No recuerdo que desde el cielo,
haya bajado una cosecha gloriosa,
ni que mi madre hubiera tenido un poco de paz,
ni que mi padre hubiera dejado de beber (…).
Por eso quiero gritar: “No creo en nada”,
sino en el calor de tu mano con mi mano,
por eso quiero gritar: “No creo en nada”
sino en el amor de los seres humanos.
Víctor Jara
Estoy frente a ti. Tus ojos están cerrados, tu pecho asciende y desciende: es el resultado de una respiración dificultosa, que anuncia el ocaso de una mujer, una mujer del siglo XX, una mujer que transitó una historia personal y social plena de
sobresaltos, de amor y desamor, de fe en un Dios que no estuvo a la altura. Sospecho que esto último, y me expongo a más de un llamado de atención, es lo natural, pues Dios, si es que existe algo parecido a lo que las personas o culturas idealizan como tal, incurrió contigo en muchos desaires, y uno de los últimos, fue el de no aligerar tu tránsito existencial final.
Hoy, después de tantos años, recién reparo en el hecho de que tu habitación casi no conserva fotografías familiares. Es más, la imagen de mi tía Cristina, en algún vértice de ese espacio, viene a complementar, pero sobre todo a enaltecer, un recinto canónico, una habitación llena de santos. Cristo multiplicado en muchas ilustraciones enmarcadas, todas occidentalizadas, naturalmente, y sin hacerle justicia a su progenie oriental. Éstas ornamentan las paredes de la habitación. La Virgen María, por su parte, se aposenta pluralmente en los muebles, con el lactante Hijo de Dios entre sus brazos. Ésta es la fórmula primaria: Cristo y la Virgen. Las preguntas que me surgen ahora son dos: Primero, ¿cuál es el motor de todo esto?, o dicho de otro modo, ¿de dónde nace la necesidad de protección y acompañamiento que descansa en todos estos íconos? Segundo, ¿qué tiene la Biblia, que no tienen otros libros, para generar tal nivel de fe? ¿Por qué ese libro ha canalizado las esperanzas de tantas personas? Y tú, madre de mi madre, fuiste una de ellas, a tal punto de que no te recuerdo leyendo otro libro sino ése. ¿Qué le hallaste? ¿Qué sentidos te proporcionó?
Me desplazo por los primeros años de vida. Soy un niño de seis o siete años. Me gusta jugar en el Pasaje 13. Ahí juego a las bolitas, a la pelota, imagino con los pelusas mundos de batallas, forjo amistades perecederas y una que otra que persiste. No cargo con los lastres de hoy. Raquel Farías, mi abuelita Raquel, va a la feria el día sábado y siempre voy con ella, para “ayudarla” a llevar el carro, aunque en mi fuero interno quiero que me compre algo: un juguete, una rosquilla, churros, esto
último al mismo señor de edad que en los días finales de diciembre, con más de treinta grados y con un traje de Viejo Pascuero, andaba vendiendo su anhelado producto en la población. Una vez me llamaste la atención: “Carlitos, sólo quieres ir conmigo a la feria para que te compre cosas. No te interesa acompañarme ni mucho menos ayudarme con el carro”. Ésas más o menos fueron tus palabras. Yo me puse a llorar, me hice el ofendido, pero en mi interior sabía que era cierto.
Los recuerdos se aglomeran: no sé ordenarlos, no logro organizarlos en tiempo lineal. Se me vienen a la memoria las tardes domingueras en que jugábamos a la lota. Tus cartones, el 3 y el 4, eran sagrados. Tu nombre estaba grabado en ellos, pese a la invisibilidad de dicho grabado: estaban vedados para el resto. Recuerdo otras tardes de domingo, el pan amasado recién salido del horno, con mantequilla. Recuerdo tu viaje a Canadá que se prolongó por varias semanas, y la carta que te escribí en que evocaba el espacio vacío de tu ausencia: mi abuelita no estaba, se había ido a otro mundo (como hoy). No había forma de contactarla más que mediante una precaria epístola infantil, la de un niño que apenas aprendía los rudimentos de la escritura. Hoy te imagino sonriendo con ternura sobre la simpleza y ortografía de este nieto que, ahora sí, te extrañaba genuinamente, porque no echaba de menos los premios por acompañarte a la feria, sino a ti y sólo a ti.
