El escritor Conwell Jara (Piura, 26 de julio de 1949 – Lima, 12 de julio de 2026)*, uno de los más importantes narradores peruanos contemporáneos, publicó poesía bajo el título Manifiesto del ocio (Editorial San Marcos, 2006). El crítico Ricardo González Vigil, en el prólogo de aquel libro, decía que “en el meollo de la sensibilidad y la destreza verbal de Cronwell Jara palpita un impulso poético, el cual se despliega con intensidad expresiva de alta calidad en sus cuentos y novelas.” Ciertamente esta sensibilidad lírica es compartida en Cronwell Jara en los dos géneros literarios que practicó con maestría. En uno relacionado con ese lenguaje de “intensidad expresiva” al servicio de la ficción, y en el otro como manifestación de su espíritu de poeta.

Un espíritu moldeado por el pensamiento, específicamente por el pensamiento que cuestiona, como dice González Vigil, libre de censuras, del contrato social, heredero de Heráclito, de Diógenes, del Tao, del budismo, de los upanishad, de Villon, de los “concetti” petrarquistas, del esplendor conceptista de Quevedo, de Lope, de Whitman, de Nietzsche, de Tagore, de Vallejo, etc. Entonces, este manifiesto no es como los de la vanguardia, que abogaban una nueva estética y desde allí intentaban revolucionar el mundo, sino es más que todo moral.
“Mi filosofía: mirar pasar las moscas”, dice el poeta en el poema Manifiesto del ocio cual un Diógenes de Sinope, pero no en Grecia del cuatrocientos antes de Cristo, sino de un Perú magullado por la inmoralidad de su casta política y la hipocresía de la élite social. El poeta W. H. Auden decía: “Es difícil concebir una sociedad abundante que no sea una sociedad organizada para el consumo.” Es, precisamente, esta sociedad peruana actual (y el mundo globalizado), cuya religión es el consumo, contra la que se manifiesta la voz poética, una voz insurrecta que, como el filósofo Emil Cioran, rechaza al deber, a la ilusión del progreso, a la máscara de la bondad.
“Nadie conoce la diferencia racional entre uno y otro [el bien y el mal]. Pero todos sentimos el doloroso calor del mal y la frialdad extática del bien”, dice el rumano en El ocaso del pensamiento. En el mismo poema citado líneas arriba, dicen los versos del poeta: “para vivir no quiero leyes ni religiones / exigen norma, moral, / sacrificios y humillaciones.” Y es que, como dice el filósofo francés Alain Badiou en su ensayo La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal, “la ética no existe. Solo hay la ética de (de la política, del amor, de la ciencia, del arte)”. Es desde la ética “del arte” que nos habla este manifiesto poético, yendo más allá de la dualidad (del bien y del mal), y no desde la idea por la que abogaba Platon en La república al decir que la única poesía atendible era aquella encaminada a enseñar la virtud.
Es una ética de la subversión, que se manifiesta con la sátira: “¿Qué es esto? / ¿Arte poética de mi esqueleto? / ¿Alquimia de mi Yo nacido de un garbanzo / que nació de un Quijote sin su Dulcinea / que nació de un elefante blanco? / ¡Orines de un ángel que del cielo mea?”(¿Qué es esto?). El alemán Friedrich Nietzsche, en Genealogía de la moral, escribe: “nuestras ideas del bien y del mal están históricamente condicionadas; no son verdades universales, sino construcciones sociales nacidas de luchas de poder.” La poesía de Cronwell Jara apunta a desenmascarar la construcción de lo que conocemos como la condición humana, a mostrar la miseria y la gloria, a dar vuelta a los discursos del poder, como, por ejemplo, el del religioso: “¿Quién al clavo le puso un Cristo? (…) ¡Y si al revés está hecho el paradero / paren el paradero que aquí baja el mundo!” (Microbús con espejo retrovisor).
El poeta y escritor Sigfrido Burneo, en el prólogo a Academia de la tristeza (Sietevientos Editores, 2009), otra compilación de la poesía de Cronwell, habla de la “conciencia colectiva” hacia el cual se dirige el discurso del poeta, y de su tono argumentativo, una poesía para leer en voz alta. En la poesía de Manifiesto, la construcción de sus argumentos se hace a base de un lenguaje desestabilizador, que parte de la desconfianza de la propia palabra (de las convenciones de las palabras): “No oigas lo que ella te dice; haz lo opuesto / a lo que ella te pide, así te lo suplique” (La palabra). Es una poesía lúdica, provocadora, como el poeta mismo lo dice en el poema Es un juego la literatura: “Literatura es un juego / y que a nadie lo atroz asombre”.
