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Voluntad y Prefiguración del Paraíso


por Eduardo Anguita



Cuando la gente dice: "Estoy en la gloria" o "Esto es el Paraíso", se refiere, en primer lugar, a que es feliz. Por supuesto que identifica, implícitamente, felicidad con bien, puesto que es bueno ser feliz. El hombre tiende a ello irresistiblemente: apetece ser feliz. Cuando la gente habla de algo que es bueno, se refiere, tácitamente, a algo que nos hace felices, por lejana o no sensual que sea dicha felicidad. Lo bueno no puede ser nuestra destrucción, nuestro dolor. Si frecuentemente la apetencia a la felicidad y la apetencia al bien difieren o se oponen excluyentemente, es porque en el ser humano hay una dualidad de principios (alma y cuerpo) en perpetua querella, y para satisfacer a los cuales la voluntad suele titubear y elegir, no siempre orientados a los fines eternos. En una palabra: No es que Felicidad y Bien sean opuestos, sino que la felicidad y el bien de mi parte espiritual suelen oponerse por ahora, a la felicidad y al bien de mi parte carnal. Como a veces, dentro de la pura esfera carnal, el goce de hoy constituye el dolor de mañana. Todo puede reducirse a un juego (una lucha) entre felicidades menores y felicidades mayores, entre felicidad efímera y felicidad duradera. Mientras la parte carnal y sensual quiere su satisfacción ahora e inmediatamente, el espíritu puede postergar la felicidad por larguísimos plazos. Postergar, pero nunca renunciar definitivamente: porque si así ocurriera, ¿qué entenderíamos por bien? El Bien es la Felicidad: ya lo hemos dicho. Y la diferencia entre un vividor y un santo no reside sino en que aquél ha escogido la felicidad inmediatamente, pequeña y efímera, y éste ¡la Absoluta y Eterna!

Origen de la grieta entre ambas esferas: el Pecado Original, Pero esto es otro tema.

Si podemos hablar de Paraíso es porque alguna vez existió o existirá.

Si, por otra parte, podemos examinar sus atracciones en cómoda posición de espectadores, es porque ya no estamos en su centro. Un hombre que narra, su existencia miserable, puede hacerlo: 1º Porque es miserable, y 2º Porque no es miserable. Si el hombre no fuera una especie de centauro bueno-malo, no existiría el ansia del Paraíso, su búsqueda en el más allá o en el más acá, su apreciación de que algo está malo y de que podría estar mejor: no existiría tabla valorizadora. No siendo el hombre esa especie de centauro con medio cuerpo en el cielo y medio en la tierra, le sucedería lo que a las cucarachas, que no escriben ninguna clase de novelas: ni siquiera aquellas que escriben los seres humanos y en que los protagonistas, ellos mismos, son ¡unas cucarachas!

Si el hombre no fuera dual, si no estuviera escindido, no tendría idea alguna de bien y mal. Ningún progreso, ni siquiera mecánico, habría sido posible, Esto demuestra que: el hombre en cierto modo está en el Paraíso y en cierto modo no lo está.

La cucaracha no sabe que es cucaracha, por cuanto no cuenta con una facultad superior a ella misma -en cierto sentido, extraña a ella- para mirarse y juzgarse desde fuera. El hombre puede juzgar su zona no-hombre, su zona cucaracha; lo que demuestra que dispone de una facultad extraña a él mismo, capaz, por tanto, de juzgarle desde una posición en que él mismo no se halla situado. Es el Espíritu, que forma y no forma parte del hombre, pero que lo define. En las Sagradas Escrituras, en innumerables pasajes, el Espíritu se muestra como exterior y extraño; no se identifica con nada del mundo, aunque lo toca- "El Espíritu flota sobre las aguas", "Sopla donde quiere", "Se posa, en figura de lenguas de fuego, sobre los Apóstoles", etc. Es como un viento de otro mundo. En el hombre no sólo puede constituirse como mirada objetivadora, sino también como conciencia y juez moral. En lo científico conocemos y controlamos -hasta cierto punto- los movimientos de nuestras zonas inferiores: lo mineral, lo vegetativo, lo químico, lo físico, lo biológico y hasta lo psicológico mismo que hay en nosotros, es visto por nuestro espíritu. Y no se trata de la aparente ventaja que nos podría conceder el estar situado en la cúspide de la evolución biológica, pues de ser así, podría darse tal capacidad en cualquier grado biológico con respecto a los grados inferiores; que asi no sucede lo prueba el hecho de que, el gato no conoce su parte vegetal, mineral, etc., ni el lagarto sabe de su parte pez, de su parte protozoo. Dicho de otro modo: los grados superiores de evolución, biológica no dan, por el hecho de ser superiores, conciencia sobre los grados inferiores. Sólo una potencia, la mas alta, el Espíritu, conoce y juzga todos los grados inferiores. Sólo el hombre es ese ser privilegiado. La cucaracha, pues, no puede concienciar su bajeza, ¡no puede objetivarse ante sus propios ojos! Y es porque el animal vive de sí, pero no sabe de sí.

El Sacramento de la Confesión Católica es un magnífico ejemplo de la presencia del Espíritu en el hombre.

El Examen (primer movimiento de la Confesión) representa tal objetivación. Es ya un acto espiritual, pues consiste, no solamente en recordar ciertos actos, sino en concienciarlos como bajos, y como voluntariamente bajos, esto es, como pecados; como intencionalmente opuestos a esta altura que los está mirando y juzgando. El Examen es un reconocimiento que hace el hombre de su acto de objetivarse a sí mismo. En el Dolor (2º movimiento), la parte baja sufre por no ser alta. El alma, al sufrir por esta no altura, al sufrir por su bajeza, está asumiendo ya un papel espiritual, se está viendo bajo, tal como hace un momento sólo la altura podía verla. O sea, la parte baja de nuestro ser, la parte que pecó, por el solo dolor de sentirse baja, se estira con angustia infinita, asciende, se hace alta, se espiritualiza en cierta medida. En el Propósito (3er movimiento), se resuelve aplicarse en lo sucesivo a proceder siempre según la altura, según el Espíritu. En la Confesión (4º movimiento), o relato de los pecados, ¡se vierte toda esta materia pecaminosa, que ya ninguna savia (ni vital ni espiritual) quiere mantener vigente, se vierte en oídos del Otro (el Señor, representado por el sacerdote), para que la absuelva. Todo lo poco de bueno que hubo en cada pecado (porque la tendencia a un bien menor, por pequeño y efímero que sea, también es un
bien; no olvidemos que el Mal absoluto no existe), de algún modo será rescatado y engrandecido, redimido pero no perdido, completado y ennoblecido para la Resurrección de los Muertos, cuando Verdad y Vida nos sean concedidas plenamente. La Penitencia (5º y ultimo movimiento): el cuerpo, la zona sensible, la zona del puro placer, se duele también de su traición al Espíritu, de su traición a la Verdad. Para ello, hace renuncia de toda voluptuosidad, de todo placer; se castiga en la Penitencia, Ya no se duele por comparación con la altura (como fue en el Dolor, en que el alma se tiñe de Espíritu al comparar la altura a que está llamada y la bajeza a que consintió libremente), sino que se conduele el cuerpo como cuerpo, negándose en su propia verdad corporal voluptuosa (esta negación en su propia ley, la parte corporal no podía ejercerla por sí misma, sino gracias al elemento extraño -como en todos los otros movimientos de la Confesión-, gracias al Espíritu).

Nuestra situación privilegiada -el poder objetivarnos y juzgarnos- es, pues, consecuencia del Paraíso, consecuencia de nuestro fin último, sobrenatural. Y, también, consecuencia de nuestra escisión: del hecho de que no somos una unidad, sino una dualidad. De aquí nuestra intranquilidad, nuestra angustia y nuestra tensión. De aquí nuestra posibilidad -siempre abonada en la vida de los individuos y de los pueblos- de salto, de innovación, de creación. Y esto no puede explicarse por el progreso, más o menos mecánico y fatal, que se observa en todos los seres vivos; ya lo hemos visto.

