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"Pacto de sangre", de Efraín Barquero.
Editorial Universidad de Talca, Talca, 2009, 88 páginas.

Entre sirvienta y patrona

Por Pedro Gandolfo
Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 26 de Julio de 2009


Pacto de sangre , de Efraín Barquero (1931), establece un diálogo entre dos mundos, representados por la patrona y su sirvienta, la castellana y la india. Con maestría, Barquero construye un puente denso, reflexivo y novedoso entre ellos. El autor de "La compañera" sabe bien dónde colocar la emoción e, incluso, una dosis de fino humor se desliza por ahí: en "El Coipo" escribe: "La india se alegra de verlo acercarse lentamente/ sin poder despegar sus ojos de sus hermosos bigotes/ más importantes que aquellos de los antepasados de su señora/ cuyos retratos desempolva cada día en el salón".

Indica Jaime Valdivieso, en un breve y oportuno prólogo: "Se expresa en este poema largo, en cuatro partes, el mutuo entendimiento entre dos mujeres, entre dos razas, lo cual implica no sólo comprensión sino también admiración recíproca".

En Pacto de sangre el lenguaje poético es dinámico: paralelismos e imágenes se conjugan en primera persona -de "la india" o de la "castellana"-, pero es también el poeta quien toma a veces la palabra en tercera persona. La unidad se mantiene, con todo, en el tono, el ritmo cierto y un logrado equilibrio entre la alegoría y la individuación, entre el símbolo y la concreción.

Así, Efraín Barquero, explorando los efectos del tiempo pero con un fuerte sentido de lo tangible, escribe a través de la castellana: "Qué viejo es tu rostro como el mango de un utensilio/ donde están marcados los dedos de muchas generaciones/ Qué viejo es tu silencio de todas las cosas/ temo dar un paso hacia él / sería como atravesar toda la tierra./ Solamente lo rompen las primeras gotas de lluvia/ sólo las primeras porque después es más que el silencio./ Qué viejo el día tuyo como si fuera el último/ porque tardas cada vez más en encender la lámpara / como aguardando que la noche sea más grande/ y aparezcan nuestros rostros/ asombrados de ser como son".

En esta profundidad asible el poeta mantiene una tensión lírica y, de algún modo, épica (se podría decir en un sentido quizás de lo doméstico o de lo próximo). Se trata de una vivencia del mestizaje, de la difícil identidad y convivencia de clases, pero dicha desde una cautelosa distancia contemplativa pues "si es que son palabras las nuestras cuando creemos en algo".

Anota Jaime Valdivieso: "Ningún poeta más cerca de Gabriela Mistral que Efraín Barquero..." Y esta presencia, de muchos modos, lo acerca también a otro gran mistraliano, al poeta cubano Eliseo Diego. No obstante, Barquero, poseedor de una voz clave dentro del panorama de la poesía chilena, encontrándose a la par con poetas de la talla de Jorge Teillier, Armando Uribe o Enrique Lihn, bien pronto le entrega al lector una serie de estímulos muy personales, donde lo telúrico y lo religioso hallan espacio y complemento. El libro de Barquero sondea, aproxima y pone en palabras una conversación esencial que no se ha dado en lo hechos, franquea con la poesía una mudez de otro modo irredimible: "Puedo confundirme con el rincón donde estoy/ con todas las cosas, menos con mi patrona./ Pero a veces me pongo alguna prenda suya cuando se ausenta/ ya que dicen que es bella todos sus conocidos./ Yo no sé qué quieren decir con esa palabra./ Ellos se quedan mirándola como si fuera la Virgen María/ o la novia de un príncipe, de un cerezo florido./ Yo me restriego los ojos y la veo como siempre/ aunque hay algo en mí lo mismo que en los animales/ cuando se quedan mucho rato mirando a una persona...".

En esa conversación cada parte se espejea en la otra y se interna en sí misma: "Poco te importa mi presencia, sólo más bien mi sombra/ a la cual miras con tanta atención como si fuera la única/ que tuviera poder sobre ti...". En este mismo sentido leemos: "Encuclillada/ la india parece estar más cerca de todas las cosas. (...) Esta mujer me recuerda algo que perdí al nacer./ Y al verla encuclillada/ me parece más y más ella misma".

Hay, como es usual en otras obras del Premio Nacional de Literatura, también un acercamiento a través de símbolos esenciales: "Antes de ofrecer el cordero en sacrificio/ al acercarme a la india/ siento engruesarse de repente/ mi arteria del cuello/ veo el cielo cubrirse de nubes oscuras./ Algo me hace acercarme a ella/ es el olor de la sangre/ porque somos por un momento como dos animales husmeando en torno./ A ella me acerco como si nos uniera un círculo sagrado/ el más viejo de todos/ el que nos hace odiar a quienes nos aman/ y amar a quienes nos odian/ abriendo y cerrando cada vez/ el gran círculo que recorre el sol cada año".

Pacto de sangre dona un poetizar lúcido, maduro y apelante, como si de pronto el lector si viese obligado a oír aquella verdad que sólo el arte puede decir.

 

 

 

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"Pacto de sangre", de Efraín Barquero.
Editorial Universidad de Talca, Talca, 2009, 88 páginas.
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