La crítica Mirna Acosta (en el colofón del libro), señala que la poesía de “Cronwell cobra existencia en el pensamiento de la acción, del sentir de lo grande y lo pequeño; lo serio y lo jocoso, lo triste, lo alegre; lo trascendental de los seres y de las cosas”. Su manifiesto, por eso, es una “joda” al establishment, o como dicen sus versos: “La poesía es una sarna, / pica y jode y fácilmente no se pierde; / sino más bien, saca llaga” (La poesía es una sarna). Y es que esta poética no calla nada, no es la poesía del silencio (aun cuando a Cronwell Jara le guste Martín Adán, quizás más por su postura ante la sociedad) o de la sutil insinuación (no es poesía de salón); el poeta marca su posición para que llegue más directamente su mensaje: “mientras otros callan, yo grito” (Mientras otros avanzan).
Pero no hay que confundir con una estética visceral, bukowskiana. En Manifiesto del ocio hay conocimiento, un discurso madurado por la experiencia y la sabiduría. “En el principio está el fin” (En el principio), nos dice el poeta recordando a T. S. Eliot y a su libro Cuatro cuartetos. “En la plenitud está mi vacío” (En la plenitud), dice otro verso que nos recuerda la mística negativa o la metafísica del poeta de la generación del sesenta, aunque cercano por amistad a los del setenta, el chimbotano Juan Ojeda. “¿Cuál es mi filosofía? / ¿Un asombro que nombra una herida? / ¿Una idea en pepa de sandía?” (Patada patética), nos dice esta voz poética que no emprende su performance para hacer metapoesía, para cuestionar o reelaborar los fundamentos del lenguaje, sino para que, mediante el “nombrar” una “herida” tras otra, nos replantee la cuestión humana. “Para estar más cercano a todo / me alejo del mundo” (Ave fénix), nos dice reafirmando la perspectiva total de su aguda mirada, la del “ocio” (pero no la de la “vida retirada” de Fray Luis de León). Es un ocio activo y productivo, por lo tanto.
No todo este discurso del ocio está marcado por el sarcasmo, la ironía y la parodia; todo eso está en el plano exterior, en el de la retórica, el del estilo. Principalmente el manifiesto va por el camino de la negación y de la dialéctica, como dicen estos versos: “En el negarte está tu acierto. / Tú no vives en ti, tú vives / detrás de tu sombra / detrás de todo / lo incierto de que estás hecho.” (En el negarte está tu acierto).
Esta vía hegeliana permite al manifiesto orientarse hacia todos los campos posibles, desestabilizando el poder, denunciando una injustica, con la ironía de su voz, como vemos en estos versos que acusan lo vivido en la época de la violencia política en el Perú, específicamente en Ayacucho: “Aquí en los Círculos del Infierno de Huamanga, / nadie muere, aquí nadie desaparece, aquí nadie / es torturado, clavado, molido, reventado / a dinamitazo, aquí a nadie le sacan los ojos y /tampoco a nadie se le corta la lengua, ni se / le amenaza, ni se le mata a la mujer, / no desaparecen / a sus hijos” (Elogios al buen demonio).
O, como ocurre con frecuencia, con el tema relacionado al amor, desacralizando el falso romanticismo o los idealismos burgueses, versando con picardía: “Ella es la mujer que no me ama. / La que me saca ronchas / y me tiene en guerra en piojos” (Ella es la mujer), líneas que hacen parodia a partir de la famosa aria La donna è mobile del compositor Giuseppe Verdi. El poeta ve al amor no como algo estable, sino como un constante ir, quizás como el estado en que se siente más corporalmente, con los sentidos, el devenir de la existencia, o el propio dasein: “Si la llamo, ella está ausente-presente. / Si ella me busca, que pena, no estoy presente. / El amor es siempre duda, un acertijo” (Si ella avanza).
El pensador francés George Bataille proponía una moral de la transgresión y el exceso, donde el mal, el erotismo y el gasto improductivo rompían las reglas del mundo laboral y conservador. La transgresión y el exceso que caracterizan la postura política del ocio hacen la forma y el fondo de este Manifiesto, que se intensifican en sus sicalípticas odas, en esas odas al falo o en esos elogios al clítoris, así como esas aclamaciones al “buen demonio” que nos recuerdan al Marqués de Sade o a Baudelaire. Sobre todo lo vemos en el poema Del “Diario de Blanca Nieves (página extraviada)”, que va más allá de la desmitificación del cuento infantil.
