El pasado martes 30 de junio se presentó la novela YO, PARIA. UNA NOVELA EN BLOCKS del periodista, librero y magister en Literatura Latinoamericana, Darwin Caris S., iniciando su debut en la literatura y sumando un nuevo título al emergente catálogo de la editorial Pluma Negra Ediciones.
Decidido a aventurar una escritura donde la ficción otorga posibilidades para moldear los materiales de trabajo que suministra la realidad, la novela se caracteriza por poner en circulación una polifonía de voces en que hombres adolescentes y vecinas y vecinos de blocks en el poniente del Santiago de 1992, año de transición política, se desenvuelven en un mundo donde la violencia cotidiana se asimila a un pequeño infierno: un anciano abusador de pasado oscuro oficia como una de las voces que guía el relato. A él, se enfrenta el a veces ingenuo Damián, que encerrado en su dormitorio da rienda suelta a una serie de monólogos con los que pretende aliviar su presente de adolescente homosexual abusado y, así, soñar con un futuro de actriz/actor/periodista en el que pueda vivir el amor, sin apellidos, con su vecino Nelson, un hombre casado que, en el desarrollo de la trama, va mostrando interés en experimentar experiencias homosexuales.

Esta historia de abusos en que adolescentes colocan sus cuerpos como moneda de cambio y en que uno de sus protagonistas transexualiza sus esperanzas de amor y de futuro son los marcos donde se sitúa esta novela cuir.
“Yo me considero un heredero de la tradición literaria chilena en que, como el gran José Donoso, pequeños infiernos y mundos cerrados habitan en cada casa. Por eso decidí que los blocks eran el marco escénico referencial para que, desde ahí, explotara esta historia que es oscura pero también tiene muchos guiños al pop de los noventa, que fue una etapa tierna pero también terrible. Eso desarrolla la novela, esa dualidad e incertezas en que crecimos los que ahora tenemos 50 años y más, esa imposibilidad de encajar, aún más si desde siempre tuviste claro que la homosexualidad iba a ser tu lugar”, señala el autor.
La editora de Pluma Negra Ediciones, Elizabeth Iturriaga Álvarez destaca: “Darwin Caris construye una novela profundamente humana, donde la polifonía de las voces no es un recurso estilístico, sino una forma de devolverles identidad a quienes rara vez ocupan el centro del relato. Hay una escritura consciente de su territorio, de su tiempo y de su memoria; una prosa que transita entre la crudeza y la sensibilidad sin perder nunca autenticidad”. A esto lo complementa lo que comenta el escritor y activista sexodisidente, Juan Pablo Sutherland: “Yo, Paria. Una novela en blocks” de Darwin Caris se ancla en un tiempo complejo, inestable, con cierta esperanza en un Chile que espera salir de la dictadura afirmando ese eslogan noventero de la “transición democrática” o más bien sin metáforas como un retrato de los 90 en postdictadura (…) El autor es notable en su habilidad con los giros de lenguaje marica o jerga sexual periférica en medio de cultura popular”.
Darwin Caris recalca que trabajar con el lenguaje y, para él, ciertos hitos de la cultura popular de los años 80 y 90 no es solo una escenificación, también es “arrimarse a todo a eso que a uno lo constituye no solo como hombre gay, es tal vez traer al recuerdo lo que a uno lo salvaba de la burla y la vergüenza por reconocerse maricón”.

Extracto:
Del Cap. 7: BLOCK C
SI YO NO PUEDO AMAR…
Estar enamorado.
De amor me habla el pendejo. ¿Él andará enamorado de algún tontón por ahí o se calienta con el famoso Nelson? ¿Por qué? ¿Porque es más joven, más ancho, más macho? ¿Porque ese bulto que muestra como trofeo le despierta lo que yo no les puedo despertar a esta tropa de cabros cochinos? ¡Pero si yo no puedo amar!, no no no. ¿Quién dijo que los maricones podemos amar? ¿Quién sueña con la vida de un maricón?
Yo sé que estoy maldito: por viejo, por feo, por maricón. Porque le hago daño a la gente y a Dios. Yo no debo ser. Yo no debí ser, pero se dieron las cosas y no me pude despegar de ese olor que llevo pegado a la piel. Esta piel añeja, rancia, cochina, manchada. Me pongo frente al espejo y me doy asco. El poco pelo lo tinturo con los menjunjes que compro en la farmacia de la esquina. Tapo las canas como quien cubre sus pecados en el rezo diario, mordiendo la hostia de las maldiciones que me caen desde el cielo.
Me da vergüenza mirarme: el espejo no miente. Nunca me mintió. Siempre me devolvió la imagen de lo que nunca quise ser. Me devolvió un escupitajo de advertencias para no olvidarme de lo que fui. Un maricón. Un maldito. Un cochino. Un viejo “hediondo a paño de cocina sucio”.
No sirve que todos los martes y viernes me bañe con sal. Que, en la ducha taponeada de sarro y hongos, me cubra el agua calientita para que la sal se lleve “la mala vibra”, como dicen ahora las brujas que uno ve por televisión. Que se vaya la mala suerte como decimos los viejos, que no se siga pegando en mis huesos. Que esta agüita que corre me deje fresquito, limpiecito, perfumadito como una guagüita linda. Que me deje bonito como mi Camilito, tan frágil, pero con esa piel limpiecita, sin ningún granito ni ninguna espinilla como los otros cabros que vienen a sacarme plata después de la chupá. A mí no me engañan esos cumas, esos pajeros calientes que andan haciéndose las monedas por aquí y por allá”.