Proyecto Patrimonio - 2026 | index |
Ernesto González Barnert | Autores |









Entrevista al poeta colombiano Juan Carlos Acevedo

Por Ernesto González Barnert

Tweet ... . . . . . . . . . . . . ::.:...:.:

“La poesía es un diálogo que hemos sostenido con la historia, y la entiendo como un
diálogo múltiple, no como un monólogo.”


Hay poetas que escriben desde la torre, otros desde la herida. Juan Carlos Acevedo lo hace desde el fogón: un lugar concreto, comunitario, lárico, donde la palabra no se eleva para distinguirse sino que circula, se comparte y, sobre todo, se mantiene viva. No es casual que uno de sus libros se titule Historias alrededor de un fogón: ahí hay una poética y también una ética.

Nacido en Manizales, Acevedo ha construido una obra persistente, sin estridencias, que se despliega a lo largo de más de dos décadas. Desde Palabras de la Tribu (2001) hasta Pájaros de humo (2026), su escritura ha ido decantando una voz que reconoce en lo cotidiano —en la conversación, en la memoria oral, en los restos de la historia reciente— un territorio suficiente. No hay en ella voluntad de espectáculo, sino de registro: una atención sostenida a lo que arde sin hacer ruido.

Esa misma lógica se extiende a su trabajo fuera de la página. Promotor de lectura, escritura y oralidad en la Red de Bibliotecas Públicas de Caldas, director de talleres, integrante de la Academia Caldense de Historia, Acevedo ha hecho de la literatura una práctica situada. No escribe al margen de la comunidad, sino en diálogo con ella. Su libro Las letras que nos nombran (2017), dedicado a la revisión de la literatura del Viejo Caldas, confirma esa preocupación por los procesos colectivos de la palabra: cómo se forma una tradición, quiénes quedan dentro, quiénes fuera.

Los reconocimientos —entre ellos el Premio Nacional de Poesía “Eduardo Cote Lamus” 2023— no alteran ese pulso. Más bien lo ratifican: estamos ante una escritura que no busca imponerse, sino sostenerse. Que no dramatiza su lugar, pero tampoco lo abandona.

En esta entrevista, Acevedo vuelve sobre esos ejes: la poesía como conversación y como memoria, la lectura como acto público, la escritura como forma de resistencia silenciosa. No hay aquí grandes declaraciones programáticas. Lo que aparece es algo más difícil de capturar: una idea de la poesía como oficio continuo, casi doméstico, donde cada palabra debe justificar su presencia.

Leerlo —y escucharlo— es entrar en esa economía. Una donde el poema no pretende iluminarlo todo, sino mantener encendido, aunque sea tenuemente, el fuego.

 

 

Tuve la suerte de conocerlo en el marco del festival Paralelo Cero de Quito (2025), un espacio donde su voz —firme, sin impostación— encontró un eco natural. Allí también pude leer La casa en el invierno, un libro que condensa bien su tono: sobrio, atento a lo mínimo, a las filias, coronado por sus lecturas de Jorge Teillier y otras, atravesado por una intemperie local y poética que nunca se vuelve espectáculo pintoresco. Publicado por la Universidad Externado de Colombia en un tiraje amplio y, fiel a su lógica de circulación abierta, disponible para descarga gratuita (https://www.uexternado.edu.co/wp-content/uploads/2021/06/174.-La-casa-en-el-invierno-1.pdf), ese volumen confirma lo que esta conversación deja entrever: una obra que no busca deslumbrar, sino permanecer, alzarse como un vínculo del hombre con lo trascendente de su humanidad, donde cada quien es llamado a escuchar lo sagrado que lo funda.

