Hace algunos meses, apenas recibí de parte del profesor Maldonado una foto de la primera maqueta de Percolado, que presumía una portada naranjo eléctrica tipo Holanda de los hermanos de Boer, me sentí ligeramente preocupado. Luego, cuando hace un par de semanas atrás, me entregó el libro definitivo, mi preocupación se hizo aún más patente: la portada, sobrísima, me recordó inmediatamente un cuadro de Mondrian, con esos casi simétricos cortes, en amarillo, un blanco anacardo y azul, todo sutil, pastel, absolutamente moderno. Pensé que Maldo, ya definitivamente, había sido tentado y había caído en su afición suicida preferida, esos gustos ochenteros, perfectos peinados escarmentados, llenos de teclados y computadores anacrónicos; temí que, ya, había cedido a la presión de mostrarnos lacónicos, depresivos y demoníacos personajes recorriendo una ciudad postindustrial al amanecer. Supuse lo peor que puede temer cualquier encomendado a esta difícil misión de presentar un libro: que el autor, repentinamente, decidió cambiar, mutando las ya acordadas, —perdonen la siutiquería conceptual, pero es lo que se debe decir para darle realce a mi trabajo— «categorías interpretativas».

Ese súbito temblor que me recorrió el espinazo al recibir el volumen que ustedes verán exhibido a la venta al final de esta sesión, pasó inmediatamente al hojear las primeras páginas: el libro está publicado por una editorial de Villa Alegre, Región del Maule, y está dedicado, a nada menos que, a la Fértil Provincia. Reconozco que me volvió al alma al cuerpo.
Ahora bien, superado el sopor, retornar a la conversación en torno a la provincia, al territorio y la identidad regional, en el caso de Claudio Maldonado no es algo baladí. Él, a diferencia de una buena parte de los autores que escriben sobre estos pagos, lleva años reflexionando en torno al modo de escribir desde la región sin caer en el maniqueísmo exasperante del paisaje bucólico, de vino tinto y tortilla con chicharrones o como se dice en el cuento «Terminal», de darle «la chapa de maulino a todo lo que tuviera olor a campo y fritanga». Claudio ha participado de los diversos movimientos que le han metido cabeza a los métodos de producción periféricos: fue uno de los fundadores de los potentes dispositivos discursivos chespiritianos de los Pueblos Abandonados; se le ha visto acarrear libros por los cerros de Valparaíso con Pipe Montaña y sus Inubicalistas; también es parte de los círculos concéntricos de los poetas marxistas de Valdivia y a publicado en aquella revista que tiene nombre de suplemento del agro mercurial. Maldonado, inteligente como es, mantiene con todos estos grupúsculos eso de «juntos, pero no revueltos».
En ese sentido y si me lo permiten, voy a citar pesado: Sarlo, hablando de Saer, dice: «La región no se encuentra en sus contenidos simples y evidentes. La región es una elección dentro del lenguaje: una botánica, la geografía de los relieves y las orillas, a veces una forma sintáctica». Es decir, la provincia, el territorio, o como queramos llamarle a esto de lo que estamos hablando, no es un lugar solo sobre el qué escribir, sino que desde el dónde escribir. Este fragmento nos propone dos ideas: la primera, y ultrasubrayable, es que no basta con pintar paisajes y retratar la pobreza en blanco y negro para hacer arte rescatable desde la región. La segunda y aquí me quiero detener para entrarle a este percolado, es que, si estamos de acuerdo con la hipótesis de que este tipo de procedimientos tienen que ver con una sintaxis y con un lugar situado del que se escribe, debemos dar por cierto también que cada propuesta, entonces, es única, ya que está respaldada por la memoria, las marcas y las esquirlas, que va dejando aquel proceso por el cual el líquido de las experiencias vitales se filtra, se percola y se destila, a través del material poroso que podríamos llamar estilo.
Siguiendo con esta idea de reconocimiento de domicilio, podríamos decir que el lugar en el mundo desde donde está desarrollado este libro viene de dos vertientes: el primero es sencillamente la infancia de Claudio. La mayoría de las ideas y obsesiones que aparecen en Percolado, y en general en toda su obra, tienen que ver con una infancia curicana vivida bajo la bota militar de la dictadura. Buchi, don Patricio Aylwin, las pichangas de barrio, los billetes falsos del Gran Capital, las chanzas adolescentes son la materia prima de todo lo que se destila en esta obra. A la manera de Lihn, Maldonado nunca salió del habla del Liceo de Hombres de Curicó, y eso no solo tiene que ver con uno de los grandes talentos de este libro, que es el oído absoluto que tiene Claudio para escuchar y relatar diálogos y webeos, mensajes ocultos y monólogos perversos, sino que su literatura nunca salió —y eso se agradece— de las pachotadas, chirlitos y charchazos, para usar conceptos del Huasolecto maulino, de la última fila del último curso de un colegio de puros hombres.
A modo de ejemplo, el cuento «Aylwin y el tuerto», termina así: «Apenas el señor Fantobal terminó de hablar, un grito comanche destruyó la paz. Me protegí con los brazos, apreté los dientes y sentí el chaparrón implacable de escupos y arañazos y la pata de una silla estrellada en mi ojo».
El otro lugar del que escribe Maldonado es desde una especie de desesperanza frente a todo. Él no confía y nos machaca que lo gestado o nacido en dictadura viene chueco, pifiado, roto: ellos creían que sembraban dragones, pero cosechamos liendres. Percolado es el recordatorio de todo lo frustrado de la promesa del oasis. En este mundo, cuando los niños juegan Gran Capital, lo hacen bajo las enseñanzas El Ladrillo y deciden jugar sin reglas, que el mercado se autoregule, y al amigo más pavo le cobran impuestos sobre impuestos; en el supermercado del Fra Fra, le dan pañales a las cajeras para que no puedan ir al baño durante el turno del fin de semana de Fiestas Patrias o para llegar a bañarse a un río maulino hay que atravesar los socavones que dejan las retroexcavadoras para sacar áridos de manera ilegal y hacerle el quite a los vertederos llenos de pañales cagados, latas de cervezas, restos de pollos y cáscaras de naranjas, cuyo fluidos, se percolan, por un reguero raquítico y nauseabundo justo junto a las patitas de los niños que se bañan. A modo de ejemplo, en el remate de un cuento dice: «Marco (…) siente algo parecido a esa rabia olvidada en ese espejo ochentero de su infancia, cuando escapó y llegó a la casa a dibujar en una hoja de block la destrucción de la Gran Capital arrasada por incendios derritiendo el asfalto, desbordada por los ríos y avalanchas de barro y nieve, partida por un terremoto tragándose a miles de seres que nunca más volverían a vender y a comprar y con el primo, el Leiva y Soto meciéndose colgados en un ahorca justiciera al medio de la plaza». Sí, así de rudo y exagerado suena a veces.
Aunque estas dos vertientes —infancia y resentimiento— no son para nada novedosas en la literatura chilena, en el caso de Maldonado, la mezcla de ambas logra un asunto particular y muy propio de su obra. Como todo está entroncado desde la niñez, hay siempre cierta inocencia, un tipo de optimismo de cabro chico, que hace que incluso en la situación más triste haya cierta redención. Maldonado, maestro del humor y del chaqueteo, hace que hasta el personaje más bastardo reciba su merecido, pero los malos de Percolado no mueren, no son juzgados por la ley del talión, sino que reciben castigos morales, humillaciones; no hay combos en el hocico, no hay cárcel para el pedófilo ni para el explotador, sino que un escupitajo latigudo en el mentón.