Sólo el hombre disfruta de esa privilegiada y dramática situación que le permite ver y criticar su propia condición desmedrada. Pero lo igual no critica a lo igual. Lo cual nos prueba claramente la naturaleza de la potencia que le socorre: algo que le asiste pero no le pertenece: algo extraño a él superior y que lo trasciende: el soplo de lo Absoluto; en una palabra: el Espíritu, tal y como se le describe en las Sagradas Escrituras.

Quisiera ahora examinar estancias mías en el Paraíso; aquellos momentos de mi vida en que me ha parecido estar más cerca de la felicidad, de mi bien, de lo que busco. En otros pasajes mostraré el reverso: la ausencia de algo que nunca se me ha dado plenamente y que añoro.

Entre las primeras imágenes hablaré de mi infancia, de ciertas condensaciones de Tiempo. Entre las segundas: lloraré porque mis amigos mueren, porque mis seres queridos me son arrebatados.

Entre las primeras, hablaré de la Caridad de la comunión humana; nombraré a la música. Entre las segundas, citaré al Amor (Eros).

Presencia y ausencia, ser y no ser, plenitud y hueco. Paraíso y expulsión: imágenes híbridas todas: unas causando la presencia, otras la ausencia; porque Paraíso y exilio se dan simultáneamente, aunque no siempre en igual proporción. El centauro es variable: cuando se agranda el jinete, disminuye el caballo. Y vice-versa.

Escuchando a Mozart, mis hijos dialogan:
-¿Qué te da cuando oyes música?
-Me da no sé qué. Me dan ganas de morirme, de morirme para estar con Dios. Y a tí, ¿qué te da?
-Me da pena-gusto.

Se aprecia la belleza sólo en la medida en que también somos bellos. Se ama la belleza en la medida en que no somos bellos.
¿O vice-versa?

He aquí mi más antigua experiencia, tan antigua que este calificativo me parece inapropiado, pues la verdad es que no puedo situarla en el tiempo. La experiencia está registrada y anotada mucho después; al cumplir yo veinte años, cuando la imagen había vuelto e insistido ya muchas veces en mi conciencia. En mi libro Inseguridad del Hombre (1934-37) intenté expresarla con todo su ingenuo y simple deleite:

"Y es muy atrás, y es nunca, y es cuando. Podría probar de volverme a la edad en que no vivía, cuando aún yo era solamente como un brazo flotante en el deseo de mi madre. Pero sucedió alguna vez, nunca o siempre. Siesta sin lluvia. Un patio. Parece que en casa de mis tíos. Entraba a una pieza de siesta (el calor, los frutales) solo, y ¡cómo en la guarda del papel floreado algo orquestal corría y daba vueltas por la cima de las paredes, como un río de sangre, como uvas de música! Subían abejas por las franjas del papel, y allí arriba iban a aportar música o miel que viajaba en murmullo; nada más, solamente el verano y mis ojos de todo el cuerpo diluyendo esta impresión total del mundo estival en una pieza fresca pero de roncos sonidos".

Hay otra imagen de inefable dulzura también. Me parece tratarse de una estampa de esas que los organilleros suelen repartir en sus andanzas tras el sustento; a lo mejor, una estampa entre muchas, pero la única que registro con emoción perdurable. (Nada explicaríamos diciendo que se trata de imágenes de infancia, indelebles sólo por provenir de esa edad. No son cualesquiera esas imágenes. No todas constituyen para mí condensaciones de felicidad. Quiero examinar por qué algunas y no otras me son significativas -estén o no situadas en un acontecer real-. Y si bien mi infancia me provee de muchas imágenes felices, la adultez también me ha presentado brillantes prefiguraciones del Paraíso). Un juglar o trovador aparecía en ella con vestidos radiantes, el jubón verde ornado de pedrerías, la gola en un verdeoscuro y cruzada de rejas rojas y malva -como un abridor de guantes de mi madre, cuya fascinante presencia quisiera volver a tener ante mí-, el bonete con un cascabel dorado colgando locamente tras la nuca del trovero. Sobre el personaje se abría una ventana ojival de vitrales luminosos y multicolores: descendía la luz gozosa, con amorosa serenidad. El fulgor del sol era oro, esplendor de la vida, plenitud del día, diseminado e impalpable como la dicha de existir. La ojiva se reproducía prodigiosamente en las manos del juglar, tomando la forma de una mandolina, que pulsaba el trovador en actitud estática pero increiblemente viva. ¿Repasaba algún faisán en el alféizar? No lo recuerdo; como tampoco creo que hubiera alusión alguna en el grabado a la ciudad donde esto pudiera ocurrir. Lo que sí sé es que el aire hablaba de una ciudad tan íntima como el interior de una casa: calles techadas, cuyos edificios se tocaban casi en las buhardillas superiores; las calzadas podían ser de madera; podría haber en un balcón un burgomaestre mirando.

Debo recapitular. Quiero abstraer los elementos de estas imágenes para mí tan queridas.

En la del papel floreado -tan repetida en mi vida con la ensoñación que suelen provocarme géneros estampados, cretonas, algodones ordinarios, percalas con estridentes combinaciones de colores, alfombras como aquella del salón de mi casa de provincia-, en esa imagen descrita en Inseguridad del Hombre, tan primaria y simple en su impresión, se me hace extraordinariamente difícil aislar elementos. La naturaleza (siesta, calor, frutales) penetra realmente en el espacio interior; en el papel de la habitación, y allí viven en el tiempo, sensorialmente móviles, música, uvas, abejas, miel, incorporándose simultáneamente a mis sentidos con impresiones térmicas, visuales, auditivas, gustativas y haciéndome a mí también incorporarme estrechamente (el elemento sangre en una parte de mí mismo, el aporte sensible de mi vida) a esta nupcia entre mundo exterior y mundo interior. La guarda del papel, flores de sólo dos dimensiones, toma relieve y en ella, como en un cauce, viajan esta música, esas uvas, ese murmullo, ese calor, esa sangre del verano.

¿Me será preciso insistir sobre el sentido de la imagen del juglar medioeval? El elemento Tiempo juega el papel principal. El retardo de su consumación, su casi inmortalidad, parece ser el motivo de mi felicidad. En la estampa del trovador la escena tiene vivos colores. Hay una correspondencia, un diálogo, entre la forma del ventanal gótico y la mandolina que pulsa el personaje, un parentesco entre el sol y el dorado de los vestidos, entre el verde brillante de su atuendo y los prados que aguardan junto a la canción, hay intimidad en el espacio cerrado, cielo luminoso pero enmarcado como el aire altísimo y secreto de los claustros. Y hay alegría, armonía con la creación, cuando arbustos y faisán riman su verde con el color de la indumentaria del juglar. ¿Hay más que explicar?

