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El fantasma de Chile

por Carlos Franz
Letras Libres, Septiembre, 2007

 

Un fantasma recorre Iberoamérica: el fantasma de Chile. No es un fantasma porque asuste (aunque a algunos sí, en los cenáculos rupestres del nacional populismo latinoamericano, por ejemplo). Ni lo es porque arrastre cadenas o ulule como un alma en pena (aunque también las arrastra y son muchas sus penas). Más bien es un fantasma porque todos hablan de sus apariciones, pero son muy pocos quienes realmente lo han visto.

Le ocurre al viejo, flaco y aporreado Chile algo propio de los países lejanos, cuasi insulares, famosos por su propia distancia. Es fácil convertirlos en leyenda. Y es esta misma bendición la que los maldice. La lejanía borronea nuestros defectos, al tiempo que nos priva de matices y complejidades. Lo que en nuestro espejo es un rostro, más o menos feo o lindo, pero particular, personalísimo, de muy lejos se ve como una sábana blanca, apta para proyectar en ella toda clase de películas y vestir todo tipo de fantasmas.

Sábanas no le han faltado al espectro de Chile. De ser la república más estable y sensata en la región, desde la Independencia (en realidad, menos estable que reprimida y más timorata que sensata), pasó a ser, para media progresía occidental, la tierra de promisión de una revolución marxista que iba a ser democrática (oxímoron que seguimos esperando que nos desentrañen). Aquella sábana utópica acabó en 1973 empapada en sangre por la dictadura de Pinochet, que se convertiría en la tiranía latinoamericana por antonomasia, no obstante los méritos superiores de varios de sus compinches. Tumba de donde salimos en 1990 vestidos, para buena parte de la “opinión pública” mundial, con el sudario de Lázaro de una transición hipócrita, neoliberal, donde todo era interés y nada era ideal. Sudario que nuestro afantasmado país ha tenido que llevar hasta hace poco, cuando –último grito de la moda en ciertas sábanas (broad sheets) de la prensa europea y norteamericana– hemos sido travestidos en compañeros de ruta en un cierto “giro a la izquierda” latinoamericano. “Giro” para el cual nos trajean, junto a varios, con un vestido regional neofolklórico que lleva la cabeza de Chávez, el torso de Bachelet y la mano mocha de Lula, ¡todo estampado sobre la chompa de Evo! Y así de mal vestidos quieren presentarnos en la fiesta posmoderna.

Pero, sin duda, la tela más confusa con la que atavían al Chile de hoy es la sábana de seda del “milagro chileno”. El país exitoso, “viable” –pronunciado muchas veces como “envidiable”–, es arropado ahora con una suerte de toga de alumno sabelotodo recién egresado de la escuela de la pobreza, admitido por fin, y con honores, en la educación superior de los países desarrollados.

Sin embargo, como señala el ex presidente Lagos en el ensayo publicado en estas páginas, más que un alumno aplicado, Chile ha sido uno de esos estudiantes díscolos pero creativos. Uno que sin apegarse mucho a la lección aprendida inventó soluciones y recetas propias.

El neoliberalismo chileno nació ya “reparado” con esos parches y alambritos típicos del ingenio mestizo latinoamericano. Nunca se aplicó la pura receta privatizadora de la escuela de Chicago, en un país donde la principal industria de exportación –el cobre, nacionalizado por Allende– permaneció fervientemente estatal bajo Pinochet.

La posterior fórmula socialdemócrata chilena, en continua reelaboración y ajuste, hermana políticas redistributivas ingeniosas con ingredientes de un liberalismo económico que, en una auténtica socialdemocracia escandinava, por ejemplo, serían considerados hasta inmorales.

En lo social, la mala fama –o buena, según quién lo mire– que hace de Chile el país más conservador de América, no sólo no resiste la comparación estricta con nuestra región. Tampoco resistiría nuestras noches libertinas el visitante timorato que, animado por esta fama, llegue al Santiago donde –como se cuenta en estas páginas– la radio más oída trasmite coitos en vivo y la juventud se “levanta” a las doce de la noche, como los vampiros, para salir de “carrete” hasta el alba.

A pesar de las simplificaciones que nos prodigan los mismos analistas europeos o norteamericanos que hilan delgado, hasta lo invisible, cuando se trata de sus políticas locales, nuestra pequeña política tampoco es sencilla. Un bipartidismo de hecho hace que las grandes alianzas se disputen el centro. Y que más allá de alharacas para la galería, las prácticas de la derecha y la izquierda converjan en una especie de ornitorrinco político que podríamos bautizar como “liberal-socialismo”. Engendro, éste, que no será la menos original de las aportaciones chilenas a la desideologización universal.

Bajo la sábana del estereotipado fantasma chileno (conservador, pacato, neoliberal y nuevo rico) se mueven otras presencias inesperadas. Si la levantamos, lo más probable es que lo encontremos no sólo desnudo sino acompañado ¡y en plena juerga con quien no debe! Lo que hace a nuestra “cama” nacional un lugar más excitante y más irritante a la vez. Un sitio donde se entrevén meneos perturbadores, de todos y todas. Originalidad chilena que irrita a quienes esperan de Latinoamérica un solo ritmo, el revolucionario espasmódico, y una sola rima: el topicazo del coronelazo (convertido, ahora, en caudillo electo). Clichés que, para que nadie falte en nuestra casa de citas nacional, también se alientan desde Chile. Como sabe todo buen latinoamericano, hay vasos comunicantes –de vino, en nuestro caso– entre el deseo “de lo exótico” y la sed y el hambre “del exótico”.

