Me declaro como un poco asiduo lector de Jean-Luc Nancy. Tengo en mi cabeza a lo menos tres libros de este pensador en mi cuerpo.
El libro de Carlos Roa elabora un mapeo de los principales ejes conceptuales de Nancy tanto para el lector inicial como para el experto. Ahora, este mapa tiene como diálogo interno la cuestión de la ontología y el de la comunidad, principalmente. Dos nociones claves que han sido instaladas en la discusión postestructuralista hasta hoy. Este libro, Jean-Luc Nancy. De camino a la comunidad. Origen y decurso del ser en común, absorbe las líneas de pensamiento en un contexto en donde un filósofo como él, funciona en su aparataje contextual. El primer capítulo aborda el sentido filosófico, en dónde y hacia dónde tienen efectos los conceptos de Nancy en el quehacer de la reflexión. De sus parámetros nietzscheanos a los marxistas, llevándolos en la práctica de su presente histórico como son las guerras y los conflictos étnicos. De las conferencias, grupos de estudio, complicidades y dimes y diretes con otros filósofos de la época. El segundo capítulo es sobre lo político. El sentido de la comunidad “inoperante” sin centro de un discurso común que dé cuenta de un proyecto colectivo que, a su vez, ha sido anclado en presencia de nuestras narices por el poder.

Jean-Luc Nancy
De ahí nacen preguntas: ¿existe un ontos común desde las diferencias? ¿Se lucha o combate al poder, siendo este la única herramienta para cambiar la realidad? ¿Existen otras maneras de ejercer el poder que no sea por la coaptación de los deseos colectivos? ¿El arte es un síntoma o una bandera de lucha que nace solo como pulsión de una hegemonía de control? ¿La comunidad es solo una manera diplomática de agrupar personas en un bien colectivo, el cual, ha sido incapaz de producir sus propias herramientas políticas y estéticas? ¿Lo comunitario es un acuerdo para sostener el infantilismo del poder sobre las masas? Qué novedad hay en el pensamiento de Nancy en estas elucubraciones: este filosofo responde a su manera de entender la historia y ésta es europea y, con todo lo bueno y malo de eso, se puede sacar al limpio que él entiende o entendió al mundo como ser pensante europeo, que el marxismo ha sido una metodología común que luego rechaza ; que, en su contexto posmo, asume la discusión del poder desde la gestión burocrática de la democracia insistiendo en lo ontológico, a pesar de los abucheos, como una manera posible de autorepresentarnos; que aun crea que el espacio académico puede crear una reflexión social o es solo otra burocracia más en la política de los acuerdos. Si y no, para mi Nancy es todo eso, pero también es un laberinto. Lo digo así, porque él se sale de la autoridad conceptual del filósofo, sabe sobre el principio político de Platón con los lucidos sabios (de ahí la palabra filósofos) a cargo del devenir social es puro autoritarismo. Eso y más, al leer el libro de Carlos Roa Hewstone, imagino a Nancy pensando en la comunidad con otras maneras que la misma historia tiene. Sin parecer indigenista, son estas mismas comunidades que han resurgido por sus modos de convivir colectivamente. Quizás Nancy es producto de su época y el devenir de la historia sea solo eso, un vaivén entre el poder y los desprotegidos. El tercer y último capítulo es el centro del libro y trata sobre la comunidad. El panorama es este: la democracia tal y como la hemos sostenido en Occidente es una administración que necesita ser desarrollada por el poder y de ahí su perpetua existencia y hoy, su agonía. Espantan los reductos conceptuales de Heidegger y, de pasada, la caricaturesca máscara del concepto de identidad, que en tantos libros hemos leído desde los 90 hasta hoy sin mayor aporte que la garantía de los académicos en formar una cumbre del pensamiento desde este insólito concepto.
Personalmente, mi entusiasmo como lector fue la de congeniar con dos conceptos, el de retrait y, obviamente, el de comunidad. El primero, el cual comparte con Lacoue-Labarthe, seduce su apertura a distintas miradas, desde el retrazo, retrato y retorno, según la potencia de la traducción sea equivalente para generar acercamientos o distancias con lo que esta palabra pueda o no significar: una imagen del momento del espacio/tiempo de la realidad histórica. Y como esta puede o no descomponerse, desinflarse o perseverar de acuerdo a los contextos. Lo dejo ahí para no entorpecer a los futuros lectores. Por otro lado, la palabra comunidad: se asume como un dispositivo ontológico más que metafísico. Ahí hay otra discusión que el libro la relaciona con los personajes claves de la época. Mi interés es cómo entiende en la praxis política esta palabra. Para Nancy, es algo así como la coexistencia de singularidades. Aquí es donde cierra un poco este derrotero, ya sea por tiempo o por energía, a través de la democracia nietzscheana. Digo que lo cierra y el pensamiento tiene el costo del tiempo, ya que, sin querer, es lo que justamente es urgente hoy. Más que la comunidad, es pensar la singularidad en un mundo digital, en donde una noción de lo humano se cierra y entra otra. Nancy llegó donde tuvo que llegar no más. Pero su pensamiento se potencia por sí solo en el tiempo. Es provocar preguntas actuales, necesariamente incomodas si lo que entendíamos por sociedad, ser humano, ecología y arte son un valor en el tiempo o son parte de la catástrofe de la historia.