La inmovilidad casi absoluta del tiempo, que he alcanzado unas veces casualmente, concitando las condiciones en otras, ha constituido para mí una preocupación constante desde hace muchos años. En una disertación sobre Poesía y Tiempo, describí una técnica sensorial que denominé "morrongueo" -por afinidad con el duermevela de los gatos-. En dicho estado uno se coloca en un ángulo contemplativo, de tal manera que la sensación de "paso de tiempo" sea mínima, y, por tanto, la impresión de "durar" que obtenemos se agrande lo más posible. ¿Cómo lograr ese estado? Dejando a un lado aquellas condiciones del cuerpo -el semi-sueño, la convalescencia, estados patológicos, etc.-, en que puede alcanzarse ese ángulo naturalmente, refirámonos a la técnica artificial del morrongueo. Aclaremos, primero algunos conceptos sobre el tiempo. El vulgo cree, por ejemplo, que a una persona que ejecuta muchos actos en un lapso dado -la jornada diaria, v.gr.-, "el día se le hace corto". Digamos que, sin dejar de reconocer el hecho superficial de que si esa persona desarrolla tantos actos es porque, evidentemente, tiene muchos otros más que llevar a cabo, y, por tanto, con toda seguridad, de todos modos le faltará tiempo para todos ellos; aun reconociendo ese hecho, discutiremos el aserto popular. Para quien realiza muchos actos, el tiempo es más grande, de la misma manera que un espacio cerrado es mayor -aunque parezca más estrecho- mientras más objetos contiene. Un espacio sin objeto alguno es imposible de medir por cuanto los sentidos no tienen punto de referencia alguna para percibir su extensión: equivale a la nada espacial. Quienes hayan tenido ocasión de observar una casa cuando recién se está haciendo el trazado en el suelo, habrán advertido lo pequeña que aparece cada habitación, y lo grande que se hace una vez amoblada. Es posible que, en el instante mismo, el día afanoso de aquella persona de que hablábamos aparezca breve; pero, al ser recordado después, entre un conjunto de días semejantes (un mes, por ejemplo), henchido de actos y de hechos, parecerá a la memoria mucho más grande que un mes normal. Tal es el premio divino al humilde y afanoso trabajo del hombre que debe laborar de sol a sol. En un anuncio comercial que se publicaba en las radioemisoras santiaguinas, confirmé el error popular. Se comenzaba hablando de los felices que serían nuestras horas en ese balneario termal, y, para rematar con una conclusión decisiva, se agregaba: "Sus horas serán minutos". Pues bien: yo no pagaría un centavo por acortar mi vida, por sentirla más breve, aunque ese instante se me anuncie como extraordinariamente dichoso y placentero.

(Debo abrir un paréntesis a propósito de una consulta que se me ha hecho con respecto al tiempo. Se me ha preguntado por qué el tiempo de la infancia (un día, un invierno, las vacaciones veraniegas) nos parecía tan largo, y por qué, contrariamente, a medida que envejecemos, "pasa más rápido" y vemos con horror que comienza a correr con vertiginosa velocidad. Respondo ahora en forma definitiva y, espero, exacta. Se debe a la proporción de la experiencia total del tiempo del individuo con respecto a la unidad de tiempo observado. Un año, para un niño de 5 años, es muy grande, porque corresponde a la quinta parte de toda su experiencia témporal. En cambio, para un hombre de 50 años, un año es apenas una quincuagésima parte de toda la duración de su existencia. Si fuera posible establecer cálculos exactos -lo que, por supuesto, no es posible en estos planos emocionales, tan variables de un individuo a otro o en la misma persona de una época a otra y frente a sucesos de diversa significación-, diríamos que un año es tan largo para el infante de 5 años de edad como lo son diez años para el hombre de cincuenta).

Siguiendo el curso de nuestro análisis, tenemos, pues, los siguientes elementos fundamentales de nuestra sensación de tiempo: hechos o actos, intención de reposo o de premura, goce o dolor. Tomando en cuenta estos ingredientes mentales y sensoriales es como he desarrollado la técnica del morrongueo. Un ejemplo.

Heme en un rincón del huerto de mi casa. Primavera. Siesta. Las gentes de casa duermen. El sol, verdoso y apenas tibio, cae perezosamente sobre el rellano de una escalera que conduce a un altillo. Nada que sea afán hay próximo aquí. Apenas el ruido isócrono de la garlopa de un carpintero asoma lejano, esfumado a través del baño de sosiego a que lo someten las huertas que nos separan. Para mayor quietud, el carpintero silba, una melodía abandonada, sin ánimo de llegar a ningún desenlace, una melodía sin comienzo ni fin, que vuelve sobre sus notas iniciales. El carpintero se interrumpe en su silbar. Su labor también hace un alto. No hay premura: sopla una brisa liviana. Me conviene este escenario -me digo. Me siento al sol en un escaño junto a la escalera. Fresca, la sombra de un olivo me llena de verde los pulmones. El sol, pálido, líquido, también se remansa en este estanque de tiempo. Comería una naranja; de esas que crecen bajo la helada, en los patios de naranjos. Voy lento al comedor, con temor a despertar a mis hermanos. La elijo con morosidad entre un grupo de la frutera. Desde el primer vistazo, sé cuál escogeré. Sin embargo, demoro la elección, examinando innecesariamente las otras. Luego tomo la que primero distinguí. Vuelto al huerto, comienzo a mondarla con lentitud. Para ello he abierto un cortaplumas de mi hermano mayor. Es posible aún que me entretenga desenmoheciendo la hoja de algunas manchas de óxido. Esto me lleva todavía un tiempo. No olvido, pero conciencio apenas, el alrededor: huerta, olivo, brisa, el silbar del artesano, la alberca donde el tiempo se estanca. El olor delicioso de la naranja, agria y fría, no deja de manar para este ocioso del escaño. No pienso en nada. Apenas contemplo. Sólo sentir.

Me abandono a una especie de percepción líquida. Luego, la temperatura del aire se hace más densa- Verano. Zumba un abejorro. Recorre en el aire una vena invisible de espacio. Zumbido, sangre del verano. Quiero oír una cigarra, su chirrido seco de gavilla que se quiebra. El nombre científico de la chicharra de las viñas: Ephippigera vitius. Cielo puro. Una nube se inunda de oro en el poniente. Mi ciudad termina sobre el parque de los García de la Huerta. El cielo sobredorado vibra justo encima del Renacimiento: allí próximo a la calle Urmeneta. Volantines. Viento hermoso. La fucsia. Primer herbario. ¡Qué bella es la vida!

Si examinamos mi experiencia, lo que la hace deliciosa, se convendrá en que lo fundamental es el mayor rendimiento del tiempo, pero -esto es muy importante- se trata de un rendimiento gratuito, lo opuesto al tiempo utilitario, lo contrario al tiempo como continente del mayor número de actos o hechos. Se trata de un tiempo puro, incoloro, sin otro contenido que mi solo existir. Esto nos hace recordar que, también, es imprescindible la soledad. Para aquellos que no soporten la soledad física completa, les recomiendo procurarse una soledad relativa, que surge del contraste de un hombre ensimismado en medio de una muchedumbre extrovertida. Yo he morrongueado rodeado de mucha gente. Donde Torres (Alameda de las Delicias esquina de Dieciocho) he logrado, puesto al mesón del bar, convertir 1 /4 de hora en 2 inmensas horas, sólo con un vaso de rústico vino tinto y un sandwich... y gente desconocida alrededor casi rozándome los codos, pero lejanísimos de mí en el tiempo. Con Lucho Edwards (¡que gran morrongueador!), hemos morrongueado, de paso a su casa, en plena siesta estival. El lugar lo hacía todo: primera cuadra de la calle Carrera. Higueras que muestran por sobre las tapias agrietadas el espacio virgen de las últimas huertas que quedan en Santiago; calle empedrada; sombra verde orillando las cunetas; y, una vez que pasábamos, más atentos que nunca a la magia temporal de la calle, un muchacho montado en su triciclo de reparto, detenido, casi detenido, casi detenido junto a la acera, bajo una acacia, accionando el pedal para que el vehículo montara una piedra, pero cuando ya la tenía casi franqueada dejaba de accionar, de manera que el vehículo, por su propio peso, volvía a su posición anterior: y en ese vaivén, de atrás adelante, de adelante atrás, estaba retardando, espesando, dándole punta al tiempo.

