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Mentira
o verdad.
Los juegos de Yococo sobre el lomo de Celedunio
Cronwell Jara, Montacerdos. Santiago, Ediciones Metales Pesados,
2004, 84 p.
Por Leonardo Piña Cabrera
Emitido al aire en Programa BELLO BARRIO,
Radio Ciudadanía, 105.3,
Octubre 5 de 2005, Universidad Bolivariana.
... . . .
“la ficción
es realidad, dijo mi abuelo
y se durmió sin más, ya sonriente”
(José María Memet)
¿Cuánta etnografía cabe en la literatura? ¿Cuánta
realidad, de otra forma, puede resistir su género y, de paso,
sus lectores por los que vive y también puede morir? ¿Qué
es ficción y qué lo real? Más acá, ¿de
qué ha de componerse un libro para que, cuando nos abramos
a su mundo, éste nos sea significativo y no una puerta que,
cerrada, ni siquiera nos
acordemos que alguna vez quisimos cruzar?
¿Nos gusta, sin embargo, encontrarnos con cuadros familiares:
escenas que pueden resultarnos conocidas en el sentido de lo que muestran,
nos muestran?
“El ser humano no soporta mucha realidad”, escribe Juan Luis
Martínez en una breve nota, escondida casi, en la solapa de
su libro/objeto La nueva novela (Ediciones Archivo, 1985),
como previendo lo difícil que podía sernos el tránsito
de uno a otro género, ese trago largo que entre copa y copa
nos va mostrando –la vista doble pero no necesariamente extraviada–,
a nosotros mismos como parte de los fenómenos de los que solemos
hablar, y escindirnos, con la conciencia ausente del que observa y
no se observa.
Acostumbrados a separar las aguas entre géneros, domesticados
en la tradición de llamar las cosas por “su” nombre y no de
otra manera, cuando se presenta ante nuestros ojos un libro como Montacerdos,
una novela corta del peruano Cronwell Jara (1950) recientemente
editada en Chile por el sello Metales Pesados, puede ocurrirnos que
no veamos los guiños de realidad que a vuelta de página
traen sus hojas, o que vislumbrados, los dejemos pasar por parecernos
un destello impropio de lo literario, una mueca forzada que traiciona
el estatuto y expectativas de matrices, si bien próximas, distintas
como las de la narrativa y la de las ciencias sociales. Y sucedernos,
entonces, como señala Iván Thais, escritor y lingüista
también peruano, que su lectura sacie nuestra necesidad de
análisis antropológico o social pero quede en deuda
(sin quedarlo, para el caso de esta entrega) en lo literario, ese
inasible rango que, según él, no ha permitido explotar
y diferenciarse de otros esfuerzos discursivos agónicos, a
muchos escritores de su país.
¿Cuánta etnografía, entonces, permitimos (o
nos permitimos) en la literatura, y cuánta literatura, por
oposición, dejamos que quepa en la etnografía?
Discusión vieja pero rejuvenecida por la resistencia que ha
encontrado también en la antropología y otras ciencias
sociales, el resquebrajamiento y la difuminación de las fronteras
disciplinarias que la crisis del modelo científico hegemónico
nos ha dejado, obliga a preguntarnos no solo por la pretendida asepsia,
la sobre especialización y el carácter construido del
conocimiento, sino por la posibilidad/imposibilidad de un relato escindido
de alguna realidad y de nosotros mismos.
Montacerdos, en este sentido, originalmente publicado en 1981
y luego reeditado en 1990, tiene eso. Tiene una historia hecha de
verdad, aquí o en otro sitio, pero particular. Tiene el aroma
de los bordes, de esos bordes que la historia social dice que se fueron
formando en los anillos periféricos de nuestras ciudades en
los años cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta y, para pesar
de la cosmética gubernamental que quisiera obviarlos y todavía
más de quienes los padecen hasta en la descripción plana
de los estudios sociales, aún se repite en nuestras calles
y sus rutinas: las del Perú narrado por Jara, pero también
las del México retratado por el antropólogo norteamericano
Oscar Lewis en Los hijos de Sánchez (Ed. Joaquín
Mortiz, 1973); la del Brasil recogido por Carolina María de
Jesús en su diario de vida publicado bajo el título Quarto de despejo (Abraxas, 1963), y otra vez dibujado en la
película Ciudad de Dios por el director Fernando Meirelles
durante el año 2002 (y antes por Paulo Lins en la novela homónima
que la inspiró); es decir, las de esas y otras ciudades escritas
y no escritas, y que Luis Ernesto Cárcamo intenta reunir en
el breve pero contundente epílogo que acompaña esta
edición con el sugerente nombre de “Montacerdos: ficción
de la miseria ¿o miseria de la ficción?” (pp. 71-84).
