Lo seguro es que acabamos de comer una carne parecida a un estropajo y en el intervalo en que el mozo se metía en su pantano donde abrevaba el agua con la que seguramente nos serviría el café, froté un fósforo y de inmediato —lo que es la vida— me trasladé a otras cien o doscientas o miles de encendidas de fósforos que terminaban en la punta del cigarro y lo que esos cigarros infinitos habían significado en cada época у en especial en el tiempo que perseguí a la que ahora tengo al frente mirando con sus ojos brillantes de Primera Comunión y cómo esos fósforos me sirvieron también para encender la ruta que me llevó a alcanzarla en un callejón oscuro.
Hago sentir mi presencia y acto seguido le tomo con esta mano su palpitante flan izquierdo y con la que estoy escribiendo, también fieramente, le conversé, no sé cuántas en La Eterna, que tú sabes lo que es y cómo se comporta cuando le depositan flores. Así me la tuve hasta que los impulsos eléctricos comenzaron a mandar sus señales. Entonces las imágenes empezaron a salir simultáneas como en las transmisiones vía satélite de las peleas de Cassius, Muhamad, digo. Allí se sintió, no sé, defraudada. Al fin de cuenta le quedaba una presa huérfana. Pero el caso es que tengo sólo dos manos y un solitario amigo.
Tentada o algo y para que veas cómo son las cosas, de todas maneras echó su cabeza hacia atrás, momento que aproveché (el olor de sus regiones salía por el cuello de la blusa) para decirle apretándola "te lo regalo". Parece que la sintonía era otra porque me pidió que la soltara y yo, converso en un idiota sureño ¿sabes lo que hice?: Voy y la suelto. Brecha que le sirvió para resbalarse como un salmón y dejarme solo, con las manos en los bolsillos pensando que Dios es bueno, pero que en igual tiempo se puede cometer un crimen o fabricar un hijo que ande feliz por las calles del mundo hablando las cosas de los sabios. Me autotitulé imbécil y encendí un cigarrillo.
Para entrar en detalles: es una indiecita más o menos de este porte con una mirada entre semáforo con luz verde y muro de Berlín. Hay ocasiones en que registra las dos, simultáneas, esparciendo el tumulto en los idiotas que tratan de comprender una cosa como ésa y no se dan cuenta que el asunto no está en la profundidad de campo, sino en el enfoque, que también oscila desde un gran angular a un close up sumamente preciso. Además su tierno ombligo, estoy seguro, guarda más de algún secreto y sus caderas le quedan lo más bien a pesar del hueso sacro que resulta una montaña bastante difícil de escalar si no se toman precauciones. Pero, como verás más adelante, le estoy haciendo competencia a Hillary en esto de recorrer glaciares derritiéndose, claro que triste por cosas tan ambiguas como un colapso de nostalgia. Se trata de algo semejante a la chica del departamento de al lado, si esa chica supiera manejar un puma indio que la agarra en un abrazo prehistórico, para ponerle en evidencia algunas cosas.
Eso fue al principio ya que ahora en cada calor nos revisamos minuciosamente las instrucciones derivadas del Kamasutra, para después quedarnos ahí sentados mirándonos en un silencio palpable, convencidos que recién las computadoras del mundo se han puesto de acuerdo para llamar a ese momento simplemente la felicidad. Yo la miro como miraría a la María Schneider si la María Schneider no fuera tan como es. Es decir, la miraría igual a la Schneider, si la Schneider le llegara a la altura a esta Sonita que tengo al alcance de mi muslo o de mi boca o de mi mano, según en la página del Kama que hayamos quedado en ese segundo. Y ella me mira como si fuera (esto me lo imagino, porque quizás ni me mira y son voladuras mías). Bueno, el caso es que me mira como si andando de picnic por Katmandú arriba, de pronto el Abominable Hombre de las Nieves la hubiera encontrado y se la queda mirando con esos ojos feazos de animal que tiene y de entre medio de sus mechas sacara un paquetito caliente de maní confitado idéntico a esos que venden en los barcos de latón en Huérfanos esquina San Antonio. Entonces el carajo lo limpia contra los pelos del otro brazo. Lo frota igual que la primera manzana de la creación y se lo pasa para ver cómo se los va comiendo de a uno. Más o menos así me miran algunas veces, otras pareciera que está viendo al Vellocino de Oro. Cosas de la life. Después de mirarnos como te acabo de decir se suele acurrucar ídem que un pajarito al que le tirita el piso para hacerme comprender y comprendo, que allí, en el fondo de ese pasaje que acabamos de transitar con extravagantes vestidos de fiesta, hay un sitio temperado para depositar la chispa. Igual que hace cincuenta mil años vaya y produzca la explosión que amase el Neardenthal del Siglo Veinte para recibirnos con todos los honores de papis.