Aparte del elemento duración, tan importante en mis exigencias de felicidad, hay algunas antinomias que yo quiero ver resueltas. Por una parte. Yo, aquí; el No-Yo, allá. Lo subjetivo, mi voluntad soberana y libre; y lo objetivo, aquello que se me resiste, que existe independientemente, y ante lo cual no me cabe sino sometimiento. ¿Por qué? ¿Recuerdan Uds. aquella protesta del hombre subterráneo de Dostoiewski ante la necesariedad horrorosa del 2 más 2 igual 4? Es el individuo opuesto al hombre pleno, al que anhelamos, al que prevemos, por ejemplo, en el Arte. Si algo echo de menos en mi existencia actual, si algo añoro en esas imágenes que he traído, un poco al azar, es la unidad, la armonía objetivo-subjetiva, donde sería imposible hacer distinción alguna entre mi querer y mi obedecer. Obediencia libre, reconocimiento inteligente de la verdad, y voluptuosidad vivaz al incorporarme yo, con mi "interés personal", a esa verdad- Libre voluntad, sin caer en la negativa oposición del rebelde ante la creación. ¿No es esa maravillosa armonía, esa maravillosa unidad, esa alianza, lo que se logra -cosa excepcionalísima en toda la existencia humana- en el arte? Pensemos en cualquier gran artista, Leonardo. ¡De cuanto sometimiento a leyes y verdades que él no ha creado, no está hecha la magnificencia de su pintura! ¡Y, también, de cuánta personal participación, de cuánta libertad volitiva! ¿Es que no ha hecho valer, en cierto modo, su "interés personal infinítainente apasionado"? Porque su ejercicio no es, como en la constatación científica, un mero reconocer verdades ajenas. Su ejercicio es un dúo entre su Yo y el No-Yo; entre lo que él quiere y lo que no depende de su voluntad. En esta forma especial de obedecer, que es el Arte, el hombre impone su querer. De otra manera, esa Verdad lo humillaría y anonadaría -como a un vulgar hombre subterráneo. Pero en el Arte, ella se conjuga con nuestra propia voluntad, tal la curva de un torso esculpido, cuya belleza se debe tanto a la presencia del volumen que puso Dios como a la porción que el escultor le ha robado para verlo (al volumen), haciendo penetrar el espacio en el volumen, y éste en aquel, en un juego amoroso, pleno de voluptuosidad, semejante a las mutuas condescendencias de amado y amada.

(Al hombre le habría bastado obedecer. La desobediencia provocó la Caída. Es evidente que, hecho a semejanza de Dios, la conciencia del primer hombre creaba, en cierto sentido, el mundo. (Los objetos existen porque son percibidos; la conciencia existe porque percibe. El sujeto es activo; el objeto es pasivo). Adán quiso conocer cómo era su contribuición en la creación: Soberbia. Y para conocerla, la retiró. Se hizo, ¡comoDios!, un autor, pero sólo un autor negativo, que disiente y se niega a participar. Así, retiró su amor a la creación y, desde luego, a su Creador. Disoció la unidad de Voluntad y Obediencia, de Amor y Conocimiento. Y fue desautorizado ante la creación entera: los animales no le respetaron más, la naturaleza se le tornó hostíl. De autor, que era, se convirtió en espectador. Literalemnte, se quedó fuera. Desde entonces Verdad y Belleza se le aparecerían como ajenas; aun más, como implacablemente enemigas. Expulsado así del Paraíso, su primer intento fue el de volver a imponer su voluntad, pero a la manera primaria y odiosa del rapaz expulsado de la vida, que, ante una pared recién pintada, no reacciona de otro modo que afeándola con una horrorosa, tortuosa raya, o con una disonante palabrota obscena. Tened compasión de estos hombres subterráneos. Están sintiendo terriblemente la expulsión. A su manera -y mientras no les enseñéis a amar-, quieren, otra vez, participar. Y tened, también compasión de aquellos que creen semejarse a Dios, o merecer su Reino, sólo por la mera tarea de inteligir. Sin amor, ¿a dónde lleva la inteligencia? (La Bomba Atómica, obra de la inteligencia científica, ¿no es, también una disociación?) La actitud crítica de Adán -si así podemos llamarla- fue, esencialemnte, disociadora. Y eso es lo contrario del Amor, que es en todos los órdenes divinos y humanos, integrador).

He escrito: Yo, No-Yo; Voluntad, Necesariedad; Interés Personal, Verdad Objetiva. Antinomias que veo resolverse, relativamente, en el Arte, y que me prefiguran por ello el Paraíso.

Agrego: Gozo y Dolor; Belleza y Fealdad. Meditemos en dos sencillos ejemplos. Un hombre destripado: dolor, fealdad. Coge el tema Goya, v.gr, y al incorporarlo a un cuadro lo trasfigura en Gozo y Belleza. Del mismo modo, ¿no se justifica y, aún más, se transfigura en una síntesis superior todo el dolor por el que debe atravesar el hombre para alcanzar la Gloria y la plenitud? El propio Jesucristo, Hijo de Dios, padeció como Hombre, y aquel dolor y aquella fealdad por los que tuvo que cruzar en expiación de nuestros pecados, lejos de rebajarlo, lo elevaron, de nuevo, al seno del Padre. En la liturgia de la Misa se lee: "La dichosa Pasión y Muerte de N.S.J.C." Tal es la síntesis que puede lograr el hombre más allá del placer y del dolor.

Transcribo pasajes de un artículo mío publicado el 4 de agosto de 1951 en Estanquero, de esta ciudad.

"¿Qué es el Bien? No es posible definirlo sin referirse a lo más elemental para el hombre: el Yo. El Bien es lo que me salva (Julien Benda pone en boca de uno de sus contendores -¿Bergson, Le Roy, Blondel, Barrés, Peguy o Claudel?-esta definición: "La posesión de la "duración" es algo esencialmente personal"). La subjetividad entra aquí con todos sus fueros. Si la Verdad no se refiere al Bien, es gratuito su culto, su búsqueda y todo lo demás. Una Verdad que mata ya no es Verdad. Nadie podría haber respondido mejor que lo que lo hizo Cristo cuando Pilatos le preguntó: "¿Qué es la Verdad?", El Hijo del Hombre le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". El sabía que una verdad que no es al mismo tiempo la Vida, no puede reclamar amor. (Muchos pensarán en Sócrates: en su vida y en su muerte. Para mí me resulta más allá de toda comprensión). Una verdad que no nos tiende los lazos del amor y no nos promete disfrutar de su plenitud, se confunde con la Nada, con lo Demoníaco. Esto, en el caso de que ocupe el lugar sagrado que sólo Dios debe ocupar. De otro modo, es una vulgar ilusión.

"La Belleza objetiva -si es que la podemos concebir- también rechaza y espanta, Yo lo he intuido, a veces. A veces, bajo la superficie amable y brillante de Mozart, he visto su rostro hermoso e impasible, fulgurando por encima de nuestras pequeñas voluntades humanas, y en el cual no hay sonrisa para el hombre. "La Belleza es el primer grado de lo Terrible" -escribe Rilke. ¿Y qué es lo terrible? Aquello que nos excluye. Y que, siendo eterno e infinito, al excluirnos nos condena a la nada.

"La melancolía sublime y excelsa de ciertas obras de Mozart nos abruma hasta la angustia. Su blancura enceguecedora nos arroja a un lado, humillados, con la inexorable crueldad de las leyes increpadas, pero con una feroz seducción que balbuce una posible salvación" (...) "Los hombres -escribe Kierkegaard- se han hecho demasiado objetivos para lograr la bienaventuranza eterna, pues la bienaventuranza eterna consiste justamente en un interés personal infinitamente apasionado". (...)

"Resumiendo: Los grandes crímenes contra la persona humana derivan de la filosofía especulativa. Creyendo en una objetividad que está por sobre toda voluntad de felicidad y salvación, han reducido al hombre mismo a un papel meramente espectador y pasivo frente a sí mismo y a sus semejantes, que pasan, así, a ser meros objetos. ¡Cuán fuertemente les responde una sencilla oración católica , cuando en uno de sus pasajes me hace exclamar: "¡No quiero perderme, quiero salvarme!".

