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Zen para peatones, de David Bustos

Cristián Gómez O.
En Letras de Chile


Me toca escribir el postfacio del segundo libro publicado de David Bustos. Zen para peatones, una especie de larga introspección en la conciencia relativa del hablante de estos poemas –a ratos nostálgico, a ratos lúcido, otras veces dueño de una extraña lucidez que no proviene de ningún conocimiento sistemático ni sistematizado-, nos introduce en un paisaje lleno de arterias ciudadanas, personajes y epifanías. Pero no se me entienda mal: no se trata de epifanías en las que el hablante o los objetos por él designados (algo hay en estos poemas de adánico), acceden a un conocimiento oculto e inexplorado para el común de los mortales. Por el contrario: aquí las iluminaciones son profanas y los iluminados un voyeur de clase media, esos monjes a punto de morir o los amantes que encerrados en la pieza de una habitación logran “trascender” las paredes de esa habitación.

Tal como en los mejores libros que se han venido publicando en la República de las Letras chilenas, parece que en el libro de Bustos se condensan una amalgama de experiencias que tienen, sin embargo, como marco común la vivencia de un Chile post-dictadura. Y en cuanto escribo y uso el término “post-dictadura” me percato de su insuficiencia: porque parece cierto que la matriz de los sentidos, por lo menos en el imaginario chileno del último lustro, tiende paulatinamente a desentenderse de los eventos de la historia reciente para darle paso a una ¿experiencia? cuyo soporte (o falta de él) es el vivir en una sociedad neoliberal como la de nuestro país en las últimas dos décadas. En otro contexto, pero que aun así nos parece atingente para el de este libro, Francine Masiello se preguntaba cuáles son, a comienzos del nuevo siglo, las armas de la poesía, cuáles son sus tretas y, más importante aún: ¿Qué forma puede tomar el lenguaje al comienzo del nuevo milenio? ¿Cuál puede ser la resonancia de la poesía, en calidad de género marginado por la crítica y por la compra y venta del mercado? A partir de este manual para transeúntes que ha escrito David Bustos, la respuesta a las anteriores interrogantes pueda arrojarnos alguna luz sobre la naturaleza misma de este libro. Y es que es precisamente el lenguaje el foco de atención inicial de Bustos, la necesidad (y la incierta posibilidad) de moldearlo a su amaño para alcanzar el poema. Si la lengua es bella es porque un maestro la lava, traza, desde un principio, las preocupaciones generales del conjunto. Aquí se nos avisa de la equivalencia del mundo del poema y del mundo de los amantes, de la sacralidad del trabajo del poema semejante al sacramento del amor. Sin embargo, no se trata de una sacralidad exenta de esfuerzo ni ajena a la misma humedad que define el intercambio de la pareja: ¿el maestro? que clavetea en la última estrofa del poema nos recuerda que esa misma lengua utilizada para lavar al otro, necesita también de reparaciones. A saber: entrar en puntas de pie al poema (como quien entra en un monasterio), encender la luz y hablar en voz baja para poner los remaches y los clavos donde corresponda. La iluminación y/o el orgasmo del lector y/o del o los amantes provendría, entonces, del trabajo mutuo. Y no olvidemos que en el español de Chile la palabra “maestro” no sólo remite a quien conoce a cabalidad alguna materia, sino también a esos imprescindibles maestros chasquilla con los que todos, de una u otra manera, alguna vez hemos tenido que lidiar.