El razonamiento dialéctico que mueve la lógica de los poemas va “aterrizando” constantemente conforme nos metemos en cada sección del libro. El amor, por ejemplo, y para terminar esta lectura, no es una idealización o una entelequia: “De tanto amarla ella me aborrecía / y de tanto odio me quería” (De tanto amarla), dice el poeta fiel a su estilo picaresco, a tono con lo popular, que puede ser el del discurso del tango o del bolero. Porque, finalmente, el amor es acción (“Cronwell cobra existencia en el pensamiento de la acción”, dijo líneas arriba Mirna Acosta), y porque es acción _ y este es el mensaje más grande_ “solo el amor nos salva de ser nada” (¿Qué me hablas del pecado?).
Manifiesto del ocio es la producción seria del humor y del amor, del sentimiento trágico e irónico de la vida; pero, sobre todo, en palabras del poeta Hildebrando Pérez Grande, es “un canto a la libertad irrestricta”. A continuación dos de sus poemas.
¿Quién soy yo que no me reconozco?
¿Quién soy yo que no me reconozco?
¿Quién soy cuando subo al micro?
¿Quién cuando me baño y me enjabono?
¿Quién soy yo en este otro, de pronto?
¿Quién, cuando avanzo por calles y plazas?
¿Quién, cuando al saludar, sonrío,
y para no estar triste, leo un periódico?
¿Quién, cuando me desabotono?
¿Quién, cuando me descifro en otros?
En la mosca, en el auto, en el poste
veo cientos, miles de ríos y vidas,
imposibles rostros, máscaras,
difusas sombras, nubes de las más sencillas
y extrañas. ¿Quién soy de ese alcohólico,
de esa araña? ¿De ese párroco o de
ese músico mutilado y que pide, exige?
¿Quién, de ese médico que en el mal de otros
ve su propio diagnóstico?
¿Quién soy yo que no me reconozco?
¿Quién soy yo en esta ciudad de asombros?
¿Quién soy yo en este cómo, de pronto?
¿Quién, cuando, ecuánime, siento esta carie?
¿Quién, cuando la limpio con un fósforo?
¿Quién soy ante esa carie y ese fósforo?
¿Quién soy? ¿Alguien que te ha herido?
¿Qué has herido tú porque te has mentido?
¿Quién soy que estoy perdido
y no pido auxilio? ¿Quién soy que no lo siento?
¿Quién soy que estoy aquí
en la horca,
y estoy fumando, riendo?
¿Quién no lleva una ciudad…?
¿Quién no lleva una ciudad,
clavada en el corazón?
Y en esa ciudad,
¿quién no se pierde?
¿Quién no sueña con sus
portales y callejuelas?
¿Quién no oye
sus campanarios
y sabe que hoy
Brozovich, ha de estar
buscándonos,
dormitando en cada esquina,
conversando con las palomas?
¿Quién no lleva una ciudad,
clavada en el corazón?
Y en este corazón
¿quién no recorre
sus empedrados, buscando
a Brozovich?
¿Quién no lleva a Brozovich
en la ciudad de Cusco-Perú,
enclavado en el corazón?
Por la calle de Sieteculebras
el poeta Brozovich pasa brindando
con Li Tai Po y la Luna.
Ambos se elevan en una alfombra de flores.
El poeta dignifica la ciudad.
Y su mansedumbre es de paloma.
¿Quién no lleva una ciudad
y a Brozovich,
clavado en el corazón?
¿Amiga, tú que conociste
al poeta Brozovich,
¿También lo buscas?
¿Tampoco tú has dado con él?
Dicen que los malandrines,
dos arcángeles beodos, Pound y
Charles Bukovski, lo buscan
cabalgando dos arlequines.
¿Dónde sus bares y sus bodegas?
¿Dónde sus ángeles infidentes y su ramo de
Oraciones?
¿En qué Plaza bebían con él
y perdían la razón?
Amiga, tú que leíste al poeta, dime
¿en qué ciudad suya o mía
ando ciego y extraviado, para saber bajo la lluvia
hacia dónde voy?
¿Por cuál esquina he de ir, dime, amiga,
por cuál cielo, por cuál rayo
de naipes y arlequines, debo ir
para leer sus poemarios de lluvia,
para no ir ciego y perdido,
como herido voy, buscando a Brozovich
entre tantos poemas, clavados,
incendiando este corazón?
* Este artículo ha sido escrito a modo de homenaje al amigo y maestro Cronwell Jara al mes de su sensible fallecimiento.