No es que Chile no lo sea: exótico y hasta excéntrico; imposible no serlo para un país tan lejano de los centros. Pero, como todo verdadero excéntrico, Chile lo es a su manera. No en aquello que confirma el prejuicio del foráneo, sino en aquello que lo descoloca y sorprende. Hasta cierto punto, Chile es exótico precisamente por su “fomedad”, palabra que en nuestro dialecto designa a una aburrida normalidad. En buena hora.

Los países chicos y lejanos (no olvidar que todos los países pobres, no importa lo grandes y “emergentes”, son chicos y lejanos) deberían reclamar de la ONU el reconocimiento de un nuevo derecho humano fundamental: EL DERECHO A LA COMPLEJIDAD. Y la correlativa obligación que tendría la comunidad internacional –o al menos sus “clases parlantes”– de garantizarles a esas naciones periféricas una existencia libre de clichés, de simplificaciones. Chile reclama ese derecho.

Mientras tal utopía no se verifique, sirvan estas páginas diversas y contradictorias, en la muy “librepensadora” Letras Libres, para levantarle una punta de la sábana al fantasma de Chile. Y permitirnos así, sin miedo ni prejuicio, atisbar el espíritu real que se ríe, mucho más de lo que aúlla, debajo.

 

 

La transición: una reacción en cadena

por Rafael Gumucio
Letras Libres, Septiembre, 2007

 

El éxito de la transición chilena no está exento de claroscuros. Para exponer esa historia, Rafael Gumucio sigue el modelo de las “vidas paralelas”, de los destinos personales que, al cruzarse, retratan las sinuosidades y necesarias contradicciones de la historia reciente de su país.


Las dictaduras viven fuera del tiempo. Como todos los relojes detenidos, dan la hora exacta dos veces al día. Lo sabe Fidel Castro, que esperó por décadas fuera de foco hasta que Hugo Chávez y sus amigos lo devolvieron a la cancha. Lo supo Augusto Pinochet, que terminó su gobierno justo cuando el reloj de la historia coincidía –fines de Reagan y del muro de Berlín– con el reloj de su dictadura.

Las dictaduras sólo conocen un instante, se eternizan en el mismo minuto. Una y otra vez hacen del día en que llegaron al poder un culto, dándole a avenidas y edificios como nombre la fecha simbólica en que el reloj se paró. Un solo día convertido en la eternidad, ése, el sueño de toda dictadura. Pero la inmovilidad es sólo aparente, en una dictadura todo se mueve a cada segundo, pero lo hace en un tiempo propio, que está conectado con lo más arcano, lo más oculto, lo más secreto del alma de un país. Las transiciones democráticas tienen por rol volver a sincronizar ese tiempo secreto y propio, ese tiempo nacional, con el reloj del mundo. El proceso nunca es simple; entre los dos tiempos, el tiempo arcano de la dictadura y el tiempo público del mundo, hay algunos minutos perdidos, algunos segundos de indefinición, una pequeña eternidad de contradicciones, de ambivalencia.

Mientras en la dictadura todo es coherente, todo es claro u oscuro, todo es definitivo y definido, en la transición todo es paradojal, todo es contradictorio, todo tiniebla y media luz. Escribir sobre la dictadura es tarea riesgosa, pero finalmente simple. Los monstruos no disfrazan en ella su monstruosidad, con toda evidencia la historia tiene en medio de la tiranía un sentido y un narrador: el dictador. Una voz que ordena en torno a sus notas el coro que puede ser disonante, pero que siempre tiene comienzo, medio y fin. En la transición las voces se independizan, se tapan una a la otra, conocen la letra que cantan pero muchas veces ignoran la música.

La gran novela de la dictadura es en Latinoamérica y en España una asignatura cursada con éxito. Tan conocida y exitosa que incluso los escritores españoles de hoy, ante el miedo a afrontar una realidad ambivalente y compleja, vuelven en la actualidad a ella, nostálgicos de ese oscuro mundo en que todo era paradojalmente tan claro. La gran novela de la transición es en cambio, en la literatura en lengua española, una tarea siempre pendiente. Muchos y muy talentosos lo han intentado, sin lograrlo nunca del todo, porque en la transición siempre algo se escapa a la lupa o al telescopio del escritor. Después de unos pasos, el terreno se vuelve pantanoso, y da la impresión de que el bien y el mal no son ya tan evidentes y claros, que sólo la demencia del narrador puede contar la demencia de la realidad en que vive.

Si, como Canetti sugiere, la novela es ante todo la historia de algunas metamorfosis, pocos terrenos pueden ser sin embargo más fértiles a la novela que la transición, que una transición como la chilena, exitosa en tantos aspectos, paradójica en tantos otros. Una transición que ha enriquecido a sus habitantes, pero mantenido y aumentado las desigualdades entre ellos. Una transición que ha llevado al poder a los hijos y herederos de Allende, pero que no ha logrado mantener más que una sola revista (la mítica y satírica The Clinic) que no sea propiedad de empresarios de la derecha, una de las derechas más extremas y duras del continente. Una transición que ha indudablemente abierto la cultura nacional al mundo, pero que mantiene ridículos estándares mínimos de lectura (una edición normal no llega a los quinientos ejemplares, un bestseller a los quince mil, en un país de quince millones de habitantes) dignos de países con muchísima menos población alfabetizada que Chile. Una transición que tiene los kioscos llenos de mujeres desnudas, y que al mismo tiempo mantiene un récord de programas de televisión castigados por inmoralidad, gracias a un extraño Consejo Nacional de Televisión donde sesionan representantes de la Iglesia, el Estado y los militares. Un país donde una mujer por primera vez en el continente es elegida presidenta, pero en el que el debate sobre el aborto es aún un absoluto anatema y donde la ley de divorcio costó diez años de trámite parlamentario con visitas de los obispos al Congreso y toda suerte de obstrucciones y postergaciones. Una transición que deja el doble diagnóstico de un país que funciona y crece en un continente que no crece ni funciona, y al mismo tiempo un país que masivamente aprueba las razias contra los inmigrantes peruanos, y la cárcel contra los tipos de pelo largo, donde ejecutivos, profesores o periodistas trabajan doce horas al día por menos de mil dólares al mes, en un país en que los estándares de precio y de consumo se parecen cada vez más a los de Europa y Estados Unidos.

