Adiós, querido Germán Carrasco [1971-2016]. Así, sin aviso, como suelen irse los poetas que no hacen ruido al caminar, solo al escribir. Los que entran a la pieza como si nada, se sientan, conversan, y cuando uno vuelve a mirar ya no están. Fueron lindas nuestras conversaciones: esas que no buscaban llegar a ninguna parte, discutían todo y por eso mismo llegaban lejos. La complicidad de lo mínimo —prestarnos ropa, hablar de libros como quien habla del clima, reírnos de cosas que no daban para poema pero sí para vida—.
Thomas de Quincey, el gato gris, duerme ahora en la casa como un regalo tuyo que respira. Cada vez que se estira al sol, cada vez que clava los ojos en algún punto de esta casa-biblioteca, te pienso. Hay regalos que no se agotan nunca: se transforman en recuerdo vivo.
Tu poesía era así: geminiana, luminosa y filosa. Capaz de abrir una ventana y, al mismo tiempo, cortar el aire. Sin solemnidad ni pose. Una poesía que sabía que el mundo es extraño, pero aun así se quedaba a conversar en voz baja, sin alharaca, como pedías. Que se fundía con el lenguaje cotidiano y, más que con el lenguaje, con la imagen cazada con precisión, sin mediaciones, ojalá: no para reventarla, sino para emocionar, para ampliar la mirada, airear el país.
Una poesía que entendía que la normalidad es lo más difícil: crear sentido, no deprimirse, resistir. No canutizarse poéticamente.
Te fuiste de golpe, Germán, por una feroz meningitis, y uno queda hablando solo un rato, como pasa siempre. Después entiende que no: que sigues ahí, cinturón negro, conde Carrasquián de Independencia, puma de los cerros, en los versos, en tus crónicas maravillosas, en la novela que aún no leo, pero ya está en mi mesa de velador, en los gestos compartidos, en la certeza de haber coincidido en las querellas y el forcejeo contra cualquier patota cobarde. En tus historias de amor, tu paternidad y en ese arte tuyo de poner los puntos sobre las íes en el eriazo literario, nuestro lote baldío. Gracias por eso. Por la amistad sin ruido pero con muchas nueces. Por la poesía que sigue mirando —despiadada y sagrada— la piedra de los sacrificios.
Buen viaje, hermoso campeón. Que todos los nidos de cintas de casete sostengan tu cabecita apasionada y caprichosa. Gran poeta chileno, en este país que ojalá no te olvide tan pronto y que, ahora sí, te lea en serio: no solo te convierta en el lugar común de decir que eras “un buen poeta”.
Ojalá tus talleristas no se queden apenas con los tics de tu estilo, con las mañas o las disputas, sino que se atrevan también a descubrir su propia voz. Que se curen de la idiotez del highlander —esa fantasía de que solo puede quedar uno— que tanto te inquietaba. Que abandonen la brocha gorda con la que el autodidacta inseguro que a veces eras, siempre poniéndose —o poniéndonos— a prueba, pesado de sangre, terminaba pisando los callos o siendo injusto con el aparentemente educado, con quien tenía mayor estabilidad o lograba acomodarse mejor en la sociedad sobre todo de tu generación. En eso, pese a todas tus quejas y asperezas, eras muy bueno.
El poeta maldito es una enfermedad hereditaria en este oficio de la poesía, que no es un gesto ni una pose. De esa enfermedad uno nunca se sana del todo, pero sí puede aprender a convivir con ella en esta disciplina intelectual de la manera más lúcida y menos dañina posible, sin ir cagándose innecesariamente a los demás.
Tu obra, sin duda, es importante porque en tus poemas, traducciones y crónicas desarrollaste una crítica al relato del poder más sagaz, más precisa y más demoledora que muchas otras que apenas posaron para la foto en la trinchera, duermen en las afueras, desesperándose como si el centro fuera el corolario de algo. Nunca te acomodaste al statu quo: te desencajaste de él –cada vez que pudiste–, para ofrecer una mirada más profunda y ácida, capaz de superar el gatopardismo chileno poniendo el cuerpo donde otros apenas administran el discurso. Carrasco escribía como quien se queda en la línea de fuego, no para performancear, sino para entender, uniendo la alta cultura con el mejor flaitismo, sin perder de vista el tatami: todo es lucha de clases.
Desde su primer libro hasta el último, su poesía fue una variación persistente de una misma toma de conciencia: la de una clase trabajadora confundida como clase media, con sus virtudes y defectos trenzados en la escritura. Ahí conviven el ajuste de cuentas y la belleza, el filtro y la herida, la famosa almohadilla con forma de corazón donde las costureras clavan agujas y alfileres: un objeto mínimo donde late una historia mayor.
– ¿Sabés cómo se llama el corazón de las costureras, Ernesto?
Germán fue un gran poeta porque eligió la verdad por sobre la respetabilidad. Porque prefirió incomodar antes que agradar, nombrar antes que callar. Porque entendió —como Parra en sus últimos días— que mojarse el poto no es soltar un chisme ni una infidencia, sino poner contra las cuerdas el relato del poder y la gloria, el discurso cuico. No domesticar la poesía ni en los salones ni en las barriadas.
En Naturaleza muerta, ese poema precioso dedicado a su hermana —esa hermana que, como tantas mujeres, no deja de trabajar ni de moverse, figura arquetípica de una labor silenciosa y persistente—, le pide, y nos pide también a nosotros, sus lectores, no cortar las flores oxidadas, dejar que las hojas caigan solas, permitir que el tiempo haga su trabajo. Descansar. Mirar. Afinar los sentidos.
Esa fue también su ética poética y vital: no apresurarse a limpiar lo vivo, no borrar los vestigios, no pulir hasta hacer desaparecer la experiencia. Confiar en que lo verdadero conserva siempre alguna aspereza, alguna mancha, algún resto. Entender que en esos residuos —en lo que no encaja del todo— se juega la posibilidad de una mirada más justa y más honda.
Como él mismo decía, la tarea del poema es afinar los sentidos. Afilar un bisturí hasta niveles microscópicos para cortar cables pequeños y precisos. El poder no quiere bisturíes ni sensibilidades adiestradas. No quiere poema. Quiere tosquedad. Quiere que nos comamos cualquier guarén.
Esa elegancia, esa fineza, también era Antonio Vielma, su alter ego, y él supo temprano como el Chico Figueroa, uno de sus compinches, verla en el chiquero, en el fango arribista del desolador campo literario donde como dice el tango, el barro se subleva. Tiene que hacerlo, tarde o temprano, dentro de uno, tanto como afuera.
Por eso su poesía importa. Porque no decoró el mundo: lo enfrentó. Porque no fue respetable, fue verdadero. Y eso —en este pasillo estrecho y más oscuro de lo que estamos dispuestos a aceptar— sigue siendo una forma altísima de amor.

*Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Pablo Neruda (2018), el Premio Nacional a la Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2014), el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009), el Premio de Honor Pablo Neruda de la Universidad de Valparaíso (2007) y el Premio Nacional de Poesía Infantil de las Bibliotecas de Providencia (2023).
Asimismo, ha recibido menciones de honor en el Concurso Internacional de Poesía de Nueva York Poetry Press (2020), en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago (2005), entre otros reconocimientos.
Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Ha trabajado como creador y productor ejecutivo de las series de televisión Obturaciones (2011) y Letras Migrantes (2024).
Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros. Ha sido invitado a festivales literarios en todo Chile y en diversos países de América —México, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina y Colombia—. Sus libros han sido publicados en Chile, Estados Unidos, Perú y Argentina.