La herida del injusto
Morgan el solitario nació sin tregua:
feo y sin talento,
víctima de un castigo azaroso,
inmerecido,
como si su respiro fuera una deuda,
y agrandó la herida
y se burló del número áureo, del vuelo de la mosca
y del panel hexagonal de las abejas.
Vladimir, su hermano, refulgía:
seductor, forrado,
feliz –según él– como un perro con su hueso.
Tres hijos sanos, compañera ejemplar,
hoteles con su nombre, palacio en la tundra,
vida social sin desaires.
Decía que el arte fluía en su sangre
y que nunca se iba al sobre sin leer poesía.
¿Era libre? La pregunta es absurda:
. . . . . . . . . . más viento que piedra.
Lo que Vladimir nunca supo –según Morgan–
fue esto:
quien entiende un poema de verdad
. . . . . . . . . . mastica vidrios, no vitrales.
La claraboya
Existen piezas talladas en piedra o metal o madera
que parecen obras hechas por un dios de muselina:
delicadas y perfectas.
Como las que tú posees, Darrigrandi,
esas que siempre procuras exhibir.
La fórcola veneciana, por ejemplo,
que arrastras como si te sirviera de bastón,
o ese raquítico diapasón de oro que ocupas de mondadientes.
Y te excita estar de viaje y volver y alardear
tus aventuras en almuerzos de revistas satinadas
de escasa circulación, junto a tus objetos y filigranas.
Pareces un ventilador salpicando cucarachas,
prestándole más atención a la jactancia y al lujo
que al crúor & al coure (vamos, tan mezquino no eres,
mueve la panza, los diccionarios te sobran).
No desentones el compás de las arterias.
Guarda la compostura.
Date un baño de gong, zamarréate,
bueno sería que elongues las neuronas
y no sigas manchando la mesura con tu tintero de calamar.
¿Dónde y cuándo te hiciste la herida?
Te lo dije ya tres veces, Darrigrandi:
haz una claraboya en el techo de tu pieza
y en la noche, antes de dormirte,
mira cómo
desde esa abertura
toda tu opulencia parece
. . . . . . una magnífica catástrofe.
Apuntes en el campo para la ciudad
Calibrar el silencio del gallo
a la sombra de un parrón.
Oír, no escuchar, en la enredadera crujidos de ratas,
el zumbido de las chicharras.
Contener la extensión de los viñedos, las parras
y los cerros con los ojos.
Coser y descoser el nido de la araña que flota, leve,
en el ángulo de una rama.
Absorber el trino del grillo,
su duda,
su sinfonía esporádica acorde con el evento.
Guardar y retener esta mayúscula templanza.
También, no te equivoques,
ese caracol arrastrándose en una hoja de zarza.
El horno
Piensa en las veces que el frío nos dio de palos
y nos defendimos con una sola chaqueta,
en las madrugadas donde el hambre nos doblaba
y compartimos pan duro como si fuera banquete.
¿Alguna vez te dejé sola en el hospital?
Recuerda cuántas veces recogimos los pedazos
y armamos con ellos un altar torcido,
pero suficiente,
para seguir creyendo en nosotros.
Y sin embargo ahora te alejas
con la indiferencia de quien ya no regresa,
porque todo empezó antes,
como me lo contaste:
tu infancia olía a gas
y a la radio que nadie apagó en la cocina.
Entonces mil veces enterraste juguetes en la tierra,
como si fueran pájaros muertos,
y la culpa te marcó a tu mamá con hielo seco en la piel.
El silencio aprendió a rezar contigo.
Pero no soy yo quien abre sus fauces
cuando te muerde con ira las cuerdas vocales.
Pureza
Por lo visto no sirve de mucho hacer
de la pureza un sonajero:
aunque fuimos arrojados del cielo
en la tierra aprendemos a caer.
Se susurra poco y se blasfema mucho.
La ciencia tropieza, la matanza es diaria,
con megáfonos se escupe barro,
se alardea, se mastica fe.
Demasiado amor y pánico a la gente,
los niños esconden ojos de cuervo
. . . . . . . . . . . . . . . bajo los pupitres.
Y no es fácil interpretar la rutina
de los milagros:
he visto palomas defecar íconos sagrados,
dame el pétalo de un lirio y te lustro un revólver.
Manual de sobrevivencia para el individuo cáscara
Nada en el pulso de tus venas responde
a la poesía, te parece un bostezo
y el cine lento, una tortura.
Dices: «La mayoría puede vivir sin fuegos de artificio.
Pero nadie sin agua»
Prefieres los best sellers,
y en los museos buscas las leyendas debajo de los cuadros
antes que el temblor de lo asombroso.
Tocas el piano,
pero no serás pianista.
No faltarán quienes te miren raro.
Dirán que te falta templanza,
esa sutileza que habita en los pliegues de un origami.
O hasta que eres un ejemplar vendado
. . . . . . . de Cesare Lombroso.
Pero serán dos o tres pelagatos de cien.
Sigue en lo tuyo:
la reflexión y la belleza no son imprescindibles.
Incluso los monjes iluminados
cargan su desdicha
(Suzuki no lo esconde, lo dice en un libro).
No todo lo seco está muerto:
hay cáscaras que suenan con el viento.
Para sacudirse
Los espartanos se limpiaban los dedos
con un pedazo de pan que después echaban a los perros,
. . . . . . . hacer eso-
Soltar las riendas.
Nada es tragedia, todo es una broma.
Ser natural; difícil: se necesitaría un signo probo
desligado del adorno y la recompensa,
algo tan puro como la expresión de un tótem
o el rictus de un muerto.
Pero intentarlo.
Mantener siempre un ojo hacia dentro.
Vibrar y recibir y transmitir.
Hundirse, flotar.
Tallar el ocio.
Perderse en una película de Bela Tarr o de Ozu.
Conocer los hongos.
Tocar un instrumento musical.
Retozarse con cuerpos nuevos.
Adorar el letargo de una nube rezagada.
Contemplar el hilo
. . . . . reluciente
que deja el caracol entre dos hojas.
Cinco minutos en una cámara anecoica y un baño de gong.

