Segundos atrás debe estar el viaje en tren a Santiago con la nostalgia encima como un terno Scappini que cae perfecto. En este momento tiene que haber sido mi matricula en la Universidad de Chile, de eso estoy casi seguro. De lo que no lo estoy mucho es de si está en el pasado o no, cuando la conocí. Porque las colas para el almuerzo en el casino se hacen todos los dias y a toda hora, por eso no comprendo muy bien, porque fíjate que yo, viniendo de saltar barreras, corriendo como John Carlos desde allá, nadando con estilo mariposa, pedaleando a lo Jacques Anquetil, dribleando a lo Garrincha, tomando parsimoniosamente mis cafés a lo Balzac, etcetereando como yo sé hacerlo, no tenía, no puedo tener, el tiempo muy en orden. En todo caso puede ser algo que tiene que ocurrir y será, tal vez mañana, cuando silencioso, pero riédome de las dos o tres cosas curiosas que pueden suceder en una universidad tan grande como ésta. Silencioso y vociferante me acerqué a comprar mi tarjeta del almuerzo, me ubiqué en la cola a esperar mi bandeja, voluptuosamente solicitante, atentamente advenedizo a las pantorrillas más sobresalientes que a veces debes haber visto circular desde la Biblioteca al Pabellón de Alumnos. Lo único claro estará después, cuando ella me sonría (pienso que no es algo que venga mucho al caso), pero bien sabes eso de la oportunidad no ubicua. Porque se tienen que construir muchos azares para que la encuentre justo delante de mí, con su sonrisa y su nariz, su mirada y sus caderas. Todo junto, envuelto en un solo, pequeño paquete. Y la cosa debe seguir para que yo pueda, sin más problema que el desgano, sentarme a su lado y ponernos a almorzar tal cual Atila de anfitrión de Gargamela. Claro, eso no puede durar mucho, para que inmediatamente nos hablemos de cosas delicadas como qué he venido a hacer a Santiago y he estado muchas veces en Valdivia porque me parece preciosa. Entonces debió, será que el silencio, el mío, empieza a hundirse en las palabras y gestos desmesurados. El histrión, el goliardo se sienta a mi lado soplándome al oído las anécdotas traídas por voces ocultas y el silencio comienza a morir, hasta que asesinado horriblemente cae, y es el cazurro ahora, el que va y viene de sus ojos a la mesa, a la hora de las uvas del postre, de sus manos a mi cigarrillo. El trovador se insinúa más tarde, cuando algo me dices que tritura un transistor que aún no sé qué es, o será. Pero ya habrán pasado varias cosas, algún elefante se habrá, seguramente descolgado de mi bolsillo, habré sacado conejos de los vasos y alguna palabra sale de mi boca en letra de imprenta porque te estás riendo mucho y ya no quieres irte, parece que se te olvidó esa reunión porque miras atentamente la máquina del tiempo que gentilmente te ofrezco extraída desde mi chaqueta y te pareces preguntar cómo hago para utilizar exactamente la palabra que no corresponde en ese preciso momento. Entonces será que quede el precedente de tu aceptación a tomar una enorme taza de café y el estudiante nocheriego parezca vencer esta angustia y hablemos francamente de cosas extraordinariamente sin importancia y vaya sabiendo que estudias a Camus. Que estás leyendo L'e'tranger poco menos que en los manuscritos, cosa que yo, te confieso, no puedo hacer. Alguien tiene que ayudarme a descifrar. Entonces el cazurro habrá de traernos a Rimbaud y Marx (yo estaba pensando en otras cosas). Por ahí nos quedamos un buen rato con eso hasta que las hormigas suben por los vellos de las piernas, las recorren y se meten en el pecho sistemáticamente dando vueltas porque tienes que irte.
Será tal vez ahora que tenemos que encontrarnos y almorzar de nuevo. Pero ya el café es cosa consabida y como lo de las hormigas y el trovador han confabulado un equipo amplificador me dice que te necesito y te lo reproduzco. Es evidente que entonces tú te ríes, sin saber que D'Artagnan me enseñó, hace tiempo, a dar esta estocada y casi, estoy seguro, apunto donde quiero, porque siento que me tomas la mano y el Arlequín, recién nacido, da volteretas y tiene ganas de cantar. Es entonces que dejo de contener la respiración, me aflojo el cinturón, como un oficinista después de su trabajo, me suelto y te hablo de lo que siempre quise ser. Desfilan por ahí las frustraciones, la tristeza que reconozco me persigue, mi rapidez en alcanzarla. Tus ojos denuncian cierta preocupación que no me asombra. Veo claro presisamente porque hay racionamiento de la cordura. Es mejor que caminemos. Todo ha empezado y, desde luego, empieza a terminar. Para qué vamos a pronunciar la palabrita si lo tenemos todo transparente. Este juego empieza a parecerme peligroso. Mi casa cada vez está más lejos, me estoy trasladando de verdad. De mentira te insinúo, desafío meternos en un teatro y aquí en medio de la oscuridad y las muecas de Peter Sellers, de esas manos torpes, reconoces que hay calor en lo que digo con las mías. Siento unas ganas horribles de fumar. Todo ha comenzado y comienza, desde luego, a terminar.