¿Cómo contar la historia de una transición que al mismo tiempo sacaba de la prescripción al Partido Comunista e inauguraba los primeros McDonald’s del país? ¿Cómo desentrañar en pocas páginas los sutiles mecanismos que permitieron que los mismos empresarios que diagnosticaban que Lagos no duraría mil días en el gobierno, terminaran por aplaudirlo a rabiar?

Creo que la única manera de contar esta historia no es a través ni de las ideas, ni de los personajes aislados, sino a través de la cadena que los ata, que los relaciona, que los hace en toda la diversidad, en todas sus pluralidades, instantes de un mismo momento, partes, cada una de sus metamorfosis, de una gran metamorfosis común.

De Lenin a Francisco Javier

Lenin Guardia, por ejemplo, acaba de conseguir de las autoridades penitenciarias permiso para salir los domingos de prisión. Ni alto, ni bajo, moreno y dueño de unos bigotes que, como su nombre, no dejan duda de su obligada militancia socialista. En el gobierno de Allende fue parte del GAP, Grupo de Amigos del Presidente, suerte de guardia amistosa de civiles armados. Por esos nada azarosos azares de la vida cumplió la mayor parte de su pena en Punta Peuco, una enorme y deshabitada cárcel especial construida para abrigar en ella ex agentes de la dictadura, en especial el hiperbuscado y siempre peligroso Manuel Contreras, el director de la DINA. Al salir de la cárcel, Lenin se limitó a declarar a la prensa que lo esperaba: “Las instituciones funcionan y el país está en calma.” Hay algo típicamente chileno, algo que explica de alguna forma el éxito de la transición y sus bemoles, en esta declaración de un ex convicto cuya primera preocupación son las instituciones y el orden público. Orden público que una supuesta carta bomba que habría mandado él mismo a la embajada norteamericana en septiembre del 2001 (justo después de los atentados de las torres gemelas) casi logra perturbar seriamente.

La carta no tenía ningún afán antiimperialista. Lenin la había expedido para posteriormente venderle a la embajada norteamericana y al gobierno sus servicios de “inteligencia”. En otras palabras, su capacidad probada en los primeros tiempos de la transición de infiltrar grupos terroristas y desactivarlos con el mínimo de violencia y ruido. Porque Lenin, el pícaro, el preso –y esa es justamente la enorme ambigüedad en que flota toda la transición chilena–, es también de alguna manera un héroe de los que ha permitido que Chile se salve del fantasma de una ETA, o de un Sendero Luminoso, o de una guerra sucia para desactivar a grupos de esta índole. El hombre que en la dictadura tantas veces arriesgó su vida, y que en los primeros tiempos de la transición vivió en un peligroso doble juego (custodiado en algunos periodos por tres detectives las veinticuatro horas del día), cayó preso por puro exceso de ingenio empresarial, por las puras ganas, muy del Chile actual, de ganar a toda costa.

El sociólogo Lenin Guardia es un hombre de una simpatía contagiosa, generoso, ocurrente. Mis padres lo conocieron en París donde estuvo exiliado junto a su hermano Alexis (un economista serio). Cuando el Partido Socialista emprendió una renovación hacia el centro, Lenin decidió permanecer en el ala izquierda del partido y del país. Su personalidad colorida, sus amistades con militares y agentes de seguridad, sin embargo, lo hacían, dentro del fúnebre cortejo de los viudos de la izquierda chilena, una figura aparte. Lenin, que en la época de la dictadura debió cambiar de nombre y dejarse llamar por todos Leonardo, tenía amigos y familiares en todos los bandos. Empezó entonces a tejer contactos, a hacer y recibir favores y a vivir de ellos. Ayudó, por ejemplo, a mi hermano a sacarse el servicio militar en una época en que las fuerzas armadas seguían dirigidas férreamente por Pinochet en persona. El jefe de la hija de Pinochet en la época de Allende, el aparentemente bonachón pero implacable Belisario Velasco, habría (todo en este caso es potencial) contratado a Lenin para infiltrar los grupos insurgentes que quedaban.