"Y es en este anhelo cuando la música de Mozart se hace inefablemente atractiva. Es, por ejemplo, ese Concierto en Si bemol para Piano y Orquesta, K. 595, cuando en el rostro impasible y objetivo de la Belleza se insinúa la posibilidad de una alianza. Avanza el instrumento solista en definida melodía hacia la felicidad, insinuante, dulce y temblante como un arroyo, o como un hombre que remontara el curso del tiempo; tras él, de entre los bosques, surgen gimiendo los cornos a lo lejos con melancólica ternura: animales expiatorios, naturaleza herida, siempre presente en la historia del hombre desde el Jardín del Edén, piden reingresar con él al Paraíso perdido.

"Entonces, como un fulgurante friso moviente, cálido y gozoso, todos entran, con el Rey exilado a la cabeza, triunfantes por la gran Puerta de Oro!".

Traigo a la memoria la casa de infancia, la barrera de bambúes separando el jardín de la huerta, la vieja cocinera, como una sombra en la sombra, y las chispas mágicas, con algo de terror y algo de encanto, brotando del carbón furiosamente avivado por la anciana. Las estrellas, paralizadas sobre el jazmín, sobre el perfume tenso de los alhelíes. Y cómo olvidar el colegio. Cómo olvidar la primera caída, esa casa atroz, esa dureza enemiga en los pómulos, esa extrañeza del dolor en el rostro, la primera sangre vertida, esa humillación horrorosa del golpe atroz en la cara. La primera fiebre, aún inconsciente, mucho después concienciada, junto con la imagen táctil de los bancos helados, duros, extraños, infinitamente lejanos. Horas de prisión, humillaciones, órdenes, imposiciones de alumnos mayores, vejámenes de condiscípulos brutales, la disciplina, la hostilidad de los maestros, la burla. Mucho después, la adolescencia. Ni feliz ni desgraciada. Inquieto. Vivo. Impetuoso. Un vivir, híbrido, irresistiblemente atractivo. Locas escapadas de juventud. ¿El mal? Noches de alcohol, de despreocupado vivir, de arrogante desprecio por las conveniencias. Yo quería vivir según normas propias. Vivir a otras horas. Levantarse a las 8 de la noche. Acostarse a las 10 de la mañana. Y las mujeres clandestinas. Todo era encantador. Cómo lo añoro. Todos éramos jóvenes, sin bien ni mal. Escenas que en otros ojos, en otros cuerpos, en otras almas, habrían sido monstruosas; en mí, en nosotros, bella poesía. Libertad, libertad. Noches con whisky, con drogas, con prostitutas recién prostituidas, y nunca terminadas de prostituir, aún frescas, aún animales, aún bellas, aún dóciles. Ellas y nosotros, desnudos. Hay que ser muy inocentes, o muy depravados, para poder hacerlo. Deambulábamos desnudos. Copulábamos todos a la vista de todos. Sin remordimientos. Y siempre dispuestos al goce, a la experiencia, al contacto, sin sombra de compromiso, sin sombra de residuo. El instante nos llevaba del hocico. Y mi hocico era virgen, lo juro. Buscaba la vida (el goce, el dolor, lo que fuera) como quien busca un alimento. Y alimentarme asi sensualmente fue para mí el primer fenómeno espiritual. No miento. No hago el cínico. Creedme. Hablo del año 36 y siguientes. Luego, el primer Movimiento DAVID -muy diverso a éste. Se propugnaba el mal como primer rapto hacia la purificación. En fin: es otro asunto.

Colocado con la imaginación en aquellos años, una cruel nostalgia me invade. Veo a mi esposa futura, a mis hijos futuros, a mis amigos y amigas futuras: y un dolor indefinible, intolerable, dulce y punzante, me sitúa frente al porvenir como antes lo estuve ante el pasado: Nostalgia. Ay, no quiero perder mi pasado ni futuro. Hoy, 1953, siento dolor por aquellas imágenes pasadas. Y siento dolor porque entonces, 1936, no tenia yo a estos seres que ahora amo. Nada quiero perder. Nada quiero alejar. Cuando yo me diga, antes de morir: "Dejo el mundo, pierdo el mundo", ¿no sois vosotros lo que pierdo? Cuando tú te despidas y juzgues qué era para ti el mundo, amiga mía, ¿no soy yo, este yo de ahora, lo que era para ti el mundo? Sí: el mundo son unas pocas personas, y, sobre todo, momentos, momentos. (Consúltese mi poema El Verdadero Momento). Un paisaje que quedó grabado en nuestros ojos. Una escena de una noche, allá. Una sonrisa. Una palabra de amor. Un beso en la obscuridad junto a un aroma de primavera. Y si perder el mundo es perder todo eso, ¿cuánto más no lo será perder la propia alma?

No encuentro a esos amigos, a esos compañeros y amigos de juventud, de súbitas, improvisadas idas a la costa, donde es "el mar color del vino" (Homero), tardes de alcohol, la luz extrarreal que mana de un potrero de alfalfa recorrido velozmente en automóvil, y el alcohol enciende el aire, enciende el mar, el mar cabrillea ardiente y suave, violento y frío; no hay un solo intersticio del aire que no participe del gozo, las mujeres se dan como frutas, todo es fácil, ligero, sin residuos. Amigos, hoy nada de eso es posible. Cuesta decidir cualquier movimiento, la espontaneidad está marchita, como si el viento se hubiera convertido en tosca, rígida mortaja. Todos teneís residuos. Sin embargo, cuánto habéis ganado. Ahora poseéis dones, maneras, experiencia, madurez, sabor, forma, profundidad. ¿Cómo amaros? ¿Cuándo quereros?

Completos os quiero, sin pérdidas ni computaciones. Pantemporales os quiero.

El amor, el eros. No se me ha dado jamás en la forma plena que yo quisiera, sino en un instante privilegiado, siempre anterior al juego amoroso. Cuando quise tocarlo, se hizo niebla. Una noche conocí a una muchacha. Tenía la mirada de la pureza, de la impaciencia, de la juventud. Yo estaba recién confesado para comulgar al día siguiente. Partimos, con otro amigo, en automóvil. Era septiembre. La noche glacial sostenía una luna helada, la luna olor a gin, olor a boca joven, a fruta en el ramaje. Era impaciente y apasionada. Era bella. Y habíamos bebido gin. El frío íntimo de ese alcohol nervioso me trasminaba las manos. Ella me miraba fascinada. De pronto comencé a recitarle mis versos del Infierno. Como una joven musa en seguimiento de Apolo, se levantó de su asiento en dirección a un rincón del invernadero, y con noble turbación me interpeló, alarmada: "¿Qué han hecho esos infelices para que así los condenes?". Me conmovió su indignación. Cuando el personaje central del poema les pregunta: "¿Qué habeís hecho?", ellos, anodadados, absortos en un dolor que no comprenden, nada pueden recordar. Recordar sus pecados, ¡oh, eso sería un consuelo!

"Ved a los condenados los tristes que quedaron
Tan miserables como son ellos también necesitan
De un pequeñito sitio para vivir.
Sólo el fuego del ser los está devorando.
Mas la luz del estar allí no alumbra.
Por eso la pena no termina
Por eso sólo fluye en medio como un río inacabable
Al cual asoman sus rostros sin ver ni verse
La silenciosa Risa-obscuridad!
Ved a los pobrecitos
Que sufren y no están
Queriendo arrepentirse y no pudiendo
Ni sus pecados recordar!".

Y más adelante, el mismo personaje del poema dice:

"Vedlos, pegados unos a otros como dibujos;
Entonces tan soberbios y ahora tan menguados.
¡Oídlos!... ¡Qué son ahora!
(Instrumentos de percusión en ritmo monótono)
¡¡Cuchicheos!!".

