El pueblo
UNO va por las calles de su vida y su muerte,
o a través de otras vidas o de ciudades crueles,
pensando en que su dolor es el que duele más
o que es inútil levantar esperanzas,
y un día de éstos, un día cualquiera, un simple día,
de esos días tirados como falsas monedas
para que los desvalidos las disputen,
al doblar una esquina, ve surgir algo así
como el origen o el fin de su destino,
o ambas cosas quizás, algo así como el eco
de un llamado recóndito, el saludo que ansiaba
escuchar algún día o alguna noche de ésas,
sin sospechar de dónde llegaría,
pero sabiendo que así iba a suceder,
porque alguien, un solo hombre o muchos más o miles
pasarían marchando hacia la misma estrella,
con igual decisión de no morir
a mitad de camino o en silencio.
Antes había visto yo a los hombres, antes,
bajo la noche a ciegas o el día sanguinario,
abalanzarse a los caminos; ser asesinos o héroes,
empuñar esperanzas o monedas; partir
hacia el olvido con sus lágrimas, o al alba,
salir a sostener sus certidumbres.
Había visto yo a los hombres solos,
más solos que el lecho de un tirano,
más solos
que la sonrisa del traidor, tan solos
que lo único de ellos era un vino de invierno,
una mujer exasperada, un ídolo.
Hasta que un día, un día de éstos, ese día
del que os hablo, bajaba yo de un cerro soñoliento.
Allí esperé el amanecer. Allí había bebido
la última poción de mi tristeza. Y en eso,
vi a los hombres ser algo tan distinto. Despertar,
salir temprano, llamar a los vecinos, caminar
del brazo por las calles, de tal suerte
que eran hombres al viento, más veloces
que una ola del sur, más crecidos que el aire,
más sabios que el germen bajo tierra,
más encendidos que el mayor amor.
Los que modelan los metales.
Los que levantan las ciudades.
Los que encienden la noche ferroviaria.
Los que construyen cunas y ataúdes.
Los que cuidan claveles o duraznos.
Los que reparten las harinas.
Los que dan forma al sueño del cristal.
Los que dialogan con las linotipias.
Los que guían la voz de los teléfonos.
Los que dan armonía a las pinturas.
Los que enardecen a las fraguas.
Los que aleccionan a las grúas.
Los que dan a la seda su dulzura.
Los que quitan la ira a los taladros.
Los que afinan el pulso de los tornos.
Los que incendian la espiga de las lámparas.
Los que nos traen el saludo del vino.
Los que acortan la noche hospitalaria.
Los que ablandan los músculos del cuero.
Los que hacen del cemento un ser sin alma.
Los que llenan las ferias de tesoros.
Los que siembran la leche en los umbrales.
Los que sostienen la nerviación del agua.
Los que llevan pololas a los parques.
Los que van con la chaqueta y el corazón al brazo.
Los que se levantan siempre más temprano.
Los que pintan de overol las asambleas.
Los dueños, por derecho, de la fuerza.
Los que ponen en movimiento al movimiento.
Los que invaden de súbito el presente,
las avenidas, nuestras vidas, todo,
el corazón, los labios, las banderas,
el deseo sin tregua de ser feliz un día,
de vivir en paz alguna vez, de procrear a gusto,
de tener una silla para las tardes últimas,
cuando el beso postrero del amor
module la canción que ha de alegrar la muerte.
Los vi llegar sobre el asfalto bárbaro,
con sus destinos a la espalda,
sus estandartes a punto de incendiarse,
sus compañeras, sus guaguas furibundas,
sus antebrazos llenos de venas vigilantes,
sus camisas veloces, sus olores a barrio,
sus banderas ensangrentadas por las flores,
sus carteles con la orden del día,
sus manos ejemplares, sus voces transpiradas,
sus canciones brotando de la necesidad,
sus ancianos ajenos al doctor, sus sindicatos
nacidos de la batalla y de las casas viejas,
sus mujeres sin rouge, peinadas por la furia,
riéndose a carcajadas del propio Presidente,
sus consignas nacidas en citas clandestinas,
sus zapatos comprados por planilla,
sus dolores muy vivos pero muy escondidos
bajo esa voluntad de no soportar más,
de darlo todo ahora, si hace falta,
para que estos dolores sean los últimos,
y llegue el amanecer en que se acaben
el enemigo, la traición, los cadáveres
que se quedan gritando por las plazas,
las corolas de sangre que no secan
y que ahí se quedarán hasta ese día
en que se les colme la paciencia.
Hélos aquí, de a seis o veinte en fondo.
Hélos ahí, como al destino.
Obligando al Ministro a preguntar si cuántos
son ésos que desfilan, y si acaso
se irán a alzar contra el gobierno.
Y nadie, nadie sabe. Y sólo atinan
a responder que ése es el Pueblo.
Naturalmente que es el Pueblo. El Pueblo
que está de pie en todas sus horas
y en toda su extensión. Que está de pie
cuando batalla y cuando sueña. El Pueblo
que nunca deja de marchar. Que avanza
a plena luz y entre la noche. El Pueblo
que vence aún en la derrota,
porque es invicto e inmortal. Y ahora
ya no es el sueño en el dolor. Ya no es
la sola espera de la aurora,
sino el cuerpo y el alma de los hombres
en la totalidad de su victoria.
