La multiplicidad de referentes, el uso de un vocabulario que mezcla desde un registro cotidiano hasta un tono técnico y específico, cuando no histórico y especializado, la cotidianidad de Talagante mezclada con tintes apocalípticos extraídos tanto del mundo del manga como de la realidad más absoluta y depresivamente contemporánea, todo ello hace de este libro, el primer libro de Daniel Viscarra, una especie de debut si no consagratorio (¿pero de qué tipo de consagración podríamos estar hablando?), al menos con la promesa que una escritura como esta nos permite avizorar.
No puedo ni quiero esconder la sorpresa que me sobrecogió al leer este libro, en tanto su capacidad caleidoscópica (si me permiten tal adjetivo) desorienta y fascina a quien se adentra en su universo. La hipotética desfamiliarización ante este Talagante nipón —la fórmula es de Tadeo Villanueva en una reseña sobre este mismo libro que recomiendo mucho— no llega a concretarse en la medida en que, en primer lugar, se mantiene una alta dosis de poemas anclados en la historia chilena más reciente (en especial en la figura de Sergio Maureira Lillo, quien fuera detenido y asesinado junto a sus hijos en los hornos de Lonquén, en octubre de 1973) y, en segundo lugar, la (im)probable extrañeza ante el universo japonés y en particular el del manga, tiene y no tiene asidero, ya que si, por una parte, algunos de los vocablos japoneses requieren de un conocimiento más o menos extenso de la historia y la vida japonesas, por otra el lector promedio no es del todo ajeno al manga japonés, ya sea por su propia iniciativa o, cuando menos, a través de una exposición vicaria a través del anime.

Uno de los temas que inmediatamente llama la atención de quien lea estos textos es su indagación en la muerte, la preponderancia de este tema a todo lo largo del libro. Tres epígrafes (de Eugenio Montale, de Rainer M. Rilke y de John Berger) abren el volumen, dejando por sentado la preeminencia del ya mencionado tema. Si el epígrafe de Montale es más bien elegíaco —las cuatro líneas que se citan son un fragmento del poema “Xenia”, incluido en su libro Satura, escrito en memoria de su esposa fallecida algunos años antes (el libro de Montale se publica en 1971, su esposa fallecía en 1963), la cita de Rilke, en cambio, apunta hacia su idea de tener una muerte propia, i.e., una muerte que sea producto de nuestra particular vida, un resultado y no la conclusión de ella: una muerte propia es el resultado de una vida auténtica.
En este sentido es que la aparición en este volumen de un personaje como Musashi Miyamoto (1582-1645), el que se reconoce como el más grande guerrero, ronin y samurái, que haya conocido la historia de Japón, sienta el tono de estos poemas y complementa los epígrafes del inicio.
Hay tres poemas que traen a colación la figura del guerrero japonés y su “musha shugyo”, esto es, el peregrinaje al que todo aprendiz de samurái debe someterse para poner a prueba sus capacidades en combate e ir conociéndose mejor a sí mismo. Tal peregrinaje, en palabras del mismo Musashi, debe consistir en someterse a todos los peligros que pueda encontrar en su camino, desafiar a otros ronin y a otros clanes, para así desarrollarse como guerrero y, de paso, hacerse un nombre como tal.
Esta filosofía se encuentra desarrollada en la obra clave de Musashi, Gorin-no-yo (El libro de los cinco anillos), un manual de conducta y de entrenamiento para seguir el camino del samurái. A diferencia de otros volúmenes como Bushido, el alma de Japón, de Inazo Nitobe, o del también famoso Hagakure, de Yamamoto Tsunetomo, escritos con serias imprecisiones historiográficas el primero, y el segundo publicado cuando ya el peso histórico de la clase samurái había comenzado su crepúsculo en tanto guerreros, para convertirse fundamentalmente en burócratas de palacio, Gorin-no-yo es un texto redactado por alguien que sí empuñó la espada, además de haber participado en batallas decisivas para la historia de Japón, como Sekigahara (1600).
Traigo a colación todo lo anterior porque la obra de Musashi exuda una idea de la muerte como parte integral de la cultura samurái, por lo menos en su período de mayor efervescencia, que podemos situar entre 1400-1603, AD.
A ratos me imagino el Talagante representado en este libro como esa Comala adonde llega el narrador de Pedro Páramo en busca de su padre, a cobrárselo caro, como le pidiera su madre. No sé si La muerte del shōgún se trate de un ajuste de cuentas de corte edípico, pero si es evidente que una figura paterna, aun cuando borrosa, juega un rol en todo este entramado. Revísese si no un poema como “Matarifes”, o también “Máquina moledora de carne”, donde ejercer el comercio en una carnicería (de la cual sería dueño el padre de quien habla en estos poemas, que podemos -y no podemos- identificar con el sujeto civil de nombre Daniel Viscarra que “firma” este libro) es un ejercicio de violencia real y simbólica, donde el sacrificio del animal en provecho de sus consumidores/devoradores es visto con dolorida compasión por el hablante de estos poemas.