"(Dándose vuelta al público):
"Nunca creí que en una llama hubiera
Tantas imágenes arrojando una sombra.!".

Y así, en masa informe, agolpados como una ola de ciénaga, tantos en cada trozo de espacio, mezclados, liquidos, espesos, cada condenado quisiera recomponer su rostro (aunque fuera su rostro pecador), pero, ay, mientras más pechan mayor es la confusión, mayor el caos, más difícil el recuerdo. Sus pecados, olvidados, pero no perdonados; perdidos, ¡pero no redimidos! Todos, sin un solo "verdadero momento", existiendo apenas en su Yo escueto, un punto en el espacio, el punto del yo, lo suficientemente intenso como para sentir el despojo, pero con un sufrimiento sin imágenes, ad eternum confundidos; ad eterntun materia sin forma: sólo el yo, un punto para concienciar y sufrir el horrible menoscabo. Arlequín (que es el personaje principal del poema), en el lado izquierdo del escenario, con la mirada dirigida hacia abajo, recita:

"A nadie puedo distinguir,
En un tumulto de agua ciega
Mudos conjuntos invisibles
Chapotean;
Y cada onda no trae de ellos sino
espesura indiferente.
Rabiosa, ardiente, pero rostros
líquidos,
En donde cuando un rasgo puede
comenzar a insinuarse
Vienen los otros y pechando en la ciénaga
Todo se deshacía
(Hacia el público):
"Retiré la mirada, porque mi propio llanto aún más los anegaba. Y así les impedía decirme lo que quieren.
Comprendí su terrible condena.
Y comprendí que, comprendiéndola, mi dolor la acrecía.
¡Qué puede mi piedad, sino agravar su estado!
Mis lágrimas cayendo, aún más los confundía.
Todo el amor del mundo hacia los condenados
Coopera a la sentencia y agudiza la pena.
Amor es viento que reaviva la hoguera.
Amor es agua que alimenta al lodo.
No llores tú por ellos, porque si lloras, haces
Como el amor del Padre, que al llorar los condena".

Así se explica, aclaré a la muchacha, que el amor -único caso-, en lugar de mitigar el sufrimiento, coopera a la justicia del Padre aumentando el dolor del condenado. Ella se levantó, repito, y protestó. En el mágico invernadero, aún bebimos más gin.

Hubo un momento, un breve instante todavía, que traté de prolongar, en que tomé su mano húmeda de ginebra. El automóvil corría a gran veocidad bajo la luna de ginebra. Un momento breve, alcancé a disfrutar de su mano, de su piel, de sus ojos, de su cuello, sin erir mi alma por ningún pensamiento o deseo puramente físico.Prolongué ese momento, queriendo gozar aún del contacto puro, libre y pleno, como me imagino que podía hacerlo el primer hombre. Me enamoré en ese instante de ese objeto puro de mi amor, que mi amor manchaba. Luego, caí. Deseé. Sufrí. Me dabatí en lo que ya para el hombre no es posible: ver el objeto puro (amarlo), sin mancharlo ni con la más leve sombra de anhelo. (En poesía, Paul Eluard lo intenta y lo logra: tal es el milagro de su obra. Por ejemplo, escribe: "No es preciso ver la realidad tal como yo soy". Simone Wiel, desde el otro extremo, cristiano, dice: "Ver un paisaje tal como es cuando yo no estoy allí...". Y agrega: "Cuando yo estoy en alguna parte, ensucio el silencio del cielo y de la tierra con mi respiración y el latir de mi corazón". Y Eluard, a su vez: "Lo que ha sido comprendido no existe más"). Perdí la Comunión del día siguiente; y, me temo, que la perdí por mucho tiempo.

No es preciso que me explaye más en lo que fue para mí un dolor metafísico de intolerable crueldad. Identifiqué a esa muchacha con el objeto puro, con ese Mozart bellísimo al cual yo no podía acceder sin desvirtuar, sin manchar: la Belleza objetiva, inasible, sobrehumana. Alcancé a escribir sobre esa mujer: "Tú eres la Primera Vez. Siempre primera vez". Pero, más tarde, apliqué el verso a la única creatura humana de quien pueda predicarse esa virtud: la Virgen María: "Siempre primera vez María".

Libertad, dije. Amor, dije. Tiempo, dije. Y en éste, todo se reúne. Porque yo quisiera juntar todos mis millones de Verdaderos Momentos -felices v dolorosos, infancia mágica y colegio amargo, amistad y amor- en un abanico de mil imágenes, pudiendo yo vivir en cada una de ellas tan presente como estoy ahora, aquí, en esta tarea de escribir. No perder nada, nada. Y en una noche solitaria, frente al litoral húmedo y salino de Chile, escuchar una canción, una mágica canción que me hiciera vivir largamente, y sin fin, toda mi vida; y tener junto a mí, sin perder una soledad que en cierto modo siempre quiero conservar, tener junto a mí a esa muchacha de la noche de gin, a la otra, y a la otra, y a mi esposa y a mis hijas queridas... Y que todo fuera posible, todo permitido -como a los niños- y que lo que hoy es mal, no lo fuera más, y que toda unión no dejara ese regusto atroz de que algo terminó indefectiblemente y de que hemos muerto una vez más en el contacto. Sin embargo, es como si ese hombrecillo del litoral, ese pobre errante que quiere juntar en una sola canción todo su pasado, su presente y su porvenir, es como si de repente yo lo viera -yo, que soy él- borrarse por la niebla que sale del océano, y soplar un vendaval, no de viento sino de tiempo, y aventar al caminante, aventarlo una vez -una vez, ¿para qué más?- y sobreponer a él otro hombre, y otro y otro, en una interminable operación de aventar. ¿Quién podría llorar por ese hombre, que soy yo repetido una y millones de veces, que eres tú, repetido una y millones de veces, quién podría llorar por él, si todos, todos, correrán la misma desamparada suerte? ¿Quién puede defendernos del vendaval, conjurar la furia y la consumación del tiempo que todo lo lleva, y poner fin, por fin, a tan silencioso y poderoso perecer del tiempo?

Vendaval del olvido. ¡Qué importaría el olvido, qué me importa que el mundo me olvide! Pero cuando el olvido es todo, cuando yo mismo me haya olvidado -muerto-, y todos y todo me hayan olvidado absolutamente, y el paisaje, y esta habitación, y las calles por las que pasé un millón de veces, y los objetos que entibié durante toda mi vida no guarden ya de mí ni un vestigio, ni una arruga, ni un pliegue, cuando realmente sobre mí y sobre ti y sobre aquellos que he conocido en mi vida, prestándonos unos a otros la conciencia y la memoria, cuando ni la palabra Olvido sea recordada, y haya una sola niebla, una niebla sin nombre sobre innombrables olvidados... ay, no logro contener las lágrimas! Cuántas veces, creyendo defenderme u ocultarme del olvido, no he abierto un ojo feroz y desconfiado sobre el vientre de la mujer, y en el vientre de la tierra en el vientre de la madre, en el vientre de la extensa soledad, he maldecido por querer huir así del olvido y echarme en brazos de la soledad de la especie, la muerte en la mujer, la entrega de mi yo a una estafeta solitaria, desamparada e interminable en el vacío atroz de los millares de años por venir, sombras de la nada,arrebatándonos todo, mi partícula amada, mi yo pequeño desamparado y poderoso. Oh, ilusión. Te dicen: Perpetúate, sobrevive en tus hijos y en tus obras. Mira, ya tu hija muestra los rasgos de tus ojos. Contempla ese rictus de sus labios, el gesto de su mano, esa posición que adopta en el dormir, su carácter, sus inclinaciones. Y tú crees un instante en que eso es bueno. Sonríes, con tanto candor como un niño a quien convencen de que el muñeco de trapo le hará compañía. Pero no es nada espiritual. Pura continuidad metafísica, mera repetición somática. ¿Que hasta tus movimientos se repetirán en tus nietos, tataranietos y los tataranietos de tus tataranietos? ¡Inercia! ¡Materia atroz! Yo no vivo en ellos. Yo no me siento ser en ellos. Cuando yo moría en la anestesia, mis hijos jugaban sin saber ni sentir mi agonía. Cuando ellos jugaban, yo no me sentía jugar con ellos. Mi vida y mi inmortalidad son demasiado pequeñas, tal vez -me diréis-; por eso mismo, no tienen fronteras comunes con nadie ni con nada. Entre un punto y otro, radio cero, no hay ninguna diferencia, ya lo sé, pero si hay una gran distancia. La diferencia y la distancia en que entre uno y otro punto, éste es otro. Yo y tú somos iguales, en esto: en que cada uno siente la existencia en y desde su yo. Pero somos diferentes porque somos otros. Es como un misterio de lugar. Un yo no puede ocupar el mismo sitio que otro. Despojados aun como estarían de todo atributo, de toda dimensión, de toda singularidad, serían un punto y otro punto; uno y otro. Yo podría ser completamente diferente a como soy, pero siempre sería yo. Y éste es el misterio mayor. El hecho de ser yo no es ser diferente: es ser Otro. De aquí hay que desprender un posible amor al prójimo. ¿Cómo amar a ese semejante otro que yo? Respuesta única: "Ámalo como a ti mismo".