De contacto en contacto Lenin, el exiliado, el socialista, llegó a trabajar para Francisco Javier Cuadra, el ex ministro estrella de Pinochet, declarando ambos que algunos parlamentarios –sin nunca nombrar cuáles– consumían habitualmente drogas. Francisco Javier Cuadra es de alguna forma el reverso exacto de Lenin Guardia y por ello mismo su complemento perfecto. Delgado, buen mozo, impecable, culto, frío como un cuchillo. Tímido a ratos, su voz más bien monocorde se cuida siempre de ser exacta, de decir lo preciso, de dejar entrever entre sus frases perfectamente coordinadas una información velada, una hebra que el periodista puede seguir hasta encontrar el centro de la madeja. Cordial, experto en literatura, filosofía y ciencia política, amante de los libros antiguos pero conocedor también de la música del grupo de rock Los prisioneros, cuando te entrevistas con él siempre te deja perfectamente claro que sabe todo de ti y que tú nunca podrás saber de él nada que no quiera que tú sepas. Lleno de sí mismo me confesó en una entrevista que se desnudó en las ruinas de un templo en Siracusa y con los brazos abiertos recibió el sol como un griego cualquiera.

Tenía apenas algo más de veinte años cuando Pinochet, desesperado por encontrar un vocero, lo enroló en su barco, un barco que a esas alturas se parecía al Titanic. Le recomendaron que llegara bien presentado a La Moneda, y se engominó el pelo por primera vez, justo antes de dar su primera conferencia de prensa. Quedó entonces inmortalizado como el “pije pálido”, la imagen misma del tecnócrata ultraconservador que dominaba en la sombra la dictadura. Luego le impuso al puesto su impronta, solía llamar a los periodistas opositores a su casa preocupándose por sus hijos y sus esposas. Urdió, con la ayuda de los medios afines al régimen, varios montajes comunicacionales para cubrir otros tantos crímenes. Una de esas grandes maquinarias comunicacionales fue la visita del Papa, en la que logró que el Pontífice saludara junto a Pinochet a las masas desde un balcón de La Moneda.

La democracia lo convirtió, de poder en la sombra, a sombra misma del poder. Pinochet seguía consultándolo para toda suerte de asuntos, mientras negociaba y trababa amistad con Enrique Correa, ministro del primer gobierno de la transición, ex seminarista y fan de Leónidas Brechnev, convertido en factótum de los consensos y los acuerdos que caracterizaron los primeros dos gobiernos de la Concertación. Muchos de estos consensos y no pocos de esos acuerdos se trabaron entre estos dos hombres, Cuadra y Correa, que comparten la misma pasión por la teología y las intrigas vaticanas. Entre medio Cuadra se separó de su mujer, dejó la misa dominical y se hizo amigo de artistas e intelectuales. Convertido en rector de la liberal Universidad Diego Portales, contrató en ella toda suerte de académicos del bando contrario al suyo. Desarrolló una pasión por Nicanor Parra y su obra y la arquitectura de Matías Klotz. Cuadra y su gestión se convirtieron en un símbolo mismo de la reconciliación, la culminación de una transición donde los enemigos de ayer podían convivir en torno al placer común por los libros y el saber.

Sin embargo todos esos gestos de apertura no pudieron borrar del todo el pasado. En una entrevista sugirió que él mismo, en la época de la dictadura, había salvado al presidente Ricardo Lagos de un fusilamiento seguro. De pronto la paz universitaria se rompió, y todos recordaron súbitamente que Cuadra era Cuadra, y que el horror vistosamente olvidado seguía ahí. Después de meses de discusión y discordia Cuadra renunció a la rectoría.

Antes de seguir atiborrándolos de datos, es necesario explicarles que Chile es un país de quince millones de habitantes, en que el veinte por ciento más rico tiene acceso a casi el sesenta por ciento de los bienes. La clase media ilustrada suele concentrarse en Santiago, ir a los mismos colegios y casarse con las mismas mujeres. Nada de raro tiene entonces que Lenin y Francisco Javier se hayan terminado por conocer y hacer amigos. De alguna forma pertenecían a la misma historia, una historia marcada por la impronta del marxismo (en contra o a favor, ambos lo habían estudiado), la Iglesia que se convirtió en el único partido opositor en la dictadura, y los militares. Triple castración la militar, la religiosa, la política, triple deber, triple censura que mantuvo a Chile en los años noventa bajo el poder del Opus Dei y la cobardía bienpensante de la democracia cristiana, mientras Lenin, mientras Francisco Javier, jugaban a ser empresario, a usar teléfonos celulares y tarjetas de crédito, adelantos que la dictadura promovió pero que sólo llegaron en plenitud en democracia. Mientras tanto, hacían de la flexibilidad ideológica, partidaria, una profesión. La acrobacia en que ambos, al filo del año 2000 (cuando el arresto de Pinochet en Londres y el gobierno de Lagos acabaron con la política de los acuerdos), se tropezaron y cayeron de sus respectivos trapecios.


Actores secundarios

Sigamos con la cadena de personas y sus extrañas imbricaciones. Francisco Javier, entonces, contrató a Lenin, que contrató a su vez a varios rescatados del terrorismo chileno. En la empresa de Francisco Javier trabajaba también Jorge Insunza, hijo de parlamentario comunista (actual diputado de uno de los partidos de gobierno) y miembro de la jota él también en los años ochenta, cuando ambos confundidos militábamos en el movimiento estudiantil secundario.

El dirigente máximo de esos jóvenes comunistas, Juan Alfaro, se creyó sus propios discursos y se fue a vivir con unos pescadores artesanales hasta que se dio cuenta de que entre ellos no había más nobleza ni compromiso que entre los niñitos de la secundaria. Cargado de hijos y deudas volvió a la ciudad a estudiar y a contemplar cómo la mayor parte de los militantes de sus células partidarias, y de los dirigentes adultos que los empujaban a actuar y arriesgar sus escolaridades y sus vidas, se había acomodado en empresas de computación o en consultoras de lobby.

