PERIODISTAS ESCRITORES/ ESCRITORES PERIODISTAS

 ALEJANDRA COSTAMAGNA

 

¿Escritor periodista o periodista escritor? La pregunta podría ser ¿médico ginecólogo o ginecólogo médico? La respuesta es la misma: ¿Qué puede importar menos que la nomenclatura y el orden? ¿Qué podría extraerse de esta nueva casilla? La única medida posible es, para mí, el lenguaje. Ésa es la materia prima, el cuerpo del médico-ginecólogo-médico; la espada de pluma del escritor-periodista-escritor. Lo otro es epidermis. Pero hagamos un alto, está bien, convengamos en fijar reglas, en decretar algo -premisas, verdades mentirosas, teorías periodístico literarias- a partir del irresistible encanto de la subjetividad. Vayamos por evidencias:

Evidencia uno. Quien escribe es, potencialmente, un escritor. Y lo que un escritor escribe es, potencialmente, un texto literario. Pero los escenarios y los formatos varían: ahí aparecen el periódico, la revista, la novela, la antología. El molde narrativo. Entonces todos los hechos noticiosos, todas las historias de la vida y de la muerte pueden ser materia de periodismo narrativo. La diferencia está -una de ellas, digamos- en que el periodismo opera con verdades generales y la literatura, en cambio, trabaja con la propia y personal verdad del escritor.

Evidencia dos. En todo caso, si existe un margen entre periodismo y literatura éste se manifiesta en el carácter del texto y/o en el tropiezo con la pupila del lector que fija las casillas. Quiero decir que todo material literario puede llegar a volverse bastardo en algún momento. Puede morir de lugar común, de síndrome de altura o de simple inoperancia. Pongamos como ejemplo lo que ha ocurrido tantas veces con la disidencia cultural. Aparece y la aplaudimos. Pero viene el sistema y se la come. Y la disidencia -porfiada ella- vuelve. Y el sistema y la disidencia y el sistema y así. Es el aparato oficial del mercado, que intenta fagocitarlo todo y anular la crítica y perpetuar así un mismo esquema: instar a los escritores a que se preocupen más de ser escritores que de escribir y a los periodistas a reproducir el cable, a no revertir nunca más la pirámide, a quedarse en las doble ve.

Evidencia tres. Lo ha dicho el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez: “El periodismo narrativo busca producir un proceso de identificación entre el lector y la noticia que se está contando”. Y pone un ejemplo: “Decir murieron cien personas en terremoto en Bangladesh no es lo mismo que escribir Shakir Bandar, de cinco años, estaba jugando con una pelota de trapo cuando una ola gigante se le vino encima, se llevó su casa y lo mató junto a otras cien personas”. Para Eloy Martínez no hay distancias entre periodismo y literatura. “Esa relación”, dice él, “se divide cuando ocurre el encuentro con el lector, pero el que produce un texto es siempre un escritor y su producto es literatura”.

Evidencia cuatro. El periodismo puede ser un buen albergue. Una revista como Ajoblanco, un diario como Página 12 en sus inicios, muchas de las publicaciones de nuestros cadáveres predemocráticos como Apsi, son literatura a secas. Veamos: “Escuché por primer vez a Tchaikovsky cuando tenía catorce años. Eran los tiempos del paleo franquismo y mi edad biológica no respondía a mi edad mental, que era mucho menor. Nada sabía de música. Sólo padecía de un inicuo entusiasmo por los boleros y pasodobles con que Radio Nacional (más bien Nazional) y sus tristes satélites de provincias recreaban a un país que no podía contar aún sus muertos. España filmaba su historia en gris y negro y sólo los toreros y los generales tenían derecho a vestirse de colores. Era un tiempo para llorar”. Así introduce Rafael Otano su crónica en Apsi sobre Tchaikovsky. ¿Periodista escritor o escritor periodista? Buena cantera y punto. Pero, cuidado, que el periodismo puede ser también un basural. Escribir en periodistés puede matar cualquier germen de literatura. Si el siniestro se desencadenó en horas de la madrugada y se informó de que las víctimas fatales no fueron identificadas y de que hay seguros comprometidos, entonces probablemente estemos asistiendo al fin de la literatura.

