión, porque “la vida parece abandonar la historia y el tiempo corroe la verdad.”

¿Podrá preverse la historia, la que vendrá, sin dolor, o al menos sin tanto dolor? Es la pregunta que susurra —o grita— la voz de la entrelínea una vez expuestos, vividos, profetizados los hechos de violencia de la raza humana sobre la raza humana.

Su respuesta no es auspiciosa. Aparece y queda en evidencia el poder del vencedor.

Esto está trastocado, el vencedor no sólo / obliga a construir la Historia a su medida / lleva al derrotado a sus terrenos / lo fuerza a utilizar su lengua su palabra /para explicar meandros de una usurpación.

La estructura, la línea imaginaria que recorre este texto no el estupor ni el miedo ante la lucha descarnada, desigual y la muerte, sino que es la premonición –nostálgica- de la derrota en una guerra “sin sentido”.

El zelota de la revolución armada, ya vislumbra la predestinación de su estirpe: el silencio. Entre en sus visiones aparece la hoguera donde son quemadas las mujeres sabias, las decapitaciones y empalamientos en que terminan las revueltas de los campesinos alemanes en el siglo XVI. Pero quizá, por la gran cercanía de su estirpe, ve Polonia y “no consigue / darle cara a ese montón de escombros / a esos huesos que levantan su presencia / por los campos de Polonia. / No conoce bien Europa / el zelota”

Piensa en la precariedad, no ya de los siglos, sino de los signos: la Cruz, que es signo de tortura en Galilea, viene a ser adorno, insignia, pero también la ve gamada sobre un cuerpo inerte o en llamas delante de un ahorcado, en Alabama.

El zelota —o la voz que susurra— habla al discípulo, ¿alude a Jesucristo? ¿A la fantasiosa relación de amor entre Jesús y un Judas(¿Kanzatkis?) exigiendo de él (Él) liderar su revolución armada acá, en Galilea?

Aquí me parece ver otra clave de lectura de este libro. Un judío, mártir, convierte su fe en otra librando una “guerra de dos mil años (…) donde no hay vinagre que pueda / calmar la calentura de tu cuerpo, ni agua / para sosegar tu sed y tu garganta agrietada”.

Luego en su visión encontrará la mirada de una Ulrike Meinham colgada, muerta en extrañas circunstancias en la cárcel de Stammheim

Mareado con las voces que lo sitian en germánico el / zelota / ya no entiende las complejas filiaciones que lo unen / para siempre con la Baader-Meinhof y su suerte / Entiende, sí, / de la sangre el mecanismo / que la multiplica por las calles / en Berlín, Galilea o a la vuelta / de una esquina en los ‘70” / en Santiago, Buenos Aires o Montevideo

El zelota en su delirio de centurias ¿no ha ido demasiado lejos? “Arrojar una piedra es una acción punible. Arrojar mil piedras es una acción política. Incendiar un coche es una acción punible, incendiar cien coches es una acción política. Protestar es denunciar que eso o aquello no es justo. Resistir es garantizar que aquello con lo que no estoy conforme no se vuelva a producir.”, es la respuesta de Ulrike a la pregunta de cómo se veían ellos (Baader-Mehihof) a sí mismos.

Pero “El zelota sabe de esa fuerza / que ha perdido toda dimensión: / es el salto y el terror al salto, el juicio / sobre el salto motivado por el miedo a darlo y la / inmovilidad de la cabeza que después / asiste al vuelo de fragmentos craneanos…”. La sangre provocada por el salto, la sangre provocada por el genocidio o la condena injusta, la sangre de quien se inmola por otros se juntan en esta reflexión. Entender los mecanismos de la sangre o fijar la visión en la derrota, el derrotado.

El compañero presidente mira las adoquinadas calles de Zurich desde la ventanita izquierda del Café Voltaire, como a la espera que Lenin otra vez cruce la calle, tome asiento y continúe la partida de ajedrez dejada abierta ayer nada más por petición de Hugo Ball.

Porque ya habíamos estado en presencia de los mártires de Chicago en la escena de su ejecución recogida por José Martí:

la voz que vais a sofocar será / más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora” les bajan las capuchas, luego una seña, un / ruido la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una / danza espantable.

El zelota es ahora el anarquista italiano fusilado en Buenos Aires que piensa que es o será otro “desvestido en redadas policiales en la madrugada y sentado ahora en un balcón de la Villa Galilea”, mientras grita Evivval’annarchia antes del disparo”

El desierto galileo y la zarza ardiente, el desierto enterrador de cuerpos en el norte de Chile al paso de la caravana de la muerte se suma a la hermosa y triste descripción del paso de Julius y Ethel Rosenberg hacia el cadalso y el imaginado descanso,

Ahora Julius va perdido sobre su mirada y Ethel recoge el dobladillo del vestido verde que se ha puesto cubriendo el rastro humeante de la ejecución. Sonríen sobre el cielo del país que acorraló sus cuerpos y la noche neoyorquina va esparciendo por el Bronx cenizas de libros quemados echadas al viento.

El rostro de la derrota. El estupor antes del miedo. La épica, la ética, los símbolos, la bandera a media asta, “el desparrame de vidas sobre el pasto de chile”, “el luto es una ética”. Pero, “aún es posible el socialismo y sus errores, sus aciertos”.

Las frases del zelota o de la voz que lo acompaña, llegan directo a quienes –ya adultos- trabajamos por y en el Gobierno Popular. La profunda reflexión de este poema-libro exhibe o delata aquello que “el devenir de la historia” tiene preparado a quienes actúan para que la justicia social sea posible. Después de esta noche larga en que los derrotados piensan, hablan, sueñan, la voz, como un eslabón más de la cadena, se incluye en esta marcha

De una forma u otra todos seguimos caminando a la deriva, con la cara / rota frente al viento / de espaldas a la proa, sin el mando de las nuestras vidas

Pero,

A ratos la necesidad vuelve tenaza / esta urgencia por salir a trancos largos del pasado / buscar la bocanada de aire fresco sin olor a mártir.

Salir del pasado, escrutarlo hasta donde sea posible. Honrar e ironizar a sus líderes y sus actos. Pero salir.

 

 

 

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