Su historia y la de otros jóvenes de los años ochenta fue retratada en el documental Actores secundarios, ingenuo retrato de una época confusa, la de las postrimerías de la dictadura, que sin embargo se mantuvo meses en cartelera y sirvió de inspiración para un nuevo movimiento estudiantil, el de los Pingüinos (llamados así por sus uniformes azul oscuro y camisas blancas) del 2006, que por meses mantuvo en jaque a la presidenta de la República y obligó a renunciar al ministro de Educación.

Jóvenes del siglo XXI con piercing, aros en todas partes, que se comunicaban por fotolog y celulares (Chile cuenta con una envidiable cobertura tecnológica), que desenterraban –como si fuesen nuevos– hoces, martillos, puños en alto y hablaban de una educación gratuita para todos. En el movimiento se mezclaban, sin embargo, chicos de derecha (uno de los principales dirigentes del movimiento militaba en la ultra-derechista UDI), de extrema izquierda, amontonando todos juntos sillas y mesas contra las puertas de sus colegios, y decidiendo todo en interminables asambleas en que ninguna voz valía más que otra.

Nada sacó el gobierno con alegar que los gobiernos de la Concertación, que gobiernan ininterrumpidamente desde 1990, han triplicado la inversión en educación. Los estudiantes no querían ya cantidad sino calidad. No querían más computadores en colegios que no cuentan con electricidad. Querían algunos no sólo mejorar la educación pública sino acabar con la educación privada. No querían sólo que se les extendiera a todos un pase para subir gratis a los buses, sino cambiar las leyes rectoras del sistema educacional chileno.

Ante esas demandas tanto más específicas, tanto menos cuantitativas y más cualitativas, la presidenta Bachelet se quedó sin respuesta. Durante muchos años ella fue también una actriz secundaria de la transición, una funcionaria, una militante bien conectada pero que nunca soñó con ser presidenta. Las contradicciones de la transición, las de la generación que la gobernó, afloran sin embargo en ella de manera particularmente vistosa. Baste decir, a modo de ejemplo, que estudió medicina en la RDA y estrategia militar en Washington, DC. Lo mejor o lo peor, según se quiera ver, de dos mundos irreconciliables, conviven en ella.

Michelle de escolar protestó tal como los jóvenes Pingüinos, pero no lo hizo para mejorar o cambiar el currículo escolar, o cambiar las instalaciones del liceo en que estudió, sino para defender el gobierno de Allende de la maldad del Imperialismo mundial. Se crió entre grandes siglas y grandes proyectos de los que despertó bruscamente de un día para otro. La culpa y el miedo marcaron su educación política. Antes de los treinta años vio morir a sus mejores amigos, todo porque su novio de entonces habló en medio de la tortura.

Vio Michelle Bachelet sus ideas, sus proyectos, su sistema de valores pulverizarse, primero en manos de los militares y después de la realidad. Llegó al poder a intentar simplemente profundizar sólo un poco más las políticas sociales de Lagos, pero le tocó gobernar un país que empezaba a preguntar no sólo por el cuánto sino por el cómo y el porqué. Preguntas a las que le cuesta encontrar respuesta, porque fue educada en la clandestinidad, un mundo en que no se pregunta nunca cómo, ni cuándo, ni menos por qué.

Le tocó a Michelle Bachelet un país que quería ahora recoger los frutos de dos décadas de esfuerzo y sacrificios. Le tocó una prensa ideológicamente monocromática pero que investiga más y quiere ser más incisiva. Le tocó una oposición que siente que le toca, después de quince años, el turno de gobernar. Le tocó a Michelle Bachelet de pronto vivir, como si fuese una pesadilla, uno de sus sueños más largamente acariciados, la muerte de Augusto Pinochet Ugarte.


El largo brazo de los muertos

Por varios días todos los chilenos esperaron las palabras de la presidenta. Los partidarios del general, cada vez más enardecidos, golpeaban rabiosamente a la prensa extranjera, a la que culpaban de la caída en desgracia de su ídolo. La derecha en pleno, que llevaba años predicando el desapego hacia la dictadura, desfilaba ante el féretro. El nieto del general Prats disimuladamente escupía sobre el delgado vidrio que protegía el rostro del tirano. Jóvenes que no habían nacido para el plebiscito de 1989 celebraban a golpe de champaña en la Plaza Italia. Francisco Javier Cuadra relataba por la radio sus últimas conversaciones sobre el destino del país con el moribundo general. Todos hablaron, todos gritaron, todos rieron, todos lloraron, pero la presidenta, la torturada, la exiliada, la victoriosa presidenta se mantuvo callada.

Vivimos los chilenos en ese silencio que lo dice todo. El mismo silencio con que la presidenta y su madre respondieron a los golpes, la corriente eléctrica y las preguntas de sus torturadores. Todo se dice en el Chile de hoy, todo se habla, pero una zona indeterminada, a la vez mínima y enorme, ha quedado para siempre en el silencio.

Sobre ese silencio cuesta escribir. Un alumno de Pinochet –seguimos con nuestra reacción en cadena–, Germán Marín, lo intenta. Ex cadete militar, ex librero maoísta, Marín volvió a Chile a comienzos de los noventa con un manuscrito inédito de mil páginas bajo el brazo. Intentó reconectarse con sus amigos de juventud, exiliados o jubilados, viviendo de pequeñas pensiones, de ayuda de los hijos, de proyectos de revistas que nunca llegan a cabo. Como muchos de ellos, Marín llegó a pensar que Chile había muerto el 11 de septiembre del 73. Sin demasiada esperanza en nada se sentó a revisar su manuscrito en una mesa del ruidoso Café di Roma. Luego un estudiante de la católica llegó a preguntarle por Enrique Linh, un antiguo amigo suyo, luego otro le mostró un manuscrito, luego otro simplemente se sentó a conversar.

