Hoy alguien en la red social compartió esta frase del Diario de Ana Frank —lectura obligatoria en la enseñanza básica en Chile—:
“Cosas terribles están sucediendo afuera. Pobres personas indefensas están siendo sacadas a la fuerza de sus hogares. Las familias están siendo destrozadas. Hombres, mujeres y niños son separados. Los niños regresan de la escuela para descubrir que sus padres han desaparecido”.
Podría leerse hoy en cualquier portada, en un noticiero, en un reel que se desliza entre anuncios. No pertenece solo al pasado. Como dijo hace unos días un político español en el hemiciclo de su país: parece escrita esta mañana.
Ana Frank condensa, con una claridad devastadora, la experiencia del terror administrativo. La violencia no irrumpe como explosión épica ni como fanfarria de un film de Hollywood, sino como procedimiento. “Sacadas a la fuerza”, “separados”, “han desaparecido”: verbos que diluyen al perpetrador y exhiben la maquinaria. No hay rostro: hay sistema.
Escribe desde el encierro, pero mira hacia afuera. Y lo que ve no son conceptos —Estado, ideología, guerra—, sino escenas mínimas: la casa vaciada, la familia rota, el niño que vuelve del colegio y no encuentra a sus padres. El horror entra por la puerta del hogar. La ausencia no es metáfora: es método.
No muy lejos de ella, a pocos kilómetros, en ese mismo continente sometido al avance nazi y ya desgarrado por la Guerra Civil española y luego por la Segunda Guerra Mundial, vivía Malva Marina, la hija enferma de Pablo Neruda. Había sido dejada al cuidado de otra familia, mientras su madre sobrevivía con trabajos precarios y su padre —expulsado de su cargo diplomático por su posición antifascista— subsistía como podía, enviando remesas inciertas y bajo amenazas reales. Lejos del hervidero criminal en que se había convertido Europa, la separación con Haagenar era ya un hecho: sus proyectos divergían. Ella quería regresar a Holanda; él, en cambio, enfrentar el avance del fascismo. El continente se deshacía. Millones intentaban huir hacia América.
Tras la separación, su madre, neerlandesa, optó por no alejarse de su lengua ni de su entorno inmediato, tampoco volver a Birmania. Neruda, por su parte, aún no contaba con la estabilidad económica ni el reconocimiento que alcanzaría después; tampoco podía desplazarse libremente por una Europa bajo dominio fascista, luego nazi, sin exponerse a riesgos evidentes. Incluso hoy no es sencillo viajar en determinadas condiciones; hacerlo entonces, siendo chileno, de clase media baja y abiertamente antifascista, rozaba lo imposible. Aun así, enviaba lo que podía para el cuidado de su hija, no siempre con éxito: los dólares estaban restringidos y había que hacer verdaderos malabares para convertirlos en una moneda aceptada en Europa.
El propio Neruda, en una gesta que Chile debiera recordar sin mezquindad
—la mayor acción humanitaria impulsada por un chileno en el siglo XX—, organizó el Winnipeg y facilitó la llegada de más de dos mil doscientos, por parte baja, de refugiados republicanos perseguidos por el franquismo. Muchos se opusieron entonces a recibirlos. Sin embargo, esos “extranjeros” trajeron oficios, saberes, trabajo y un impulso decisivo al desarrollo cultural, técnico y económico del país.
La historia insiste. Cambian los nombres, no el mecanismo. Y a veces —con una crudeza que incomoda— las víctimas de ayer pueden devenir en victimarios hoy. Basta mirar Gaza o el Líbano, Irán… familias separadas, casas reducidas a escombros, colegios de niñas bombardeados sin piedad con la venia de occidente, niños que regresan y descubren que el mundo se ha vuelto inhabitable.
Leer a Ana Frank —más allá de las discusiones marginales sobre la autoría, irrelevantes frente a la evidencia histórica y ética del texto— no es un rito escolar: es un ejercicio de memoria activa. Porque ese diario no pertenece solo a una niña ni a una época; nombra una estructura. Y cuando el lenguaje empieza a normalizar la desaparición, el desplazamiento o el exterminio, el terror ya no irrumpe: se administra.