No es la prosa de Carlos
Labbé (Santiago de Chile, 1977) una voz
narrativamente amable y leve que pueda ser seguida y
alternada mientras uno se dedica
a otra cosa, como la de tantos autores que lamentablemente proliferan en las actuales emisoras
de la literatura contemporánea:
leer a Labbé implica implicarse,
valgan todas las redundancias,
sumergirse sin escafandra y sin
brújula, no sólo en la forma de
sus historias sino también en el
fondo de las mismas, atento el
lector a la densidad y la fertilidad
de una prosa desencadenante y
amplificadora de sugestiones y
reflexiones. No es, por tanto, un
autor indicado para todos los lectores, y si lo que está usted buscando es una novelita banal para
pasar el rato, decididamente
Labbé no es su hombre. Si, en
cambio, su voracidad lectora está
en busca de algún revulsivo literario susceptible de desentumecer su desidia novelistica, encontrará en los textos del escritor
chileno numerosos alicientes
para discurrir por el camino de "Coreografías espirituales".
«La coreografía necesita de alguien que presencie los movimientos. Él soy yo. Él, ese otro,
ella, tú, ellos soy yo. Él tocaba la
armónica con la nariz, se ponía
un pañuelo y soplaba hasta que
toda la contaminación de la capіtal saliera de sus pulmones en un
solo color transparente. Tocaba
un kultrún en su pecho plano,
hacia gárgaras para imitar un arpa una
(...) Yo, en cambio, ahora que no
tengo fosa nasal por donde inhalar ni exhalar, quiero que una
melodía de arcos y cuerdas y piedras siga cayendo al amanecer, de
a cinco dedos, sobre este cuero
tensado contra la silla ortopédica». Así comienza 'Coreografías
espirituales', antibiografía musical que deriva hacia un mundo
anterior al orden del Imperio y
del Contraimperio que dictan los
actuales designios universales y
cuyos elementos coprotagonistas
se interrumpen y se solapan en un texto tan difícil de clasificar como subyugante: el vocalista parapléjico que, postrado ante la pantalla de su ordenador, escribe con la pupila y los párpados la historia de la célebre banda de rock a la que perteneció —«Él quería ser el libertador y no el vocalista de una banda. Él soy yo sin embargo. No más. Este cuerpo inservible que alguna vez saltó por los escenarios. Todas esas vidas se aúnan en esta página y ahora sólo me es posible escribir calladamente con los párpados de lo que no es mentira, al margen de este liviano volumen de ficción autobiográfica que me ponen adelante en lugar de un animal inclasificable que se desangra al sol»—; los remotos comienzos de El Grupо —«Este libro no es una historia de excesos, traiciones, compañías, abandonos, alianzas, accidentes y reencuentros. El Grupo no empieza cuando se conocen sus integrantes sino cuando reconoce por primera vez que es instrumento de quien toca»—; las giras iniciales y los primeros discos, y las giras y discos de la etapa de esplendor de la banda —«Él, cantante, suspendió un concierto en un teatro de marionetas, reyes, millonarios, ejecutivos y otros farsantes cuando los guardias apalearon a un fanático que intentaba pasarse al escenario. Él, estrella, escupió a los pies de los productores que le preguntaron pоr qué se recogía en la noche si era del sur—; las acotaciones meditativas en torno a la coreografía —«La coreografía sólo suministra un conjunto de reglas y de prácticas relativas a experiencias que no se describen ni se justifican, que no entran por completo en el texto y cuya representación no ambiciona de ninguna manera, porque las plantea como exteriores a sí misma en la forma de un diálogo oral entre quien escribe y quien lee»—; un entorno y un horizonte en el que todo se mediatiza y todo se privatiza, como el último estertor de un mundo a punto de colapsar.
Libro apto para lectores de un grado de exigencia de 7,3 en la escala de Valente (del 0 al 9, aquí y en Santiago de Chile).