Ya transformados de memoria en los flamantes progenitores de un nuevo corazón para este bello sitio que se llama Tierra, desliza una sonrisa que yo, cada día, la encuentro más parecida a un licor espumante. La esboza, me la tira a boca de jarro, obligándome a quedar quieto mientras se levanta y va la cocinilla donde casi siempre canta con fondo de aceite crepitando bajo dos perfectos huevos. Los homenajeamos con pan por los lados para disfrutar con más parsimonia el sagrado momento de pinchar la yema y ver que se derrama para después amar como abre su trompita, aprieta la nariz, mientras le pongo un trozo de pan decorado con el amarillo alimento y la cierra y a veces se le caen unas gotas por las comisuras. Así es la cosa hasta que llega el momento que empieza a vestirse porque tiene que ir a trabajar.
Ese es el tiempo que se podría llamar el Capítulo de la separación. Entonces, los nuevos Romeos y Julietas que somos, debemos afrontar la soledad cada uno como mejor sepa o según le aconseje su Angel de la Guarda. Me voy conejeando por las calles, estirando los cigarros y si estoy con suerte —que anda escasona por estos días del setentaisiete, entradita del otoño— bajo un cielo espeso me topo con Jorge y nos introducimos ceremoniosamente, convencidos ser los tipos más libres de la angosta faja, en la barra del Unión, el Maxim o el Torres donde ya antes que lleguemos a acostumbrarnos a la orfandad tenemos unos vasos de vino blanco en la mano. Conversamos las cosas que ya nos hemos dicho no sé cuántas veces con las lagunas pertinentes imaginando a Sonita tan linda la cabrita transcribiendo memorándumes, medio enojada porque sabe lo que estoy haciendo. Te advierto que a veces se equivoca. El lento tractoreо me suele llevar casi directo a las revistas de la biblioteca donde leo hasta que los ojos me quedan así, no ves que te puedes quedar ciego. Lo mismo que decía mi madre cuando mi mamá tenía un tipo de influencias sobre tu amigo que ya perdió, pero la quiero, tú sabes. O derechamente me ufano en vagar por dentro y por fuera, más por fuera desde luego, imaginando, cuando puedo, qué cosa hacer para convertir o sanforizar a esa niña de la línea aérea que está detrás de la vitrina —aparte de que no tengo un peso— para pegarnos un vuelo rasante vía Europа у te aseguro que nada nos impedirá después olvidarnos mutuamente y cada uno para su lado. Como si nada, o como si todo dependiera de un pasaje, pestañeo y me abrocho los zapatos. Estudio el suelo y si ha decidido hacer calor levanto la cara para que el sol realice algún truco, se esfuerce en provocar en mí la fotosíntesis y me convierta en un árbol.
No es igual pero lo anterior se parece bastante a la región de las ausencias, matizadas con los discos de moda, las películas no vistas, los libros no leídos y el silencio. Sonita por su parte me asegura que trabaja como holandés que trata de convertir el océano en una pradera y yo lo creo. En verdad le creo todo. Estoy calcado que si me hubieran tabulado en una convención de sabios locos para perseguir la huella de sangre de la vida. Como si la cosa consistiera en revisar el Anga Ranga, o así, a puro pulso, que de alguna región de las estrellas alguien nos enseña, cada día, a bailar la cueca. ¿Si no? Explícame por qué vamos por los cuatro mil millones de pelotas que se levantan cada mañana dispuestos a disfrutar la luz y cada noche regresan a bramar porque la oscuridad está de vuelta. Esto sin contar con los Fórmula Uno del Apocalipsis que ya se han pegado varias vueltas por estos alrededores. ¡Explícame!
Terminado el capítulo de la soledad paso, respetuosamente, a contarte lo que sigue: Con todas estas poéticas sesiones que te deben haber inflado las nunca suficientemente elogiadas, al fin cayó el tejo sobre la raya y apuntamos doble. Alli dejé de mirarla como a la María Schneider ya que el último tango todavía no lo bailamos. Eso lo haríamos en el restaurante mientras el mozo nos traía el azúcar y ya teníamos decidido que seguiríamos siendo sólo dos. Perdona, el asunto es que yo no lo supe hasta que lo supe, o sea, hasta que me lo dijo tan con su carita, pero eso fue después. Para andar sin rodeos: yo no me había dado ni cuenta que uno de mis granos de arena su ostra lo estaba transformando en perla.
