El turno del odio ha llegado o más bien, ha reinstaurado su tiempo:
por las calles lo celebra un desfile del Ku Kux Klan
que ha salido de sus cloacas con sus cruces de fuego en las que arden las utopías.
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Hileras del horror por doquier,
voces de la esvástica de nuevo pisando cabezas,
al fin coronas recién levantadas ya sin esconderse o disimular su paso.
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Mueren los viejos profetas, uno tras otro
han caído los muros pero otras murallas, con la sangre de los lapidados,
los que no pertenecen a la esvástica,
con la fuerza del odio soterrado, madurado en la sombra y en la apariencia,
buscan levantarse.
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El nuevo profeta, quizá el falso del que tanto se temía,
provee de ese fuego de odio a sus hijos:
un antiquísimo, pero indestructible fantasma recorre el mundo.
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Y el miedo, el miedo circunda alrededor del planeta,
los niños temen el gran hongo de la destrucción, su pequeña memoria inundada por el temor
porque en ella se ha asentado el cataclismo, sus visiones.
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Y el odio se extiende. Naciones enteras son amenazadas en su línea de flotación
sin importar los miles de rostros, de historias que serán destruidas.
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El profeta querrá el mundo para sí y los suyos y lo demás deberá ser destruido. Querrá un reino sobre escombros, sobre un apocalipsis adonde sólo su estirpe perdure.
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Los mercados tambalean, la burbuja económica levita en la incertidumbre,
todos temen
y apenas comienza el reinado.
Apenas comienza y otros discursos, hijos de otros dioses, dioses que odian Occidente, se
atrincheran y amenazan.
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Pero todos se atrincheran en el frío, aún sin saber qué combustiones, qué pertenencias guardar,
hacia dónde dirigir su resistencia.
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Y apenas comienza el reinado.