A medio camino entre el ficcio y lo real (o medio a medio en ambos
géneros, o su intergénero), Montacerdos nos muestra la historia de una familia sin prehistoria, el relato
de un grupo cuyo pasado incluso a ellos mismos les es desconocido
y cuyo futuro, en las manos de los lectores como en las propias de
sus protagonistas –los del libro o los de nuestras urbes que son evocados
por su mediante–, tampoco les (o nos) pertenece, al menos no del todo.
Además, tiene la singularidad de una narración hecha
en la voz/primera persona de Maruja, una pequeña niña
que desde su posición de hermana de Yococo, el protagonista,
es la encargada de mostrarnos el mundo en la misma medida que lo va
integrando para ella, esto es con la naturalidad de quien no conoce
otro pero que, extrañado desde la lectura, contrasta violentamente
con la imagen de país en desarrollo que desde los niveles centrales
de los nuestros se nos proyecta.
Retrato y no campaña de algún tipo, ése es otro
logro de Jara. Otro como también lo es la encabalgadura de
un ritmo escrito a lomo no ya de la palabra sino de cerdo, del cerdo Celedunio, la mascota en que Yococo pasa y monta sus
días y que arrojado como él por su dueña dada
la apariencia terminal de su desmejorada imagen, así como le
sirven al autor para marcar el carácter desechable de la vida
(la forma en que ésta momento a momento parece ceder importancia),
también le permite relevar la fuerza vital de su constitución
misma (el modo en que animal y niño se buscan y protegen, por
un lado, y la manera cómo aquélla, la vida, seguirá
transitando y buscándose, por el otro). Desplazamiento violentador
en la medida que es la o las maneras humanas las que retroceden, el
recurso de su inclusión será el de la fragmentación
de sus tipos: violencia hecha de violencias (urbana, de clase, de
género, etárea y otras más), la suya también
estará simbolizada por la descomposición que el mismo Yococo, y todo su entorno, sufre en su cabeza por una antigua
mordedura de araña, misma que configura a Montacerdos como expresión de una literatura histórica y culturalmente
situada, pero que no por ello le resta méritos dada la calidad
y el manejo prosístico del escribiente.
Volviendo al principio, como la referencia a la delgada lluvia como
pluma de paloma que puesta en boca de Maruja nos lleva y trae
desde el comienzo al fin, y viceversa, dígase que si después
de leer un relato ficcionado su lectura nos transporta a la pregunta
por su posibilidad, la mitad del trabajo puede considerarse hecho:
ese esfuerzo literario ha confundido nuestros mapas borroneando los
límites de lo real/no real, anclado, mérito del autor,
en la verosimilitud de su contenido, pero posiblemente más,
en los logros de su tratamiento. Si después de eso, además,
aquella pregunta nos lleva, vía la evocación de los
mundos narrados en él, a los otros que pudieron suscitarlo,
el ejercicio, al menos desde esta perspectiva, tendrá el doble
valor de lo escrito y su escritura, uno, porque la cuestión
de su identidad de género resultará manifiestamente
una cosa menor y, dos, porque su completación sinóptica,
al no ser totalizadora (o totalizante) por el afán autoral de quien lo escribió, lo ve devolverse a las manos del lector
para la continuación de su asunto. Y ello, las disculpas por
el absoluto, en Montacerdos si no lo es, por lo menos lo parece.
Y harto.
Leonardo Piña Cabrera
Antropólogo
Docente Universidad Bolivariana