Resulta extraño —y sintomático— el relato que insiste en presentar a Salvador Allende como un borracho ignorante de economía, culpable de haber “destruido” el país, mientras la dictadura habría llegado a “arreglar el cagazo del Chicho”. Conviene partir por una precisión básica que suele omitirse: Allende no era comunista, era socialista. Pero más relevante aún es que, cuando se abandona la caricatura y se revisan los hechos, ese relato comienza a resquebrajarse.
Los datos son claros y están documentados: durante el primer año del gobierno de Allende, la economía chilena creció cerca de un 9%, uno de los mayores crecimientos de la historia republicana. Ese proceso no se truncó por incapacidad técnica ni por supuestos vicios personales del presidente, sino por una asfixia externa deliberada. La intervención de Estados Unidos es un hecho histórico probado: bloqueo de créditos internacionales, presión financiera y sabotaje económico. “Hagamos gritar la economía de Chile”, ordenó Nixon sin eufemismos.
No se podía permitir que un país avanzara hacia el socialismo por la vía democrática y, peor aún, que le fuera bien. El patrón no es excepcional ni anecdótico: basta mirar los casos de Cuba, sometida a más de sesenta años de bloqueo económico, o Venezuela, castigada con sanciones que afectan directamente a su población civil. No se trata de defender modelos sin crítica, sino de reconocer una constante geopolítica.
Tampoco resiste un análisis serio la idea de que la dictadura haya producido un “milagro económico”. Ni bajo el régimen militar ni bajo gobiernos de derecha se han registrado los períodos más sólidos de crecimiento y expansión social del país. Paradójicamente —o tal vez no— esos ciclos se han dado bajo gobiernos de centroizquierda. La caricatura persiste no porque sea verdadera, sino porque resulta funcional al poder y a la desmemoria.
Por eso es fundamental no solo investigar y reflexionar con seriedad sobre nuestra historia, volver una y otra vez a los hechos, reinterpretar críticamente lo que se nos ha dicho y contrastar datos a la luz del presente. No basta con saber: también hay que ser capaces de construir un relato público, de disputar el sentido común y de educar políticamente a Chile. Porque la historia no se pierde solo por ignorancia, sino por abandono.
Hoy la derecha intenta instalar un relato tan alarmista como falso: que vivimos bajo un “gobierno de emergencia”, que el país estaría sumido en un déficit fiscal descontrolado o enfrentando una inflación desatada. Son tres consignas potentes, repetidas hasta el cansancio, pero que no resisten un contraste serio con la realidad económica ni con los datos oficiales. No son errores de diagnóstico: son mentiras políticas, diseñadas para generar miedo, justificar retrocesos y reinstalar un sentido común que ya fracasó.
Dejar pasar ese relato sin disputa es volver a cometer el mismo error de siempre: permitir que otros escriban la historia por nosotros. Y cuando eso ocurre, no solo se tergiversa el pasado, también se secuestra el futuro.
El peligro real de un gobierno de ultraderecha, libertario o republicano no está en la retórica grandilocuente sobre la “libertad”, sino en el modelo económico que intenta imponer. La experiencia comparada es clara: endeudamiento acelerado con la banca y los organismos financieros internacionales, no para invertir en desarrollo productivo, sino para generar ganancias inmediatas para un pequeño grupo de intermediarios, consultoras y fondos de inversión. Luego, esos dólares salen del país tan rápido como entraron, dejando a la sociedad con la deuda, el ajuste y la recesión.
A eso se suma la destrucción sistemática de las pymes y del comercio pequeño y mediano, que son el principal empleador del país. Al eliminar protección, crédito y políticas de fomento, se empuja a miles de negocios a la quiebra, concentrando el mercado en grandes conglomerados y plataformas financieras. El resultado es menos empleo, salarios más bajos y mayor precarización.
El siguiente paso suele ser el desmantelamiento del Estado como actor económico: liquidar o debilitar empresas públicas estratégicas, recortar capacidades regulatorias y entregar recursos naturales, infraestructura y servicios esenciales a privados “amigos”, bajo el discurso de la eficiencia. No es modernización: es traspaso de riqueza desde lo público hacia redes de poder económico, muchas veces con conflictos de interés evidentes.