Es lunes por la tarde y vienes a buscarme. Ya me has contado que ha habido otros juanes que te conocieron primero y que ni cortos ni flojos supieron aprovechar el tiempo que ganaban. Que estuviste trabajando. Que a los dieciséis tenías una moto. Que Los Beatles te provocan sensaciones. También has tenido la valentía y la crueldad de contarme lo otro. Yo aprieto las mandíbulas. El Arlequín está pensando. Miro por la ventana y te veo, allá abajo, caminar rápidamente. Estás pasando justo bajo mi mirada. Pulsas el timbre. Tomo los cigarrillos y bajo.
Has tenido suficientes oportunidades para hablarme del sesentaiséis (época en que yo vagaba olímpicamente por la Universidad Austral). Cuando iniciaste tus clases en la Universidad y más atrás también, o más adelante, cuando en manadas de motonetas ibas al campo junto a doce o trece Dean, con ocho o nueve Brando envueltos en casacas de cuero. Entrenados furiosamente en el levantamiento de pesas, porque para sujetar las motos hay que tener muñecas firmes como para sujetar a una mujer. Entonces yo seguía vagando y tú, seguramente a gran velocidad, descubrías el amor entre los carburadores y los embragues. Entre las BMW, las Lambrettas y las Vespas. A horcajadas te fuiste dando cuenta que había uno que lo hacía mejor, que era el más fuerte, el más intrépido, que nunca titubeaba en participar en los moto-cross de las afueras de Santiago. Y mientras el sol te llegaba sistemáticamente, yo eludía los goterones y secaba mis zapatos en la estufa con una copa de vino caliente entre los dedos que rápidamente se llenaba de melancolía. Era, soy así. Por ese tiempo estarías ya pensando, en las noches cuando sola, en lo que me confesaste haberte arrepentido, pero tarde. Alguna vez lo debes haber deseado ardientemente en las fiestas de muchachos a saltos y contorsiones con que te regalaban Los Beatles cuando aún no eran tan poetas. En el girar de un treinta y tres un tercio, en las vueltas de I should have known better o de I want to hold your hand un alacrán traicionero te envenenó dulcemente el corazón y lo aceptaste. De ahí para adelante Stendhal, Flaubert y Rabelais, distraídamente en la Universidad, se fueron quedando aislados en una esquina del bolsón y éste se empezó a llenar con boletas denunciadoras de helados, cafés con leche, trozos de entradas del Ducal y el Huérfanos. Rotativos desesperantes por algo que no se decía, que no te atrevías a pensar. Las motos entonces se fueron quedando sin bencina. Los embragues no dejaban pasar tan bien los cambios y los giros eran cada vez más peligrosos. Un señor empezó a cambiar algo en su cuenta kilómetros. La mano se hizo cada vez más tierna, más firme para sostenerte. Desde luego los discos seguían y las fiestas habían cambiado sus efervescencias. Las tardes eran quietas. Te apoyaste alguna vez en su hombro y te descubriste, tiempo después, en Viña, asustada, me da por imaginar. No queriendo hacer nada más que seguir escuchando A hard day's night tan fuerte y joven como eras, salir a recorrer Avenida Perú tomados de la mano, entrar al Topsi-topsi y fumar con un larguísimo trago en la mano, hablar con tu mamá, leer a Gide, asistir a clases de latín, soportar una sesión con el psicólogo, correr por la micro que te lleva al Pedagógico, cualquier cosa, pero no estar allí, con las rodillas tiritando, en donde detrás de esa puerta hay alguien que se ha bajado de su moto y te espera al lado de una cama nervioso y vehemente. Sin embargo, tienes que ir porque por algo te has casado y no valen de nada las lágrimas.
He olvidado las llaves de mi closet. Descamino el espacio. Transformo todo en un minúsculo, habitual caos. Las encuentro. Las echo en mi bolsillo. Vuelvo a apoderarme de los pasos y comienzo de nuevo a bajar la escalera. Noto que hace un frío de demonio. Subo el cierre de mi chaqueta. Equilibro un cigarrillo entre los labios. El fósforo comienza a quemarlo. Poso un pie en el descanso. Debes estar sentada en el living.
