Yo arrastrando el maldito problema de encontrar un apoderado que me auxilie en los momentos de déficit y me reciba en su casa, en calidad de alojado, cuando no esté tan enfermo que necesite hospital, pero lo suficiente como para no ser tratado en el pensionado, como decía el formulario. Y yo tomando micros y caminando por allí entre la gente que parece andar toda en busca de apoderados, de certificados, de recomendaciones, de sonrisas, de ademanes desenrollables en simples invitaciones a tomar once en la cámara para los fíjate que tomé té al ladito de Bosco Parra y Gladys Marín, qué mujer más buena moza, por Dios, quien va a pensar que sea tan comunista...”.

Así empezaba el cuento ”Concentración de bicicletas” que ganó Primer Premio en el concurso de Paula en 1969. Carlos Olivárez, su autor, lo incluye en su primer libro, que recién sacó a la venta la Editorial Universitaria. También aparece “No estacionar toda la cuadra”, publicado en Paula 42. Junto a estos dos cuentos el joven escritor sureño publica lo que creó entre 1968 y 1969: “Intendencias del esquema”, “Travelling”, “Matinée, vermouth y noche”, “Y a ti, ¿también te gusta la televisión?” y “Lo que va entre paréntesis no vale”.
Es una literatura joven, tanto en la temática como en el estilo del lenguaje, a borbotones, sin dar respiro al lector, fresco, espontáneo. Olivárez es joven y conoce a los jóvenes. Penetra en sus cuentos un mundo particular de amores iniciados entre estudios de Camus y conversaciones en el casino universitario; de provincianos que llegan y se sienten indefensos como “una bicicleta sola en el medio de la alameda” y deambulan buscando apoderado, una pensión, llenando formularios y dibujando circulitos: “No vale de nada que te detengas a pensar en estas cosas en ese preciso momento, ni que te distraigas por haber visto al sol una naricita que nunca habrá de resfriarse, unos senos que dan tantas ganas de volver a la semilla, unas caderas propias de la madre de la humanidad, dignas de un gran señor y rajatablas, porque ahora debes ir a reunirte con una visitadora y seguir hablando las mismas cosas que ya has escrito y dicho con palabras y números claros, pero para los que hay que tener certificados con sus correspondientes estampillas”.
Olivárez escribe de los jóvenes porque los conoce, le interesan. Los personajes que se mueven y aman en sus cuentos son gente joven. Según Alfonso Calderón “a media voz, entre susurros, insinuaciones, gestos y un orden incidental que se torna casi artificioso, el escritor pareciera convencernos de que lo erótico es una formalidad inédita, a fuerza de pureza de los sentidos, de respiración cotidiana y de una espontaneidad que acaso es su mejor arma...”. Escribe Carlos Olivárez en "No estacionar toda la cuadra": “Es lunes por la tarde y vienes a buscarme. Ya me has contado que han habido otros juanes que te conocieron primero y que ni cortos ni flojos supieron aprovechar el tiempo que ganaban. Que estuviste trabajando. Que a los dieciséis tenías una moto. Que los Beatles te provocan sensaciones. También has tenido la valentía y la crueldad de contarme lo otro. Yo aprieto las mandíbulas. El Arlequín está pensando. Miro por la ventana y te veo, allá abajo, caminar rápidamente. Estás pasando justo bajo mi mirada. Pulsas el timbre. Tomo los cigarrillos y bajo”.
La primera vez que lo entrevistamos Olivárez no quería nada con los libros, renegaba de ese tiempo en que pensaba que para escribir un libro había que leer trescientos. Quería vivir solamente, decía. No le interesaba la literatura por la literatura. Ahora lee como condenado. ¿Cambió de opinión? Dice que algo, que todavía sigue pensando que vivir es lo importante pero también lee. Tal vez lo hace porque no está escribiendo. Explica que ya nada en Chile puede ser como antes, que los escritores deberán aportar un tipo de libros que no se sabe ciertamente todavía cuál será, que el escritor tiene que cambiar aunque no sabe en qué sentido. “Pero nada puede ser como antes”, ratifica. En este compás de espera, miles de ideas le dan vuelta por la cabeza. Pero a lo mejor pasará un tiempo antes de que las veamos en letras de imprenta.