 

—En tu poesía hay una conciencia persistente de linaje —de “manos” y “rostros” que te preceden—: ¿escribes desde una memoria heredada o desde una herida que intenta fundar su propio origen?
—Fundar un origen sería pretencioso en mi caso. Soy un poeta de provincia, sin las ambiciones de muchos, pero, más que eso, creo —espero estés de acuerdo con esto— que son muy pocos los elegidos para fundar. Ya lo vimos con Neruda en sus Alturas de Machu Picchu, en el Canto general, o en Tango del viudo, en su Residencia en la tierra; que esos dos poemas nos sirvan de ejemplo para mostrar cómo don Pablo funda una manera de nombrar. Si busco otro ejemplo, sería la poesía lárica de Jorge Teillier y el grupo de poetas que lo acompañaron con su manifiesto; y ni qué decir de Elvira Hernández y ese desenfadado poema que es La bandera de Chile. Esos serían apenas unos ejemplos de poetas fundacionales, referidos a tu país, sin olvidar a los continentales Huidobro y Parra. En otros territorios, Vallejo, Orozco, Fernández Retamar y Luis Vidales en Colombia.

Estoy seguro de que escribo desde una memoria heredada, una que cuido y trato de no traicionar, porque pertenezco a una generación que evitó el parricidio, no por miedo, sino por una admiración genuina, ganada por los autores latinoamericanos. Me formé leyendo, dialogando con los grandes maestros de la poesía escrita en español. Eso me permitió reconocer el trabajo de muchas poetas y otros poetas, y reconocerlos en su estatura.

Leerlas, estudiarlos, investigarlos creó ese diálogo que les dice: ustedes están antes, han abierto caminos, han fundado poéticas y yo estoy atrás, aprehendiendo. Ya se ganaron esa admiración de sus lectores universales, entre los que me incluyo. Sí, escribo desde una memoria heredada.

—Tu obra oscila entre lo íntimo y lo histórico, entre el amor y la guerra. ¿Cómo sostienes esa tensión sin caer en la retórica o en la consigna?
—El poeta, el escritor, tiene una única herramienta: las palabras. Eso ya lo dijo alguien más; yo creo en esa sentencia. Con ellas construimos nuestras poéticas, avanzamos en nuestras búsquedas, cubrimos nuestro desamparo. Así que acertadamente dices que mis poemas van entre esos tópicos que mencionas y, entonces, trato de conocer las palabras de mi idioma, de aprender de ellas, de vivir con ellas, de preguntarles por las salidas literarias que necesito.

Cuido las palabras como alguien cuida el agua de su fuente y trato —espero lograrlo— de no caer en lo retórico ni en lo panfletario.

—En La casa en el invierno, la ciudad aparece como un espacio hostil, casi como un organismo que expulsa, pero también ata. ¿Qué lugar ocupa Manizales —y la provincia— en tu imaginario poético?
—La casa en el invierno es, en verdad, un libro que encierra esta ciudad pequeña donde habito, en Colombia. Manizales está enclavada en la cordillera Central de mi país, en plena montaña, a 2.200 metros sobre el nivel del mar aproximadamente; está lejana —por tierra— de la capital, Bogotá. Al ser provincia, muchos de sus habitantes quieren salir, fugarse a ciudades más grandes. Yo decidí quedarme, vivirla, sentirla, habitarla.

Desde ahí, esa aldea donde nací, ese pueblo que con los años se convierte en ciudad, ha sido parte de mi escritura: sus calles o sus teatros, sus bares y sus iglesias, su estadio o sus cines, sus restaurantes o sus parques, y toda su arquitectura republicana; más todos los seres anónimos que residen en ella asoman en mis versos. Veo en estas ciudades intermedias, de provincia, un mundo posible para mi poesía, a la cual le interesan las causas perdidas, la soledad de las pequeñas cosas, la melancolía del hombre que recorre sus calles o la manifestación del paisaje que se pierde bajo muros de concreto que no dejan escuchar las pulsaciones de sus habitantes.

—Has sido periodista cultural, tallerista, gestor: ¿cómo dialoga ese oficio público con la soledad radical del poema?
—He tratado de no alejarme de la literatura en cada uno de esos oficios. El periodismo cultural lo realizo desde entrevistas a autores y autoras, reseñas y ensayos críticos sobre libros, crónicas y reportajes sobre poetas, novelistas o cuentistas; los talleres de escritura creativa van enfocados a la poesía, y la gestión igual va hacia lo literario; es decir, el eje siempre es la literatura y, desde allí, me enriquezco, me nutro con los diálogos, los libros, los alumnos.