El panorama gris de una literatura, la de comienzos de los noventa, que se preocupaba de ser internacional, que se cuidaba de hablar de la dictadura sólo a través de símbolos, fue cambiando ante sus ojos. Germán Marín empezó a involucrarse en los debates, rencillas y juegos de escritores treinta años menores que él. Dejó la solitaria mesa del Caffè di Roma para recorrer junto a sus nuevos jóvenes amigos restaurantes fusión y bares a la moda. La gente de su generación y edad empezó a desconfiar del gusto de su amigo. No les parecía del todo sano ni normal que Marín se juntara con estos jóvenes que sin dificultad autogestionan sus revistas y libros, que pueden reverenciar a Allende admitiendo sin la menor duda que su gobierno fue en gran parte un desastre. Chile no había muerto en el 73, pudo contemplar Marín: otro país había nacido de las cenizas de los símbolos. El Chile que ya no llora sólo a Neruda, pero sí escucha a Linh o a Millán. Un Chile que ha descuidado quizás un poco demasiado a Donoso pero lee a Bolaño y a Joaquín Edwards Bello. Un país injusto y tremendo pero vivo, monstruosamente, hambrientamente vivo.

Quería terminar con el caso de Marín porque quizás es el que con mayor claridad describe la monstruosidad de ese nuevo país. En su novela Cartago, un exiliado, un sobreviviente, un nostálgico, pero también un mirón amoral, encuentra en las cercanías del centro de tortura de la Villa Grimaldi un brazo de mujer. Inmediatamente cae rendido de amor por ese brazo, presumible resto de una detenida desaparecida. El protagonista desentierra el brazo, lo limpia y alhaja y vive a escondidas por la calle de un Santiago en construcción su vergonzante amor.

Como el personaje de la novela de Marín, amamos los chilenos nuestro pasado de manera vergonzosa y parcial. Amamos un brazo para callar mejor el resto del cuerpo que descansa, así, en paz.

 

 

Desde Balzac y Luis Felipe de Orleans hasta nosotros

por Jorge Edwards
Letras Libres, Septiembre, 2007

Un escándalo financiero con uso de información privilegiada sirve de disparador a Jorge Edwards para hacer un repaso, literario, social y político, de la peculiar idiosincrasia chilena y su fascinación por la riqueza fácil.


El más probable candidato de la derecha en las próximas elecciones presidenciales chilenas, y, a juzgar por las encuestas más recientes, candidato con fuerte opción de llegar a la Presidencia de la República, Sebastián Piñera, acaba de ser multado por la Superintencia de Valores y Seguros (SVS) por haber comprado un grueso paquete de acciones de la Línea Aérea Nacional (LAN) con información privilegiada, esto es, con pleno conocimiento del balance de la compañía, de la cual ya era accionista mayoritario, y antes de que éste se hubiera entregado al conocimiento público. El caso es escandaloso y frecuente, y da la impresión de que no tendrá mayores efectos para sus aspiraciones políticas. Es decir, parecería que el Chile de hoy admira por sobre todas las cosas las historias de éxito financiero y no repara en forma demasiado escrupulosa, con escrúpulos mayores, en los medios empleados para alcanzar la fortuna.

La defensa de Piñera alegó de inmediato que había centenares de casos anteriores similares y nunca sancionados por la Superintendencia. Pues bien, ocurre que el actual Superintendente, designado hace poco por el gobierno, pertenece a la Democracia Cristiana y al grupo que apoya en particular la precandidatura de Soledad Alvear, la presidente del partido. En estas circunstancias, y frente a centenares de casos anteriores no sancionados, imponer la primera sanción a un adversario político sin duda es discutible. Parece una forma sutil de intervención electoral desde un cargo público que controla el Poder Ejecutivo. En buenas cuentas, la sanción tiene una indudable justificación moral y legal, puesto que Piñera, como parte directamente interesada en la operación bursátil y dueña de una información no compartida por el público, no cumplió con su obligación de abstenerse, pero el procedimiento que se siguió, por el solo hecho de aplicarse por primera vez, no fue completamente convincente para la opinión pública y, dentro de las delicadas circunstancias, tendría que haberlo sido, a fondo y sin el menor resquicio.

Por otro lado, sin embargo, el argumento que usa Sebastián Piñera, seguido por sus numerosos amigos y partidarios, es curiosamente débil. El hecho de que haya existido una cantidad determinada de infracciones antiguas que nunca se sancionaron no demuestra nada. O sólo demuestra, en último término, que la autoridad fue complaciente, negligente, descuidada, y que se puso las pilas, como decimos en Chile, demasiado tarde.

