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THIS MACHINE STILL KILLS FASCISTS

Por Ernesto González Barnert

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Tear the fascists down, cantó Woody Guthrie en su guitarra como quien deja una advertencia y una brújula. Lo hizo, sin rodeos, en el mismo instrumento donde dejó grabada la frase en un parche: “This machine kills fascists.” No era una amenaza: era una declaración de uso. Como quien escribe cuchillo sobre un cuchillo.

Woody no hablaba desde el poder. Hablaba desde la intemperie. Desde los campesinos expulsados por el polvo y la depresión económica, desde los obreros sin nombre, desde los cuerpos que el sistema considera desechables. También desde la enfermedad que le mordía los talones, a él y a su clan familiar: la de Huntington, heredada de su madre, avanzando lenta e implacable, recordándole que para el capitalismo el enfermo es un estorbo. Y eso que él venía de la clase media blanca, esa que cree estar a salvo… hasta que deja de estarlo.

Nació en 1912, en Okfuskee, Oklahoma. Lo llamaron Woodrow Wilson, como el presidente demócrata. Ironías de la historia: el niño bautizado con el nombre del poder terminaría cantándole en contra. Su infancia fue una sucesión de incendios reales y simbólicos: la casa familiar quemada; su hermana muerta tras prenderse fuego la ropa en una discusión con la madre; el padre gravemente herido en otro incendio; la madre internada en un hospital psiquiátrico, consumida por una enfermedad que nadie sabía nombrar. El padre, además, simpatizante del Ku Klux Klan. Woody creció entendiendo algo esencial: el horror no siempre llega con botas extranjeras; a veces usa el traje del vecino. A veces habita dentro de la propia familia, en esa clase media y trabajadora que no vive del capital, sino del sudor de su frente.

En la calle aprendió música. Un limpiabotas afroamericano, George, le enseñó blues con una armónica. Woody entendió ahí algo decisivo: la música no se aprende en conservatorios, se aprende compartiendo hambre y pasión. Tocaba por comida, dormía donde podía, leía vorazmente en bibliotecas públicas. Abandonó la escuela, pero no el mundo.

Luego vino el Dust Bowl: tormentas negras que tapaban el sol, millones de personas expulsadas de la tierra, la Gran Depresión multiplicada por el viento. Guthrie caminó ese éxodo y lo volvió canción. Por eso, cuando conoció a John Steinbeck —el autor de Las uvas de la ira, el Nobel que puso rostro literario a esa tragedia—, se reconocieron de inmediato. Steinbeck escribía lo que Guthrie cantaba. El mismo país roto, contado desde dos orillas del lenguaje. No hablaban de estética: hablaban de gente.

En una de esas noches, Guthrie escribió This Land Is Your Land como respuesta furiosa a God Bless America, repetida en la radio como una postal falsa. “Todo lo que puedes escribir es lo que ves”, anotó en el manuscrito. Y lo que veía era alambrado, hambre, carteles de Prohibido pasar en un país que decía ser de todos.

Woody nunca fue disciplinado. Coqueteó con el Partido Comunista, escribió columnas para People’s World, pero siempre fue un forastero. Un compañero incómodo. Cantó contra el fascismo cuando no convenía y fue expulsado de radios cuando la veleta política de Estados Unidos giró. Hoy, sin duda, habría sido etiquetado como “terrorista doméstico”. No por violento, sino por incorregible.

En Nueva York, Pete Seeger lo llevó a conocer al poeta Charles Olson, editor de Common Ground. Olson —ese gigante que pensaba la poesía como respiración y campo abierto— quedó fascinado por la inteligencia oral de Guthrie. De ese encuentro salió Ear Players, el primer texto de Woody publicado en una revista importante. Olson entendió que Guthrie escribía con el oído, que su teoría era el cuerpo caminando.

Mientras tanto, Woody escribía miles de páginas, dibujaba, cantaba para niños, grababa canciones para obreros, marineros y soldados. En su casa de Mermaid Avenue fue visitado por un joven flaco llamado Bob Dylan, que iba a escucharlo como quien visita a un oráculo enfermo. Dylan entendió ahí que una canción podía ser una forma de conciencia.

La enfermedad avanzó. Guthrie terminó sus días en hospitales psiquiátricos, casi sin hablar, visitado por su familia, mientras su obra empezaba a expandirse como una semilla tardía. Murió en 1967. Pero su guitarra siguió andando.

Karl Stojka, sobreviviente de Auschwitz, lo dijo sin metáforas:
“No fueron Hitler ni Himmler quienes me deportaron. Fueron el zapatero, el lechero y el vecino.”

Ahí está el núcleo del fascismo: no en el monstruo lejano, sino en el rostro cotidiano que acepta el uniforme, la orden, el privilegio mínimo a cambio de humanidad. Guthrie lo había entendido antes que muchos. Por eso cantó. Por eso escribió sobre el polvo, el hambre, la injusticia.

El fascismo siempre pide lo mismo: fe ciega, silencio, costumbre. Y a cambio ofrece pertenencia, una superioridad imaginaria y un enemigo útil al que culpar. Por eso vuelve. Por eso muta. Por eso sabe disfrazarse de religión, de mercado, de orden.

Y qué siniestro es cuando el “orden” se vuelve espectáculo: cuando la protesta es narrada como amenaza, cuando cualquier vidrio roto pesa más que un derecho vulnerado, cuando la sospecha se instala antes que la escucha. En ese punto, el problema ya no es la violencia: es el relato. Porque quien controla el relato criminaliza la dignidad y convierte la demanda social en desorden público.

El poder que infiltra, vigila o provoca no demuestra fortaleza; demuestra miedo. No le teme a la violencia —la administra—, le teme a la conciencia. Le teme a que el trabajador comprenda su lugar en la estructura. Le teme a que la protesta deje de ser catarsis y se vuelva pensamiento.

Por eso intenta invertir los signos: hacer pasar la justicia por caos, la organización por amenaza, la memoria por resentimiento. Y así, bajo la lógica de una nueva fe —mercado como dogma, competencia como destino—, reinstalar formas cada vez más sofisticadas de subordinación.

La historia lo ha mostrado: cuando el poder necesita infiltrar la dignidad para desacreditarla, es porque la dignidad ya empezó a volverse contagiosa.

Tear the fascists down no es destruir personas. Es desmontar la obediencia. Arrancar el disfraz de normalidad. Desafinar el himno del miedo antes de que el zapatero vuelva a creerse verdugo, antes de que el vecino confunda obediencia con virtud.

Porque el fascismo no empieza con los campos de exterminio. Empieza cuando nadie dice nada.

 

 

 

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