Evidencia cinco. Cuando se habla de periodismo narrativo aparece Truman Capote como evidencia sustancial. Abro comillas otra vez y las centro en el inicio de “A sangre fría”: “El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.// Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí... es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número cincuenta y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso –BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende”.

Evidencia seis. Quizás uno de los mayores atractivos de la literatura sea la posibilidad de provocar la sensación, siempre algo azarosa, de que lo narrado realmente ocurrió, o va a ocurrir, ahora, mañana, aquí, en la hora de nuestra muerte, en cualquier momento. El mayor atractivo del periodismo es, a la inversa, la invitación a escuchar el relato de la realidad, a asistir a puestas nuestras puestas en escena domésticas, a ligar nuestras existencias con las de esos personajes de la crónica real, a ligar nuestras vidas con nuestras noticias.

Evidencia siete. La doble militancia entre periodismo y literatura ha sido una práctica permanente. Es casi una constante, se diría. ¿Cuántos grandes escritores no han sido alguna vez periodistas? En el mapa aparecen desordenadamente Jorge Luis Borges, Truman Capote , José Donoso, Gabriel García Márquez, Ernest Hemingway, Javier Marías, José Martí, César Vallejo. Aparece el periodismo narrativo y aparece también la crónica: desde Salvador Novo a Carlos Monsiváis, en México. Desde Joaquín Edwards Bello a Pedro Lemebel, en Chile. Y así.

Evidencia ocho. Alguna vez los escritores pudieron ser relatores de otros mundos, de lo inaccesible. Pero hoy las fronteras físicas ya no existen y muy pocos nacen y mueren junto a los mismos elefantes. Ahora el satélite está ahí para enlazarnos. Entonces viene la crónica, se instala como género intermedio y comienza a articular las radiografías de nuestra historia. No muere la literatura –eso jamás-, sólo cambia la perspectiva.

Evidencia nueve. Detengámonos un minuto en la crónica. Quizás el punto de encuentro más plausible entre periodismo y literatura sea éste. La crónica es el documental; es tomar los hechos y hacerlos relato. Es servirse de la literatura para traer los hechos de la vida real. Lo hace con pericia Elena Poniatowska, por ejemplo, en “La noche de Tlatelolco”. Ahí habla de los trágicos días vividos por muchos mexicanos en octubre de 1968. Un libro para ser oído. Éste es el inicio: “Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos, niños-blanco, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta que el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así el uno junto al otro como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, click, click, click y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando la cortina de satín rojo.// El dueño de la barraca les dio los fusiles a los cuicos, a los del ejército, y les ordenó que dispararan, que dieran en el blanco, y allí estaban los monitos plateados con el azoro en los ojos, boquiabiertos ante el cañón de los fusiles. ¡Fuego! El relámpago verde de una luz de bengala. ¡Fuego! Cayeron pero ya no se levantaban de golpe impulsados por un resorte para que los volvieran a tirar al turno siguiente; la mecánica de la feria era otra; los resortes no eran de alambre sino de sangre; una sangre lenta y espesa que se encharcaba, sangre joven pisoteada en este reventar de vidas por toda la Plaza de las Tres Culturas”.