Todo eso me permite crear puentes con el oficio, puentes que me sostienen en medio de la barbarie de estos tiempos; porque, al final del taller o de la escritura de una página crítica o de haber logrado entrevistar a una autora, ¿qué queda?... Yo diría que la soledad del estudio donde escribo, la del cuarto de hotel donde debo amanecer, la del auto con el que atravieso carreteras del país. Siento, entonces, que he ganado: aprendí de las conversaciones con esos amigos, de sus libros, y así dialogar desde lo público con la implacable soledad del poema se me hace más llevadero.

—¿Sientes que la poesía colombiana contemporánea ha construido una voz propia o sigue dependiendo demasiado de tradiciones externas?
—La poesía colombiana contemporánea ha construido una voz propia desde hace varias décadas. Estoy seguro. Tenemos varios ejemplos, pero citaré uno, tal vez el que ya supones: la voz de Piedad Bonnett es el ejemplo perfecto. Ella resume de manera certera esa construcción de una poética contemporánea en el país, sin búsquedas en el exterior. Al leer y releer sus versos, sé que no encontraremos una poética autorreferencial, sino la transfiguración literaria de su visión del mundo y sus interrogantes. Porque ella transforma lo cotidiano, lo superficial que vemos todos nosotros, y nos presenta o nos revela —desde su poética— lo oculto, lo escondido en lo habitual. Ella nos acerca, a través de esa metamorfosis, a su concepción poética del mundo en el que vive y en el que vivimos.

Al nombre de Piedad Bonnett podemos sumar diez nombres más que nos han permitido avanzar desde lo que somos y sumarnos al coro de la poesía escrita en español.

—En varios poemas está la filia con Jorge Teillier y su obra; se percibe una cercanía profunda y clara con la poética de los lares. ¿Qué encuentras en él o en esa corriente que no te ofrece la tradición colombiana?
—Como poetas, siempre tenemos voces tutelares; la del poeta Jorge Teillier ha sido fundamental para mí. Lo descubrí hace 30 años, tras su partida, con un libro que conservo y que es uno de mis libros de cabecera: Los dominios perdidos, en la colección Tierra Firme. Poetas chilenos, del Fondo de Cultura Económica, en la tercera edición para México de 1995.

Cuando lo leí, supe que ese poeta hablaba de cosas cercanas, pequeñas, íntimas, que me interesaban. Teillier no cae en la moda de las vanguardias, o mejor, de las rupturas, y es capaz de mirar el mundo y volver a lo simple para cantarlo con su voz, rodeada de asombro y símbolos, llenando cada uno de sus poemas de belleza. Él supo que era importante cantar desde la melancolía, buscar nuestro “paraíso perdido”, que las luces y los flashes no deben distraernos a la hora de escribir. Sobre todo, me enseñó que la honestidad del poema no se negocia.

Desde ese primer encuentro —en el lejano año de 1995— me interesó su obra, su postura frente a la poesía. Esa piedra angular que fue su lectura me hace buscar todo lo que pueda sobre él. Tengo varios de sus libros, de sus entrevistas, de su poesía comentada. Es un verdadero maestro y uno de los más altos poetas de nuestra lengua.

Ha sido tan importante en mi vida que, hace tres años, en un viaje realizado a Chile, a la región del Valle del Elqui, a homenajear a la gran Gabriela Mistral, aproveché para viajar desde Valparaíso a La Ligua, al cementerio donde reposa el Príncipe de los poetas. Estuve allí unas horas; conmigo llevé una pequeña botellita de pisco y bebí en su compañía mientras leía sus poemas. Fue mi forma personal de agradecerle. Cosas de poetas, ya sabes, que nuestros amigos chilenos pueden corroborar.

—¿Crees que hoy es posible una poesía de la intimidad sin que se lea como evasión frente a la violencia estructural de América Latina?
—Ningún artista verdadero es ajeno a los tiempos que vive. Los grandes autores ya nos lo dejaron saber. Nosotros tampoco somos ajenos. Hemos tomado parte; nuestros países cuentan con las voces de cada uno de nosotros para que esa violencia estructural, como la llamas, no se agazape en discursos y actos maquillados por lo políticamente correcto.