...Y el tiempo pasa, el tiempo está aquí, el tiempo llega. El mismo tiempo delante, detrás, alrededor, persiguiéndonos, ausentándonos, bloqueándonos, amontonándonos, dispersándonos. Oh, amargura del tiempo. Y el tiempo está nuevamente aquí, nuevamente aquí. Para aventarnos, para bloquearnos, para arrastrarnos, para reunirnos, para dispersarnos; otra vez, otra vez, otra vez.

Soledad. Olvido. ¿Quién velará por mí, quién mantendrá despierta la llama de la conciencia para que me alumbre y yo siga existiendo? ¿Quién, oh, cielos, que a su vez nunca duerma ni pueda a su vez caer en el olvido?

Yo he relatado este episodio, tan decisivo para mí: María mi abuela, mi abuela adorada e íntima, tierra de mi sangre, madre de mi madre, mi abuela, que era como una excepción al vendaval, como un milagro del "abanico", trayéndome el pasado y viviendo en el presente. Cuando vi que las dos últimas lágrimas caían de sus ojos ya no transparentes, grite dentro de mí con profundo arrebato: "No puede morir. No. No debe morir. No ha muerto. No. El hombre no muere. No quiero que muera. ¡El hombre es inmortal!". Me aferré a ese grito, como a una tabla de salvación; como si en el vacío, por el solo hecho de crisparse, el hombre pudiera detener la caída. Como si la velocidad pasional con que un hombre se interna en el mar operara el milagro de sostenerlo sobre las aguas sin hundirse. Grité, me rebelé en el fondo de mí. Y fundé, junto al lecho de muerte de mi abuela, lo que alguien, a quien yo aún no conocía, Kíerkegaard, había fundado hacía ya muchos años; el Existencialismo; tal como Job con "sus gritos inútiles". Mis gritos fundan valores -me dije con profunda convicción. Y agregué, puestos ya esos primeros cimientos: "¿Por qué has de dudar de lo que quieres, y creer en lo que no quieres?" (Recordé, luego, el Argumento moral de la existencia de Dios: "El hombre anhela una Felicidad sin límites. Es así que no la tiene en su vida. Luego, debe haber (hay) una Felicidad Infinita, que es Dios"). Si el hombre quiere la Felicidad, y la Inmortalidad, y el Bien, y la Belleza, y el Amor sin fin, es porque existen. ¡No conozco ningún animal que tenga hambre de un alimento que no existe!

Yo no puedo renunciar a querer ver de nuevo, y para siempre, a mi abuelita adorada. Ya no podría vivir tranquilo, sin saber que veré otra vez a mi amigo querido, el poeta Vicente Huidobro. No puedo renunciar a juntarme con mi mujer, con mis hijas, con mis amigas y amigos queridos, y de una vez para siempre. Los amo. Los he amado anteayer, ayer, hoy, imperfectos aún, proyectos de sí mismos, bosquejos, anunciaciones, posibilidades. ¡Cuánto no espero amarlos después, completos, reunidos en todos y en cada uno de sus Verdaderos Momentos, cuando sean plenamente ellos mismos, cuando esta niebla de existencia que vivimos se haga plenamente real, íntegra, sin menoscabo ni residuo! ¡Quiero verlos de nuevos Comprendedme: No tengo el derecho de amputarme ese grito, este anhelo fundamental.

Me resulta muy sospechoso un animal que no quiera comer. El hombre moderno tienen una falla de la voluntad: es incapaz de querer "con un interés infinitamente apasionado". ¿Cómo puedo ser cristiano, como tanto voluntarismo? -se me pregunta. Respondo que, precisamente, porque no le veo solución inmanente a esta hambre y esta sed; y, por otra parte, no quiero que terminen jamás el hambre y la sed. Quiero tenerlas siempre, acrecentadas al infinito, para poder comer y beber con gozo tambén infinito. (Poca hambre, poca sed: enfermedad del hombre moderno. En terapeútica existen estimulantes. En mística, la Virgen María, según el versículo, aumenta hambre y sed: "Quien me beba, siempre tendrá más sed". En otro plano, el Arte. No es un camino de salvación, no es un sacramento; es sólo una prefiguración, y en cierta manera, un estimulante espiritual y sensorial para anhelar comer el Panis Angelicus que nos alimentará en cuerpo y alma, según la promesa final de la Resurrección de los Muertos).

Si vivo, quiero seguir viviendo. ¡Si soy ahora, quiero seguir siendo siempre!

(Inhibición). El pecado Original: No creer que lo existente se ha dado gratuitamente, por voluntad de un Creador. Creer que la Creación debió -debe-sujetarse a principios de razón: con lo cual se duda de un Dios absolutamente creador y omnipotente. El primer hombre come del fruto prohibido con la intención de conocer (Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal) esos principios de razón. Ipso facto el mundo se convierte en un mundo explicado, valioso sólo por referencias a verdades exteriores e independientes del Creador y, por tanto del hombre, que es su imagen. Éste pierde el contacto directo, puro y voluptuoso, con la creación. En lugar del beso de la amada, una explicación del beso. Pero al hombre no le basta. Para emplear una metáfora geométrica: como si después de gozar de la fruición deliciosa de una curva (de la circunferencia), se la quisiera reconstruir con un infinito número de rectas. La curva, pues, se quebró. Todo se dualizó. Antinomias. Desde entonces: Bien y Mal, efímero y eterno, permitido y prohibido, lo que gusta por efímero y lo que gusta por eterno, lo que duele por efímero y lo que duele por falta de voluptuosidad... ¡Nos arruinaron!

(Segunda inhibición). Lo bello me daña. Lo perfecto me da náuseas. Veo en ello la terrible Necesariedad. Mientras más amable me parece a la inteligencia pura, más me agobia, más me espanta, pues veo que eso debía ser así, y no podía serlo de otro modo. ¡Y no podía serlo de otro modo! Lo terrible es la perfección, me digo espantado. Dejadme con cosas vulgares. Quiero vivir entre feos, entre enfermos, entre esforzados. No me mostréis a Dios, Su sola Verdad me aplasta, Me ata. Oigo a Mozart y me da náuseas, (Enero 1952: literalmente, debo ir al inodoro a vomitar), La música, ¿es igual a si misma? ¡Qué horror! Decir que Dios está allí, en todas partes, consigo mismo, desde siempre y que no podía ser de otro modo... pero, ¿es que no comprendéis lo horroroso que es eso? ¿Que no podía ser lo Nada de ninguna manera? ¿Que la moneda no tiene sino una sola cara... y el otro lado, nunca, nunca se alcanza, porque no existe, porque no es posible?