Ese modelo no busca estabilidad ni prosperidad colectiva, sino una economía frágil, endeudada y dependiente, donde unos pocos ganan rápido y la mayoría pierde lento. Por eso no es exageración ni paranoia: es la repetición de un libreto ya escrito, cuyas consecuencias conocemos demasiado bien.
Porque al final no se trata solo de economía, ni siquiera de política: se trata del poder del relato. Quien impone el relato gobierna antes de gobernar, ajusta antes de ajustar, endeuda antes de endeudar. El relato prepara el terreno moral para que el saqueo parezca orden, la precariedad se llame libertad y la desigualdad se vista de mérito. Por eso disputar el relato no es un ejercicio intelectual ni un lujo académico: es una tarea urgente de supervivencia democrática. Callar, repetir o mirar al costado equivale a aceptar que otros escriban el guion de nuestro futuro. Y la historia ya nos ha enseñado —más de una vez— cómo termina esa película cuando el relato del poder avanza sin resistencia.
No es casual que Cesare Pavese advirtiera que “una vez escrita la primera línea de un relato, ya todo está elegido: el estilo, el tono y el cariz de los hechos”. Ahí se juega la batalla decisiva. Porque cada generación, como recuerda Irene Vallejo, tiene el derecho —y también la necesidad— de reclamarnos el relato del pasado. Negar ese derecho es condenar el porvenir a la repetición de los mismos abusos, solo que narrados con palabras nuevas.
“Cuanta más poesía leemos, más aborrecible nos resulta cualquier tipo de verborrea…”, escribió Joseph Brodsky, recordándonos que la poesía no es un adorno del lenguaje, sino su prueba de fuego. Allí donde la palabra se afina, el engaño se vuelve torpe. Tal vez por eso el poder le teme tanto a la precisión poética: porque la poesía corta, desnuda, acelera el sentido y deja en evidencia la hojarasca del discurso político, histórico o económico cuando este se vuelve propaganda. No es casual que la derecha contemporánea tenga cada vez menos de liberal y cada vez más de fanática de un culto: el del capitalismo elevado a religión, como lo advirtió Walter Benjamín, una fe sin redención, sin descanso y sin misericordia. En ese templo, los fascismos se mueven con naturalidad; saben, como sabía Mussolini, que no hay discurso dirigido a la multitud que no busque al mismo tiempo explicar y sugerir, iluminar y manipular. De ahí que el poder del relato sea esencial y profundamente político. Y de ahí también el odio persistente del poder —y de la derecha en particular— hacia los artistas y los poetas: porque su trabajo no es repetir el relato oficial, sino fisurarlo; no es embellecer la publicidad del sistema, sino poner en duda el statu quo y recordarnos que toda verdad que no soporta ser nombrada con precisión es, en el fondo, una mentira organizada.

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*Ernesto González Barnert (Temuco, Chile, 1978) es poeta, gestor cultural y cineasta documentalista. Autor de Venado tuerto, Playlist, Coto de caza, Trabajos de luz sobre el agua, entre más de una docena de títulos, su obra ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Pablo Neruda (2018), el Premio Nacional a la Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2014), el Premio Nacional Eduardo Anguita (2009), el Premio de Honor Pablo Neruda de la Universidad de Valparaíso (2007) y el Premio Nacional de Poesía Infantil de las Bibliotecas de Providencia (2023).
Asimismo, ha recibido menciones de honor en el Concurso Internacional de Poesía de Nueva York Poetry Press (2020), en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago (2005), entre otros reconocimientos.
Es Licenciado en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Diplomado en Estética del Cine por la Escuela de Cine de Chile. Ha trabajado como creador y productor ejecutivo de las series de televisión Obturaciones (2011) y Letras Migrantes (2024).
Actualmente se desempeña como gestor cultural en la Fundación Pablo Neruda y desarrolla una activa labor en torno a la poesía a través de medios de comunicación, entrevistas, ensayos, talleres, encuentros, presentaciones y edición de libros. Ha sido invitado a festivales literarios en todo Chile y en diversos países de América —México, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina y Colombia—. Sus libros han sido publicados en Chile, Estados Unidos, Perú y Argentina.