Estar frente a un texto de poemas de Clemente Diego reedita el inusitado vaivén y el giro barroco de su primer libro, Noche Roja de Amapolas, a cerca de 10 años de su publicación. Este es su segundo texto poético, y su nombre da cuenta de su hibridez, de su polimorfismo, mezcla de crónica y de diario: cronicario.
No es extraño que la Conquista de América siga siendo un tema que sirva de polo y metáfora para construir textos, sean estos ensayos, narrativa o poesía, como es este caso, en que la poesía se entrecruza con la crónica. Que proporcione materiales para desarrollar un imaginario contemporáneo, por la cantidad de escenas, movimientos y por el impacto político y cultural que significara para Occidente. Según Todorov, el mayor genocidio de la humanidad se cometió por españoles y otros europeos durante la Conquista. Su libro La Conquista de América está dedicado a la memoria de una mujer maya devorada por los perros.
Dentro de este clima y de este ambiente estamos situados en este Cronicario y sus 20 crónicas. Dedicado a Juana de Asbaje —la famosa Sor Juana Inés de la Cruz— una de las más impactantes figuras de las letras mexicanas, a ella, la autora del gran poe-ma “Primero Sueño” y de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, seudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, crítico de la Carta Atenagórica de Sor Juana. Dicha Carta era una tentativa de dar argumentos para mostrar que en la catequesis de los indígenas no había necesidad de crear separaciones lógicas ni distinciones conceptuales ni, por lo tanto, separar el “ser” del “aparecer”, los “medios” del “fin”.
Los textos, las veinte crónicas, nos sitúan en un tiempo en que lo antiguo vuelve a ser contemporáneo, la presión, la dificultad, la oscura y temida vigilancia: la Inquisición, el machismo, y por ello, todas estas contrariedades el autor las escenifica en un mundo al que miramos desde lejos: el Siglo de Oro Español, México del S. XVII, entre lo antiguo y lo moderno, en que el pasado es una cita del mundo contemporáneo. También entre dos cuerpos, uno hispano y otro mestizo, dominante el uno, de rasgos pertenecientes a la nobleza europea; el otro aindiado y mestizo trenzados en una lengua única, que se establece sobre la retórica de la Conquista y le imprime diferencias, le da una nueva trama, alterando la sintaxis y muchas veces la morfología de la lengua.
Este poema conforma centralmente la figura del apóstrofe lírico, es decir hay un yo que intenta dialogar con un tú, y desde allí elige constituir un mundo en un escenario conformado por el tropo de la Conquista. Este sujeto así constituido escribe a Manuel, dando pie a la lírica amorosa:
Si tiemblas, Manuel,
Mi Manuel de mano maniatada manida amanerada
Mis encantos se corroen y se pierden como fina arena en la ventisca
Errante temblor y nauseabundo,
Fuego aéreo tumefacto
Veneno claro y perfumado
Como perfumadas son aquellas, las que de tu rostro caen
Dagas de fino hilado
Que clavan en oro y crines
Mi lengua y se arman
Como féminas prendas del ajuar de la doncella que nunca desposó (20).
El empeño del texto es elaborar un discurso emancipado del gesto colonizador, en un afán de ruptura y disidencia con el dominio de la lengua de la Conquista, de la que retiene el hipérbaton, la sinestesia y la elipsis:
Memorio así tu nombre
Yo, que pronuncio, como mater linguae transhumante
Que, expulsando a la nativa, va y se engarfia de mis huesos (23)
Y en la Crónica Novena:
Mas no callo. No te escucho
Cuento así la historia de la tierra y la conquista
Con palabras que no existen, que me invento,
A ti, que de súbito cimientas en conquista propia y auditorio (24).
Son veinte textos, un prólogo dedicado a Juana de Asbaje, la gran figura de la Colonia y del México virreinal, y veinte crónicas que narran este encuentro amo-roso, con poemas de amor y reproche, en los que surge –como señalé– un nuevo modo de decir, una lengua, que, más allá de la lengua dominante o la del dominado, se teje de lo que Barthes llamaría el tercer sentido, es decir del significado oblicuo que emana del juego de los significantes, como en un intercambio de espejos que refleja la otredad.
Hiatos, elipsis y metáforas, quizá la elección de Coahuila, en que se anida el eco del coa, del lenguaje delictual y la huila, es decir, el fragmento deshilvanado de una prenda, en el idioma coloquial español, pero huila es también en náhuatl el miem-bro torcido de una persona. Desde allí viaja al mapudungun y por esa vía ingresa al orden de la semántica y del léxico español. Como tullido, cojo, de alguna manera el ojo del inconsciente que escribe sabe más que el ojo que mira y ese ojo escoge Coahuila, región cercana a Texas y antiguamente parte del Virreinato de Nueva Extremadura, una de las jurisdicciones de la Nueva España.
A la sombra del Imperio hispano se trenza pues un idioma que busca eludir el poder falologocéntrico, masculino y heterosexual, y forjar un idioma que responda a su otredad, y para ello se vale del español culto, que sigue el modelo del siglo de oro y el de las letras coloniales en la América hispana.
Es por un disgusto que la lengua del que escribe se vuelve “insurrecta”, se es-capa de las órdenes de los amos y “torna en insumiso el indómito desorden que engalana mi agasajo” (33). Es decir, altera los patrones sintácticos y modifica los vocablos, hace verbos y adjetivos de sustantivos:
Mas si caigo, y mi boca se contrata de tu cuello
Y se empecina
En despido claro de noche acalambrada,
Contaré mi historia valiéndome del timbre de tu risa,
Y del suave tono de tu canto,
Que en latín de Agustín convento,
Engregoria la aureola de mi frente (35).
Y de esta mezcla de códices —se sabe que Sor Juana también introdujo palabras en náhuatl a sus poemas— nace un secreto poético, un susurro y un grito de los significantes eróticos y erráticos que se remontan desde edades y terrores, temblores de épocas quizá no tan lejanas ni distantes.