(Contacto).... Soñaba con volver al Huerto. Afuera yo habría tallado un trozo de madera con un cortaplumas. Silbaría, entonces, una melodía sin término, sin comienzo ovalada. Sentiría el peso múltiple de los pájaros, detenidos sus cantos, racimos potenciaies de dulzura en el vasto ámbito. Pero el tiempo era tan cerrado, tan sensible y tan íntimo, y tan grande sin embargo, que entre el silbo de un pájaro y la respuesta del otro -cuya cabeza era delicioso acechar entre las capas vecinas-, había una larga pausa, una larga tibieza, un largo silencio. Semejaba una sinfonía cuyo océano de notas no supusiera inmóvil, callado por amor, y que fueran tocándose sucesivamente, una aquí y la otra allá, otra más lejos, pudiendo, si querían, no responder, pero tan libremente dóciles a la incitación de las notas vecinas, tan amorosamente condescendientes, que toda la música del huerto podría haber sido otra, otra completamente distinta y, ya lo creo, así lo soñaba, de otro cualquier modo tan dulcemente deleitosa. Con fresca morosidad, oculta mi cabeza como la de un ave entre las capas, habría yo tallado allí una madera, atisbado la roja granada, silbado mi canción, esperado la respuesta de otra ave feliz en la liviana, clara y sombría alberca del follaje.

(Fragmento de expulsión) ...internados en esas pequeñas ensenadas ocultas, donde parece que hubiéramos venido a interrumpir un silencio, una existencia o una inexistencia eterna. Apenas pájaros marinos, gritos agudos silenciados por la resaca, rocas, olas, espuma, ensimismados, extraños, como si recién hubieran nacido. Es hermoso y horrible ver como parece que nacieron en ese instante, al contacto de nuestra mirada, como también es hermoso, y de otro modo horrible, sorprender que todo eso existió, existía, ¡Dios mío! sin necesidad de mí, fuera de mí y desde mucho antes y después que yo existiera! Entonces sentimos que eso es lo que tiene realidad, que eso es lo que existe, y nosotros, en la más plena soledad, allí frente a ellos, insolublemente lejos, frente a esas olas, a esos grupos rocosos, a esa arena virgen y esos pájaros que vuelan libremente, somos injustamente pequeños, condenadamente innecesarios: irreales antes, irreales ahora, irreales después. Me recosté, tratando de no hacer ruido, de no sobresalir en la vasta extensión solitaria. Una luz extrarreal, que rezumaba de lo más íntimo del espacio, se adosó, beso a beso, con la arena. Luz y arena se fundieron y mezclaron tan finamente, que, de nuevo -oh tormentosa y delicada impresión-, sentí que no tenía yo derecho, que yo dificultaba en cierto modo la unión íntima de dos materias eternas que se quería consumar. ¡Oh, ilusión! Profundamente olvidado, atónito y temeroso, quise yo también absorberme en el silencio, igual que una poza de agua en el color. Bastaría un instante, y la vasta, la antigua y poderosa soledad del litoral me disolvería sin un esfuerzo, sin un estertor, como la noche inmensa acalla a los guijarros. De súbito, sobre la cresta de las olas, una raya refulgió, ardió y se hizo verde y ópalo y córnea visual. Rasando el lomo de las aguas, un pájaro antiquísmo me echó una rápida mirada de desprecio con su ojo rojo. Poderoso y antiguo, me desestimó con su ojo rojo, eterno y rojo, rojo y eterno como el basalto.

(Fragmento de Paraíso). ¿Adónde ir? -me preguntaba yo, acongojado. Había perdido a mi amada, la había perdido sin vuelta. ¿Sabes tú cómo se siente la ausencia? Se siente dentro de uno, y uno como que la busca fuera de uno; uno deambula, y mira aquí y allá, entra aquí y allá, sin descanso, como buscando el hueco que nos han hecho, como queriendo encontrar, por fin, definido, preciso, el terrible hueco. Caí en esos días en el Hospicio de Santiago. Fui a visitar a mi amigo, el psiquiatra Dr. Armando Roa. Pasaba yo con él las tardes, con mi mirada ausente, buscando aquel hueco que yo bien me sabía, la terrible ausencia causada como con un sacabocados. Así, a medias, con la mitad de mi alma aquí, frente a esos patios melancólicos por donde vagaban los alienados, por esos corredores miserables de vigas corroídas por el tiempo, la humedad y el orín, en esas salas desoladas, y con mi otra mitad del alma en una zona inestable y ausente, fue como comencé a sentir, casi sin advertirlo, casi sin querer ser mitigado en mi dolor, que una gran dulzura comenzaba a inundarme. ¿De dónde podía surgir esa paz, esa especie de felicidad y sosiego? ¡No era posible que naciera de tanta miseria y tanto dolor! Un idiota vagaba sin descanso por los caminillos bordeados de boj; de pronto, bajo un palto verde-profundo, se detenía y parecía comprender. Yo esperaba, entonces, un ademán, una mirada, un movimiento de su mano, una sonrisa, un rictus. El idiota tocaba apenas con el índice la hoja colgante y, luego, con la mirada perdida, continuaba su paseo intranquilo, su búsqueda incansable, su deambular sin fin, Ah, idiota mió, hermano: tú, tal vez, me rescataste a la vida, me recobraste de la soledad. Tú sufrías. Yo, acá, también sufría. Sin hablarnos, pero como si alguien hubiera colocado espejos invisibles entre uno y otro, vi que nuestras vidas corrían paralelas: el idiota buscando no sabe qué; yo corriendo en pos de la ausencia: ambos esperando una explicación a tan indefinible dolor.

Jamás antes había yo sentido la comunión humana. Ese será el sosiego, ésa la paz. Nunca lo hubiera imaginado. Sólo en la común miseria me fue dado. ¿Y por qué no osar decirlo? Sólo allí sentí la posibilidad y la dulzura del amor. Dulzura, comunión, amor: entre harapos, hediondez, locura, crueldad y congoja inexplicable.

Una última palabra. Amo la Verdad y amo la Vida. Amo la Verdad y la Vida; ¿son irreconciliables? Rimbaud, al final de su Estación en el Infierno clama por "...poseer la verdad en un alma y un cuerpo". ¡Imbécil! ¿No te lo había dicho San Juan: "Y el Logos se hizo carne?" Y el propio Hijo de Dios, ¿no habló así: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida?" Logos y Vida: he ahí el Paraíso.

En nuestros años un gran consuelo se nos ha dado. La Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma ha sido declarada dogma de fe. Un gran consuelo. Estamos ciertos de que una creatura humana, la primera, vive en estos instantes la gloria de Dios en cuerpo y alma. Sabemos con toda certeza que ella -aunque sublimemente pura, semejante a nosotros- goza de la visión de la Gloria. Y de la duración, y de la armonía, y de la música, y de la Comunión, y del Amor. ¡Alabado sea mi Señor por permitirnos ver en nuestro tiempo el anuncio esplendoroso y el primer cumplimiento de la promesa divina de la Resurrección de los Muertos!

La Resurrección de la Carne: el agua que sólo previmos, el vino que sólo intuimos, el beso que sólo añoramos, la felicidad que sólo soñamos... y a veces y apenas y llorando: allí, por fin, plenos. La Resurrección de la Carne, La gran armonía. El silencio, la soledad: La música, el amor. Mozart, Mozart, K. 595. ¡Alabado sea Dios!

 

Publicado en la Revista "David" Nº1, Santiago de Chile, Cuarto Trimestre de 1953

 

 

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Eduardo Anguita: Voluntad y Prefiguración del Paraíso.
Fuente: Revista "David" Nº1, Santiago de Chile.
Cuarto Trimestre de 1953.