“Somos los creyentes de una religión erigida por el dinero”, dice Antonio Muñoz Molina.
Y es difícil no asentir. Esa fe organiza nuestros sueños, nuestros deseos y también nuestras decisiones. Está en el punto de partida y en el de llegada. Pero, como advierte Joseph Stiglitz: “Tenemos ahora una oligarquía destruyendo las reglas del juego”. Y agrega: “Estas son las acciones más antidemocráticas que hemos enfrentado en la historia de nuestra nación”. El problema es también de distancia: “La naturaleza de los oligarcas es que les resulta muy difícil entender realmente la vida de los estadounidenses comunes”. Desde ahí, desmantelan lo que no necesitan,
aunque para millones sea esencial. Por eso, cuando pensamos qué sociedad queremos,
vale la pena hacerlo desde un lugar más incierto: como si no supiéramos dónde nos tocará vivir dentro de ella.
Los grandes y pequeños oligarcas —y sus fieles subalternos, siempre diligentes— ofician como sacerdotes de este coloso con pies de barro que, sin embargo, se comporta como si fuera eterno. No solo administran la fe: la imponen. Y en esta liturgia ya no se trata únicamente de desigualdad, sino de una oligarquía que reescribe las reglas del juego mientras finge respetarlas. El problema, entonces, no es solo económico, sino moral: han dejado de necesitar comprender la vida común y, desde esa ignorancia confortable, desmontan aquello que no usan, como si lo prescindible para ellos no fuera vital para otros. Tal vez por eso pensar la sociedad exige un gesto menos devoto y más incómodo: imaginar que no sabemos qué lugar ocuparemos en ella. Desde ahí —y solo desde ahí— la justicia deja de parecerse a un privilegio y empieza, aunque les incomode, a parecerse a un reparto.
Las cosas son frágiles —más de lo que nos gusta admitir—, y sin embargo estos oligarcas y sus subalternos actúan como si todo fuera indestructible salvo aquello que conviene desmontar: precisamente las instituciones democráticas que intentan contener la desigualdad y moderar este sistema que se nos vende como natural. Armados con el tridente del dinero y las puntas del populismo, la polarización y la posverdad, han aprendido a cercarnos en el miedo mientras erosionan la ya precaria legalidad del pacto social. En estos días vuelvo a John Steinbeck y a su Once There Was a War: más allá de su lúcida mirada sobre la guerra, hay una intuición que resuena con inquietante claridad en nuestro presente, como si fuera la verdadera corona de espinas de esta fe contemporánea. Escribe: “Ahora, desde hace unos años, todos vivimos en el miedo, y éste no produce nunca nada bueno. Sus hijos son la crueldad y el fraude, y esa eterna sospecha producto de la oscuridad”. Y remata con una evidencia que hoy resulta menos obvia de lo que debería: “nuestras almas han sido envenenadas por ese miedo”. Quizá ahí esté el núcleo de todo: no solo en la acumulación o en el poder, sino en ese clima enrarecido que los vuelve posibles y, peor aún, aceptables.
Y mientras tanto, nosotros avanzamos como devotos descreídos, repitiendo gestos que ya no creemos del todo, pero a los que tampoco sabemos renunciar. Nos hundimos, casi sin notarlo, en una fe absurda que va erosionando lo mejor de la vida: las relaciones, el tiempo, la contemplación, las virtudes más simples, la gracia, el perdón. Olvidamos —o preferimos no recordar— algo elemental: que no sobrevivimos solos, que toda vida depende de otras, y que sostenernos unos a otros no es una opción moral elevada, sino una condición básica. Cada quien con lo suyo, sí, pero solo en la medida en que ese hacer encuentre a los demás y no los deje atrás.
Hace casi un siglo, en los años treinta, Thomas Mann escribía An Appeal to Reason, un llamado a la lucidez en medio del avance del fanatismo. Allí proponía algo que hoy vuelve a sonar incómodamente actual: la necesidad de un frente común entre la clase trabajadora y una burguesía consciente, culta, letrada, para enfrentar la deriva inhumana del nacionalsocialismo.
No era solo una advertencia política, sino moral: cuando el miedo y la irracionalidad se organizan, arrasan con matices y fronteras sociales. Lo inquietante no es que esa historia pueda repetirse, sino que, bajo formas menos explícitas y más sofisticadas, ya esté recomponiendo sus condiciones de posibilidad: una alianza entre poder económico, fundamentalismos y retóricas de fe que desplazan lo común y consagran el dinero como principio último. Allí, la religión deja de ser trascendencia y se vuelve instrumento; no congrega, sino que ordena y excluye.
Así, esta nueva religión del dinero parece reconocer —aunque no lo declare— que su salvación se juega en formas cada vez más autoritarias. Ya lo advertía Georgi Dimitrov: el fascismo emerge cuando el poder económico busca preservar y ampliar sus privilegios a cualquier costo. En ese horizonte, deja de ser una anomalía histórica para volverse un recurso: una forma de reorganizar la sociedad mediante la coerción, disciplinar a los trabajadores y asegurar la continuidad del saqueo bajo otras reglas. No se trata solo de economía, sino de una deriva moral en la que el poder, incapaz de justificarse, termina por imponerse.