Masiello asevera en su ensayo que la poesía de la década de los noventa “se rebeló contra el idioma pragmático y también contra los confesionalismos y las leyendas heroicas. Los poetas de los años ochenta y noventa investigan los desafíos en la superficie y las profundidades, las máscaras y la identidad, el artificio y el orden. De ese modo, se alejan de las presunciones más estereotipadas sobre los usos funcionales del discurso”. Si esto es verdad y en términos generales podríamos concordar con ello, en el caso de Bustos esas máscaras e identidades, esas superficies que son lo más hondo que se puede ir en el espectáculo virtual de la ciudad postmoderna y/o del espejismo de los deseos, ven morigerado el efecto de sus engaños por el afán desapegadamente contemplativo de este transeúnte en perpetuo movimiento. Zen para peatones, contiene en sí, entonces, una paradoja desde su propio título, i.e., un oxímoron que en su irresolución se presenta como una profunda veta de la cual extraer (no por nada la primera parte del libro se titula “Excavación profunda”) una variada gama de materiales. El nomadismo urbano de este hablante que va desde el recuerdo de sus días de infancia o adolescencia hasta esa verdad que se encuentra entre las piernas abiertas de la joven tendida sobre la cama (Otra perspectiva de la biología), se encuentra en abierta oposición con el tono contemplativo del Zen y su aspiración de alcanzar la comprensión total, la iluminación: el satori. Por suerte Bustos es capaz de vertebrar ambos polos en una solución de continuidad donde el yo particular y ansioso del caminante citadino se pierde, se deja perder, feliz y fervorosamente entre esas calles que son a su conciencia lo que el París decimonónico fue, en su momento, para el flanêur baudelairiano.

Así, por ejemplo, ocurre con Los monjes de una ciudad o en el nostálgico -¿pero nostálgico de qué?- Estado de cuenta. El yo se diluye, el que recuerda se mezcla y se hace uno (todo o nada, el vacío y la completitud) con lo mezclado: entonces el garabateo de las palabras (el hablante insiste en llamarlo “la hierba del artificio:/La superstición de la coherencia y su mala caligrafía” pasa a ser una suerte de ejercicio espiritual para alcanzar un estado de verdad. Esos monjes urbanos son capaces de detenerse (y contemplar durante) toda una semana hasta conocer el nombre de las cosas, cómo cambian de color los autos a la sombra del crepúsculo: lo verdadero, en consecuencia, resulta del contraste entre el negro de la tinta y el blanco –el vacío- impoluto de la página y sus consecuentes analogías: la nieve sobre la cual se dibujan las teclas blancas y las teclas negras de algún piano, la cocaína sobre el telón de fondo de la conciencia.

El budismo zen socava nuestra percepción de la experiencia al afirmar que los individuos, vistos por separado, no son más que una ilusión y que, en realidad, forman parte de un conjunto más vasto. Creo que lo que Bustos pretende es, a través de una metonimia sutil pero eficiente, llamarnos la atención sobre nuestra muy actual y contingente percepción de lo real en el Chile de hoy, en medio de la coyuntura cotidiana y poluida de un Santiago que es, del mismo modo, metáfora de otras ciudades. Cierta teoría crítica se refocila, hoy por hoy, con la proclama de la imposibilidad de acceder a lo real. La massmediatización de lo que entendíamos por tal concepto y la subsecuente transparencia de sus signos lo harían, grosso modo, invisible. Bustos, sin embargo, o el hablante de Zen para peatones, sin embargo, parece persistir porfiadamente en asumir como punto de referencia su experiencia –real o ficticia, presente o pasada– como trazo final de lo que puede validar lo que el hablante (y el lector) entiendan por verdadero. Cuando escribo estas palabras el libro de Bustos físicamente aún no existe. Sin embargo el lector de ellas ya lo tiene entre sus manos. De ese lapso de tiempo consiste, quizás, este volumen. Lo real ha invadido lo real, dice por ahí algunos de estos poemas. Las palabras en la pantalla han devenido tinta, papel, una realidad palpable. Son incapaces, aun así, de recuperar por completo lo que ellas evocan, esa infancia perdida, esa adolescencia tal vez desperdiciada. La resignación monacal y citadina del transeúnte, entonces, se convierte no sólo en el temple y el tono del conjunto: se convierte asimismo en norma vital, en la única ética, de ser posible, que pregona este libro.

 

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Zen para peatones, de David Bustos. Por Cristián Gómez O.
Fuente: Letras de Chile