Decir algo sobre Carlos Fuentes es caer en reiteraciones inútiles. Todos saben que la novela hispanoamericana actual vive por él y por algunos pocos novelistas más. Los hallazgos literarios de estos escritores
permiten perfilar ciertos mundos que antes eran inaccesibles al lector de ficciones. Pareciera que de pronto las meras narraciones se hubieran transformado en obra de arte. Esta escasa categoría, la obra de arte, puede definirse como la síntesis armónica de contradicciones irreconciliables: el hombre de América y la tierra, la ciudad asfixiante y la familia. Los grandes pueblos, los que viven realmente un drama humano, llegan a engendrar inevitablemente un verbo que describa ese drama.

Y el contenido, claro está, permanece siempre el mismo: el amor y la lealtad, la inmortalidad y Dios, el mundo auténtico y ordenado de la vida diaria, la artificial y nunca más vigente estructura familiar, la demolición y construcción de instituciones que sostengan —¿contengan?— la inestabilidad de la vida humana. Esta es quizás una descripción del quehacer artístico, amplios círculos que rodean idénticos centros de interés, de necesidad vital. Pero estos contenidos, estas preguntas, pueden resolverse de diversas formas. El humor y la sátira, la ironía y el drama, pueden expresar muchas veces esa realidad que, desnuda, como mera realidad, se daría en la pura inmediatez. En Aura, lo fantástico hiperboliza la estructura cotidiana de lo real. Puede decirse que Carlos Fuentes es un escritor en serio y de lo serio. La digestión de lo sobrenatural de Aura nos muestra la oscura contradicción de nuestros sueños, en los cuales el pasado condiciona los momentos presentes, la vejez toma la frescura de la juventud, los hechos sensoriales se escapan en la alucinación. Alguien dijo —¿Borges?— que las nadas, por opuestas que fueran, no tenían significación frente a la gran realidad infinita. Así, el sueño y la vigilia, la realidad y el mito, la vejez y la juventud, se encuentran en Aura en un mismo plano. ¿Qué importa entonces penetrar en lo sobrenatural donde toda nuestra contradicción encuentra una síntesis común?, ¿qué importa si lo que me sucede es una pesadilla o un voluntario empeño de lucidez? La realidad de un sueño mostrado, en este caso, la fantasmagórica galería de retratos de nuestras obsesiones, el amor no correspondido y la satisfacción irreal de nuestro amor, se revela de a poco, como si se levantara lentamente una gran superficie flexible. La dinámica segunda persona —"Te quedas sólo con los perfumes cuando el tercer fósforo se apaga"— dispara conminatoria la orden de la revelación, obliga a seguir y a no abandonar la persecución del signo que debe estar al final. Esa segunda persona convierte al lector en personaje, comunicándole la pesadilla, descubriéndole los propios sueños olvidados. El laberinto de raíces, pasillos y olores vegetales, los objetos, se convierten en nuestros objetos y olores, la casa es la que hemos visto siempre, las raíces son las del árbol de nuestra tierra. Y Aura... es el personaje que nos persigue y que no nos olvida, el Enero con dos caras, la claridad y la tiniebla de nuestro enfermante acontecer. Aura es algo más que una mujer: es todas las mujeres, los hombres y todos los matices de la fiebre, es el monstruo que amenaza la lucidez. Aura es el pensamiento solitario que nunca se revela.
La edición, digna de esta obra maestra, contiene bellos grabados en madera. Es una de las primeras ediciones princeps hechas en América Latina.


