El libro “Palestina Infinita” muestra y demuestra cómo se gestó tramo a tramo la impunidad que dio origen al genocidio del pueblo palestino. Yasna Mussa ha elaborado un texto fundamental pues no sólo despliega a lo largo de su libro cada una de las instancias internacionales que propiciaron la ocupación, sino también cómo se fue consolidando políticamente el progresivo estado policíaco sobre los cuerpos a partir de 1948. Desde esa fecha los habitantes fueron despojados de sus casas, relegados a campamentos, vigilados, obligados a un creciente sometimiento en su habitar.

Yasna Mussa a través de su tránsito territorial, siempre complejo y más aún, peligroso, sitiada por la agresividad fronteriza, aborda lo que significa la palestinidad dentro del territorio, pero también explicita, a partir de sus entrevistados, de qué manera las generaciones nacidas fuera de Palestina, están emotivamente invadidas por la imposibilidad del regreso, pero se sienten pertenecientes a un territorio cada vez más afectado por la destrucción humana y material de Gaza.
Una tragedia que opera como breve y leve noticia en la televisión chilena, informes que sólo dan cuenta, sin emoción alguna, de las cifras diarias de muertos. Noticiarios que colaboran con la naturalización de la masacre, de los crímenes, las bombas, los restos de los edificios, los niños muertos, las mujeres, el hambre.
Sabemos que parte importante de la población del mundo protesta, que existe una creciente solidaridad social pero también sabemos que los poderes europeos y estadounidenses evaden y, más aún, en una secuencia reiterada, reprimen y catalogan las protestan como antisemitismo. Porque como lo señaló Edward Said en una conferencia el año 1998 : “El problema no es sólo la ocupación israelí, sino también la ocupación discursiva que hace Occidente al definir qué puede decirse sobre Palestina, quién puede hablar, y qué voces son silenciadas”
Yasna Mussa cita en su prólogo la siniestra e irónica propuesta de Donald Trump de convertir a Gaza en una especie de “resort”. Así, en apariencia, frivolizó la tragedia a la que ha contribuido Estados Unidos, pero, desde mi perspectiva hay que analizar su aparente ironía, palabras con las que de manera explícita el presidente Trump se refirió a un aspecto que es central en el ataque a los habitantes de Gaza.
Se trata de una política mancomunada con Israel que favorece intereses y que contempla la muerte de los habitantes para fortalecer y ampliar intercambios económicos múltiples y, desde luego, globales. Esta posición habla de una nueva forma de neocolonialismo ampliado, regido por la tecnología digital ejercida en el marco del capitalismo globalizado.
Es así porque los intereses europeos cuidadosa y silenciosamente ejercidos, sumados a los estadounidenses, incluidos algunos países árabes, apoyan la necropolítica que Israel ejerce sobre palestina no sólo para acumular territorio sino también para exhibir su poder ante el Medio Oriente y, a su vez, ampliar su espacio en la soberanía digital armamentista. Achille Mbembe en su libro “Necrópolitica”, afirma: “La soberanía significa la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte. Pero en la necropolítica, esa soberanía está intensificada por las prácticas de exterminio y exposición a la muerte”.
David Harvey ha elaborado de manera extensa la tesis de acumulación por desposesión pensada por Marx, para definir el capitalismo y sus operaciones. Pero habría que pensar que no se trata en este caso de un colonialismo, digamos, tradicional por parte de Israel, sino de una forma de poder, como ya lo señalé, aliado a otros territorios (Europa, Estados Unidos, Emiratos Arabes, Arabia Saudita) que convierten a Palestina en un pueblo que puede y debe morir, una forma de necrocapitalismo, donde la acumulación se expande, pero lo más importante, se comparte mediante vínculos petroleros, gaseoductos y la mundialización tecnológica.
Hoy Gaza es sede de muerte y destrucción. La masacre más pública y dramática del siglo XXI, niños muriendo por desnutrición, una ciudad escombro que alberga un número indeterminado de cadáveres en su subsuelo. Desde luego existen voces que exigen terminar con esta espantosa destrucción, movimientos de paz y ayuda humanitaria, pero nada es suficiente porque Israel forma parte, de manera evidente, de la hegemonía tecnológica armamentista. Ahille Mbembe en el libro ya mencionado aborda la matriz de la necropolítica y nos permite pensar hoy mismo a los sobrevivientes en Gaza: “Los cuerpos son mantenidos con vida en condición de muertos vivientes, una forma de existencia que ya no es estrictamente biológica ni enteramente social”
Yasna Mussa viaja. Su libro, es corporal, son encuentros y un gran desencuentro fronterizo, es memoria familiar, es escritura de la memoria, es testimonio y es narración del desastre. Es tiempo. En ese tiempo o en esos tiempos se va profundizando no sólo la vigilancia extraordinariamente agresiva, sino que el texto demuestra los controles cuando señala su propia imposibilidad mientras realiza el trámite de cruzar la frontera para ingresar a Palestina en 2014 y después de horas de espera llega la respuesta: “Me mira directamente y mientras estampa un timbre rojo en mi pasaporte me dice con evidente satisfacción: estás deportada”.
Los viajes de la autora configuran momentos distintos pero, a su vez, semejantes, los encuentros, las voces, la desesperanza, pero en un borde se atisba la esperanza de recuperar, de habitar. Pero la autora se encuentra en Amán con situaciones en extremo sensibles como son los niños palestinos enfermos de cáncer que son trasladados a Amán para conseguir tratamientos. Es desolador. Y hay que decirlo y repetirlo: es inhumano.
El libro no evade los conflictos internos palestinos, Hamás, la OLP, la corrupción. Yasna Mussa cierra su viaje en Chile, se detiene el que fue el barrio árabe y que hoy alberga a diversas comunidades, el café del señor Abusleme o un encuentro en el Club Palestino y se detiene especialmente en el equipo de fútbol Club Palestino y describe su importancia que se extiende más allá de las fronteras chilenas, un club generado por la migración a Chile y la vocación comunitaria. Es posible pensar simbólicamente en este equipo y en la construcción política de un partido mundial que habrá que ganar para volver a poner los pies sobre la tierra. O citando la entrevista al palestino Shariff, refugiado en Amán: "Como dije, somos como una botella en medio del mar. Pero algún día vamos a llegar a la otra orilla”.