Sebastián Piñera sabe muy bien que el asunto es delicado, que podría terminar por causarle un daño irreparable, y acaba de tomar una decisión muy reveladora: la ley le permite apelar la decisión de la SVS, pero él ha preferido pagar la multa de varios centenares de millones de pesos y evitar que el tema se siga ventilando en un largo proceso. El conflicto es curioso, tiene una forma nueva, muy típica del Chile de hoy, y es a la vez muy antiguo. En algún sentido, el país, después de años de éxito económico, ha cambiado mucho, pero es probable que en su línea gruesa siga siendo el mismo de siempre, o el mismo, al menos, de todo el siglo XX, desde el auge del salitre, que se inicia a finales del XIX, hasta el auge actual del cobre, de la celulosa, del salmón, de los vinos y otros productos de exportación. Por ejemplo, la vertiginosa compra y venta de acciones de sociedades anónimas, la formación de fortunas rápidas, el uso de información privilegiada, la especulación bursátil, no son temas nuevos, al menos dentro de mi ya larga experiencia personal. Me pasé la infancia y parte de la juventud escuchando hablar de operaciones de bolsa arriesgadas, de jugadas maestras o calamitosas, de golpes de suerte casi milagrosos y de quiebras no menos repentinas y sorprendentes. Ahora me vienen a la memoria viejas crónicas y ensayos que hablaban de dos Chiles: el de la pachorra colonial, burocrática, latifundista, representada por Santiago, y el de la aventura marítima, comercial, minera, cuyo centro nervioso, infatigable, cosmopolita, se encontraba en el puerto de Valparaíso.

Por lo demás, pienso también en toda la literatura narrativa chilena, desde las novelas de Alberto Blest Gana, que intentó elaborar una “comedia humana” de Chile, a la manera de Balzac y con todo el trasfondo financiero de las grandes novelas balzacianas, con sus avaros, sus usureros, sus grandes banqueros, hasta las de Jenaro Prieto, cuya novela El socio es el relato de la utilización de un personaje ficticio, un socio inventado, para emprender una operación bursátil de gran envergadura. Podría nombrar a muchos otros autores, pero me limito a constatar que la novela chilena, desde el siglo XIX y comienzos del XX hasta hoy mismo, está saturada de historias de dinero (historias, hoy día, de aquello que llaman mesas de dinero), de papeles, de bonos, de ilusiones alentadas e ilusiones perdidas. Como si la obra del viejo Balzac, y como si el reinado de Luis Felipe de Orleans, el del famoso llamado a los franceses de su tiempo, Enrichissez vous! (¡Enriqueceos!), algo desvanecido en la memoria francesa de estos días, tuvieran plena vigencia en el Chile de la Concertación y de la Alianza, el del contradictorio gobierno de Michelle Bachelet y el del triunfalismo empresarial, el de los socialistas reformados y el de los Piñera y tantos más.

Conocer el balance de una compañía en la mañana, comprar un grueso paquete de acciones a primera hora de la tarde y que los datos sean conocidos por el público a la mañana siguiente, aunque esté muy lejos de ser un proceder encomiable, es, en la práctica de los negocios, una conducta casi habitual. En Chile y fuera de Chile. Todos, en el vasto y complejo universo de las finanzas, tratan y a menudo consiguen actuar sobre la base de información privilegiada. Los que no actúan así son los compradores chicos: las dueñas de casa que ahorran en unas pocas acciones, los intelectuales despistados, los clientes menores. Si usted quiere adquirir millones de dólares en acciones, al menos en Chile y mientras no exista una legislación clara sobre la materia, busque la información privilegiada y lo más probable es que la encuentre. Lo cual no significa, desde luego, que sea una conducta estimable, virtuosa, recomendable para un candidato presidencial. O el candidato representa al ciudadano medio, a las dueñas de casa, a los intelectuales despistados, al mundo que trabaja y se las machuca y ahorra lo que puede y si es que puede, o es mejor que se dedique a sus negocios particulares. Lo que está por saberse, eso sí, es si una conducta de esta naturaleza será castigada por los electores chilenos de hoy o si será, en el fondo, más allá de las apariencias, admirada y premiada con los votos. Es un tema de cultura, y no excluyo la posibilidad de que el triunfalismo universal sea el responsable mayor de la decadencia de nuestra cultura.

En Chile, en el pasado, y sobre todo en la primera mitad del siglo XX, el exceso de fortuna personal era un inconveniente notorio en cualquier carrera política. Se solía sostener, incluso, y con alguna base de verdad, que las candidaturas que contaban con más dinero para la campaña, cualquiera que fuera la fortuna personal del candidato, por lo general salían perdedoras. Lo que ocurre ahora, claro está, es un fenómeno profundamente diferente, un cambio de folio y de época. Cabe preguntarse, entonces, si ese Chile que mencionaba en el párrafo anterior, ese Chile en que el exceso de riqueza era mirado con general sospecha, desapareció para no volver. Las encuestas recientes parecerían indicar que sí, esto es, que ese país del pasado –¿fantasía nuestra, producto de nuestro desencanto?– ya no se divisa por ninguna parte. Estaríamos ahora en un país no del todo reconocible para la gente mayor, un país que adora el éxito económico por encima de todas las demás cosas. Viviríamos, en otras palabras, entre adoradores del becerro de oro. Antes existían, sin duda, pero estaban en minoría, y ahora da la impresión de que dominan todo el espacio, y de que lo dominan, precisamente, a partir del espacio virtual, el de los medios omnipresentes.

Los indicios que van en esta dirección son abrumadores. Hasta la calidad de una obra de arte literario, en los días que corren, se aprecia en función del número de ejemplares vendidos. Y si es así, ¡viva la información privilegiada! En un país triunfalista, los dirigentes naturales son los triunfadores. Menos mal que no surge todavía en nuestro futbol mediocre, en nuestras selecciones apaleadas, un Pelé o un Ronaldinho. El día que esto ocurra, nadie podrá pararlos en las carreras presidenciales. Cada gol que nos meten, en este aspecto, en esta perspectiva de un futuro cercano, debería producirnos algún alivio.

