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EL CASO DE LA REVISTA SANTIAGO (UDP)

Por David Bustos Muñoz

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Que una editorial independiente, o una revista también independiente, que sobrevive a ñeque, no conteste siempre los correos, puede entenderse: en esas instancias prácticamente no existe remuneración. Pero que la Revista Santiago, dependiente de la Universidad Diego Portales —con el afecto que uno pueda tener por varios profesores que hacen clases ahí—, no responda una propuesta de artículo hace suponer que se trata de un espacio cerrado, hermético, donde circulan autores previamente legitimados, sin perjuicio, por supuesto, del valor de muchas de las personas que escriben en sus páginas.

Es una de las pocas revistas que paga por publicar, y no parece descabellado que un escritor quiera enviar su trabajo y publicar ahí. Todos necesitamos, aunque sea de vez en cuando, sentir que a la escritura se le reconoce cierto valor económico.

Me pregunto: ¿cuáles son las convocatorias de esa revista? ¿Son abiertas? ¿Cuál es su línea editorial? ¿Cuáles son sus criterios de recepción, selección y respuesta? ¿Existe un protocolo mínimo para recibir colaboraciones externas? ¿O se trata, más bien, de una publicación cuyo acceso depende de redes previas, afinidades reconocibles y trayectorias ya legitimadas?

La pregunta no es menor, sobre todo si se considera que la revista opera al interior de una universidad que declara, dentro de su propia misión, la importancia de contar con comunidades académicas “estrechamente vinculadas al medio” y de asegurar el “pluralismo” y la “independencia crítica”. Esa definición no debería entenderse solo como una fórmula interna, destinada a regular la convivencia entre estudiantes, profesores y funcionarios. También compromete la relación cultural de la universidad con la sociedad, con sus escritores, con sus lectores y con aquellas voces que no necesariamente forman parte de sus circuitos habituales.

La UDP, además, ha definido la vinculación con el medio como una dimensión de relación con el entorno político, económico, social, cultural e internacional. Por lo mismo, una revista cultural universitaria no puede comportarse como si fuera una isla privada, impermeable a los criterios públicos que la propia institución dice sostener. Si una universidad afirma una vocación pública, esa vocación debería manifestarse también en sus medios culturales: en sus formas de recepción, en sus modos de respuesta, en la claridad de sus criterios editoriales y en la apertura efectiva hacia una comunidad literaria más amplia.

Al parecer, sin embargo, la Revista Santiago funciona con una curatoría de autores bastante peculiar. Podría decirse, incluso, que opera como una pequeña bolsa de circulación restringida: una molécula activa, neoliberal, que administra visibilidad, prestigio y pago bajo una lógica universitaria cerrada, casi como una reproducción cultural de aquello que suele criticarse en otras instituciones. 

No se trata solo de no contestar correos. Se trata de la existencia de una muralla ante la posibilidad misma de evaluar textos que no provengan de un circuito más o menos estable, reconocible en la propia lectura de la revista.

Uno podría preguntarse, entonces, si esa revista funciona como una familia ampliada, donde se cruzan amistades, afinidades, trayectorias compartidas, antiguas cercanías académicas y cenas editoriales en las que se fortalecen los lazos de una cierta cofradía. Todo hace pensar que existe una forma de endogamia cultural que coincide, incluso, con determinadas procedencias, apellidos y estatutos simbólicos, reproduciendo una lógica de élite.

Un lugar donde el editor parece tan seguro de sí mismo que ni siquiera realiza el gesto protocolar de acusar recibo, leer o responder, sino que simplemente administra la entrada y la salida de los nombres sin mayor incomodidad.

Lo que hago es cuestionar el criterio editorial de la Revista Santiago. No la acuso de nada. Simplemente subrayo que ahí parecen reproducirse lógicas que dificultan la participación en igualdad de condiciones: no existe una línea editorial transparente, no hay claridad respecto de sus convocatorias y, al carecer de una política mínima de recepción hacia escritores que no formamos parte del círculo de “los elegidos”, se reiteran las mismas dinámicas de élite que atraviesan este país.

Y aquí aparece la contradicción más visible. Una universidad que se presenta como pluralista, crítica, diversa y vinculada con el medio no debería sostener un espacio cultural cuya lógica de funcionamiento resulte opaca para quienes desean participar desde fuera de sus redes habituales. Si la universidad se piensa a sí misma como una institución con orientación pública, entonces sus revistas, centros, programas y publicaciones deberían expresar esa misma orientación. No basta con invocar el pluralismo como valor general; es necesario preguntarse cómo ese pluralismo se verifica en los dispositivos concretos de circulación cultural.

Finalmente, no se trata de mí. Se trata de una universidad que sostiene un medio literario y cultural que, precisamente por depender de una institución universitaria, debería acogerse a criterios de igualdad, mérito, transparencia y apertura. O, al menos, debería intentar borrar cualquier huella de endogamia.

A mi entender, la Revista Santiago no cumple con esos criterios. Estabiliza una idea de “los elegidos” y, en consecuencia, anuda la figura de los iluminados. En ese gesto se extravía respecto de los mínimos éticos a los que toda universidad, por muy privada que sea, debería aspirar.

No se trata de un grupo de amigos que tiene una revista. Se trata de una revista que opera dentro de una institución universitaria. Y, en este caso, la revista parece tener todos los rasgos moleculares de un ente autónomo que termina contradiciendo la responsabilidad pública de la institución de la cual forma parte.

Porque una revista universitaria no solo publica textos: distribuye legitimidad, administra acceso, produce escena cultural. Y cuando esa administración se vuelve cerrada, silenciosa y poco transparente, deja de ser un simple problema editorial. Se convierte en un síntoma institucional.

 

 

 

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