Primero mis radares detectaron una mancha en la lejanía sin saber qué respuesta era, pero era rarо porque la Schneider desapareció y todas las starlets y las niñas de las líneas aéreas y terrestres se nublaron. No sé. De pronto se me borró todo el video. Era que estaba sangrando por la boca y narices. Como que me estaba vaciando de lo malo. Se diría que era el reportero del cielo. Y Sonita empezó con los vómitos. O sea que los dos nos estábamos limpiando. Una especie de shampoo de la vida, pensé. Aquí van a descubrir un cometa, pero no el Kohutek que lo pronosticaron el enorme, el pulento y resultó un fosforito perdido en el espacio, una llama que se quiebra a la menor brisa. Estaba poniéndome clarividente y me dio miedo. "Malo que me haya acordado de una estrella que se apaga", me pronostiqué. En una especie de conjuro, un escapulario de ajo, usé el olvidado talismán de la reconciliación con mi alma y, a imagen de los viejos tiempos, cuando trabajaba, la santifiqué a Sonita, con una invitación a comer en el centro. Igual que en las películas. ¿Te das cuenta? Actitud geométricamente de punta a lo que el cometa me había soplado. Pero qué hacerle. Las ilusiones son magnéticas. Entonces en el restaurante sobre la mesa barrida por la piugua. El mozo salta como un chimpancé, sospechando la propina, dando fe a que el hombre desciende del mono y actúa por imitación y no por otro impulso a menos que llegado el momento se vuele los sesos: Allí se imita a sí mismo y punto. Sin embargo, aún con lo delicados que estábamos, no pudimos bendecirnos con mostaza, ají y jengibre, de modo que la carne era un pedazo pálido de una cosa muerta que daba lástima hacerle daño. Seguí dándole vueltas a lo del cometa y Sonita ocupada intensamente, en sus secretas vías interiores alimentando al invitado. También estaba en el aire eso que flota cuando uno va a dar examen y entra y allí frente a un escritorio hay tres tipos que asiento por favor y uno se queda solo cara a cara moviendo la nariz y entonces descubre el olor. Dan ganas de pensar otra cosa. Mirar por la ventana. Pulsar el oxígeno. Alegrarse de una tarjeta de Navidad. Mearse en la escalera. Sacarse lo pegajoso de las manos. Soñar que es verdad que "armados de una infinita paciencia conquistaremos el fulgor de las espléndidas ciudades". Igual era lo que pululaba en ese restaurante donde pretendí hacerle un homenaje al encargado de la creación universal. Pululaba por entremedio de los vasos y las servilletas y los restos de los pedazos de suela que nos vendieron por carne. El olor de lo que los dos sabíamos. Teníamos que contestar la Gran Pregunta y ninguno se reunía con el suficiente coraje para agarrarla a cachetadas y sacarle el último zumo hasta derrotarla. ¿Verdad? Di algo. En realidad la cosa seguía como una película que se había nacionalizado francesa (empezó siendo purо Hollywood) y la cámara recorría la trayectoria de la botella mientras yo la iba vaciando de a poco sobre su vaso y el mío. Se intercalaban primeros planos de su cara y de mi mano que encendía el cigarrillo y seguía al fósforo hasta el cenicero medio con los restos de esos otros cigarrillos, en los que incluyo ese que te hablé al empezar. Después la foto se aleja con una caliguenta música de Francis Lay de fondo, mientras la mesa se va haciendo chiquitita hasta que nos esfumamos. Claro que si hubiera sido una película el otro cuadro nos presentaría a gran velocidad en un Aston Martin sin capota, entumidos, todavía sin hablar, rumbo a la costa, hasta que nos bajamos en la playa arropándonos con nuestros respectivos chaquetones de piel y Jean Louis Trintignant por fin decide a abrazarla a la Elke Sommers y le dice: "Sí, debemos tenerlo y se llamará Pablo". Entonces Lay se pega cuatro acordes con trompetas y violines y las refrigeradas señoritas de la platea sacarían disimuladamente sus pañuelos como con vergüenza de tener alegría. Pero no. Estamos aquí, en esta mesa y después nos vamos a ir en una micro a meternos a la cama y posiblemente las sábanas estén heladas y nos dormiremos temprano porque mañana tienes que ir a trabajar mientras yo veo cómo distribuyo mi no tener nada que hacer.
Todas estas cuestiones se me pasaban por la cabeza como electrones desbocados que no hallan en qué órbita meterse. Justo ahí, sin siquiera pensarlo los guiones y puntos se fueron descifrando según la fórmula propuesta por el sentido más pobre de esta majamama de seres humanos que gustan de conversar las cosas. Y luego, muy luego, la vi haciendo pelotitas con las migas para encestarlas en un vaso con un concho de vino donde iban a sepultarse de a pосо. Verás, mi actitud consistía en mirar esas migas y una mancha del mantel que se ponían —a ratos— bastante filosóficas, ya que esa mancha, después de un fregado, también estaba condenada a desaparecer. No era poco lo que el precario morse afectivo nos iba explicando esa noche de Santiago mientras yo apretaba la brasa de mi cigarrillo con el pulgar y el índice al mismo tiempo que anotaba no olvidar decirle a mi representante que me buscara un papel decoroso, más de acuerdo a mi personalidad porque ya está bueno que valoricen mi estilo.
¿No te parece?
Mayo, 1979.


Carlos Olivárez