El camino de la evasión no puede ser elegido por los verdaderos artistas; en todos nuestros actos existe un compromiso y lo asumimos con altura. Con esa certeza, el poeta, el artista, puede crear una poesía de la intimidad, entendiendo su mundo, su tiempo, sin traicionarse, sin engañarse.

—Tu escritura evita lo espectacular y apuesta por una épica menor, casi doméstica. ¿Eso es una decisión estética o una postura ética?
—Después de elegir mis poetas tutelares y estar atento a sus quehaceres, lo que escribo (desde la honestidad y la disciplina) busca más la épica menor, desde una postura ética que trato de construir hace varios años.

Quiero ser consecuente con mis lecturas y mis búsquedas. No es nada fácil, lo sabemos, pero, libro tras libro, lectura tras lectura, diálogo tras diálogo, agrego elementos necesarios para pensarme la manera de asumir una postura ética y vivirla a través de mi escritura.

—¿Qué significaron para ti los premios que has recibido?
—Los premios literarios que he alcanzado son una recompensa y una ventana. Recompensa en el sentido de ver tu trabajo —de varias décadas— ser reconocido por expertos. Es una gran satisfacción. Una ventana porque te ayudan a ser más visible en un país como Colombia, donde el centralismo aún se siente. Hay gratitud y felicidad por cada premio recibido.

—A veces aparece en tu obra la idea del “poeta fantasma”… ¿te sientes así, como alguien que se borra en lo que escribe o, al contrario, como alguien que intenta dejar una marca?
—Estoy convencido, como creía Miguel Hernández, de que lo autorreferencial en la obra literaria se debe exponer como experiencia y no como dato biográfico. Así que trato de dejar al sujeto poético de mis libros que nombre el mundo que habito. Ahora, muchos poetas se exponen constantemente a través de redes; su “yo” los desborda y su obra se ve empobrecida con anécdotas o sucesos personales que no aportan mucho a la verdadera poesía. Cuido mi poética de que caiga en eso.

La poesía es un diálogo que hemos sostenido con la historia, y la entiendo como un diálogo múltiple, no como un monólogo.

Al final, comprendo la poesía como la huella que los hombres de todos los tiempos han dejado en cada época de la humanidad. Es a través de la poesía que el hombre da testimonio de la existencia de sus dioses y de sus días en la Tierra. A través de la poesía contamos la historia de todos nosotros, no la de un solo individuo. Así que el poeta es apenas un instrumento en el poema.

—¿Cómo entiendes hoy la relación entre poesía y comunidad, sobre todo desde tu trabajo en talleres, desde la provincia de las ciudades centrales de Colombia?
—La poesía goza de buena salud en Colombia: festivales y revistas, encuentros y muestras, colecciones y editoriales independientes nos hablan de ello. ¿Y qué nos dicen? Que la poesía está viva.

Desde ahí, creo que la relación se nutre: hay escuchas de poesía, lectores de poesía y un buen grupo de gestores y poetas que la hacen posible.

¿Existe para ti una tradición latinoamericana reconocible o más bien un conjunto de islas poéticas sin centro común?

El tema de la tradición poética en nuestros países ha dado mucho de qué hablar. Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Venezuela, Cuba y México han gozado de una fuerte tradición literaria y, por supuesto, poética. Han puesto en el mapa literario de América nombres ya inmortalizados y lograron vanguardias y rupturas.

Poco a poco, mi país, o Ecuador, Nicaragua o Costa Rica, han ido sumando sus tradiciones a la ya estudiada y consolidada tradición latinoamericana.

Hoy nos conocemos más, creamos proyectos juntos, nos leemos y estudiamos, valoramos a mujeres enormes y talentosas, releemos a los canónicos y estamos dispuestos a creer que, desde nuestro idioma, la poesía se enriquece con las voces de todo el continente.

—Si tuvieras que definir tu poética en un concepto, imagen o poema —este instante—, ¿cuál sería?
—Se me antoja un poema que hubiera querido escribir. Es un poema profundo de Ledo Ivo que se titula Justificación del poeta y hace parte de su libro Las imaginaciones (1944).

