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Crítica a “Litoral central” de Diego Alfaro Palma: El viaje tempestuoso que nunca acaba

Por Francisco Marín Naritelli
Publicado en El Mostrador, 2 de Febrero de 2018



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“Litoral central’, que cuenta con ilustraciones de Claudia Sanz, en definitiva, redescubre lo propio, esta vez desde la propia biografía del autor, por eso lo hace a la vez tan íntimo y universal, recusando una falsa transparencia, la de la ciudad neoliberal y sus prebendas, la de la tiranía del cemento donde importa el progreso ilimitado, el futuro, la plusvalía, el lucro, el pretendido conocimiento, la globalización, a partir de la destrucción de la naturaleza, del pasado, de la comunidad, de los pueblos”, señala en este comentario Francisco Marín.

“El río está adentro nuestro, el mar nos rodea por todas partes”, T. S. Eliot.

Con epígrafe de Roberto Matta, el nuevo libro de Diego Alfaro Palma, “Litoral central” (editorial Libros del Pez Espiral, 2017), nos sumerge, nos envuelve en un imaginario particular. Ya habíamos dicho con ocasión de sus anteriores trabajos, “Bolsas” y “Tordo”, la presencia de una ecología, que vuelve a las raíces, que afinca un espacio minimalista, profundo y reflexivo.

“Aunque te diga que no dejo los lugares como libros sobre el velador/ Me senté a ver las montañas hasta aprender el sonido de los pájaros” (poema “Especiero”, pág 11).

“(…) y te acompaño a mirar la ciudad encender sus luces/ en la alfombra creo reconocer el bosque del que estás hecha/ te digo hay robles peumos y boldos para regenerar la tierra/ y una flor de azahar me respondes una flor de azahar una flor de azahar y me calmo” (poema “En el bauen”, pág. 17).

Prescindiendo de signos de puntuación y de métrica, casi como una avalancha o un río subterráneo, aunque no menos cadencioso, Alfaro Palma nos habla de plantas medicinales, de manchas de pintura que crean animales en la pared, de Quintay donde había un puerto ballenero, de barcos, de trenes, de mineros, de su papá y de su mamá, de su tío Vittorio, de sus abuelos, de lecturas y películas, de recuerdos. Hay en este libro un retorno, una infancia que habla desde el poeta, un pasado en constante diálogo con la actualidad, y que pervive en las imágenes y en las palabras. Casi como un ejercicio circular de aquel niño tímido “que juega solo en un jardín”, y que araña la tierra “para crear un río falso y siembra cebollas en miniatura para alimentar a sus soldados”.

“Prefiero esta soledad en la que acompañan las cosas cuando pasa su tiempo” (poema “En el bauen”, pág. 17).

“(…) por suerte eso se acabó y el objeto de estudio es uno mismo y cómo debatimos / con nuestros fantasmas (el de todas las navidades sin papá/ la idealización de mi abuelo caminando sobre el parqué)/ si esto de empezar un libro sirve para algo mejor que sea para perderse / y encontrarse” (poema “Aguas vivas”, pág. 24).

Los poemas que conforman “Litoral central” coquetean entre la simpleza de lo evidente y el desciframiento, toda vez que el mismísimo mundo, en tanto afluente, terruño para el autor, es siempre cambiante, oculto y misterioso. No hay un camino terapéutico, paliativo, una razón que calme las conciencias. Aunque una ola sea capaz de voltearte o la arena pueda quemarte la planta de los pies, hay que buscar, vivir y alegrarse “de sentir miedo”. Una voluntad de vivir nietzscheano, donde lo que vale es el autoconocimiento y la autonomía. En este sentido, la poesía de Alfaro Palma es una poesía lúcida, crítica, desde luego, alejada de saberes técnicos, clínicos, muy emparentada con la mitología popular, que no pretende ser adalid de verdad, sino tan expresar sensaciones, pensamientos, dolores, observaciones, preguntas.

“¿Y cómo será vivir dentro de una ballena qué se come qué tanto del mundo se podrá ver?” (poema “Oceánica”, pág. 22).

“Nada es posible de ser asegurado en torno a las corrientes que nos envuelven” (poema “Pequeñas ampolletas de colores”, pág. 13).

“El arte no es remedio ni podrás salvar a ninguno si eso buscas/ este y otros duelos tendrás que vivirlos” (poema “Naufragio”, pág. 35).

“Qué podemos hacer con nuestras desgracias cotidianas /pasarles un paño húmedo hasta que el vapor se deslice lento sobre la pizarra/ no todo es color de rosa y a veces como las estrellas debemos chocar / para que salga algo nuevo / una nueva manera de mirarnos” (poema “Sala de máquinas”, pág. 32).

El lenguaje juega un rol imprescindible para Alfaro Palma. Bien sabemos que en la experiencia misma del nombrar aparecen las cosas designadas, clasificadas, reglamentadas. El autor, valiéndose del lenguaje, vuelve a nombrar, esta vez con un fin específico: volver a des-cubrir aquello que ha estado oculto. O bien, des-ocultar aquello que todavía no ha sido des-cubierto.

“Como dijiste es mejor que no nos preguntemos tanto” (poema “Especiero”, pág. 11).

“La palabra es un ticket de ida y vuelta” (poema “Pequeñas ampolletas de colores”, pág. 13).

“En cada uno de nosotros existen cuartos secretos esos cuartos están saturados / de cosas no hay luz o quizás solo una vela que guardamos por si tiembla” (poema “De las cajitas de Cornell”, pág. 31).
“La poesía es un trabajo con uno mismo / tan necesario como mantener una cuota de rencor contra los gimnasios /adentro el ejercicio es real y se paga en moneda dura” (poema “Verano”, pág. 40).

Alguna vez Martin Heiddeger habló del concepto de “des-ocultar” para referirse a la creación artística, lo que los clásicos llamaban “Aletheia”. “Verdad”, a diferencia de su traducción latina, no significaba aquello anterior, único, indivisible, sino una performatividad, un “salir a la luz”, que implica una conciencia, una responsabilidad ético-político con el mundo que nos rodea. Porque el hombre, para el autor alemán, no es en sí, a contrapelo de la metafísica occidental, es un “estar-siendo”.

El arte supone un compromiso, pero no es un remedio, ni un bálsamo, ni un salvamento. Al contrario, es la afirmación de un viaje, con más de naufragio que de timón firme y trayecto definido. Porque “escribir es captar la vida de las cosas cuando las dejamos de mirar”. Alfaro Palma está advertido.

“Litoral central”, que cuenta con ilustraciones de Claudia Sanz, en definitiva, redescubre lo propio, esta vez desde la propia biografía del autor, por eso lo hace a la vez tan íntimo y universal, recusando una falsa transparencia, la de la ciudad neoliberal y sus prebendas, la de la tiranía del cemento donde importa el progreso ilimitado, el futuro, la plusvalía, el lucro, el pretendido conocimiento, la globalización, a partir de la destrucción de la naturaleza, del pasado, de la comunidad, de los pueblos.

No por nada se vale de Roberto Matta, a modo de epígrafe, para plantearnos a nosotros, los lectores, una tentativa, la más incierta de todas: la invitación a un libro que ya no es el mismo desde que comenzó. “El poeta es un tipo que siempre está arreglando cosas, cualquier cosa”.



 

 

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