Algo de mí —en el Día Mundial de la Poesía— sigue hoy las huellas de Amir, tras doce kilómetros de camino descalzo en busca de comida. Lo veo —hambriento— inclinarse y besar, agradecido, la mano del soldado yanqui –de ascendencia latina–, que le entrega una bolsa de arroz y otra de lentejas: con eso comerían los pocos que aún quedan de su familia, no lejos de la ruina en que quedó el piso donde vivía.
Algo de mí todavía siente el impacto: el disparo del francotirador israelí sobre ese niño que volvía con una sonrisa, mientras el norteamericano se figuraba a sí mismo como el salvador del mundo.
Algo de mí permanece en ese gesto quebrado: agradecer el arroz, las lentejas, justo antes de que la escena —a plena luz del día— se cierre con la ejecución del niño gazatí, a pocos pasos del soldado y de todos nosotros, queramos o no verlo.
La familia de Amir informó a Middle East Eye que aún no ha recibido el cuerpo del niño, pese a que fue asesinado hace más de dos meses.
“Permanece desaparecido; se desconoce su destino. Todos están desconsolados. Pero no es el primero ni será el último niño en desaparecer”, dijo su primo mayor.
Ojalá su hermana –que se fue poco antes– lo reciba en algún lugar sin ruinas, lejos de este mundo donde incluso algo que echarse al buche puede volverse antesala de la muerte, el instante preciso en que un dedo —cómodo, distante— decide apagar la vida de un niño famélico después de hacerle creer que tendría una semana más de vida.