«Justificación del poeta»

Padre, mis pensamientos no caben en tu sala con piano
tranquilo a un lado y oscuras sillas vacías cerca de la ventana
mis inquietos pensamientos no caben en la salita con flores
muriendo en los jarrones y paisajes sonriendo en las molduras
deja que ellos se muevan más allá de las cortinas azules y caminen
mucho más allá de las ventanas abiertas
deja que se mezclen con el calmo resplandor de la luna
no te preocupe si los demás se espantan con tu hijo de ojos vivos
y cabellos siempre desaliñados
no te preocupes si recito poemas cuando la noche cae
el tiempo no existe en el alma del poeta
todo es universal y abarca todos los tiempos
los poetas, papá, son los corazones del mundo
son las manos de Dios escribiendo los poemas del mundo inseguro
no importa, papá, que digan que estoy loco
que lloro recargado en los puentes y me conmuevo en los teatros
que pregunto por la oscura Adriana cuando la madrugada baja
en silencio
en silencio
los poetas son los pianos del mundo
sólo ellos permanecerán inalterables delante de las musas y de Dios
sólo ellos tendrán la noción de la agonía del mundo
ayer un niño español fue despedazado por una bomba
mañana se encontrarán poemas en el bolsillo del suicida soñador
mientras tanto las grúas trabajan incansablemente día y noche
y los obreros fatigan sus brazos y sus piernas
ninguna oscilación habrá en la Poesía
ella quedará en equilibrio porque los ritmos la amparan
y Adriana no se prostituye.

Soy una elección. Soy una revolución.

Lêdo Ivo. De: «Las imaginaciones» – 1944
Traducción de Mario Bojórquez

—En tu obra aparece constantemente la pérdida: del amor, del cuerpo, del país. ¿Escribes desde el duelo o contra el olvido?
—Releo algunos de mis poemas tras esta pregunta, y mi respuesta es que escribo contra el olvido, sí, contra el olvido. Como tu país, el mío, Colombia, ha sufrido episodios en su historia que nos avergüenzan, y no podemos dejar que manipulen la historia desde esferas de poder. La historia no se puede llenar de olvido. Desde ahí, mi poesía, como bien lo dices, no tiene miedo a nombrar las pérdidas, y muchas de las líneas o versos de mis poemas buscan nombrar el amor, la historia o a Colombia y sus pérdidas, para que se queden entre nosotros y con nosotros los tiempos en que me ha tocado vivir, porque, indudablemente, hemos sido educados en la derrota, pero elegimos no quedarnos allí tirados.

—De todas tus lecturas, ¿cuáles serían tus diez libros de poesía imprescindibles y por qué esos?
—Todos tenemos esa lista. Es verdad: los libros de poesía a los que vuelvo siempre son Residencia en la tierra, de P. Neruda; Canto villano, de B. Varela; Los puentes, de F. Jamioy; La poesía, toda, de Álvaro Mutis; La moneda de hierro, de J. L. Borges; Hola, soledad, de M. M. Carranza; Poemas sin nombre, de Dulce María Loynaz; Otromundo, de J. Gelman; Nostalgia de la tierra, de J. Teillier; Procura de lo imposible, de Ida Vitale; Antología poética, de J. Sabines; Poesía reunida, de P. Bonnett; Los andamios del mundo, de Ledo Ivo; Poesía completa, de Irene Gruss; INRI, de R. Zurita; A esta hora de la vida, de H. Mujica; Poesía no completa, de W. Szymborska, y Palabra sobre palabra, de Ángel González. Son más de diez, pero a ellos vuelvo con mucha frecuencia porque me hacen sentir rodeado de amigos y amigas que escribieron algunos poemas para mí.

—¿Qué autores o corrientes te generan desconfianza o rechazo? ¿Cuáles son tus “miedos literarios”?
—Una doble pregunta a la que no debo huir. Me generan desconfianza esos autores cuyos perfiles son más extensos que sus versos, jajajaja. Esos donde su “yo” o los asuntos personales del autor son más importantes que el poema; los que se autopromocionan hasta el delirio, y aquellos cuyas antologías de poemas tienen numeración infinita, tipo Antología personal 1, Antología personal 2, Antología personal 4, Antología personal 17 y así infinitamente, jajajaja. Esos autores me generan desconfianza desde todo el ruido que hacen.

