Existe una verdad incómoda en la historia de nuestra cultura “superior” (de creación y arte): su carácter agonístico. Sea por la lucha de clases al interior del campo cultural (mi interpretación preferida), por la natural competencia dentro de las disciplinas artísticas en un medio en que la precariedad es permanente, o por la apelación a una naturaleza humana que busca el reconocimiento de la propia obra (por más abstracto y simbólico que este sea), bien se puede leer las instancias de colaboración y alineamiento con respecto a determinadas ideas o proyectos sociales o políticos como momentos excepcionales dentro de un campo de lucha que rara vez ha coagulado en algo así como una “comunidad” o ha apuntado a alguna colaboración permanente. Dentro de la historia literaria de nuestro país, las jerarquías invisibles y la competencia por lugares privilegiados de influencia, tanto en el sentido más trascendente como en el más trivial y material de acceso a “patronazgos”, han sido permanentes, y los intentos de modelos menos competitivos y más solidarios siempre empiezan construyéndose precisamente porque esto no ha sido así antes.
En el trayecto particularmente agonístico que le tocó a la generación de los 90, Germán Carrasco (Santiago, 1971-2026) fue una figura absolutamente relevante. Con un dominio indudable sobre el lenguaje, una sensibilidad agudísima ante la visión de la ciudad, la postulación decidida por un desciframiento de los fenómenos sociales y políticos que acaba poniendo en una vanguardia incómoda al rol del intelectual y el artista, su trayectoria lo ubica como uno de los autores imprescindibles para leer la evolución de la cultura letrada de los últimos cuarenta años, llenos de ajustes de cuentas de generaciones diversas y de movimientos de reajuste acelerado dentro de un campo cultural en plena definición de su lugar con respecto a un campo de poder particularmente complejo, en que la pulsión por el orden y la estabilidad social terminaba, más que enfriar, “calentando” un conflicto que inevitablemente se va haciendo tangible e iba trastornando los ámbitos mismos de la lengua y del habla, desde los que, como se sabe, la poesía hace su complejo proceso de cosecha de materiales.
B&B&V (Santiago: Aparte, 2025) queda, sin quererlo él mismo, como una especie de testamento literario, siendo su única obra narrativa publicada, si bien no era ajeno a la prosa en sus obras de crónica y ensayo. La novela cuenta con un oficio en que reconocemos la intensidad del lenguaje, así como los giros bruscos y al mismo tiempo extrañamente elegantes de su prosa, que sabe alimentarse del arte poético sin interponerse en la lectura ágil que lleva a una comunicación efectiva y pasional con el lector. Me refiero a pasional, en el sentido de que es imposible quedar indiferente ante sus juicios, incluso —y acaso este es uno de los rasgos más notables— cuando uno no está de acuerdo con ellos. Y es que esta agonística consiste precisamente en eso, en la subversión permanente con respecto “a lo que hay”.
Si digo testamento, es porque funciona como un testamento emocional, la descripción de una lucha, precisamente en el sentido del relato de Kafka de 1908. Carrasco crea una caja de resonancia a través de una ciudad (Valparaíso) y el trío de personajes del libro (del que uno, Vielma, es en los hechos la figura del mismo autor dentro de la diégesis), para expresar un argumento construido como un puente para la exposición de un mundo en plena catástrofe social y política. La violencia es aquí regla, desde la proliferación de armas, tanto cortas como de fuego, hasta la ritualidad que implican las artes marciales. La delincuencia y el abuso del poder son omnipresentes en todos los planos, por lo que el movimiento de reacción ante ellos se hace inevitable, crispado y obsesivo.
Esta reacción no se refiere a un momento particular, sino que se comprende creada, construida, a partir de un proceso histórico. Desde los gobiernos de la Concertación, la formación del Frente Amplio y su acceso a compartir el poder político, los personajes de la novela han desarrollado una visión que no puede sino dejarlos en un margen desesperado, en que cada acción tiene peso. Carrasco no deja de exponer estas instancias como traiciones al proyecto de emancipación social de la izquierda, pero crea además en la relación de sus personajes el reflejo emocional de esta historia de decepción: la microhistoria refleja sin cesar la macrohistoria, y la decepción fundamental que atraviesa la novela —y le sirve de eje— es la separación de Bancho y Banshee tras una infidelidad que no puede dejar de tener, por supuesto, un trasfondo social. La unidad afectiva de los tres personajes, traducida en códigos corporales y emocionales, funciona como el momento perdido que logra expresar el motivo de la decepción, lo inevitable de una catástrofe mayor. En este momento perdido aun está la posibilidad de lo íntimo, que podría eventualmente llevar a la acción social transformadora, pero esta resulta imposible al tener que discutirse como plan, con palabras. Mientras tanto, el argumento parece resaltar la íntima rebelión que cada uno de ellos sabe llevar a cabo: la sexualidad violenta y casi ritual, el trabajo social con los privados de libertad, la fascinación de Banshee por los delincuentes, la bizarra práctica literaria de Bancho y sus talleristas, la reflexión incesante del narrador —Vielma— con respecto a un medio literario con el que deja claro una distancia que se postula aquí desde la ética.
La caída del personaje de Bancho, desde la decepción hasta la autoeliminación, es elegida como la culminación del libro. El nudo entre los tres personajes centrales implica una instancia de posibilidad de redención íntima que no puede dejar de disolverse. Una frase que se reitera —“Un quiebre amoroso es un golpe de estado”— resulta clave para pensar esto, entendiendo además que el personaje narrador de Vielma define su relación con la pareja de “B”’s como configurando, a partir de un momento central, una molécula amorosa, un lugar donde la intimidad puede hacer eco a más de un sujeto, o bien, un sujeto ampliado.
El sabor amargo que deja el libro coincide, acaso, con el desafío inlograble de ocupar la posición crítica y consciente que “demandaría” nuestra época, una que nos termina exigiendo el compromiso con el mundo de espaldas a cualquier ascetismo, el mecanismo específico que, por la exigencia de la supervivencia, quiebra el horizonte de toda rebelión. En su vívida, desgarrada y responsable mirada de frente al mundo, B&B&V es un laboratorio de opciones éticas en una época de catástrofe.