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La res: la cosa, el cuerpo

(Presentación del libro "La res a trozos trazo", de Damaris Calderón Campos.
Centro Cultural Camilo Mori, El Quisco, 10 de septiembre de 2026)

Por Ernesto Guajardo Oyarzo

 

 

Todo libro de poesía tiene más de una lectura posible, esto es evidente. Más aún en el caso de un libro de poesía visual.

La res a trozos trazo, de Damaris Calderón Campos es un claro ejemplo de ello.

Varias coordenadas de sentido se pueden proponer sobre este conjunto de poemas visuales que, a veces, nos sugieren mapas posibles, cartografías culturales y emotivas sobre un tránsito ininterrumpido.

 

 

La obra se inicia con la figura de Apollinaire y, en ella, una referencia que nos parece fundamental: la mención al Huevo de Simmias, es decir, la referencia a uno de los primeros poemas visuales de la literatura occidental, realizado por el poeta y gramático griego Simias de Rodas, alrededor del año 300 a. C. Consideramos que es una referencia central, por algo que desarrollaremos algunas líneas más adelante, pero que podemos anticipar con lo que este propio poema aporta: Huidobro creyó que había inventado el caligrama, también lo creía Apollinaire. Hacernos observar el huevo de Simmias ya desde la primera página pone en tensión esta urgencia por la originalidad y el necesario reconocimiento de su genealogía.

En este poema se puede leer: «capas de letras», y esta sugerencia también queremos rescatarla en esta ocasión, porque la sedimentación de lo poético establece los niveles de lectura posibles, del mismo modo que lo hacen las direcciones de lectura: un poema visual se lee en movimiento y, en este libro, ello implica «navegar» en la página, orientando el objeto libro según la dirección propuesta por la poeta, intuyendo dónde se encuentra la continuidad del verso o bien arriesgando una lectura propia, «rearmando» las disposiciones, las direcciones de las palabras que no solo dicen, sino que también dibujan.

No solo existen referencias a algunos autores en relación al propio proyecto escritural, como es el caso de Apollinaire y Huidobro, también existen menciones a otras destacadas figuras de la literatura universal, a través de las cuales la autora revisita la propia práctica y su entorno, proponiendo una reflexión con la cual regresa sobre su propio oficio. Virginia Woolf es un ejemplo de esto.

Un poema visual nos presenta a Huidobro, a Altazor Cid. Imposible no pensar en la novela Mio Cid Campeador. Hazaña, publicada en 1929. 10 años después Pablo Neruda vendrá a iniciar su vida en Las Gaviotas, hoy Isla Negra. Y, en algún momento de la década posterior a eso, Huidobro, junto a varios de sus amigos, planificaron un asalto a la casa nerudiana. Para ello, según relata Mario Ferrero en Escritores al trasluz, se dirigieron a Llo Lleo, para armarse, ocuparon para ello antiguos utensilios que tenía Domingo, hermano de Vicente: yelmos, espadas, armaduras. Una vez preparada la comitiva se dirigieron hacia su destino, a caballo, por cierto, pero el calor y esa vestimenta fueron mala combinación: abortaron la misión en Cartagena, y pasaron a un destino menos poético, pero no por ello menos satisfactorio: beber cerveza.

Así que, efectivamente, al menos por unas horas, Huidobro sí fue nuestro Cid litoraleño, como diría Pablo Salinas.

Suceden a estas siluetas literarias tres poemas visuales inspirados en las aves. Constituyen, por sí mismos, un espacio diferenciado en la obra y, evidentemente, sus trazos y sus palabras se intersecan con la exposición que hoy día se ha inaugurado.

Altazor, no lo olvidemos, es un neologismo que nos remite a un alto azor, y el Canto VII de dicho poema nos entrega el «dialecto de pájaros», al decir de Patricio Wang, quien musicalizó estos versos. Dialecto y no lengua porque, también se sabe, «Los pájaros cantan en pajarístico, / pero los escuchamos en español». (Juan Luis Martínez, dixit).

Otro conjunto de poemas nos presentan a la mujer, en forma y fondo, con una potencia que es característica de la obra de Damaris Calderón cuando ingresa a este tópico, «mujer mía de mí», mujer de «lengua muerta», pero también una mujer que nos dice: «no tendré desolación»; «no seré vencida», «todas las nubes son mías», y, junto a ello, la mujer como un territorio, al costado de una isla, un archipiélago, un océano; representaciones de la mujer que, también parecieran mapas posibles, cartografías sensibles de dolores, alegrías, anhelos y padeceres.

Y este tránsito lleva de manera directa a la patria, o a la matria, más bien. A una de ellas. A Cuba: «los niños crían escamas», «las puertas / las ventanas / se van», «en mi país todas las cosas se van al mar», nos dice en el primer poema que aborda esta hora oscura. Un poema que antecede al poema visual más doloroso de este libro, el mismo que es su imagen de portada. «Cuba la res sacrificial», «el país se llena de moscas». En las costillas de la res las palabras «sacrificio», «heroísmo», «resistencia». Ni patria, ni matria, entonces, país. Un país que desgarra, que duele a la distancia. He aquí el título del libro. He aquí el grito contenido, el temblor, la lágrima, el rostro tenso y las manos nerviosas. Y en este punto preciso es cuando uno titubea al escribir estas líneas. ¿Qué se puede decir, desde acá, en este momento cuando escribo en el notebook y puedo conectarlo a la electricidad sin mayores problemas? «En mi hambre mando yo», le dijo una mujer a un amigo cuando a él, turista en la isla, le dio por pontificar el qué hacer.

Los poemas finales de este libro dialogan con el poema inicial: «La tradición es la vanguardia de los muertos». El verso acompaña unas huellas ennegrecidas. En la página siguiente, las huellas, blancas, solo existen por su silueta, y el verso que las acompaña es: «La vanguardia es la tradición de la ruptura». La poeta nos remite a Antoni Tapiés y yo pienso, no sé muy bien por qué, a decir verdad, en aquella otra cita, esa que dice: «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Y pienso también en la figura del ángel de la Historia, de Walter Benjamin, quien a su vez contemplaba el «Angelus Novus», de Paul Klee.

Y es así, entonces, como el tránsito propuesto ha finalizado y ante los ojos se han desplegado búsquedas, relaciones, tensiones, referencias y, sobre todo, registros emotivos de lo que sucede, de lo que permanentemente está ocurriendo. Ante esa materia en movimiento constante, cada uno de los poemas visuales que componen este libro emergen también como cartografías, como mapas posibles de interpretación y apropiación de lo realmente existente e, incluso, en el acto de la lectura, parecieran llegar a constituir brújulas: nos invitan a buscar un norte posible, aquello que nos permita algo de paz, de encuentro, de abrazo.








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