Zurita decía algo así como que hoy los poemas son creaciones individuales, llenos de artificio, apuntan a exaltar a su autor, al yo de ese autor, y se nos olvida que la poesía es colectiva, que los grandes poetas han logrado alzar la cabeza para mirar y escuchar el universo, las grandes manifestaciones de la naturaleza, la voz de su prójimo, y han creado un diálogo entre ellos y todo lo demás.

Sobre la segunda pregunta, todos tenemos miedos literarios, es innegable; pertenezco a una generación del miedo, que creció llena de miedos y prohibiciones. Los míos, como los tuyos, supongo, son dos: un mal editor y un mal traductor. Ellos deberían entrar en el octavo círculo del infierno de Dante, jajajaja.

—A un poeta joven que escribe hoy entre redes sociales e inmediatez, ¿qué le dirías para no perderse —o para perderse mejor?
—Es complejo decirle algo a la gente joven que escribe desde las redes; viven bajo tremenda presión, en busca de aceptación más que de lectores. No voy a evadir la pregunta y se me ocurre decirles que eviten el exceso de exposición: la rapidez a la hora de subir un texto no siempre es novedad y puede parecer improvisación.

Las palabras necesitan tiempo; el lenguaje poético y literario apuesta por la reescritura. Escribir es entender que la literatura es un arte en progreso que se va construyendo letra tras letra, vocablo tras vocablo, verso tras verso.

Con los años, uno conoce por qué es tan importante el silencio. Si los jóvenes siempre están publicando y publicando en redes sociales todo lo que escriben con esa inmediatez, ¿cuándo escuchan la música secreta de las palabras?, ¿cuándo comprenden su ritmo interior?, ¿cuándo escuchan el mundo que los llama?

Ya lo dijo Hugo Mujica: “en el silencio, el silencio habla”. Y saber eso, comprender esa frase, es importante para todo joven poeta, para todo poeta.

—¿Qué autores vivos de Colombia nos recomiendas leer?
—Mi país ha logrado posicionar varios autores con obras sólidas como Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca, Piedad Bonnett, Luz Mary Giraldo, Miguel Méndez Camacho, Yirama Castaño, Omar Ortiz, Darío Jaramillo, Nelson Romero, Rómulo Bustos, Elvira Alejandra Quintero, Orietta Lozano, Horacio Benavides, José Luis Díaz-Granados o Jotamario Arbeláez; son ejemplos entre muchas voces vivas.

En mi generación, los nacidos en los 70, hay un buen grupo de poetas que destacan hace algunos años en el país y fuera de él. Igual sucede con la generación de los 80, de eso doy fe. Y una poesía indígena y otra afro se muestran con solidez en las últimas décadas. Nombrarlos sería un poco extenso; con esas referencias seguro podrán ubicarnos.

—Y, para terminar, algo simple: para ti, hoy, ¿para qué sirve la poesía?
—Para escuchar y resistir en este siglo del ruido y las selfies, y, por supuesto, para dejarnos saber que unas pocas palabras, en medio de un mundo roto, en medio de civilizaciones devastadas, en medio de injusticias latentes, unas pocas palabras contenidas en un poema nos permiten escuchar la música de una hoja, la voz del inmigrante o la sinfonía del cosmos al que cada uno de nosotros pertenece y al que también pertenecieron nuestros antepasados.

Ese equilibrio de la poesía, entre reconocer un pasado y habitar nuestro propio tiempo, sirve para decirnos que, tal vez, a través de la poesía, hoy, en este siglo XXI, lo sagrado encuentra una nueva forma de comunicarse con nosotros. Escuchemos.

 

 

Juan Carlos Acevedo en la tumba de Jorge Teillier

 

 

. .








Proyecto Patrimonio Año 2026
A Página Principal
 |  A Archivo Ernesto González Barnert  | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Entrevista al poeta colombiano Juan Carlos Acevedo.
Por Ernesto González Barnert.