Sin mí no existiría
En Imaginería Lucía Hiriart el cadáver no es la vieja. Su historia la ha vuelto material y
obliga al autor a ser el curita que la tiene que escuchar. La vieja, con un dejo de nostalgia y
rabia, versea sobre sus orígenes, mata al padre radical y se lanza a buscar una elegancia
que solo con Augusto y su poder convierte en Glamour.
Es una confesión de huasita ladina, donde no se abre a contar la gorreada que le puso
Augusto en su estadía en Quito, ni menos sus rabietas por lo apagones de las peluquerías,
ni menos lo manotazos de Cema o los de su retoño en los pinocheques. El autor la deja
que hable y que se irrite por el bailongo final del 89. Siempre indigna hubiera dado las
uñas por jugar al ludo con la Thatcher, asegurada, confiada en los depósitos de sus
empresarios tricolores.
La vieja le termina aconsejando que el autor haga muebles, cacharritos de greda en vez
de darle a la poesía en pueblitos donde las tradiciones de Cema retumban como
cañonazos en los techos del paisaje.