Son reflexiones que hago al pasar, sin demasiado optimismo, pero si cambio de tema, llego a la conclusión de que los revolucionarios de hoy, o los que se autoproclaman revolucionarios, también son triunfadores. El triunfalismo, en buenas cuentas, no es una opción exclusiva de los Piñera y sus seguidores. Ni siquiera se puede sostener hoy en día que sea “de derecha”. Fidel Castro supera las limitaciones de la edad, a juzgar por su intensa actividad de articulista, de orientador público, y Hugo Chávez se mueve en alas de una quimera, en calidad de héroe mediático, y se acerca al poder absoluto. En algún lugar de nuestro amplio territorio hispanoamericano, una señora mundana, bien informada, me cuenta que estuvo hace un par de años en una comida ofrecida en La Habana por un miembro destacado, chileno para más señas, de la nueva nomenclatura de la Revolución. Había un misterio pendiente y un asiento desocupado en la mesa espléndidamente puesta. El misterio se resolvió cuando se abrieron las puertas del comedor en forma sorpresiva y entró el Comandante en Jefe, el Líder Máximo, en su imponente persona. Mientras me contaba la historia, ya sabía para quién estaba destinado ese asiento vacío. Son costumbres isleñas que aprendí a observar en una etapa de mi vida y que no tienen por qué haber cambiado. Pues bien, la cena era de primera clase, como corresponde a los arcanos de la nomenclatura, pero el Comandante en Jefe, después de echar una ojeada y de hacerse una rápida composición de lugar, batió las palmas y le ordenó a sus ayudantes que de inmediato trajeran caviar de sus bodegas particulares. ¡El caviar de todos los triunfalismos, el que unió siempre a los capitalistas ingleses y franceses con los burócratas de los viejos socialismos reales! Ahora sobreviven unos pocos de estos socialismos, mientras se incuban otros, pero los hábitos esenciales se mantienen. Algunos revolucionarios de ayer evocan las armas de ayer, pero son juegos literarios, ejercicios de la nostalgia. Las armas de hoy, como se ve, son otras: son el caviar y son las Tanias, las espías cubanas de lujo repartidas por América Latina, como escribe un economista convertido en novelista de ahora. Y la apasionada protesta de los plumíferos y los criticones de todos lados no puede ser más confirmatoria.

Paso, para terminar, de los cuentos de hadas a los relatos de terribles y dramáticas realidades. Lo hago porque leo un libro, Agonizar en Salamanca, del ensayista, novelista y profesor de filosofía Luciano G. Egido, nacido en Salamanca en 1928, es decir, hombre ya mayor, retirado hace rato de la docencia, pero muy activo en la creación literaria y en la narración testimonial. Agonizar en Salamanca es un relato minuciosamente documentado de los últimos meses de Miguel de Unamuno, rector de la universidad salmantina, entre el comienzo de la Guerra Civil Española en julio de 1936 y su muerte en un gélido 31 de diciembre de ese año. Fui apasionado lector de Unamuno en mis años de adolescencia, pero sólo tenía nociones vagas sobre su conducta política durante los primeros meses de la guerra de su país. No pretendo comentar el libro en detalle, pero podría sostener, en abierto y agudo contraste con los triunfalismos que dominan en estos días en todos lados, en la izquierda y en la derecha, que es un relato sobre la derrota, sobre la ferocidad destructora, sobre el instinto de muerte. No sé, claro está, si la avidez de dinero y de éxito mundano, la manía de ganar, que Unamuno fustigaba con tanta elocuencia, es instinto de vida o enfermedad de otra especie quizá más insidiosa. Unamuno, que había sido republicano y socialista, que había conocido el destierro durante la dictadura del general Primo de Rivera, simpatizó con el franquismo durante los primeros momentos. Lo hizo por reacción, por indignación frente a ciertos excesos del bando republicano, por la ingenuidad de pensar que los militares iban a restablecer el orden y la cultura. Nosotros hemos oído hablar bastante de estas ingenuidades. La experiencia histórica nos ha convertido en expertos en estas delicadas materias. Unamuno se decepcionó bastante pronto de su opción inicial y se quedó en una soledad dramática, encerrado en su casa y vigilado, prácticamente prisionero. Primero lo expulsó Manuel Azaña, el presidente de la República, de su rectoría de Salamanca, y no mucho tiempo después, “con menos miramientos que los de la República –escribe Egido– y desde luego peor prosa”, lo expulsó Francisco Franco. El escritor griego Nikos Kazantzakis, el autor de Cristo nuevamente crucificado, lo visitó en esos días en su casa y publicó su conversación en la prensa europea. “Estoy desesperado”, le dijo don Miguel de Unamuno. Si Kazantzakis pensaba que la mitad de los españoles “cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin”, se equivocaba de un modo frontal. “¡No! ¡No!”, le dijo con su voz cansada, pero apasionada, firme, don Miguel: “Escuche bien, ponga atención en lo que voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada!” Se equivocaba don Miguel, quizá, como pensaban todos sus colegas del otro bando, pero con qué entereza, con qué desinterés, con qué hondura. En algún momento, poco antes de morir, llegó a gritar que todos se equivocaban, y tenía razones sólidas para creerlo.

En los días que corren, tendemos a creer que nadie se equivoca, o que sólo se equivocan los que no triunfan, y este error es mucho más profundo que el de Unamuno, más profundo y, además de eso, casi imposible de redimir.

 

 

 

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Por Carlos Franz.
Letras Libres, Septiembre de 2007.