Evidencia diez. Eloy Martínez tiene una particular teoría geográfica. Él dice que en América Latina el vínculo con la memoria y la verdad es tan próximo que casi casi convierte a los narradores en periodistas. Nuevamente entonces: ¿Escritores periodistas o periodistas escritores? Cito un fragmento inicial de "Operación masacre", del argentino Rodolfo Walsh, quizás una de las primeras novelas de "no ficción" escritas en castellano. Escribe en 1972: "Nicolás Carranza no era un hombre feliz esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar a su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra./ Por un momento, sin embargo, pudo olvidar sus preocupaciones. Tras el azorado silencio inicial, un coro de voces chillonas se alzó para recibirlo. Seis hijos tenía Nicolás Carranza. Los más pequeños se habrán prendido a sus rodillas. La mayor, Elena, habrá puesto la cabeza al alcance de la mano del padre. La ínfima Julia Renée -cuarenta días apenas- dormitaba en su cuna./ Su compañera, Berta Figueroa, alzó los ojos de la máquina de coser. Le sonrió con mezcla de pena y alegría. Siempre era igual. Siempre llegaba así su hombre: huido, nocturno, fugaz. A veces se quedaba una noche, después desaparecía las semanas. Por ahí le hacía llegar un mensaje: estaba en casa de tal amigo. Y entonces era ella quien iba a su encuentro, dejando los chicos a alguna vecina, y pasaba con él unas horas transidas de temor, de zozobra, de la amargura de tener que dejarlo y esperar el lento paso del tiempo sin noticias suyas/. Era peronista Nicolás Carranza. Y estaba prófugo".

Evidencia once. El escritor no es un cero. Y es loable y querible que las miradas se contaminen de citas, de fragmentos de la sociedad para travestirlos luego como ficción. El alimento de la palabra escrita es la misma palabra dicha. La literatura debe robar realidad. Los narradores son ladrones de la sociedad, funcionan en los márgenes de un sistema ordenado, catalogado, reproducible. Son, tal vez, parias del discurso del poder. O bien, interpelan al poder desde la imaginación. El lenguaje se alimenta tanto de la experiencia como de la lectura, tanto de la calle como del escritorio. Y en este juego de equilibrios los escritores aparecen como unas especies de esponjas gigantes que absorben todo. Como voyeristas universales. ¿Y qué es un periodista sino un curioso exacerbado? Una conversación escuchada en una micro, por ejemplo, puede ser el punto de origen de una gran novela o de una crónica periodística. Una pelea callejera puede cambiar radicalmente el curso de un cuento en proceso de escritura o de un reportaje semanal. Con esto quiero decir que las atmósferas reales afectan los procesos creativos de cualquier escritura y eso tiene que ver no sólo con lo que se lee sino también con lo que se escucha, con lo que se ve en la pantalla, con lo que se vive en la calle, con lo que articula la historia cotidiana real.

Evidencia doce. Volvemos a la dicotomía realidad y ficción. ¿Cuál supera a cuál? ¿Imitar la realidad? ¿Escapar de la realidad? ¿Distanciarse de la realidad? Yo postulo una vía intermedia: asumir que la realidad es un referente y olvidarse un rato del tema al escribir ficción.

Evidencia trece. Experiencia personal. Declaro que practico la doble militancia entre el periodismo y la literatura. Y que trato de vivir en, con y desde los dos oficios. Y que la literatura es la fiesta y el periodismo el cable a tierra. Y que generalmente intento estar más tiempo en la fiesta que en la tierra. Y que a veces paso de largo y no vuelvo de la fiesta. Y que a veces para ir a la fiesta hay que sentarse frente a una pantalla y esperar que te vengan a buscar. Ya aparecerán.

Evidencia catorce. Dicen que Unamuno decía que el periodismo mataba la literatura. Yo iba a hacerme cargo de semejante acusación, pero me arrepentí. Yo me limito a decir entonces que cualquier oficio puede morir si uno lo deja morir. Y el culpable puede ser el periodismo o cualquier otra arma mortal.

Evidencia quince. Casi me olvidaba de una perogrullada: hablar de la objetividad. Pero todos lo sabemos: la objetividad no existe. Lo dijo con más desenfado Eloy Martínez: "La objetividad es un mito inventado por las agencias de noticias". No hay objetividad en la realidad ni en la ficción. Seleccionar palabras ya es un acto de plena subjetividad. Esto que digo, todo esto que he estado diciendo ahora, de hecho, no tiene nada de objetivo. ¿Periodismo o literatura? ¿Qué puede importar un nombre?

Presentado en el Tercer Seminario Sobre Periodismo y Literatura
Escuela de Periodismo UNIACC
Enero de 2003

 

 
 

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