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Anatemas, de René Silva Catalán
Editorial Fuga, 2010

Por Ernesto González Barnert

 

Un buen libro es un sobreviviente –Enrique Lihn lo sabía-. Y “Anatemas” no deja de serlo, nunca. Desde el principio hallamos el anatema de esta obra: la muerte del hermano. Su vida misma observándose sobreviviente (o condenada) en relación a esa sombra ominosa, una y otra vez, estaca o faro, maldición y redención, punto de partida y llegada. Pero no es un libro de muerte. Sino del que de súbito toma su pulso oscuro. Y tiene que seguir, contra todo.

Así redimir su –cal y canto- en una felicidad no mordida por la culpa, un amor no despedazado por la falta de perdón.  Sirvan o no estos poemas de expiación, de piedad y no sacrificio, hasta arrodillarse, familiar y discípulo entre olivos y multitudes, según. Y aunque toda esta simbología y fraseo judeo-cristiano y grandilocuentes títulos inviten a creer que este poemario es un libro religioso, en sentido estricto, no lo es. Sí, es un libro cuya dimensión simbólica judeo-cristiana permea el aliento y sobrecarga innecesariamente los hombros del poema, a la luz de su significado, aportando muy poco a los poemas o sobrando lisa y llanamente. Por otra parte, tampoco me parece exacto definir este libro como: “la búsqueda de un secreto que es, a todas luces, el secreto de lo arcano” como señala Felipe Ruiz, en una frase que apunta a todo, sin llegar a nada, en el epilogo. 

Con respecto al libro de René dije algo que me parece interesante justificar y es que no me parece un libro de muerte. A pesar de lo imbuido que esta la versería total de Anatemas con el tema. Me explico, al decir que no es un libro de muerte, lo pienso en rivalidad a los libros del ramo básicos, por ejemplo, y, que aquí brillaron por su ausencia, el Papiro de Ani, el Libro Tibetano de los Muertos o el mítico Poema de Gilgamesh, entre otros. Y más acá, los libros de esos poetas chinos Lihn y Hahn (Diario de Muerte y Arte de Morir respectivamente), o el de ese poeta mandarín que es Gonzalo Rojas (Contra la Muerte). No, aquí no hubo esa forzosa hincada de diente, esa sabiduría ganada para llevar agua a su propio molino. Y creo que debió –en el fragor de la corrección y armado- empaparse para aumentar sus recursos, caza y alcance del poemario, así volcarlo a nosotros como un libro aún más potente y fino. Incluso la lectura de la Biblia –nuestro gran libro de los libros de muerte- me pareció desabrochada en Anatemas. Así y todo este libro sale adelante y gusta. Y eso nos revela una verdad de cabecera, un libro puede tener todos los defectos que se quiera, pero no puede nacer muerto. De ahí que Lihn entienda a los libros como sobrevivientes. Y de ahí que este libro gané el gallito.

Con respecto al estilo, digamos, que tampoco su voz y posición esta cuajada del todo, su mezcla todavía este muy cerca de sus referentes poéticos en cuanto a despliegue, recursos y giros. Igual hayamos chispazos y gracia. Y poesía. Sin duda, René Silva Catalán (San Bernardo, 1971) es un poeta de dote y del que se puede augurar cometido, claro está, si no se confía en la seguridad de la medianía del oficio donde descansa tranquilo y cómodo por ahora. Ya saben, Chile está lleno de poemarios buenos, pero queremos los geniales e ineludibles.

 

 

 

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