En esos años no tenía, obviamente, nociones teológicas. Sólo el respeto reverencial a mi padre (que sigo teniendo), sólo el amor protector de mi madre (del que aún me jacto), sólo tu amor categórico, divino, que entonces desconocía (y que hoy ya no tengo). Recuerdo tu habilidad para el canto, tu melodiosa voz que te otorgó el segundo lugar en el concurso vocal de una parroquia de la Población Dávila, en algún año de principios de los años noventa. Cantaste “Yo vendo unos ojos negros, /¿quién me los quiere comprar? / Los vendo por hechiceros, / porque me han pagado mal. / Más te quisiera, más te amo yo, / y todas las noches lo paso / suspirando por tu amor”. Te dieron muchísimos premios, todos ellos orientados a reforzar tus labores de dueña de casa. Eran otros tiempos. Pero seguiste siendo mi abuelita, y sobre todo, una madre ejemplar.
El tiempo se estira y se contrae. Tengo muchos recuerdos de la infancia. Recuerdo pocos de mi adolescencia. Se me vienen a la mente los de mi juventud. Estudiaba literatura, la Maestría que, ilusamente, pensé que sería el primer paso hacia la docencia universitaria. Me propuse redactar una tesis sobre las novelas que se escribieron en Chile en los años posteriores al Golpe de Estado, años que viviste lidiando con el terror de aquellos tiempos aciagos, miedo por lo demás, al que ya estabas habituada. Recuerdo que un día te fui a ver. Era tarde, me preguntaste cómo estaba y cómo iban mis estudios. Te resumí mi
proyecto y mis lecturas. Te hablé de los horrores que vivieron esos miles de compatriotas: torturados, asesinados y desaparecidos, o en el mejor de los casos, exiliados. Me regalaste tu testimonio sobre el miedo que sentiste luego del bombardeo a La Moneda y sus trágicas consecuencias. Lo consigné en los agradecimientos de ese libro que casi nadie ha leído y que hoy acumula polvo en varias bibliotecas, también en la mía.
Estoy pecando de ególatra. Estas anotaciones son para ti y me descubro hablando de mí. Estoy envejeciendo. Hoy lo noto. Físicamente no estoy tan demacrado pero mi corazón recorre el periplo cuyo destino es la senectud y la desesperanza. Por eso me vuelvo a preguntar: ¿qué viste en ese libro? Yo he leído cientos y no estoy ni cerca de alcanzar las certezas que tu encontraste. Mis libros no hablan de santos, y como tales, no pueden decepcionarme. Pero a ti no sólo te decepcionamos nosotros: toda una arquitectura teológica te desairó, porque esa habitación llena de santos es y fue sólo eso: un espacio que hoy estará vacío y en el que se depositaron las esperanzas de una mujer que le salvó la vida a mucha gente, en especial a sus hijos, y que terminó asediada por una soledad desorientada.
Yo no creo en Dios. Desde hace mucho que la noción de un dios me parece vacía, sin sentido, con una proyección de certeza que se pretende absoluta y abnegada pero que no es más que una estrategia para hacer de este mundo un lugar menos horrendo de lo que ya es. No creo en Dios, porque creo en ti, en mi madre y mi padre, que me dieron la vida, una vida que tú nutriste de felicidad en mi niñez. Para mí no hay más Dios que ustedes, porque son dioses que no me han desairado jamás. No conozco otra mujer con una fe tan férrea en una deidad ingrata, tan multiplicada en su conciencia y espacios. Tu bondad muere contigo y quedamos algunos que, como yo, no creemos en nada, sólo en ti, y que serás la personificación de una santidad que tuvo una ejecución concreta duradera: la certeza de tu inmortalidad y de tu amor abnegado, un premio que no merecemos.