El segundo de ellos, “Matarife”, abunda en este infligir un castigo semi-ritual en un animal al que —al mismo tiempo— se le respeta a través de un oficio ejercido con eficiencia y sobriedad. Hay, sin embargo, en estos poemas, giros del habla que en la familiarización cotidiana que nos otorgan (la paradójica “cruda verdad”, de la página 228, “Mi papá se jacta con sus clientes/sobre esa clase de detalles/diciéndoles que él no vende gato por liebre”, en la misma página), ironizan o por lo menos nos ponen sobre alerta respecto a los contenidos de lo que se vende y, por extensión, la mezcla adúltera de los componentes del poema.
Si en “Máquina moledora de carne” se nos dice que la carne molida en ocasiones es el resultado de animales de dudosa procedencia (perro o gato, rata o tiuque), leemos también estas líneas, quizás estirando demasiado el chicle de la interpretación, como una referencia a la variadísima procedencia de materiales que se reúnen en este libro de Viscarra. A los vericuetos de la cultura japonesa, desde el ámbito tradicional del samurái a la visión onírico-paranoica de Shintaro Kago, se suma y/o contrapone la historia de la sevicia en Chile, las imágenes provenientes del decimonónico mundo del ukiyo-e, encuentran su contraparte en las que vienen del manga más contemporáneo e, incluso, de alguna pintura del propio Viscarra.
Pero hasta aquí la reunión de estos elementos es insuficiente para explicar el resultado de la lectura de este libro. La extrañeza mencionada más arriba es indisociable del mero deleite lector ante la cascada de imágenes que aparecen a cada paso en estos poemas, imágenes que, a su vez, son escanciadas con la sabiduría de un ritmo que, en su fragmentación, logra aún así exponer una respiración de poema largo, sin que necesariamente los poemas tengan tal extensión. Lo que quiero decir es que no hay aquí ni un aliento epigramático ni cada texto por separado ni mucho menos el conjunto busca la brevedad ni la contención. El poema despliega sus alas o líneas o versos así como alguna de las ilustraciones del volumen despliega sus tentáculos.
No es tampoco ajena al tono de este libro una nostalgia por lo ido que delata cierto peculiar anhelo por el arraigo, por el origen que, aun estando presente en estas páginas, opera más bien como una especie de anclaje provisorio, como identidad en permanente movimiento. En “Cauquenes 81” es la figura materna y una anécdota familiar las que pasan de ser un lugar seguro a un espacio donde la violencia no sólo tiene cabida, sino que además es precisamente a través de esa violencia con la que se logra el aprendizaje. Cuando el hablante “le entrega” el poema a la voz maternal es el momento en que el poema supera el mero episodio recordado para convertirse en una pequeña fábula sobre hablar y callar, sobre la palabra y el silencio.
Por último, una nota sobre el lenguaje utilizado. Pese a la coloquialidad que a veces nos ubica en un contexto reconocible, ofreciéndonos una cercanía para solo quitárnosla en la siguiente línea o en el siguiente poema, hay variadas instancias en que el vocabulario subraya la desfamiliarización del mundo representado. Más allá de la barrera que representa la amplia gama de vocablos extraídos del universo cultural japonés, ante lo cual el lector debe sumergirse en ese dominio para ir desbrozando parte de lo que habla este libro, hay también un uso (“loxosceles”, “criptobiosis”, “fuerza aucana”, “primordios”, “telergia”, entre muchos otros) de un vocabulario que llama la atención sobre sí mismo, como si el contrapeso a todo uso de un lenguaje cotidiano pase por esta otra cara, esta opacidad de un lenguaje que, o no comunica, o por lo menos complica los canales de comunicación.
Tal vez sea esta dialéctica, este ir y venir entre pasajes más o menos asequibles, entre pasajes más abstrusos y otros más al alcance de la mano, lo que visualmente describan los versos entrecortados y con diferentes márgenes que ocupa Viscarra. Las imaginarias cartas de amor intercambiadas entre dos miembros del movimiento JRA (Japanese Red Army, Ejército Rojo Japonés, involucrados en una serie de atentados terroristas), Tsuyoshi Okudaira y Fusako Shigenobu (militantes reales del señalado grupo) devienen una serie de poemas que hilan el conjunto. Ergo lo que podría haber sido una trasnochada declaración política se convierte en parte del universo de Viscarra.
Tengo la plena seguridad de que no son pocas las señales y las entradas que se me escapan de este libro poliédrico. Apenas si he mencionado su relación con la iconografía japonesa. La violencia mercenaria del samurái, ¿tiene algo que ver con el servilismo patriotero del ejército de Chile? Todos estos signos, en su degradación, invitan a una lectura mucho más acabada que la que hemos podido hacer en estas breves páginas. El lugar de origen y el cosmopolitismo como fuerzas ¿opuestas? son asumidos como hechos de una causa que no resiste mayor análisis para el autor, aun cuando haya sido, antaño, tema de fervoroso debate en las letras chilenas.
La muerte del shōgun es la superación definitiva, y a la vez la continuación, de aquellas preguntas que encuentran de manera contundente solución entre estas páginas.