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«La aldea de Kiang» de Cristian Cruz. Parafraseando el dolor oriental
entre la guerra y la memoria.

Por David Nereti
Publicado en los libros después de la peste, julio 2026


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“La aldea de Kiang, después de la muerte” es una “paráfrasis” (o más bien un homenaje en el sentido parriano de la palabra) del poema con el mismo nombre del poeta chino Du Fu (714-774 d. C.). Su composición está lejos de igualar a la escritura y ritmo chino, aunque una transliteración o una traducción sea simplemente un pecado de realizar. Ya que la pérdida es compleja y significativa de los ritmos y los sonidos del poema. En este caso, la paráfrasis que se realiza por parte de Cristian Cruz es notable. Aun después de su transformación a español, el poema sigue ligado de tal manera a su tradición, a la figura del hombre como un ser que es víctima de la violencia desde todos los ámbitos, que le otorgará un tinte especialmente tenebroso y espiritual.

Su escritor, Cristian Cruz, es el intérprete de esta pieza, a través de «Ediciones Casa de Barro».

El poema retrata a un hombre que, «muerto» en una guerra, queda su cuerpo establecido para siempre entre un bosque y su aldea. La incapacidad de llegar a ella como era en antaño y su intangible transitoriedad entre el plano de los vivos y de los muertos será el motivo central del poemario. Está constituido por 18 poemas, que brindan imágenes relacionadas con la vida de este hombre/fantasma en recuerdos de su aldea. La memoria será el motor de los poemas.

El hablante lírico es un hombre que ha pasado una guerra, la que ha dejado en llamas a su aldea. Su familia lo recibe como si este fuese el anuncio de un fallecimiento. Esto debido a tres cuestiones dentro del poema: en primer lugar, el hombre (hablante lírico) que conocieron sus hijos y su esposa dejó de existir por las atrocidades de la guerra; en segundo lugar, porque su estadía en el mundo es más fantasmal que material, se resiente más su ausencia; y en tercer lugar, porque el hombre es fantasma en el sentido del recuerdo de su aldea.

El hombre verá (o creerá) en sus propias visiones el “averno”, el “infierno”, el “purgatorio”, frente a aquella necesidad de volver a encontrar a aquellos antiguos vecinos, a los ancianos y a los niños corriendo, que ahora yacen muertos en alguna parte. Las visiones de guerra son un territorio de fantasmagorías aterradoras; son el paisaje que tortura la mente del hombre/fantasma. Aquellas palabras sujetas a un habla netamente judeocristiana y occidental abrirán el camino de Cristian Cruz para acercar el poema a una Latinoamérica que no imagina, ni alcanza a representar, el dolor oriental por la guerra, pero que se expresa en su diario vivir y su experiencia.

Oriente habita una “filosofía” que relaciona dos conceptos que para nosotros son completamente opuestos: la experiencia (y razón) y el espíritu o alma humana; quienes, a través de sus grandes filósofos Confucio y Lao Tse, se convierten en dos lados de las mismas vivencias, dos lados de lo vivo, que para Du Fu son inseparables luego de la muerte del protagonista de los poemas. La relación entre el aspecto espiritual y el experiencial, es decir, el mundo de los espíritus y el mundo de los mortales, es interesante de manera personal. He estado buscando nuevas experiencias en lecturas orientales, y me parece curioso que me haya conmocionado tanto la lectura de un poemario que tiene el propósito de ser la extensión poética occidental de un oriente intraducible. ¿Acaso los latinoamericanos no somos lo suficientemente occidentales? ¿Hemos de encontrar una nueva forma de sensibilidad poética y de reflexividad dentro del Oriente?

 


Du Fu, también conocido como Tu Fu (712 – 770) fue uno de los más reconocidos escritores
de la Dinastía Tang, destacado posterior a su muerte.


La realidad es que somos hijos de ambos metarrelatos culturales, no sin escapar a la imposición de ellos, claramente. Ya decía Gabriela Mistral (Scarpa) que el continente latinoamericano era parte de Oriente y quedaba al oriente de los mapas. El interés que me llama a ver y buscar las letras chinas y japonesas, indias y coreanas, también removió la mente de Cristian Cruz. Con su parafraseador de los versos se ensancha una veta olvidada por los artistas del siglo XX, quienes miraron a Occidente con estima, por ejemplo Borges y las letras inglesas. Lo cierto es que tenemos más en común con el Oriente que con el Occidente. Los grandes temblores, las hambrunas, las tradiciones de nuestras letras orales, la exportación de recursos, etc. (Humberto 9-13).

