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UNA PEQUEÑA ÉPICA DE LA DERROTA
A propósito de libro “Higiene”, de Ernesto González Barnert

Por César Cabello


Que la poesía no alcanza para perpetuar una existencia más o menos memorable, es una certeza con la que muchos de nosotros –poetas- escribimos a diario. Dudamos, desconfiamos del lenguaje y las posibilidades de la poesía, quizás todavía lastimados por la experiencia de una lengua impuesta con brutalidad, en las primeras campañas de conquista española. No somos víctimas, es sólo que escribimos y purgamos en la culpa de una lengua y un lenguaje que no nos pertenece y que –aún así- nos obliga a reconocernos. El libro “Higiene”, de Ernesto González Barnet, es un ejemplo de lo digo:

“…nautas de poca memoria… / mezclaré a pesar de los cuidados / semillas con marañas / la saliva vulgar y soldadesca de nuestro primer castellano / con la sal de este ensimismamiento…”, se pregunta la voz de estos poemas, en uno de sus intentos por alcanzar una palabra de trascendencia. Pero el resultado final es siempre el fracaso: “…sinfín irregular de aproximaciones / o apariencia que decanta. / Anacrónicas las inclinaciones / erráticas mis glosas / yerra la impaciencia esta página. / No claudico.”

Dividido en dos secciones, el libro propone en una primera parte, titulada “Higiene”, la voz de un poeta que purga moral y sicológicamente a través del acto de la escritura. Con un lenguaje claro y directo, a veces epigramático (como quien ensaya una y otra vez su epitafio), el poeta nos instala en el lugar de sus miedos y cavilaciones, que no son sólo la angustia frente a la página en blanco, sino también el dolor de no poder salvarse ni salvarnos:

“Envejecí a costa de los míos –rama que da justo / sobre la ventana, / tapa la luz-. / Injerto que reventó de lleno / sin fronda.”     

“Yo que entiendo ese no llegar, el riesgo / de no dar alcance, / te pido absolver estos papeles y las sombras / que le dan sentido, / pábulo de una ceguera, pobre escisión / que deja una gota de rocío al borde de una cala.”

Esta idea, reforzada con versos que refieren a una tradición literaria desgastada, donde la poesía “es un cadáver que, como otros, se lava con esmero”; y, “los poetas del pasado son mis maestros, pero no son yo mismo”, nos permite ensayar, también, la lectura de un arte poético en crisis (y periférico), en el que no sólo nos preguntamos por el “valor espiritual” de la poesía, sino por cómo esta se vincula y participa de la sociedad y del futuro.

A esto el poeta González Barnet contesta titulando la segunda sección del libro con una dedicatoria: “A los Riñones”. Es –quizás- en este pequeño gesto de renuncia donde se esconde la respuesta al sentido total del libro: el poeta castigado y purgante, abandonado a la práctica de un oficio inútil, a través del cual elabora representaciones de sí que lo señalan como un ser mutilado: “Sé lo que es el arte del bonsái / al observarme / ningún pretexto para exceder el espacio / y erguirme sobre la pedrada.”; o que, abiertamente, lo sitúan en una condición infrahumana: “Se ejercita en poesía viniendo a insecto / entre cuatro paredes”. Decide, mediante una dedicatoria, entregar “A los Riñones” el destino de sus temores y obcecaciones.  

El gesto no deja de ser interesante. Primero, por la precisión con que González Barnet escoge al dedicatario de su derrota. Los Riñones, una compleja maquinaria natural de reprocesamiento, cuya función es la purificación de la sangre, así como la eliminación de desechos y excesos de agua del organismo, acentúan el sentido de limpieza o purgación presente desde propio título de la obra; segundo, porque a partir de este gesto de renuncia, el poeta pareciese aceptar definitivamente la imposibilidad de su tarea, desligándose, en el obsequio de sus miserias e incompetencias, de toda responsabilidad por una palabra “mayor”. Por ello la actitud lírica apelativa que se asume en algunos poemas de esta sección, es fundamental. A través de este recurso el poeta cierra el círculo de su dedicatoria y, probablemente, de su proyecto escritural. “Esto soy yo” –parece decir González Barnet-, “estos mis lamentos, mi historia y mi derrota”, entregándonos las claves para una existencia igual de espuria y miserable:

“En borrarse adiéstrate. / Cada cuartilla que no la vale como la sombra de una estaca o árbol seco. / Cada texto como un desierto en el que te entregas a morir / como una piedra más, ciega al sol.”

“Confórmate. Di basta. Para. / De vez en cuando es mejor no exigir más, retroceder, / dar por alcanzado lo que pueden los hombros.”    


PARA UNA POÉTICA DE LA “HIGIENE”

Hay en “Higiene”, especialmente en la sección titulada “A los Riñones”, la intención de plantear abiertamente un texto preceptivo, mezcla de confesión y consejos de cómo acabar sepultado por la propia ineptitud retórica y comunicativa. Su marcada inclinación metapoética, sumada a algunos de los tópicos que señalo, y a los que se agrega la figura del poeta voraz y –a veces- sibarita que se alimenta y disfruta con el fracaso de su proyecto de escritura, nos entrega los fundamentos de lo que podríamos llamar una “poética de la autoflagelación”, en la que se vuelve necesario limpiar o purgar la culpa por abandonarse a la práctica de un arte condenado. Por supuesto, en todo este proceso nada es gratuito ni se sale ileso:

“Atosigas la liebre cuando ya remata el hemiciclo. Repuntas / cuando ya es muy tarde. / Hoy no comerás.”

“Unta este pan duro / en tu vino de ordinario y róelo / figurándote otra friturilla u snack. / O babéalo con lo que sea, / concíbelo tragable / sintiendo el buqué / vencido de sal y fuego / con que aderecé esta rebanada. / O ráyalo sobre tu carne.”

Como quien responde al mandato de un viejo Libro de Penitencias, el poeta Ernesto González Barnet, se expone con brutal honestidad al reclamo de un arte y una existencia cada vez más estériles, a través de una poesía que se pretende idéntica al que la escribe, y de la que sólo puede esperar la incertidumbre, el peligro y la derrota.         




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