Algo más debió ser necesario para quedarte quince días en Viña paseando a Reñaca en las tardes. Curioseando en el Casino. Abrigándote en las noches con más que su calor, que el tuyo. El recuerdo de los llantos, la felicidad de tu madre, en medio de tanta gente religiosa, pastores de civil y de uniforme que repletaban aquella iglesia. En ese mes yo estaría con las patas arriba de una mesa leyendo algún libro medio prohibido. Aprovechando el sol en una esquina, con la boca cerrada y los ojos abiertos. Fotómetro en mano, midiendo la luz para poder fotografiar decentemente. Esa noche (fue sábado, ¿no? ), después de media docena de amenas, finitas pílseners, me dormiría con la cabeza metida entre las plumas, mientras tú navegabas por el espacio en órbitas elípticas, no uniformes, no seguras, hasta que por fin te atreverías a enfrentarlo y meterte en la cama para nada. Justo ahí debe haberse transformado el asombro en una materia viscosa, alguna rara gelatina se posó en tu cerebro y chasqueó en el aire una chispita que impresionó en un precipitado de plata seis por nueve el agrupamiento en esas potentes motos, el desafío a la velocidad, y comprendiste. Porque ahora allí estabas debajo de las sábanas, y él, después de fumarse un cigarrillo, se dormía profundamente. Entonces quizás lanzaste un gemido. Como un joven cachorro aleteaste la nariz.
Llego al descanso. Miro mi zapato derecho. Está desabrochado. Lo abrocho. De a poco me levanto. Me descubro una semitaquicardia. Recuerdo una película de Antonioni tan lenta, empalagosa, real. Me estiro un calcetín. El otro. Siento escozor en los ojos. El humo del cigarrillo entra a torrentes irritándolos. Me froto con el dorso de la mano y vuelvo a apoderarme del espacio. Continúo bajando.
Particularmente sensible después de ese gemido, de la fotografía tan precisa, tus nervios anteriores, tus deseos de llorar se convertirían en ridículos y el odio fue abriendo su camino, pavimentando tu alejamiento. Ese domingo yo, tardísimo, saldría de entre las plumas dispuesto a organizar el aburrimiento de la tarde en una matiné o en un café leyendo diarios viejos hasta que el desorden trajera algo mejor. Debo haber leído alguna otra cosa. Seguramente me entretuve revisando la orfandad de mi casilla y busqué alguien para hablar.
Es posible que él lo haya intentado otra vez y otra, cada dos, tres, veinte días, con tu diligente, ansiosa ayuda (el odio prehistórico dejo lado a la compasión intelectual) de nuevo para nada y todo empezó a, definitivamente, pasar a otro estado que los meses acercaban. Recuperaste quizás tu ademán de vivir y te arrancaste algún sábado chispeante a escuchar los Rolling Stones o, cuando ya irreversiblemente lejos, partiste a las piscinas mientras alguien no tenía moto ni risa y el desconcierto primitivo cerraba las puertas para que la violencia no escapara. Con los días, a veces, saldría a luz una furia, un esfuerzo que ya no te tocaba. Las clases habían de nuevo comenzado. Sartre te imponía obligaciones. Camus te exigía su lectura. Los días te los pasaste leyendo. Tomando notas en la biblioteca. Yendo a las asambleas. Luchando contra el tiempo para llegar a las concentraciones. Almorzando sola, a la carrera por tener reunión de seminario. Olvidándote, tratando de que en la noche él estaría de nuevo con la seguridad fiel, de que ahora sí resultaría.
Debes estar leyendo, mirando las letras del diario allí abajo. Tratando de no descubrirte asustada. Son las tres. Poso el pie derecho en el décimo escalón. Avanzo el izquierdo y lo coloco en el noveno.
Ya no quedaba nada de nada y los insultos aparecieron matizando los colores. Con la desesperanza en todos los rincones te ubicaste en la cola del almuerzo cuando los azares construidos, el
tiempo desmantelado, organizado para fiesta me hizo tropezar y quedarme allí detrás de ti. Sentarme a tu mesa. Invitarte a girar con mi desfachatez.
Un escalón más. Giro a la izquierda y allí parada, mirando los árboles del jardín, estás de espaldas. Te vuelves y algo se ilumina. Te tengo al alcance de mi mano. Toco tu nariz, la hundes entre mi camisa (la semitaquicardia se acentúa). Te froto el cuello y al oído en voz baja te ruego irnos pronto porque el departamento me lo prestaron solamente hasta las ocho y media.