La construcción de estos poemas bajo el alero de una perspectiva cristianizada es, de hecho, el intento de plantear esta relación desde una espiritualidad común y propia de Occidente. Su propósito es el impacto sensible que entrega en los versos, mucho más cercano a nuestro horizonte de expectativas que las menciones confucianas de su vida después de la muerte. Cruz no intenta homologar el cristianismo como causa de la guerra. Pero, tal como el poema se construye, estará bajo sospecha deslizándose dentro del sentido interno que el parafraseador le da.

Cristian Cruz sabe de lo que habla y sabe qué exponer, qué imagen realzar, qué canto cantar, en el momento justo, demostrando una herencia latinoamericana de peso intelectual notable. Sus influencias se deslizan y ocultan a la par. Así, la muerte yace del concepto tomado desde una posición mexicana. No es de extrañar que el peso de Juan Rulfo y su fantasmal Comala surgieran en mi memoria como una relación intensa y vital, también de su relación orientalista de la existencia postmortem.

El canto de Kiang es aquella reflexión que dedica largo tiempo a valorar las acciones de la guerra en función de sacarlas (olvidarlas, pero nunca omitirlas) y a su vez mencionar (recordar) como liberadoras del horror a través de las palabras. En este sentido, estamos ante una serie de poemas que buscan condensar las experiencias telúricas del campo bélico con la función de confesar los hechos y expulsarlos definitivamente de la nueva vida regenerada en la ausencia de la materialidad del cuerpo de nuestro hablante principal. Así, el bacanal vino y las cosechas serán asociadas con la locura y el hambre, que da forma a la relación «dicotómica» del conversar/olvidar la guerra.

 

An Lushan, militar que instó la rebelión epónima.
Luego de esto Du Fu, nunca volvió a estabilizarse económicamente.


El hombre muerto/vivo y el hombre fantasma/cuerpo serán centrales en la escritura. El hombre recorre en la memoria su antigua aldea, que ahora está quemada, recordando a aquellas personas que ha perdido, incluso a veces deseando recordarlas de tal manera que llega a transformarse en ellas, tal como sucede que el hablante lírico se reúne con los ancianos muertos, que son él mismo. La soledad lo abarcará todo en sospecha, incluso siendo el desasosiego de las personas de la aldea. La soledad y el desasosiego serán parte del ambiente sociosentimental. La incertidumbre frente a la guerra y frente a su propia vida (o muerte) dará paso a un moderno sentimentalismo, donde la desesperanza frente a la maquinaria bélica es el centro del mundo del sujeto tecnificado. Recordando y uniéndose a la tradición occidental.

En China, en la época de Du Fu, se estaba librando una guerra, llamada la rebelión de An Lushan (Watson 270), lo cual arrinconó al poeta a una profunda reflexión acerca de los motivos de la guerra. Poco sabía el autor que estaba profetizando una sensibilidad que alcanzará su apogeo dentro de las dos grandes guerras mundiales. La rebelión de An Lushan desvastó el mundo rural del norte de China, donde los saqueos por las masas de soldados y los impuestos basados en la distribución de comida generaron tal desolación moral en los ciudadanos que aumentó la desconfianza en sus pares, marcando así el periodo de decadencia de la dinastía Tang. La cantidad de muertos se aproxima, según nuestros historiadores contemporáneos, a 13 millones de personas y no es misterio que los poetas vuelvan a estos periodos como una forma de rememorar con dignidad a los familiares y amigos muertos.

En ambos poemarios, ya sea por Du Fu o por Cristian Cruz, “La Aldea de Kiang” hace una crítica instada por la pasión poética al miedo o valentía de convertirse en muerto para su familia y en un vivo para la historia. Cruz sellará el poemario con un último poema a la reflexión ética de la vida, pero sobre todo, del seguir viviendo.

 

 

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Bibliografía

Humberto, Carlos. Introducción a la historia de Japón. Una mirada desde el fin del mundo. Asiática Ediciones, 2024.

Mistral, Gabriela. «Una definición: el hombre europeo» en «Gabriela Anda por el Mundo». Gabriela Mistral, U. de Chile. URL: http://www.gabrielamistral.uchile.cl/prosa/hombreeuropeo.html

Yao, Dan y Li, Ziliang (2006). Chinese Literature. 五洲传播出版社. ISBN 978-7-5085-0979-2.

Chang, H. C. y Owen, Stephen (2010). The Cambridge History of Chinese Literature, Vol. 2: To 1375. New York: Cambridge University Press.




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