Todos los años, el Fondo del Libro y la Lectura encuentra una nueva manera de recordarnos que la literatura también puede tener barreras de entrada. A las evaluaciones deficientes que acompañan los resultados, a la circulación de jurados entre distintas líneas de financiamiento y a ese sistema de familiaridades que hace que algunos nombres parezcan sentirse particularmente cómodos dentro de determinadas convocatorias, este año se suma otra exigencia para postular a la Beca de Creación: habrá que «acreditar la participación en al menos dos talleres literarios u otras instancias de formación, formales o informales». La medida aparece redactada con el lenguaje aséptico de las bases concursales, como si se tratara de una simple formalidad administrativa. No lo es. Introduce una condición económica, territorial y social que poco tiene que ver con la capacidad de escribir y mucho con las posibilidades que cada persona ha tenido para circular por determinados espacios culturales.
Porque un taller cuesta dinero. Dos talleres cuestan más. Y no todos disponen de recursos económicos. También están el tiempo, los traslados, la conectividad y, dependiendo del lugar donde se viva, incluso la necesidad de viajar a otra ciudad. Para alguien con ingresos suficientes, una actividad formativa puede representar una inversión razonable; para otra persona, el mismo monto puede equivaler a varios días de trabajo o a un gasto imposible de justificar frente a necesidades más urgentes. El problema aparece cuando esa diferencia material ingresa al concurso disfrazada de mérito. Quien pudo pagar acumula antecedentes; quien no, carece de ellos. La cuenta bancaria comienza así a parecerse peligrosamente a un currículum.
Aquí aparece el clasismo con una cortesía admirable. No necesita decirle a nadie que la literatura pertenece a quienes pueden costearla. Le basta con pedir un certificado. La diferencia de clase queda convertida en trayectoria y la trayectoria, a su vez, en un criterio de selección. El escritor que tuvo dinero, tiempo y condiciones para asistir a talleres llega con una carpeta que confirma su formación. El que construyó su escritura leyendo por su cuenta, trabajando durante el día, escribiendo de noche, participando en espacios comunitarios o desarrollando una obra fuera de los circuitos institucionales llega con menos papeles. La obra puede ser mejor. La carpeta, sin embargo, será más delgada. La burocracia tiene esa virtud: consigue que una desigualdad social parezca una diferencia de capacidades.
El problema se vuelve todavía más evidente cuando se incorpora el territorio. Chile tiene una geografía bastante más extensa que Santiago, aunque algunas políticas culturales parecen descubrirlo principalmente cuando llega el momento de escribir «descentralización». La oferta de talleres y actividades formativas no se distribuye de manera homogénea. Hay ciudades donde funcionan universidades, centros culturales, editoriales, residencias y una programación literaria relativamente constante; en otras, las actividades aparecen de manera esporádica y dependen de proyectos puntuales. Hay lugares donde un escritor puede encontrar un taller caminando unas pocas cuadras y otros donde esa misma actividad exige horas de viaje. Las bases del concurso, por supuesto, resuelve toda esa diversidad con una frase impecable: «acreditar participación». Como si el taller estuviera siempre ahí, esperando al escritor.
Conviene aclarar algo para no regalarle al Fondo una excusa fácil: el Estado sí financia talleres, residencias y otras instancias de formación. Precisamente por eso la exigencia resulta más interesante. El problema no está en que esas oportunidades existan, sino en que el acceso a ellas pueda transformarse después en una condición para competir por nuevos recursos. La formación financiada se convierte en antecedente; el antecedente se incorpora a la trayectoria; la trayectoria mejora la carpeta; la carpeta aumenta las posibilidades de obtener financiamiento. El sistema termina premiando la permanencia dentro de sus propios circuitos.
¿Pero qué garantiza que un taller literario sea realmente una instancia de formación? Las bases exigen demostrar que el postulante participó. No parecen interesarse demasiado por aquello que recibe. La asistencia queda registrada; el aprendizaje, no. El certificado prueba que alguien estuvo en una sala, frente a un tallerista, durante determinado período. No demuestra qué aprendió, cuánto trabajó sobre sus textos, qué herramientas adquirió ni si la experiencia produjo alguna modificación en su escritura. Tampoco establece necesariamente que quien dirigió el taller tenga una obra relevante, experiencia pedagógica o conocimientos técnicos suficientes para enseñar literatura. Basta con que exista una actividad y alguien pueda certificar que estuvo allí.
Hay talleres excelentes y personas que realizan una labor formativa verdaderamente valiosa. También existen instancias mucho más discutibles. Esa diferencia debería importar si la participación en ellas va a utilizarse como antecedente para decidir quién merece recursos públicos. Sin embargo, el requisito parece tratar toda formación como si tuviera el mismo valor. Un taller riguroso, donde se trabaja seriamente sobre la estructura, el lenguaje, el ritmo, la lectura y la reescritura, termina administrativamente al mismo nivel que una actividad donde durante seis sesiones se conversa alrededor de la poesía y se pronuncian palabras como «voz», «memoria», «cuerpo», «proceso» o «experiencia» hasta que todos descubren que ya pasó la hora. El certificado sale igual de limpio.
En este sentido, cabría hacerse otra pregunta: ¿quién forma a los formadores? Porque si el taller es ahora una prueba de trayectoria, debiera establecerse algún criterio para determinar la calidad de quienes imparten esos talleres. ¿O basta con que alguien consiga financiamiento, compre unas cervezas y reúna un grupo de personas durante algunas semanas? Si el requisito consiste en haber participado, la calidad de aquello que se aprendió parece convertirse en un asunto secundario.
La ironía llega a su punto máximo cuando un escritor que ha pasado décadas erigiendo una obra termina necesitando la acreditación de alguien cuya propia producción resulta discutible. En poesía, por ejemplo, hay autores que llevan treinta años escribiendo el mismo poema de ocho o doce versos, hablando de un solo tema y confundiendo valor literario o formal con relevancia cultural. En esos casos, que son la mayoría, el borrador adquiere categoría de obra, la obra de trayectoria y la trayectoria de autoridad. ¿El escritor que todavía no logra terminar un poema puede terminar enseñándole a otro cómo encontrar su voz? Pareciera que sí.
Por eso la palabra «formación» merece cierta sospecha. Un escritor se construye con años de trabajo y ese proceso difícilmente cabe en un certificado. Puede hacerlo leyendo de manera obsesiva, escribiendo y reescribiendo, investigando, traduciendo, conversando con otros autores, participando en una comunidad, escuchando una tradición oral, estudiando historia, editando textos o simplemente enfrentándose durante años a la dificultad de conseguir que una frase diga exactamente lo que uno quiere. El taller es una forma de aprendizaje, una entre muchas. Convertir su asistencia en requisito significa privilegiar una ruta determinada.
El asunto tiene además una consecuencia particularmente desagradable: transforma el acceso a la cultura en una competencia de antecedentes que no solo compara lo que los autores han escrito o se proponen escribir, sino que cuánto han circulado por los espacios reconocidos por el propio sistema. Y eso en uno tan pequeño como el chileno, donde determinados nombres pueden aparecer durante años en jurados, talleres, residencias, actividades y otras instancias de evaluación, no es un detalle menor. La familiaridad termina produciendo una forma de capital. No hace falta llamarla corrupción; a veces basta con reconocer el clientelismo cuando adquiere la forma amable de una red de conocidos, recomendaciones, invitaciones y nombres que circulan con una frecuencia sospechosamente estable. La cultura también tiene sus pequeñas aristocracias. Algunas llevan libros bajo el brazo.